‘Ahí le dejo la gloria’, de Mauricio Vargas

El periodista Mauricio Vargas, después de seguirle los pasos a Sucre, lanza su segunda novela histórica en la que retrata la única conversación que tuvieron Bolívar y San Martín en Guayaquil.
 
Foto: Marcela Riomalo
POR: 
Mauricio Vargas

Mis libros siempre han sido sobre el poder. Sin importar si son libros periodísticos, novelas contemporáneas o novelas históricas. Ese es el tema que me apasiona. Y ahora, en mi última novela, Ahí le dejo la gloria, cuento dos versiones del poder: la versión de San Martín, que ya va de salida, desengañado de la Independencia y de las luchas del poder, y la de Bolívar, cuya carrera va en ascenso y que aún tiene las ilusiones intactas.

¿Por qué esa obsesión con la historia y aún más con la historia de los poderosos?

Creo que la historia se repite, y puesto que se repite, me parece que hay que escribir sobre la primera vez que ocurrió, o por lo menos la primera vez que uno puede tener referencia.

Pero usted no es historiador, es periodista. Es, en el mejor de los casos, escritor…

Por lo mismo. El periodismo me enseñó a investigar. Cuando leo las cartas que se escribían en esa época (las de San Martín, las de Bolívar, hasta las de Manuelita) es como si estuviera entrevistando a los protagonistas. Y cuando leo los libros de los historiadores, a veces siento que es como si leyera los informes del CTI de la Fiscalía. El resto es mi interpretación y ahí está el novelista, el escritor. A veces, por ejemplo, existen dos versiones de una misma cosa, así que utilizo la que le conviene a la novela, a la trama narrativa. Por eso se llama “novela histórica” y no “historia novelada”.

¿Cuándo empezó este libro?

Como todos los libros, este empezó sin que me diera cuenta. Hacía mucho tiempo que me preguntaba qué había ocurrido en esa única conversación que tuvieron Bolívar y San Martín en Guayaquil. Cuando estaba escribiendo El mariscal que vivió de prisa, que es la historia de Sucre, me tropecé con San Martín, así que hice como quien está cocinando: aparté unos ingredientes para un siguiente plato.

Pero estaba en el otro, ¿no se confundía?

Leo mucho para escribir cada libro. Leo y tomo notas en papelitos amarillos que guardo en Kardex, ordenados por temas: Manuelita, San Martín, Rosa (la amante de este), el Guayaquil de la época, cómo hablaban, Bolívar…

¿Ya empezó el Kardex con el nuevo libro?

Ya. Voy a escribir de Bolívar.

Pero ¿por qué de Bolívar? ¿No ha visto acaso los cientos de libros que se han escrito de Bolívar?

Sí. Pero le devuelvo –me devuelvo– la pregunta. ¿Cuántos de estos son buenos?

Pocos, es cierto.

¿Cuántos hay que sean novela?

Un puñado, acepto.

¿Y buenas novelas?

Está bien, pocos. Pero aquí el que pregunta soy yo. Entonces, ¿se va a quedar ahí? ¿En la Independencia?

Ahí tengo material para mucho rato. Me fascina este período, creo que nos condicionó una cantidad de cosas.

No fue fácil ambientar esto. Usted le pone mucho énfasis a las palabras, a cómo se hablaba.

Sí. Me he dedicado a rescatar eso. Tanto que ahora las estoy empleando todo el tiempo. Incluso en las columnas del periódico.

Usted claramente se identificaba con Sucre. Un periodista que termina conociendo el poder desde adentro. Aunque las similitudes son claras, ¿por qué se identifica con Simón Bolívar o con José de San Martín?

Me identifico con estos dos personajes, en este momento histórico específico en el que se encuentran. Siempre me he preguntado qué habría pasado si San Martín y Bolívar hubieran estado en el mismo momento de su carrera. Creo que habría habido una guerra.

No se desvíe del tema, Vargas.

Sí. A eso voy. Bolívar era un joven iluso, que aún buscaba la gloria. Yo fui ese joven. San Martín, en cambio, había buscado la gloria, la había obtenido, y ya estaba desilusionado. Para cuando San Martín se encuentra con Bolívar, el Protector, como le decían, ya estaba viejo, era un hombre desengañado del poder, depresivo y adicto al opio.

Y usted ya está desengañado, entonces…

Sí. Como San Martín, pero sin la adicción al opio.

¿No le parece que la novela histórica lo obliga a restringirse? Hay cosas que sus personajes no pueden hacer, porque está escrito que no fue así…

Es cierto, pero al mismo tiempo uno no siente, como con la ficción, que uno está caminando sobre arenas movedizas. Existe ya una infraestructura, un andamiaje, y uno inventa sobre ese andamiaje.

¿Qué tanto inventa usted?

Todo y nada. Por supuesto que me invento las conversaciones, pero todo está basado en hechos reales. Le –me– voy a poner un ejemplo: Nunca se supo –y tal vez nunca se sepa– si Remedios, la esposa de San Martín, le puso los cuernos o no, pero a juzgar por la actitud de este, pareciera que sí.
Manuelita le dice “usted” a Bolívar y él la trata de “tú”. Eso lo tomo de las cartas, donde la relación es así. Ella lo ustea, él la tutea. Las mujeres trataban con cierto respeto a los hombres, así fueran liberales y recorridas como Manuelita.

Hablando de Manuelita, usted disfrutó mucho a los personajes femeninos de esta novela…

Tanto Manuelita como Rosa (la amante de San Martín) son mujeres fascinantes. Niñas recorridas y ricas, a quienes las despojan de todo por ser quienes fueron, y luego terminan viviendo en la pobreza y, en el caso de Rosa, muriendo en la indigencia. A Manuelita la salvó el convento en el que estuvo de niña, porque allá aprendió a bordar, aprendió a hacer postres. Con eso sobrevivió cuando le quitaron sus propiedades en Guayaquil y en Colombia.

¿Y por qué no se le mide a escribir sobre ellas?

No es que no me le mida, a lo mejor algún día, pero no lo he hecho porque no hay mucho material. La historia la contaban los hombres y era sobre los hombres. Las mujeres eran dejadas un poco de lado, injustamente, debo decir. Estas mujeres, a mi juicio, son mucho más contemporáneas que la mayoría de las mujeres políticas de nuestra época. Más contemporáneas, más audaces y, sobre todo, más divertidas. Bolívar era un joven iluso, que aún buscaba la gloria. Yo fui ese joven. San Martín, en cambio, había buscado la gloria, la había obtenido, y ya estaba desilusionado.

         

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abril
18 / 2013