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Andrés White: entre joyas, realeza y la alta sociedad

Este colombiano trabaja como director internacional de negocios del departamento de joyería de Sotheby’s, habla siete idiomas y ha vendido, entre otras cosas, el diamante más caro en la historia. Diners conversó con él en Nueva York sobre su trabajo y su vida.

Foto: Ramón Campos Iriarte

Este colombiano trabaja como director internacional de negocios del departamento de joyería de Sotheby’s, habla siete idiomas y ha vendido, entre otras cosas, el diamante más caro en la historia. Diners conversó con él en Nueva York sobre su trabajo y su vida.

El primero de los siete maridos que tuvo Barbara Hutton fue un falso príncipe georgiano de apellido Mdivani. Los demás esposos vinieron de otro tipo de noblezas: Cary Grant, de Hollywood y Porfirio Rubirosa, de la élite dictatorial dominicana. En su primer divorcio, esta socialité nacida en Nueva York perdió un fino collar que luego fue hallado en el cadáver de la amante de su exmarido. Ambos perecieron en un accidente automovilístico. La pieza se llama el collar Hutton-Mdivani, compuesto por 27 esferas de jade. En 2014 fue subastado en Hong Kong por Sotheby’s, vendido en tan solo 18 minutos por Andrés White Correal a la Casa Cartier por el doble del precio estimado: más de 27,44 millones de dólares.

White Correal es un bogotanazo de ojos casi translúcidos y nariz generosa que vive entre Madrid y Londres coleccionando y contando anécdotas del arte y su historia a través de las piedras preciosas, de sus lustros y sus decenios. Valga notar que Andrés ejecuta lo anterior de memoria, en siete idiomas, con palabras que no solo son historia, sino también risa provocadora y anécdota cerebral.

Apenas se enteraron de sus hazañas, los medios le dieron el acartonado título de “el colombiano de Sotheby’s”, con ese colombocentrismo patrioterista que el propio White obvió desde los 18 años, cuando cambió Bogotá por París –tras escasamente evitar Tolemaida gracias a la buena fortuna en el sorteo militar. La víctima de su buena suerte, por cierto, fue su amigo Zafra (el único apellido en la lista después de White) que sí tuvo que prestar servicio y que, casualmente, también vive hoy en la capital española–.

White se hace esperar. Llegó una hora tarde a nuestro encuentro inicial. Insistió en que nunca llega tarde a nada, pero que estaba en un almuerzo que no podía dejar. Pude comprobar más tarde que su compañera de merienda extendida era Carolina Herrera, en Cipriani. Ella resulta ser uno de los cuatro pilares del florecer de Andrés en el mundo.

La esmeralda Stotesbury, subastada en un millón de dólares.

Coincidimos en Nueva York, en la sede de Sotheby’s. Calle 72 con avenida York. White vino en apoyo a sus colegas para la subasta de la esmeralda Stotesbury, una épica joya de origen colombiano perfeccionada por el mismísimo joyero Harry Winston. White juega con la pieza, la limpia, la compara con otras, la describe y me deja usarla en el dedo meñique –porque no me cabe en ningún otro–. Dos días después, la Stotesbury se subastó por un millón de dólares.

Sí, este es el Andrés White que vendió el diamante blanco más caro de la historia en su momento (USD 30,8 millones) y sí, también vendió el collar Hutton-Mdivani, el más costoso de su tipo. Pero su orgullo mayor está en otro lugar, dentro de su pecho. Lo noté en un detalle durante nuestro encuentro. Una mujer de más de sesenta años de edad, vestida de negro y modestamente maquillada, pasa por el décimo piso de Sotheby’s y al ver a White, interrumpe nuestra conversación para darle un gran beso espontáneo; le dice que lo ama y se retira con un grupo de colegas. Ella es una de sus subordinados, encargada de transportar y cuidar las joyas que él suele describir con fluidez ante los billonarios interesados –entre ellos, de paso, estuvo este día la princesa Firyal de Jordania, protagonista de la filantropía neoyorquina–. Andrés, alegre, me dice: “Son mis niñas. Cargan las joyas de ida y de vuelta. Ese cariño para mí es mucho más importante que Firyal. Ellas son las que hacen que esta organización se sostenga. Que ellas me quieran es el regalo más grande. Ese es mi placer máximo”.

Sin embargo, el equipo de trabajo diario de White Correal es más pequeño. Está compuesto por dos personas: el presidente global del departamento de joyería de Sotheby’s, David Bennet, un hombre que es a la vez filósofo y astrólogo. “La persona más apasionante del mundo” según White. Y Daniela Mascetti, reconocida arqueóloga italiana.

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Entre los tres calculan los costos iniciales de las joyas que Sotheby’s subasta. “Llegamos al precio de un objeto por tres caminos diferentes: por la filosofía, por la arqueología y por la economía”, dice White en un tono calculado y prudente. Le pregunto por las cifras astronómicas de valor que uno de estos objetos banales y casi inservibles, según algunos, puede llegar a tener. Muy atento, desprovisto de la superioridad que tiene su conocimiento, Andrés me explica que las piedras preciosas son una secuencia de milagros. “Son una rareza de la naturaleza, una serendipia en la formación de la tierra y sus erupciones de piedra derretida, de bromo, de nitrógeno y demás. Sumados a cientos de miles de años de enfriamiento y a la presión de 30 o 50 kilómetros de peso terrestre. El solo hecho de que esto haya ocurrido es un milagro. El segundo milagro es encontrar la piedra. El tercero, aprender de ese pasado para cuidarla, cortarla y no romperla. Y, además, se debe ser muy exitoso entre los humanos, en alguna otra parte del planeta, para poder adquirir una”.

Le pregunto qué tan especulativo es este universo de las piedras preciosas y él simplifica su respuesta como buen conocedor: “Si una piedra cuesta 10.000 dólares y la vende Cartier, ya cuesta 30.000. Si la vende una joyería en Bogotá, seguramente habrá un descuento sobre los 10.000, porque el joyero es amigo del cliente o por cualquier otra razón. La misma piedra puede tener tres o cincuenta precios diferentes. No hay una regla establecida. Los diamantes, como excepción, tienen una gama de medición de valor y un margen bruto como regla según la tienda que los venda” (que se denomina rapaport).

Entonces, desprevenido, revela el simple secreto del negocio de la subasta en un ejemplo numérico: “En Sotheby’s se te ofrece 60 % menos del rapaport de un diamante. En Cartier el costo es tres veces el de su rapaport. Si algo cuesta 10, yo lo ofrezco a 4 y Cartier a 30. El cliente no pagará más de 30 porque es el tope comparativo y tampoco pagará 29 porque nos tiene que pagar 25 % de comisión. En cambio sí pagará unos 24 o 25 por la pieza”.

La otra faceta

Andrés White recoge los frutos de 17 años de trabajo en Sotheby’s. Se considera supersticioso y cree que las piedras preciosas son el resultado de milagros de la naturaleza.

El edificio de Sotheby’s se siente demasiado frío para ser inicio de primavera. Se está quedando vacío. El sábado terminó con su lluvia y todos se marchan. Andrés lo nota y propone un cambio de ambiente. Vamos al Carlyle, su hospedaje temporal. Ahí, entre tragos, conozco otra faceta de White.

Pedimos un whisky y un martini. Al Pacino pasa por nuestro lado, camino al baño, medio perdido, ensimismado, en sudadera negra y tenis blancos. Irreconocible ante todos menos al agudo ojo de White.

Se nos suma una mujer guapa, de ojos patricios y miel. La faceta que menciono de Andrés está no dentro de su pecho, sino encima. Debajo de su camisa hay siempre varios amuletos. Uno, hecho en varios metales, es casi como una versión diminuta de un reloj de bolsillo antiguo que guarda secretos. “Yo soy muy supersticioso. Este amuleto es mi carta astral. Me lo hizo mi jefe. Tiene mil hojas cortadas por dentro y está hecho en cristal de roca, el mejor conductor natural de energía en el planeta”. Incrustado en el talismán hay un pequeño diamante amarillo, justo en la media noche de las manos de un reloj. “Mi sol está en media noche. Creo que esto ha regido toda mi vida, me ha traído esa suerte y esa serendipia que me ocurre”. En su otra cara, el óvalo metálico dice en latín audes sapere. Atrévete a aprender.

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El otro amuleto también es circular, pero dorado y plano. Se lo hizo su amiga Eugenia Niarchos. En la pieza se lee, de un lado, One gold, lucky coin, y por el otro, the philocalist, blessed and grateful. El filocalista, bendecido y agradecido. La filocalia es el amor a la belleza, de las palabras griegas philia y kallos. Andrés se considera un filocalista. “Es la historia de mi vida. He sido bendecido y estoy agradecido. No sé por qué, ni quiero saberlo. Me asusta. Prefiero honrarlo y punto”, lo dice poniendo su trago en la mesa.

Lo bendecido también es trabajado. Andrés White construyó una carrera de 17 años en Sotheby’s y hoy recoge los frutos. No siempre fue así. El dinero de su familia que durante años lo sostuvo mientras estudió en Estados Unidos y Europa se esfumó bruscamente cuando él vivía en Londres. El espontáneo apoyo de sus amigos, sus conexiones laborales y su esfuerzo profesional lo sacaron del repentino desespero financiero.

Hoy también usa un par de mancornas doradas en forma de caparazón de tortuga. “Este animal tiene todo lo bonito de la vida: resistencia, protección, firmeza, siempre con el hogar en la espalda. Siempre estás en casa sin importar a donde vayas”.

Sus otros pilares

Sí, este es el Andrés White que vendió el diamante blanco más caro de la historia en su momento (USD 30, 8 millones) y sí, también vendió el collar Hutton-Mdivani, el más costoso en su tipo.

Además de la consagrada diseñadora venezolana Carolina Herrera, este economista e historiador tiene otros tres pilares más en su vida, a quienes él mismo acredita sus logros y fortunas: Duncan, el hombre que lo presentó a Henry Wyndham, el recién jubilado presidente de Sotheby’s que le abrió la puerta a la gemología; Marguerite Littman, una heredera del sur de Estados Unidos que vive en Londres (The New York Times la describe como la versión madura de la protagonista de la novela Desayuno en Tifanny’s, Holly Golightly); y su familia, mamá, papá, hermanos y sobrinos, de la que poco habla, pero que significa mucho.

Y así, el poder real de White viene de la palabra y la experiencia, con las que desprende a la joya de toda frivolidad. Se inspira en Capote para su próxima aventura. Está leyendo Stefan Zweig, Peter Ackroyd y Philip Sassoon. Tiene claro que uno “solamente es tan bueno como su próxima subasta”. La voz de su padre retumba en su cráneo de vez en vez, diciendo lo que siempre dijo: “¡Edad! ¡Dignidad! ¡Y gobierno!”. Sus amigas y diosas de familias como los Brandolini d’Adda, Domecq y Thurn und Taxis –entre otras– le hacen ver que no se tiene que tener poder para ser poderoso. Entiende que el arte colorea la historia, árida para los humanos que quieren compartamentalizarlo todo. Pero no para White. Para él, “la vida es una minestrone, es un ajiaco con sus siete papas y el pollo”.

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Mayo
08 / 2017

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