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"No hay vacuna contra la envidia", Manuel Elkin Patarroyo

El 3 de noviembre está de cumpleaños Manuel Elkin Patarroyo, el científico más importante de Colombia. De ahí que la periodista Salud Hernández escribiera este reportaje en su honor.

Foto: Archivo Diners

El 3 de noviembre está de cumpleaños Manuel Elkin Patarroyo, el científico más importante de Colombia. De ahí que la periodista Salud Hernández escribiera este reportaje en su honor.

A mucha gente le habrá producido dolor de estómago ver un trabajo de Manuel Elkin Patarroyo en la portada del último número de Accounts of chemical research, revista científica de primer nivel mundial.

Para llegar a esas páginas no basta con ser querido o amigo de personajes ilustres, como algunos en este país parecen creer. Amén de una investigación novedosa que suele ser la culminación de un esfuerzo de varios años, hay que pasar por el ojo escrutador de un selecto grupo de despiadados científicos que analizan el documento durante meses como si fuesen a diseccionarlo.

En ese universo nadie regala nada, y mucho menos elogios y reconocimientos. Es tan complejo y competitivo como la Fórmula 1. Los favoritos se dejan la piel en el asfalto, tapando la calle y hundiendo a fondo el acelerador para llegar en el primer lugar. Los sigue a distancia un tropel indefinido que anhela un error que le permita acariciar el podio, para el cual aún no tienen ni carro ni equipo ni sangre.

El más laureado científico colombiano está acostumbrado a que en su patria los que se arrogan el papel de jueces le busquen tres patas al gato para intentar sacarlo de la pole position. Pero él tiene la piel curtida y resbalosa, aclimatada a las tormentas que descargan a cada tanto sobre él, y ya ni el más ácido ataque le cala.

“He sufrido desde la universidad la envidia como consecuencia de un éxito relativamente temprano. Se les olvida que comencé demasiado joven. A los 24 años ya era Premio Nacional de Medicina y a los 34 de Ciencias que luego repetí cuatro veces, y eso genera resentimientos”, dice Patarroyo sin el menor resquicio de vanidad. “Yo los entiendo, no los juzgo ni los menosprecio ni los agredo, jamás lo hice. Mi madre me decía: ‘Mijo, sólo los animales que tienen miedo agreden’. Y yo nunca tuve miedo”.

Lo divierte analizar con su amigo, el psiquiatra Ismael Roldán, las causas de un pecado nacional heredado de los españoles, que padecen la envidia en grado superlativo. “La envidia es la sensación de inferioridad que experimenta el otro.

Cuando yo tenía diecinueve años, la Fundación Rockefeller me mandó a Yale, y a mi vuelta a Bogotá un profesor me volvía pedazos por eso. ¿Qué culpa tenía yo? ¿Qué riesgo le podía representar yo a un profesor a los diecinueve años? Es mi destino, mi karma, y eso yo no lo puedo combatir. Entre el grueso del pueblo colombiano no tengo esa resistencia, pero entre los pares, sí”.

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Quizá el problema de Manuel Elkin Patarroyo, ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias, entre otros muchos galardones internacionales, es que quienes intentan denigrarlo desconocen su trabajo y los logros de la Fundación Instituto de Inmunología de Colombia que creó con el fin de investigar con independencia, sin jefes ni servidumbres.

De haber soportado una cadena de mando o buscado una carrera con recursos casi ilimitados, seguiría en el Rockefeller o cualquier otro organismo extranjero de prestigio que se disputaría su concurso.

Por sus manos han pasado 768 científicos colombianos hechos a su sombra; ha doctorado a quince y ha otorgado el máster de Ciencias a otros 49, un hito en un país donde no hay cómo formarse como investigador y, lo que es peor, donde las chicas sueñan con pasarelas y ellos con trabajos lucrativos que “de una” los tape de plata.

Ponerse una bata blanca y pasarse media vida mirando por un microscopio para ver si en veinte o treinta años consigue un descubrimiento revolucionario cuando lo habitual es dejar sólo avances significativos, es una meta que sólo un puñado de soñadores quiere cruzar.

“En Colombia la investigación es pobrísima. Se necesitan escuelas de pensamiento y aquí el investigador tiene que ser profesor y médico y además no dedicarse al área que quiere sino a la que le toca. Pero el científico debe ser profesional de tiempo completo y no en los ratos perdidos. No hay profesionalismo. La docencia es debatir, y aquí es tiza y tablero”.

Y no digamos los gobiernos, miopes ante la necesidad de fomentar la ciencia, y qué decir del actual ministro de Protección Social, Diego Palacio, al que hace blanco de sus ironías. Bajo su batuta, señala Patarroyo, Colciencias se ha dedicado a torpedearlo para distribuir sus escasos recursos entre una pléyade de instituciones, muchas de ellas carentes de trayectoria, y así quedar bien con más y dar respuesta a intereses políticos.

“Nosotros presentamos a Colciencias tres proyectos de trescientos millones de pesos cada uno para el desarrollo de la vacuna contra la tuberculosis. En la junta directiva, en la que hay tres representantes del Ministerio, nos dieron cero patatero. Aprobaron sin embargo un análisis del problema de los mosquitos en Cundinamarca”, alega con una sonrisa malévola.

Cada vez que en la entrevista da un dato, por nimio que sea me suelta un cerro de papeles que corrobora sus palabras y ofrece otros adicionales. “A mí me gustan los documentos, es la mejor manera de tirarse a los que hablan cháchara”, y entrega un listado de sus muchos logros, cada uno perfectamente documentado.

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“No me gusta que la gente me crea sin más”. Doscientas noventa y tres publicaciones en revistas científicas destacadas –a distancia sideral de cualquiera otra institución colombiana–, cada una ranqueada conforme a su importancia porque entre los investigadores todo tiene un orden y un valor objetivo, nada de chismes de salón. Nueve patentes mundiales (me enseña los originales y ofrece fotocopias que rechazo porque la conversación se alarga, los aportes del profesor se multiplican y necesitaría una volqueta para cargarlos).

“Yo no creo en la genialidad sino en la fuerza de la disciplina, el estudio y el pensamiento. Newton, que no Einstein, de que la genialidad es un 99 por ciento de transpiración y uno por ciento de inspiración”.

Por eso Patarroyo se levanta cada día a las tres de la mañana para leer y corregir trabajos, labor que interrumpe a las siete. Se alista y está en su oficina temprano. Allí pasa la jornada hasta la noche. Y aun así es un esfuerzo insuficiente para agregar a sus hallazgos la fórmula que elimine la envidia, y más bien parece predestinado a fomentarla.

¿Por qué les pareció importante su descubrimiento como para interesar a Accounts of chemical research, le pregunto y pido una respuesta sencilla, comprensible para ignorantes. “Abre un camino a todos los científicos del mundo y establece las reglas para crear vacunas sintéticas contra las 517 enfermedades víricas que existen. Es corroborar lo que venimos estudiando desde hace catorce años”.

Una ventaja adicional radica en que producir ese tipo de vacunas resulta de cien a mil veces más barato que hacerlas con el método tradicional de utilizar el virus del insecto, amén de hacer posible descubrir las que pueden prevenir enfermedades contra las que aún no hay cura.

“Ese cimiento”, recalca, “ya tiene un nombre”. Es el de Patarroyo y el de su Instituto.

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Noviembre
03 / 2018


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