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Así fue la primera vez que @GallinaAstuta probó el sushi

“Me encanta el sushi”, me estaba diciendo ella. “Puedo comer sushi todos los días”. Me preparé para la inevitable pregunta: “¿A ti te gusta?”.

“Me encanta el sushi”, me estaba diciendo ella. “Puedo comer sushi todos los días”. Me preparé para la inevitable pregunta: “¿A ti te gusta?”.

—¿Qué es eso?

—Sushi.

—¿Sushi?

—Arroz, pescado crudo y algas.

—¿No aceptas la lengua de un tipo en tu boca pero te vas a comer eso?

The Breakfast Club (1985)

Mi primer acercamiento al sushi fue a través del cine y la televisión. No recuerdo en qué película o serie lo vi por primera vez, pero desde el momento en que tuve conocimiento de lo que era, supe que se trataba de algo asqueroso. Pescado crudo envuelto en algas. ¿Quién en su sano juicio sería capaz de comer eso? Tal vez un náufrago varado en una isla desierta.

Pero ese no fue mi único prejuicio respecto al sushi. Tal vez como consecuencia de verlo en tantas películas de los ochenta, comencé a considerar al sushi como el equivalente yuppie del caviar: comida pretenciosa que, a pesar de su desagradable sabor y textura, era consumida por una élite snob sólo para demostrar que podían comerlo.

“¿A tí te gusta?”, preguntó ella. Fui en contra de mis instintos y le respondí la verdad: “Nunca lo he probado”. Cuando el sushi llegó a Medellín, me mantuve firme en mi apreciación inicial: era comida snob y solo los arribistas pagarían cantidades exorbitantes de dinero por ir a un sushi bar, más que a comerlo, a ser vistos comiéndolo. Algo así como un Starbucks.

No supe cómo pasó, pero en algún momento el sushi se popularizó en la ciudad. Perdió el misterio, desapareció ese halo de exclusividad que le proporcionaba el ser una comida exótica y entró al reino de las comidas rápidas haciendo presencia en las zonas de comidas de los centros comerciales. De repente todo el mundo había comido sushi y a todo el mundo le gustaba. A todo el mundo menos a mí, que no lo había probado.

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El momento de probarlo llegó de forma repentina. Había pensado que si lo hacía, debía ser en un ambiente controlado, muy dentro de mi zona de confort, pero las primeras veces no son nunca como se planean. Mi debut fue en un atiborrado Sushi Market, en un mall comercial de la Transversal Inferior, luego de una conversación grupal que empezó con un “¿Qué comemos?”, pasó por un “Rafael no come sushi” y terminó con un temerario “Pues vamos, yo lo pruebo. Si no me gusta, abajo hay un McDonald’s”.

Inigualable rollo relleno de camarón apanado, pescado blanco, queso crema, con tope de kani y masago bañado en salsas de la casa e hilos de arroz. No había mención de algas en la descripción del rollo Explotion, y el camarón apanado sonaba tentador. No pregunté por el estado de cocción del pescado blanco y preferí no conocer el significado de “kani” y “masago”. En el tiempo transcurrido desde que el mesero tomó nuestra orden hasta que volvió con la comida, me dediqué a aprender a usar los palillos chinos. Aunque no logré dominar la técnica a la perfección, los veinte minutos de práctica fueron suficientes para alcanzar un manejo aceptable de los instrumentos.

El momento de la verdad llegó junto con la comida. Seis inigualables rollos rellenos de camarón apanado, pescado blanco y queso crema esperaban, igual que mis acompañantes, a que yo debutara y probara lo que otrora consideré un plato pretencioso y desagradable. Luego de tres fallidos intentos de levantar uno de los rollos con los palillos, logré llevármelo a la boca sólo para cometer lo que aparentemente es un pecado capital en la escena del sushi: morder el rollo. El segundo pecado lo cometí cuando, tras varios intentos fallidos de levantar el segundo rollo con los palillos, opté por la salida fácil: lo atravesé con uno y me lo llevé a la boca como si se tratara de una paleta.

“No está mal”, logré articular con la boca llena cuando me preguntaron cómo me había parecido. Y de verdad no estaba mal. Tampoco estaba delicioso, pero estaba muy lejos de la desagradable comida de náufrago que creí que sería. Dudo que alguna vez llegue a ser yo el que proponga con entusiasmo “¡Comamos sushi!” cuando salga con mis amigos, pero por lo menos ya tengo algo nuevo para responder la próxima vez que alguien me pregunte “¿A ti te gusta el sushi?”.

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Septiembre
26 / 2014


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