Las peluquerías “de negros” en Cartagena

La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, FNPI, invitó al cronista Alberto Salcedo a dictar el taller “Las historias del Bicentenario de Cartagena de Indias”, de donde salieron insólitas miradas sobre la ciudad. En esta historia, la obsesión por alisarse el pelo como una forma de negar la negritud.
 
Foto: Álvaro Delgado
POR: 
Louisa Reynolds

Con lágrimas en los ojos y gritando de dolor, más de una mujer en estas tierras ha salido corriendo al patio a sumergir la cabeza en agua fría porque tardó demasiado en retirarse la mezcla casera que preparó con la esperanza de sustituir sus indómitos rizos por cabellos finos y sedosos, y acabó quemándose el pelo y el cuero cabelludo.

Las mujeres que no tienen suficiente dinero para adquirir un frasquito de “alizer” –el relajante que hoy emplean el setenta por ciento de las negras y mulatas y que desde hace décadas forma parte de la canasta básica del hogar– hacen lo imposible por averiguar la fórmula, compran en la ferretería los tres ingredientes básicos: sodio, formol y amonio, y lo mezclan ellas solas como los alquimistas de antaño.

Las víctimas de estos desafortunados experimentos químicos –daños colaterales en la guerra contra los rizos– suelen quedarse prácticamente calvas, con grandes costras en la cabeza, y no les queda más remedio que esperar meses hasta que el cabello vuelva a brotar. La belleza duele.

Rucho, chuto, cucú, apretaíto, engajao, 8888, bombril, crispeta, cabezona, micrófono… Pareciera existir un sinfín de palabras para referirse al cabello afro y una sola poción mágica capaz de deshacerlo: el “alizer”, cuya llegada, para quienes soñaban con un cabello liso y sedoso, marcó un parteaguas comparable a la invención de la bombilla eléctrica o el automóvil.
Explorar las interioridades del mundo del alisado me lleva a conocer a dos mujeres singulares: Minerva Aldana y Anita Romero.

Tierra Bomba

Me bajo del taxi que me lleva hasta la playa. Estoy rodeada de grandes hoteles de cinco estrellas donde los turistas vienen a disfrutar del sol, darse un chapuzón en la piscina, pasear por la ciudad amurallada y tomarles un par de fotos a las palenqueras, que cobran dos mil pesos por posar con sus vestidos coloridos y sus canastos de fruta.
Me subo a la lancha tras negociar el precio del viaje con su propietario. En quince minutos llego a Tierra Bomba, una isla de unos nueve mil habitantes donde se asentaron los esclavos negros que en el siglo XVI construyeron la gran muralla de fortificación que utilizaron los españoles para defender la ciudad.

Hoy, esa muralla no mantiene fuera a los piratas, sino a los hijos de los esclavos que la construyeron y que habitan en populosas barriadas, adonde se les recomienda a los turistas que no se acerquen no vaya a ser que los despojen de sus cámaras fotográficas u otros objetos de valor. Llego a Tierra Bomba y me bajo de la lancha. A mi izquierda hay otra lancha repleta de cajas de cerveza y varios jóvenes van y vienen con las cajas al hombro, con el rostro y el torso desnudo perlados de sudor.

En la playa ya hay una montaña de cajas que trajeron lanchas anteriores. Por lo visto aquí se va a poner alegre la cosa.  Le pregunto a un muchacho delgado, de unos dieciséis años, dónde venden “alizer” y me dice que lo siga. Anda descalzo pero camina con naturalidad, como si la tierra ardiente no le quemara las plantas de los pies y las piedras no le cortaran la piel.

Pasamos hileras de pequeñas viviendas de block, cada una con su patiecito, su tendedero de ropa y alguien que se sienta a ver pasar la vida.

Minerva

Si no hubiera visto el rótulo Peluquería La Ruquita pintado en letras verdes en la fachada de una casita de block blanqueada con cal, idéntica a todas las demás, hubiera pasado de largo sin percatarme de que allí estaba el salón de Minerva Aldana. La encuentro sentada, con sus monumentales piernas, gruesas como columnas, descubiertas y descansando sobre una silla blanca de plástico. Bajo la camiseta roja sin mangas sobresalen unos enormes senos que han amamantado a tres niñas de diferentes padres y cuelgan relajadamente, sin estar constreñidos por un brasier, sobre un vientre flácido y abultado.


Con la mirada fija en el televisor de pantalla plana que tiene enfrente y que pareciera no caber en una vivienda tan chica, se encuentra absorta en una telenovela mexicana.
El techo bajo de lámina crea una especie de efecto invernadero, y para minimizar el insoportable calor tiene a su lado un raquítico ventilador.  Una mesita cubierta con un mantel de encaje blanco y un espejo rectangular clavado en la pared constituyen el rústico tocador de la mujer que se gana la vida proporcionando un servicio tan valorado por la comunidad como el que prestan el médico o el dueño de la tienda de abarrotes.

Sobre la mesa están las herramientas de su oficio: una canasta roja con cepillos, peines y pinzas, un secador, una plancha y el frasquito de “alizer”. En el rincón, encima de otra mesita, cubierta con un mantel rosado con manchas de pintura, hay una cubeta blanca rodeada de tubitos y ampollas de diversos colores y tamaños. Al levantar la tapa descubro una crema espesa y amarillenta: un acondicionador fabricado artesanalmente a base de una variedad de hierbas y semillas. El trasto con el menjurje, poco agradable a la vista, parece caldero de bruja.

“A la hora que sea, yo me rebusco” “Pase adelante, siéntese usté. Hoy no ha venido nadie, pero aquí a veces vienen cinco, seis o siete mujeres a alisarse y cepillarse. Aquí hay pelo rucho, por eso trabajo con ‘alizer’”, dice Minerva a modo de bienvenida sin despegar los ojos del televisor.

Se pasa la mano por el cabello corto y aceitado que ella misma se corta y alisa. “Yo, gracias a Dió, nunca he tumbao ningún pelo”, asegura con orgullo.

Sin importar la hora, pueden ser las once de la noche o las seis de la mañana, dependiendo de si la clienta trabaja o se dedica al cuidado del hogar, ahí está Minerva con su frasco de “alizer”. “A la hora que sea yo me rebusco”, afirma.

Ayer fue un día normal. Hizo un alisado y un cepillado y se ganó 25.000 pesos. Cuando las mujeres de la isla se arreglan con motivo de una fecha importante como Semana Santa o el Día de las Madres, sus ganancias pueden ascender hasta 100.000 o 120.000 pesos.

Otra ocasión especial que amerita esmero en el peinado es el concurso de belleza que se realiza en noviembre. Las isleñas de todas las edades esperan impacientemente ese mes en el que se erigen casetas en la calle principal donde los cuerpos se entrelazan al ritmo vibrante de una champeta, corren ríos de cerveza y un jurado elige a la reina de Tierra Bomba, la cual suele recibir una corona simbólica y una beca de estudio.

Minerva jamás puso un pie en una academia de peluquería. Como tantas otras mujeres que recuerdan haber visto a la abuela poner la peineta entre las brasas ardientes y pasársela por el pelo, estremeciéndose cuando las puntas calientes entraban en contacto con la piel del cráneo, simplemente heredó una cultura en la cual el dogma “liso igual a bello” se transmitió de madres a hijas.

Lo que nadie sabe a ciencia cierta, ni siquiera el historiador Alfonso Múnera, de la Universidad de Cartagena, es cuándo las mujeres comenzaron a alisarse el pelo. ¿Fue inmediatamente después de la llegada de los buques negreros o después de varias generaciones?

“Cuando tenía once años yo misma cogía las cuchillas y las peinillas y mutilaba a los pelaítos. Alisaba a las primas mías. Era atrevía y por eso me pegaban duro y me gritaban: “¿Por qué hiciste eso?”. Le arranca una sonrisa el recuerdo de las travesuras cometidas durante una infancia transcurrida en el barrio de La Quinta, el cual describe como “peligroso”.
“Una vez me quitaron una cadena y el reloj. El muchacho era pandillero, ladrón. Luego lo mataron”, cuenta Minerva, una mujer que aparenta más de los 31 años que acaba de cumplir.

De su madre, quien “no le paraba bola a uno porque prefería más al marío”, tiene pocos recuerdos gratos. Quien la crió fue Lolita Hernández, la propietaria de un pequeño restaurante, quien la mandaba al colegio y le preparaba el almuerzo.

Cuando la mandó llamar hace doce años, la encontró postrada en la cama, moribunda y con el vientre hinchado por una enfermedad. Salió corriendo de la casa, espantada, y al cruzar corriendo la calle fue arrollada por una moto.

“La culpable fui yo. Tenía 18 años, era una pelá. Fue en la esquina de la casa, allí por Chiquinquirá…”. Minerva recorre con los dedos las cicatrices que tiene en el brazo derecho como si el recuerdo le reabriera las heridas.

Anita 
Como un cirujano que se prepara para entrar al quirófano, Anita Romero se coloca la mascarilla sobre la boca para no inhalar el fuerte olor de la crema alisadora y se pone los guantes de látex.  Una muchacha de unos treinta años, una clienta regular que se somete al ritual del alisado mes tras mes, se acomoda en el lavacabezas. Anita le separa los mechones de cabello con un peine y los agarra con pinzas. Procede a mojar el cabello con un pulverizador, un pequeño truco que, según ella, acelera el proceso de alisado.

Con el peine, unta la crema alisadora sobre un mechón de cabello. Repite el procedimiento con otro mechón, cuidándose de no tocar el cuero cabelludo. Cuando el segundo mechón ya quedó cubierto, el primero está listo para ser enjuagado.

Tan fácil como eso. Y pensar que años atrás, las mujeres de la generación de su madre se mojaban el cabello, lo envolvían en papel periódico, lo colocaban encima de la mesa y se pasaban la plancha caliente una y otra vez con la esperanza de que cuando retiraran el papel, los rizos se hubieran deshecho. En más de una ocasión, el resultado era un olor penetrante a pelo chamuscado, mas no la anhelada textura lisa.  Otra primitiva técnica de alisado consistía en mojarse el pelo con cerveza y estirarlo con enormes tubos, con el inconveniente de que la mujer acababa con una cabellera que despedía un olor a cantina.

El salón donde diariamente repite ese proceso, ubicado en el segundo nivel del centro comercial La Matuna, frente al Parque del Centenario, es amplio, luminoso e impecable, con grandes columnas blancas y cuatro sillas giratorias en las que se sientan las clientas frente a enormes espejos.

En una vitrina se encuentran cuidadosamente ordenadas las cajitas de cremas y las extensiones de cabello natural o sintético. Mujeres de todas las edades, sobre todo universitarias, y un buen número de hombres llegan aquí para que les apliquen el “alizer”.

Anita, una mulata de unos 46 años, tiene el cabello alisado y teñido de castaño, recogido con una pinza y con las puntas arregladas en forma de flor abierta. Un mechón le cae sobre la frente y le enmarca el rostro de tono acanelado. El peinado es sencillo, pero denota el mismo esmero con que todo está dispuesto en el salón. “¿Por qué la obsesión con el alisado?”, le pregunto. “Así es menos afro y las mujeres se quitan ese pelo feo que no tiene movimiento –responde–. Si a una mujer le dices que es negra, es una ofensa, no lo reconoce, estás diciéndole que es fea. Como aquí hay tanta mezcla, ahora tenemos una raza linda y con las extensiones las mujeres se arreglan bellísimas”. En una ciudad donde el fenotipo africano puede vedarle a una joven el acceso a los bares y discotecas de moda en la calle del Arsenal, las clientas de Anita están dispuestas a pagar hasta un millón y medio de pesos por un alisado.

Una hora después, Anita concluye la labor y contempla con satisfacción la cabellera lisa de la muchacha. “No hay nada mejor que ver a una mujer transformada”, afirma orgullosa.

Y me solté el cabello…

Unos días después, cuando asistí a la presentación de un libro, vi salir del salón a una muchacha con una cabellera afro, grande y redonda como un sol. Lucía bellísima, una rareza que exhibía con orgullo uno de los rasgos más característicos del afrodescendiente en vez de luchar por desvanecerlo. “Reivindicación del pelo malo”. Con esa frase sucinta, Nadia Celis, columnista del diario El Universal, describe un nuevo fenómeno: un pequeño pero creciente número de mujeres afrodescendientes que se rebelan contra la tiranía capilar impuesta por el “alizer”. Minerva Aldana, propietaria de la peluquería La Ruquita. A falta de “alizer”, las mujeres se someten a unos tratamientos capilares de dudosa reputación. Crema alisadora que usan las mujeres para lograr lo que la naturaleza no les dio Anita Romero es otra experta en la aplicación del “alizer”.

         

INSCRÍBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL
enero
8 / 2013