El mejor papá del mundo

Quizás el Día del Padre no sea la fecha más importante del año, pero ahí vamos. Yo lo disfruto porque es el único domingo en el que me dejo atender de verdad.
 
POR: 
Jorge Alfredo Vargas

¿Qué tal la delicia de quedarme entre la cama hasta que mis tres hijos entren con la mesa portátil, que nos regalaron en un shower antes de casarnos hace 16 años, cargada con una deliciosa arepa quemada, unos exquisitos huevos sin sal y una dulzura de jugo ácido de mandarina?

Y al lado, muchas tarjetas hechas con sus manos, con Pega Stic todavía fresco, cartón paja que sobró de las tareas de la semana y fotos de la familia mal recortadas, pero pegadas con todo el talento que produce el amor de hijo. ¿Y qué dicen? Que soy el mejor papá del mundo. ¿No es el mejor premio? ¿No es mejor que el Simón Bolívar o que un Pulitzer?

Soy el mejor papá del mundo y el jurado que entrega ese título, año tras año, es el más exigente de todos.

Está integrado por Laura, Sofía y Felipe. Durante 365 días hago todo lo posible para que me postulen. Durante 12 meses sumo puntos y dejo huella con tal de quedar nominado nuevamente, y con mucha ansiedad espero ese domingo de junio la hora de la verdad, el día del gran premio. El jurado no se deja meter los dedos en la boca, no, señor, y mucho menos ahora que uno de los miembros está entrando a la adolescencia.

Este año corrí por las noches al terminar el noticiero para llegar y oírles sus historias, a veces largas, pero siempre muy importantes.

Corrí para acostarlos, arroparlos, rezar con ellos y abrazarlos mucho, sin ninguna prevención, así como me lo enseñó Héctor Abad Faciolince en el libro de mi vida, El olvido que seremos. Corrí mucho para aprovechar esos minutos de la noche en los cuales trato de nivelar la ausencia a la hora de hacer tareas con ellos, porque si algún sacrificio ha tenido mi carrera profesional es no poder hacer tareas con mis hijos, porque cuando investigan, escriben y leen yo estoy al aire. Este año les oí sus preocupaciones, les di uno que otro consejo, los llevé y los recogí de todos sus eventos, traté de asistir a las mil y una reuniones que en su colegio citan. Y pasé todas las pruebas que pasamos los papás para ganar el premio.

Hoy soy experto en reggaetón, me sé las canciones de Don Omar, J. Álvarez y tarareo las de Justin Bieber y One Direction. Eso es mucho avance. He aprendido a soportar las uñas pintadas, las conversaciones eternas por teléfono y ahora integro grupo de BB con mis hijos e Inés María, por el cual nos comunicamos en comunidad. Y hay más, porque hoy respeto los silencios (que a veces parecen eternos) de mis hijos y aprendí a convivir con series de televisión que antes parecían todas iguales.

Hoy espero con expectativa el domingo de junio en el que recibo el premio de mejor papá del mundo, el mismo que yo le entregué a mi padre durante 37 años de mi vida. Hoy veo cómo la historia se repite y entiendo por qué mi padre hizo lo que hizo por mí. Por qué me secundó en todo, por qué me respaldó en tantas aventuras, por qué me detuvo cuando lo tuvo que hacer y por qué me habló de esa manera cuando así lo hizo. Será por eso que la otra noche, al dormir a mi hijo menor, Felipe, le dije al oído, para que me oyera a gritos en su corazón, que ojalá yo sea con él como mi papá fue conmigo. Ese papá cómplice pero papá, ese papá ejemplar y bondadoso, ese papá que siempre llevaré en mi corazón y en mi mente como guía.

Si hoy mi papá todavía viviera, seguramente ese domingo de junio entraría con mis hermanas a su cuarto llevando en una mesa una arepa quemada, unos huevos sin sal y un jugo ácido de naranja (no le gustaba la mandarina) y le entregaría mil tarjetas hechas con mi mala motricidad y con Pega Stic untado, en las cuales con orgullo le diría cuánto lo quiero, le agradezco y por qué para mí siempre será el mejor papá del mundo.

         

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julio
4 / 2012