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"Yo vi al Barcelona ganar la Champions League"

Así vivió el reciente título de Champions League del Barcelona un fiel hincha del club catalán.

Así vivió el reciente título de Champions League del Barcelona un fiel hincha del club catalán.

Estoy al lado de mi cuñado en el avión de Air Berlín que nos lleva a la capital de Alemania. Las 10 de la mañana. Sábado 6 de junio. Le miro y le digo: hoy marcará Rakitic. Horas después, en el autocar que nos lleva del aeropuerto al estadio, escucho a un par de aficionados discutir sobre el rubio. A Rakitic es para darle morreos en la boca, dice uno, qué va, si siempre va al trote, le responde otro. Uno dice que ha sido un gran fichaje, el otro que es un paquete. No tienen demasiados argumentos, pero les da igual, discuten y discuten. Más tarde, cuando con apenas cuatro minutos de juego, el croata culmina una jugada espectacular lo recuerdo y me río. Pero me río aún más cuando aterriza el Airbus. Un pasajero ha aprovechado el vuelo para colocarse un mallot verde debajo la camiseta del Barça que le cubre todo el cuerpo, rostro incluido. Una peluca negra completa el atuendo. Aún está el avión dando tumbos por la pista de aterrizaje que el tipo va y se levanta y camina por el pasillo. Lo miramos todos atónitos. Escuchamos entonces por los parlantes: Can anyone tell the alien to sit down?

Si algo te hace gracia pones LOL

A emborracharnos, a emborracharnos, hemos venido a emborracharnos y a ganar la Champions League. Algo así cantan los hooligans más beligerantes de mi equipo por las calles de Berlín. El calor aprieta. Cerveza tras cerveza, nos vamos poniendo todos a tono. En la fila del baño de un bar regentado por extremadamente eficientes meseras un socio comenta: nosotros siempre ganamos las finales cuando son en capitales con historia. Londres, París, Roma y hoy Berlín. Nosotros no vamos a ganar una Champions en un campamento de gitanos como Lisboa, nosotros ganamos en una gran capital, asegura. En cualquier otro contexto, hubiera mandado a paseo a un energúmeno de este calibre. Pero, en el contexto de hoy, fútbol, final de la Champions, una gilipollez así hace que quiera hablar con este sujeto. Luego me sumo al grupo de exaltados que canta una versión del tema de Pabellón Psiquiátrico “En una tienda de campaña” a la cara de unas vigilantes de metro demasiado celosas de su oficio: “una alemana me la meneaba en una tienda de campaña, como veía que no me corría, se fue a buscar a otra alemana, por eso no es lo mismo un país sin turismo, la la la.”

Si algo te estremece pones OMG

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Los críticos del fútbol arguyen que todo lo que le rodea es machista, vulgar, violento o corrupto, y no seré yo quién lo desmienta. Pero también es cierto que hacen falta espacios así para sacar el lado irracional y hacer el cafre a gusto. Es sano ser un poco capullo una (o varias) vez al año. Por eso toda esta voluntad de sancionar a los que insultan a un jugador, pitan un himno o se cagan en la madre del entrenador rival es absurda. Lo importante es que la mayor parte de la gente sabe que todo eso sólo tiene sentido en el campo de fútbol, o en sus alrededores. Nadie puede estar más absorto por un evento que cincuenta mil aficionados al fútbol y, sin embargo, en ningún momento se olvidan de que están en un estadio, de que hay gente a su lado. No desconectan y piensan que los han transportado a una tierra de nunca jamás. Simplemente el rito exige una serie de requisitos. Los cánticos, las banderas, los insultos, hacer el payaso, son gestos, parte de la liturgia, y como tal deben verse. No se pueden analizar en términos de la moral o los valores de una sociedad. O como diría Dalí, “el payaso no soy yo, sino esa sociedad tan monstruosamente cínica e inconscientemente ingenua que interpreta un papel de seria para disfrazar su locura”.

Si algo no lo entiendes pones WTF

Por lo demás, Berlín es una ciudad donde se respira historia. Como esta Iglesia Memorial Kaiser Wilhem, situada entre el zoo y la plaza donde queda la fan zone del Barça. La llaman la iglesia del recuerdo. Construida en el siglo XIX, fue bombardeada durante la segunda guerra mundial. Una vez retirados los escombros, quedó la imponente torre principal, y ahí sigue. Como escribió Robert Walser ¿Acaso no son acaso las ruinas más bellas que los remiendos?

En esas disquisiciones estoy cuando llega Martín Caparrós. No acepta una cerveza, está de servicio. Conversamos un rato sentados en una terraza. Fanático de Boca, colaborador del diario Olé, para el que escribe brillantes columnas de opinión, el escritor argentino admite que corea los goles del Barça. Lo atribuye a su fervor por el mejor jugador del mundo. Ese fanatismo le hizo viajar a Berlín haciendo parada en la ida en Varsovia, y vía Praga en la vuelta. Una manera de ahorrarse unos euros y de hacer más divertido el viaje. Turistas argentinos lo interceptan, lo felicitan por su libro Hambre, se toman fotos a su lado. Todo el mundo parece estar de buen humor hoy en Berlín. Los italianos y los catalanes se cruzan e intercambian cánticos. La única violencia es verbal. Y controlada.

Escasez lingüística en la red

Después de un terrorífico viaje en metro, con empujones, sudores y saltos, llegamos a las inmediaciones del Olympia Stadium. El lugar es imponente. Me vienen a la memoria todas esas imágenes en blanco y negro de los documentales que filmó Leni Riefenstahl sobre los juegos olímpicos del 36. Sí, las cuatro medallas de oro de Jesse Owens, la cara de cabreo de Hitler, algunos éxitos del deporte alemán, toda una obra de arte. Las piedras del estadio atesoran toda esa historia. Es de esos lugares que extasían. Una vez dentro me quedó en silencio viendo la luz del atardecer colarse entre la moderna cubierta y las últimas filas de asientos. Son unos breves momentos de introspección antes de concentrarnos en lo que nos trajo a Berlín, la gran final. Barça-Juventus.

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Antes del partido, la UEFA monta una ceremonia a todas luces prescindible. Para buenas coreografías las que montan en Corea del Norte. Para danza contemporánea ya tenemos a Messi como la Pina Bausch del balompié. Este numerito de hoy parece una broma de mal gusto. Toda esta insistencia en llenar de ruido, baile y parafernalia es innecesaria. Recuerdo mi primera final de Champions, Wembley 1992. En esa época no se hacían estos shows previos. Ningún aficionado necesita de estos preámbulos, puro entretenimiento vacío de contenido. El partido ya contiene suficientes dosis de emoción, belleza, arte. Otra cosa que me irrita es la música pre-grabada que la organización pone cuando un equipo marca un gol ¿No es suficiente con los alaridos de la fanaticada del equipo que hizó el gol? ¿Por qué se empeñan en dirigir las emociones? Podemos perfectamente cantar el We are the Champions a capella, no necesitamos ningún Karaoke cutre de la UEFA. Son reflexiones que me hago mientras espero el vuelo de regreso a Barcelona. Del partido, ¿qué les puedo contar que, a estas alturas, no sepan? Las finales hay que ganarlas. Y este equipo, posiblemente el mejor de la historia, sabe cómo hacerlo. Son 4 Champions League en los últimos 10 años. Son dos tripletes que nadie más logró. Todos contentos.

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Junio
10 / 2015


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