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¿Quién es, realmente, Giancarlo Mazzanti?

Una mirada a la obra del polémico proyectista Giancarlo Mazzanti, ganador de la XXIII Bienal de Arquitectura.

Foto: Pablo Salgado

Una mirada a la obra del polémico proyectista Giancarlo Mazzanti, ganador de la XXIII Bienal de Arquitectura.

FE DE ERRATAS

En el artículo «¿QUIÉN ES, REALMENTE, GIANCARLO MAZZANTI?», publicado en la edición de la Revista Diners de octubre de 2014, se afirmó que el arquitecto Giancarlo Mazzanti había recibido algo más de 1.300 millones de pesos por el proyecto del Parque Bicentenario. Aclaramos que la suma exacta, recibida por el diseño arquitectónico, urbano y paisajístico de la primera etapa del Parque Bicentenario fue de $386.860.000 pesos, IVA incluido, según el contrato suscrito con Confase S.A., enviado por el arquitecto a esta redacción. Ofrecemos disculpas por la publicación equivocada de esta cifra.

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El arreglo de la Biblioteca España costará casi tanto como su construcción y el Parque del Bicentenario está en el ojo del huracán por sus muchos errores y altísimo costo. Sin embargo, las maquetas del barranquillero reposan en el MoMA y el Pompidou acaba de adquirir otras para sus colecciones. Además es profesor invitado de Harvard y Princeton. 

1.

Pensemos en algo. Escribir después de Gabo significó matar al padre, renegar de él, buscar otro camino. Hasta, mucho tiempo después, entenderlo y acogerlo. Algo parecido podríamos decir en el terreno de la arquitectura. Ser después de Rogelio Salmona implicaba construir un mundo radicalmente diferente del suyo. Con todo lo que ello significaba. Y esto fue lo que le tocó a Giancarlo Mazzanti. Una figura a la que no le caben medias tintas. O se admira o se desprecia.
Su trabajo se encuentra en medio de una gran discusión: tiene una enorme consideración en el ámbito internacional, pero sus diseños son criticados con frecuencia por sus pares en Colombia, quienes cuestionan su originalidad, su valor e incluso su calidad constructiva.

Así que, ¿quién es Giancarlo Mazzanti? ¿Un genio, alguien llamado a recoger la herencia de Rogelio Salmona a partir de una concepción romántica del oficio, o una vedette de la arquitectura internacional con el talento suficiente para brillar en altos firmamentos, pero sin un destino dorado?

En su oficina, en un edificio de fachada modesta en la pequeña calle peatonal al costado norte del Museo Nacional, las maquetas de los proyectos cuelgan de las paredes. Algunos nunca construidos, otros por construir. Juguetes de cartón blanco que reflejan sus sueños y ambiciones. Sobre una extensa mesa rectangular reposa una estructura de madera con piezas que se entresacan, que se convertirá en un museo en Helsinki. En una esquina descansa una estructura parecida a un rompecabezas, exhibida hasta hace pocas semanas en la muestra Playgrounds, en el Museo Reina Sofía de Madrid.
Mazzanti cuenta que Valentina Moimas, curadora del Centre Pompidou, acaba de adquirir algunos de sus modelos a escala (de un polideportivo en Cazucá). Son pocos los arquitectos colombianos que pueden exhibir un medallero como el suyo pues, después de Salmona, es el arquitecto colombiano que mayor atención internacional atrae.

La Biblioteca España, en lo alto del cerro de Santo Domingo Savio, en Medellín, sirvió como un primer campanazo de que algo se estaba fraguando en el país. Ganó la VI Bienal Latinoamericana de Arquitectura en 2008 en Lisboa y el MoMA de Nueva York adquirió la maqueta original.

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Edificada sobre tres inmensas piedras que se asemejan a los megalitos de Stonehenge, por un tiempo cumplió con los requisitos para convertirse en un faro de la ciudad y un motivo de orgullo para la alcaldía de Sergio Fajardo, que la inauguró en 2007 ante la presencia de los reyes de España y del presidente Uribe. Pero la emblemática biblioteca está hoy tapada con enormes y sombrías lonas que buscan evitar más desprendimiento de las losas negras que la cubren.

A los tres meses de abierta ya habían sido necesarias algunas reparaciones, principalmente de impermeabilización de la cubierta. Después de siete años de controversias, se calcula que solo arreglar la fachada costará unos 10.000 millones de pesos (la construcción tuvo un costo de 15.000 millones). Y tal vez sea necesario cerrarla durante los 18 meses que durarían los trabajos. A estos defectos se suman quejas sobre la falta de iluminación, la estrechez de los baños o el ruido que se filtra a las salas de lectura.

El arquitecto se basa en un estudio de la Universidad Nacional para argumentar que los fallos se deben a la “falta de coherencia entre los planos de diseño y la construcción”. Para el veterano arquitecto Germán Téllez, miembro honorario del American Institute of Architects, se trata de una cuestión de ética profesional: “Toda obra tiene defectos, pero no se deben esquivar las responsabilidades, así los encargados de la construcción sean otros. Hay que preocuparse porque el mantenimiento y el uso del edificio responda de una manera socialmente aceptable a lo que el arquitecto proyectó en un principio”. Con todo, Mazzanti insiste en que el estado de la biblioteca no es culpa suya.

2
Buena parte de la carrera de Mazzanti ha evolucionado bajo el influjo de una corriente que los expertos llaman “arquitectura internacional”, con figuras para las que la prensa anglosajona acuñó el mote de “starchitects”, autores de obras de notable dimensión, a grandes costos y que se arriesgan tanto en las formas como en los materiales. Un referente de esta corriente es Frank Gehry, con su icónico Museo Guggenheim de Bilbao.

Mazzanti tiene sobre su escritorio la conferencia que va a dictar en noviembre en Nueva York, organizada por la revista Architectural Record. El tema es cómo conciliar lo universal con lo local. “Cuando yo hablo de acabamientos, adaptabilidad, crecimiento, son conceptos que no tienen lugar ni cultura. El mundo es cambiante, inestable, adaptable. Las condiciones específicas ya no pueden ser vistas de una sola manera. Aun cuando debo decir que nuestro trabajo está basado en sistemas constructivos colombianos”.

Pero más allá de que su apuesta sea encajar en la corriente internacional, su obra evidencia, para algunos, un pecado mayor: la tendencia a copiar. “Mazzanti es muy susceptible de lo que uno podría llamar influencia directa, o copia, porque se inspira en referentes y ejemplos de todas partes. Salta por períodos muy fácilmente”, opina Silvia Arango, investigadora en arquitectura y urbanismo. Arquitectos como él evidencian la frágil línea de la cita y permiten preguntar hasta dónde llega la originalidad.

3
Hijo de un italiano nacido en París y de una bogotana criada en Canadá, sobre Alessio Mazzanti confiesa que es un “diletante”, un tipo que estudió Derecho pero nunca se graduó, que ha escrito alguna novela y que ha vivido toda su vida en el Caribe. De Margarita, su madre, cuenta que pertenece a una familia típica de Teusaquillo. Se siente “muy bogotano”, pero su lugar es Barranquilla. “Yo vengo de una ciudad hecha de inmigrantes, que en 1810 no existía y en 1919 ya era un lugar pujante construido por franceses, chinos, árabes y judíos. Es la única que se construye desde la diversidad en Colombia. Yo pertenezco a esa idea de heterogeneidad y soy incapaz de ver el mundo de una sola manera”, apostilla.

Desde sus 22 años se dedica a concursar. Su primer premio fue ir a conocer la obra de Le Corbusier en Francia, algo que le abrió el apetito por verlo todo. Por eso no ahorra esfuerzos ni dinero para participar en convocatorias “públicas, anónimas y abiertas”. Ha ganado algunas, ha perdido muchas, pero insiste. Quizás también lo impulsa la ambición, algo que le ha costado caro. Nos referimos a su obra más polémica: el Parque del Bicentenario de Bogotá. Un verdadero embrollo que al día de hoy presenta un paisaje fantasmagórico envuelto bajo una pronunciada sombra de sobrecostos.

Las obras están suspendidas, a la espera de cambios en el diseño. No es la primera vez. Ya estuvo parada durante dos años y los retoques a los planos son numerosos (se habla de al menos 16). Como en el caso de Medellín, las responsabilidades por los problemas técnicos, arquitectónicos y administrativos abarcan al Ministerio de Cultura, a la constructora Confase S.A., al IDU, al Jardín Botánico, a Planeación Distrital y al propio Mazzanti. Se especula que no hay recursos para continuar con la construcción de la primera fase.

Pero vayamos al comienzo. El proyecto nació de una idea de Rogelio Salmona que consistía en coser los dos costados de la calle 26 a través de una losa ancha. Así quedarían conectados el Parque de la Independencia con la Biblioteca Nacional y el Museo de Arte Moderno, por un lado, y las Torres del Parque, por el otro. Para Salmona, la 26 partió en dos a la ciudad. Tras su fallecimiento, en 2007, la Alcaldía encargó a Juan Camilo Santamaría el prediseño para continuar la idea. Pero el IDU decidió en 2009 incluir el contrato de remodelación del parque dentro de la polémica fase III de Transmilenio, a cargo de Confase, empresa creada por el conglomerado Odinsa, que presidió el fallecido excanciller Luis Fernando Jaramillo entre 1999 y 2011. El empresario era hermano de Rodrigo Jaramillo, suegro de Mazzanti y quien se encuentra en detención domiciliaria por el caso Interbolsa.

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Confase eligió a Mazzanti para hacerse cargo de la obra en 2009. La presidenta de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, Sara Liliana Zamora, lamenta que no se haya llamado a concurso público. “Creo que hay mecanismos que evitan todas estas controversias. Si se siguen los lineamientos del concurso público, con la participación de la comunidad, la gente se suele apropiar del proyecto, se evitan los intereses personales y se dejan unas bases sólidas y de apoyo para la construcción”.

En cuanto al Parque del Bicentenario hay casi total consenso en que es un proyecto con defectos y donde el interés de la ciudadanía ha sido ninguneado. Entre los 160 árboles que se talaron había tres palmas de cera centenarias. Una de las plataformas proyectadas desemboca en el segundo piso del Museo de Arte Moderno, obra de Salmona, sepultando por completo el primer piso. La altura de las plataformas, obligatoria por el paso del Transmilenio, genera un juego de rampas muy problemático. Y el tradicional Quiosco de la Luz queda opacado por la misma altura.

El arquitecto no tiene idea de cuándo va a finalizar la primera fase. Lo que sí está claro es que recibió algo más de 1.300 millones de pesos como honorarios, un valor exagerado según las tarifas de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, que justiprecian en 400 millones ese trabajo.
Sin fijarse en reclamos, Mazzanti muestra las planchas de su proyecto. Resaltan el verde y las jardineras de las rampas. Cuenta que el célebre arquitecto Richard Rogers le dijo: “Es la primera vez que veo que la gente se opone a que le hagan un parque sobre una autopista”. Una de sus asistentes lo reemplaza en las reuniones con la comunidad. “¿Para qué voy a ir yo? ¿Para que me griten? ¿Para que me insulten?”.

Se refiere al colectivo Habitando el Territorio, que ha interpuesto tutelas y ejerce una tenaz resistencia. “Esto es un proyecto que nace ilegal porque se comienza sin el permiso del Ministerio de Cultura. La autorización que dan posteriormente es extemporánea e irregular porque uno no puede autorizar lo que ya está empezado”, sintetiza Gloria Correa, una de sus integrantes. Simón Vélez, colega de Mazzanti, se muestra lapidario: “es la arquitectura de la corrupción”.
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El jardín infantil El Porvenir es un edificio bajo, redondo, de rejas blancas e irregulares; 295 niños de uno a cinco años asisten a sus aulas. Un oasis a pocos metros del hostil entorno de Corabastos. La maqueta de El Porvenir también está en el MoMA. El curador de Arquitectura y Diseño del museo, Barry Bergdoll, valora la geometría del anillo y cómo los objetos dispuestos en su interior configuran un espacio ideal para los pequeños. “Es un edificio que crea una sensación de transparencia y seguridad, capaz de convertir un entorno socialmente difícil sin tener que utilizar alambres de púas a su alrededor”.

Dice Silvia Arango que el trabajo de Mazzanti ha ido evolucionando y adaptándose a los tiempos. Cita otro colegio en Bogotá, el Gerardo Molina, en Suba. “El collar de aulas, que tiene una especie de amiba de la cual se cuelgan una serie de espacios es un esquema interesante”. Y añade que en el caso del proyecto ganador de la penúltima Bienal Colombiana de Arquitectura, en Flor del Campo, a las afueras de Cartagena, recoge, junto a Felipe Mesa, los errores aprendidos y muestra una conciencia más clara de los materiales que usa.

Los colegios y preescolares son los proyectos que mejor encajan dentro de una personalidad que desprende gotas de idealismo. Su discurso viaja entre lo lúdico, el diálogo, el aprendizaje y la experimentación.

¿Superará la obra de Mazzanti la criba del tiempo? Para Barry Bergdoll, sí. “No creo que haya una sola forma de juzgar la gran arquitectura. Esta misma mañana venía leyendo un artículo sobre las grandes obras de Frank Lloyd Wright. Todas tuvieron problemas. La obra de Mazzanti aguantará el paso del tiempo. Tendrá un significado como uno de los grandes logros de principios del siglo XXI”. El profesor de la Universidad Nacional de Medellín Luis Fernando González es más escéptico y prefiere entender la obra del barranquillero dentro de un momento histórico del arte donde el performance y la fugacidad de la instalación predominaron sobre la esencia y la capacidad de trascender. La funcionalidad frente a la estética es la gran pregunta que muchos, incluso Rogelio Salmona, nunca terminaron de resolver. Una cuestión a la que el tiempo habrá de dar mayor claridad.

 

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