Los protagonistas del futuro interestelar

Llegar a las estrellas tendría profundas implicaciones que transformarían para siempre la especie humana como la conocemos hoy. ¿Qué se está cocinando en los laboratorios científicos para lograr la conquista del espacio y cuáles son los riesgos?
 
Foto: Randy Mora
POR: 
Ángela Posada-Swafford

Dentro de diez años nuestro vecindario espacial quizá no habrá cambiado radicalmente. Habrá, claro, cosas destacables: tendremos al segundo o tercer grupo de turistas suborbitales escribiendo sus aventuras en revistas de viajes, y a los recién casados haciendo planes de luna de miel en el primer hotel orbital. Después de haber cumplido sus 20 años de vida útil, habremos decomisado la Estación Espacial Internacional, el gran laboratorio científico puesto en órbita terrestre por la NASA en asocio con 15 países, mientras vemos con envidia los avances de la China en su propia estación Tiangong 1.

Habremos enlazado nuestro primer asteroide, acarreándolo a órbita lunar, mientras un equipo de astronautas se prepara para trabajar sobre su superficie a manera de entrenamiento en minería espacial. Empresas privadas tales como SpaceX, AdAstra Rocket, Orbital y Sierra Nevada habrán realizado más de una misión de reabastecimiento, transporte de tripulaciones Tierra-órbita, y de carga espacio-espacio.

Mientras tanto, las agencias espaciales de varios países seguirán adelante con sus investigaciones astronómicas y de exploración del espacio profundo. La NASA habrá (ojalá) realizado su primer lanzamiento del nuevo cohete Space Launch System, doce toneladas más pesado que el Saturno V lunar –que fuera el cohete más grande en la historia de la astronáutica– el cual nos permitirá llevar tripulantes a puntos bastante más lejanos que la tímida órbita terrestre.

Pero diez años son una bagatela en la exploración espacial. Nos tomó 150.000 años migrar a través del planeta, completando así el primer gran proyecto de nuestra especie. Entonces, un buen ejercicio mental es pensar cómo será durante los próximos 100.000 a 200.000 años (si no nos destruimos antes) la exploración de nuestra galaxia, un proyecto crucial para una civilización que solo parece tener una disyuntiva: salir al espacio o extinguirse.

Con esta premisa en la cabeza, y ante el descubrimiento inminente de un planeta habitable o con señales de vida, mentes futuristas en todas partes se han dado a la tarea de pensar en las implicaciones que tendría un viaje interestelar dentro de la Vía Láctea. Desde el atrevido Proyecto Ícaro de una nave robótica, hasta las consideraciones biológicas basadas en la ciencia moderna, no hay duda de que nuestro salto a las estrellas tiene profundas implicaciones que transformarían para siempre al Homo sapiens.

Ícaro a las estrellas
El Proyecto Ícaro –un estudio teórico de ingeniería de la Sociedad Interplanetaria Británica con sede en Londres, constituido por voluntarios internacionales­– tiene como objetivo diseñar una nave interestelar a partir de los avances científicos del presente y producir informes que describan la ingeniería, funcionalidad, operación, desempeño esperado y perfil de una misión no tripulada a un sistema planetario ubicado en la zona habitable de una estrella que esté a menos de 15 años luz de la Tierra.
La principal justificación científica para lanzar Ícaro es estudiar la habitabilidad de cualquier planeta, análogo a la Tierra, con una huella biológica. Por ahora, el candidato número uno es el más cercano al sol, el sistema triple de Alfa Centauri, que se halla a cuatro años luz de distancia, en la constelación Centauro.

¿Pero por qué es tan difícil un viaje interestelar? Dejando al margen los obstáculos políticos y financieros, la razón es que las distancias en el espacio son casi inconcebibles. Viajando a 24.000 kilómetros por segundo, la nave Voyager 1 se encuentra a 18 horas luz de distancia, al borde de la “heliopausa”, la frontera donde el sol deja de ejercer influencia sobre los planetas del sistema solar. A pesar de ser el objeto construido por humanos más lejano de la Tierra, Voyager 1 apenas si ha logrado sacar la nariz fuera del sistema solar en sus 36 años de viaje. Asumiendo que esté orientada en la dirección correcta, una nave demoraría 74.000 años en llegar a Alfa Centauri. Así que otro desafío para Ícaro es el diseño de la forma, el tamaño y los materiales de la nave, pues tendría que autorrepararse y explotar los recursos minerales que hay en el espacio, por ejemplo en los asteroides. Dentro de la lista de potenciales materiales de construcción están el berilio y el grafeno, mezclas de titanio y nanotubos de carbono que, gracias a la nanotecnología, serían altamente resistentes y tendrían la capacidad de autorreplicarse.

         

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septiembre
25 / 2013