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Crónicas desde Rusia: Simón, el taxista más amable de Moscú

Nuestro corresponsal en Rusia, Adolfo Zableh, cuenta sus primeras impresiones de la gente y el estilo de vida en Moscú. ¿Son los rusos tan fríos y parcos como dicen?

Foto: Pexels CC BY 0.0

Nuestro corresponsal en Rusia, Adolfo Zableh, cuenta sus primeras impresiones de la gente y el estilo de vida en Moscú. ¿Son los rusos tan fríos y parcos como dicen?

Esta foto tenía que tomármela. El que está a mi lado se llama Simón, es más ruso que el vodka y fue el taxista que manejó los 70 kilómetros que separan al aeropuerto del apartamento que alquilamos durante el mes del mundial en Moscú. Para que tenga una idea, más o menos la distancia que hay entre Bogotá y Fusagasugá. Para comunicarnos con él durante la hora y media que duró el trayecto, usamos el traductor del celular. Así pudimos saber, entre varias cosas, que su cuñado es colombiano.



Adolfo Zableh junto a Simón, el taxista más amable de Moscú.

En la foto salimos felices (o algo así), pero motivos para sonreír no es que hubiera muchos. Eran las cuatro de la mañana, hacía frío y llevábamos dos horas tratando de entrar al edificio. No se deje despistar por la luz, que por estos días en Rusia el sol se va a las diez de la noche y se vuelve a reportar a las tres de la mañana.

La razón de la foto es que Simón se portó tan bien que no había de otra que tomársela para el recuerdo. No solo nos llevó y no nos cobró de más pese a habernos recogido de madrugada (lo sabemos porque consultamos tarifas en internet antes), sino que al llegar al destino se bajó a timbrar en la portería, y al ver que nadie respondía, nos prestó su teléfono para hacer las llamadas que necesitáramos. Es decir, prefirió quedarse dos horas con nosotros, tres extraños, que volver al aeropuerto a hacer más carreras. Y miren que la segunda opción era una inversión segura, en pleno mundial no paran de aterrizar en Moscú aviones repletos de turistas.

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Por tal gesto hay que estar agradecido, porque Simón tumbó dos de los mitos que nos habíamos traído desde Colombia. Primero, que el ruso es seco y hasta grosero, y segundo, que el país es carísimo. Aunque ni tan mitos, porque salvo el episodio con él, acá se ve cada personaje. Los colombianos estamos acostumbrados a la excesiva atención, el servilismo y hasta a la falsa cortesía, y acá en Rusia no hay nada de eso.

Acá nadie te trata mal, pero tampoco te trata bien, y lo mejor, nadie finge dulzura ni se ofende cuando no recibe buen trato. En el metro y a las entradas de los almacenes nadie te sostiene la puerta para que entres; al revés, te la tiran en la cara, la gente no te sonríe, y la mujer que nos atendió en la compañía donde compramos una línea de celular nos regañaba por no darle rápido el pasaporte y el dinero para pagar. Estaba molesta o al menos así sonaba, aunque capaz que no. Insisto, en Colombia estamos tan mal acostumbrados a la melosería que a cualquiera que nos trata sin anestesia lo consideramos grosero.

El otro mito tampoco es tan cierto. Más allá de que en el aeropuerto hubiera publicidad de zapatos de mujer a 800 euros (y de hombre a apenas 550), la verdad es que hay opciones para todos los bolsillos. Acá lo caro es llegar. No solo por el pasaje de avión, que obliga mínimo a una escala en suelo europeo, sino al precio de los hospedajes. Sin ir más lejos, con varios colegas me estoy quedando en un apartamento bueno, pero nada del otro mundo, y muy bien ubicado por el que estamos pagando más de lo que me cuesta un año de arriendo en Colombia.

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Sin embargo, a la hora de comer o transportarse, pagar no es problema. Para que tengan un referente, la carrera de taxi de 70 kilómetros costó 40 dólares, poco más de cien mil pesos, mientras que se puede almorzar bien desde ocho dólares, unos veinte mil pesos. Es que suena a disco rayado, pero Bogotá es muy cara para lo que ofrece.

Pero de vuelta a Simón, el héroe del día. En medio de la espera nos llevó a un café 24 horas para que comiéramos algo y nos protegiéramos del frío, y se quedó con nosotros hasta que nos abrieron en el edificio. Al final quisimos darle veinte dólares de propina, pero no los aceptó, por lo que solo puedo decir que, si Rusia es hostil y cara, él es la excepción. Seguro que en algo influyó que el esposo de su hermana fuera colombiano.

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Junio
15 / 2018

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