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Crónicas desde Rusia: La odisea de los hinchas que viajan en tren

En Rusia la FIFA le permite viajar gratis en tren a los partidos si muestra la acreditación de periodista o la boleta del juego, pero no es tan fácil como suena.

En Rusia la FIFA le permite viajar gratis en tren a los partidos si muestra la acreditación de periodista o la boleta del juego, pero no es tan fácil como suena.

Hace doce años, en Alemania 2006, bastaba con mostrar la acreditación para subirse a cualquier tren de la Deutsche Bahn, dueña de una flota tan amplia como moderna. Así, sin reservas ni trámites, podías presentarte a la estación sobre el tiempo, subirte al tren que necesitaras y llegar en cuestión de minutos, o en el peor de los casos en pocas horas, a cualquier juego de la copa.

Pero Rusia no es Alemania, y no solo porque sea 17 veces más grande, sino porque no dio total libertad para montar en los trenes durante el mundial. Es decir, no es que mires la tabla de salidas, digas “este es el que me sirve”, te montes y ya. Para empezar, hay que registrarse en la página de la RZD, mirar las opciones, de fecha, horario y destino, elegir la que más convenga y hacer la reserva con la esperanza que haya cupos.



Los hinchas pueden montar en tren para transportarse de una ciudad a otra, sin embargo, no es una tarea sencilla.

Pero no siempre hay porque no todos los trenes son gratis, de hecho, los gratis son los menos, viajan durante la noche y se demoran entre 8 y 24 horas en ir de una ciudad a otra. Al ser pocos, los cupos se agotan rápido. El problema fue tan evidente que después de una primera ola, la organización habilitó más de 700 trenes más para periodistas e hinchas, los cuales ya también se agotaron en su mayoría.

A Saransk viajé en un tren de quince vagones, cada uno con compartimentos de cuatro camas para dormir durante la noche. Los trayectos duraron algo así como diez horas, arrancando en la madrugada y llegando al destino a mediodía. No puedo decir que fue placentero, aunque tampoco fue un infierno. Aire acondicionado, literas decentes y limpias, blackout en la ventana, una mesa central para trabajar, comer o leer; lo básico necesario. Y en cuestión de baños, dos por vagón, uno en cada extremo.

Los trenes están llenos porque en día de partido un vuelo local puede costar entre 500 y 800 dólares (de millón y medio de pesos a dos millones cuatrocientos) y los cupos tampoco es que sobren. También se puede pagar tren, el cual cuesta por trayecto entre 80 y 200 dólares según la ruta y la hora. Pagar uno de vez en cuando está bien, pero entre la cantidad de partidos y la distancia entre ciudades, desembolsar esa cifra cada 24 horas se convierte no solo en una maratón difícil de resistir sino en un taxímetro impagable.

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Moscú tiene tres estaciones principales, todas separadas entre sí por una cuadra, y a cada una de ellas se va de acuerdo al destino. Una si se quiere ir a San Petersburgo y sus alrededores (al norte de la capital), otra para Kazán y las demás ciudades que están al este de Moscú y la última para las sedes que se encuentran la sur: Rostov, Sochi y Volvogrado.

A Saransk salí poco después de la una de la mañana en un tren con uno que otro japonés, pero donde los colombianos éramos mayoría. Y eso que era bonito al comienzo terminó en pesadilla porque en esa delgada línea que separa al folclor de la recocha y a esta de los desmanes, la felicidad fue subiendo de tono. De cantos de apoyo al equipo a fiesta con parlante a todo volumen donde sonó vallenato, salsa, reguetón y hasta el himno nacional. Terminaron tarde en la madrugada y retomaron como si nada temprano en la mañana sin que ninguno de los ocupantes nos quejáramos; es que no había cómo, un colombiano eufórico no soporta que nadie se oponga a su felicidad.

Más allá de la incomodidad, se notaba la ilusión con la que viajaron a ver el Colombia – Japón. Siempre he admirado a esa gente que se manda sin asco 10, 20, 30 horas de viaje por un partido de 90 minutos. Yo no opero así. Por un mundial hago lo que sea, el resto del fútbol lo consumo feliz desde el televisor.



Las cabinas de los trenes vienen equipadas con lo básico para un viaje de 8 a 10 horas.

Y eso que yo voy en coche, y no hablo por el vagón del tren, sino por la acreditación. En un mundial ser periodista acreditado te da muchas facilidades y licencias en términos de desplazamientos, posibilidades para hacer tu trabajo y tener acceso a partidos, entrenamientos, entrevistas y eventos especiales. Un hincha, en cambio, va a la guerra y se gasta una millonada.

Me pregunto si los jugadores lo sabrán. Seguro sí, pero el verdadero cuestionamiento es si serán realmente conscientes de eso y lo valorarán. La respuesta no la tengo clara. Si los futbolistas supieran lo que hace la gente por verlos, jugarían en la cancha más allá de sus posibilidades, cosa que no siempre pasa porque a ratos pareciera que están ahí porque les toca y que se presentan solo por cumplir, cobrar el sueldo y figurar. Basta con ver lo que ha hecho Argentina para pensar así.

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Escribo estas líneas horas antes de ir de Moscú a Kazán ida y vuelta para ver Colombia Polonia. El pasado martes en Saransk, Colombia perdió y no solo nos rompió el corazón, sino que puso en peligro su clasificación a segunda fase. Aunque eso no fue lo más grave. Grave fue el regreso de los hinchas en tren, de madrugada, cansados, sucios y tristes. Eso, y que si pasaba de primero de grupo jugaba octavos de final en Moscú, rico, pero si lo hace de segundo, le toca ir a Rostov.

El equipo montará en avión e irá en la buena, los que viajemos en tren tendremos que subirnos en una vaina de esas, que no es que sean lo más moderno del mundo, 23 horas de ida y 25 de vuelta. Todo sea por ver fútbol cada cuatro años.

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Junio
25 / 2018

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