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Una tragedia llamada Río Medellín

Un recorrido a contracorriente por la ribera de un río muerto, hasta encontrar un objeto valioso: agua potable.

Foto: Esteban Duperly

Un recorrido a contracorriente por la ribera de un río muerto, hasta encontrar un objeto valioso: agua potable.

La idea era clara: remontar 75 kilómetros de la cuenca del río Medellín hasta encontrar agua limpia. El recorrido empezaría en el extremo norte del valle de Aburrá, en la afueras del municipio de Barbosa, y con suerte, en algún punto indeterminado entre ese lugar y el alto de San Miguel –una reserva de bosque húmedo donde nace el río– la encontraríamos.

Mi acompañante era Juan Camilo Jaramillo, biólogo que a menudo no puede dormir por culpa de eso que llamamos “problemática ambiental”. Él, además de aceptar la invitación, propuso sumarle al experimento un poco de técnica y método; mediciones sencillas de pH y algo de observación analítica para entender mejor lo que fuera que nos íbamos a encontrar.

Así, con cierto espíritu de expedición, y cargados con cámaras y frasquitos, comenzamos un trasegar que solo nos dejaría lágrimas, sudor y náuseas.

Km 0: Barbosa

Aquí el río no tiene las placas de cemento que lo canalizan a lo largo de casi toda el área metropolitana. A esta altura es un torrente generoso, de buen caudal y lleno de meandros. Como se trata de un paraje rural, la primera visión que tenemos resulta bastante silvestre: hay una iguana asoleándose sobre una enorme peña. Pero alrededor de la piedra se amontonan jirones de tela, bolsas de rayas, trozos de Icopor, suelas de caucho, etiquetas plásticas, tarros de límpido, desodorantes, bebidas energéticas, el bizcocho de un sanitario, el esqueleto metálico de una sombrilla. A su lado, una pileta de espuma y nubes de mosquitos la sobrevuelan. Toda el agua tiene las características de la que correría por una cloaca. El olor es nauseabundo y nos golpea.

Hacemos las mediciones: pH 3, muy ácido. Para contextualizarme, Juan Camilo me explica: “el pH del estómago es 2”. La muestra está turbia y tiene partículas en suspensión. Como esto es apenas un análisis superficial no tenemos ni idea de los metales pesados que seguramente están allí mezclados.

Km 18: Girardota

Tomamos una carretera secundaria que corre por la margen del río, opuesta a una autopista de doble calzada. Por allí podremos acceder más fácilmente al agua. A ambos lados vemos grandes plantas industriales, llenas de tuberías y tanques de contención. La pregunta que subyace es adónde irán a parar sus desechos. La respuesta llega: bajamos al río por un acceso lateral en la estructura de un puente y llegamos justo al lugar donde tributan un par de cañerías apestosas. La que está a nuestro lado tiene un color indescifrable y sobre ella hay una nata iridiscente y aceitosa. Del fondo se asoma un neumático de bicicleta. La otra se encuentra en la orilla opuesta y en su boca tres gallinazos esperan con las alas extendidas a que aparezca algo. El olor allí es más fuerte que en la estación anterior y la ribera está salpicada de basura de todas las marcas del mundo. Medimos el pH: 4. Escapamos rápidamente.

Km 33: Copacabana-Bello

La visión aquí es tan decadente como en las estaciones anteriores. Medimos el pH y el resultado se muestra sorprendente: 7. Un salto abrupto. El pH es una escala logarítmica sobre la base 10, así que cada incremento de una unidad significa un cambio enorme. Por alguna razón desconocida el agua del río aquí resulta exponencialmente menos ácida que en Barbosa. En realidad para medir en toda regla deberíamos estar en el medio de la corriente, así que nuestra muestra de la orilla posiblemente se encuentre viciada y puede significar que a pocos metros están vertiendo una sustancia alcalina. De todos modos la conclusión es desconcertante: la calidad del agua de este río depende de lo que le arrojen.

Km 45: puente de Guayaquil

La nuez de Medellín. El puente es una estructura del siglo XIX que ha sido conservada por su belleza e importancia. Sobre él ya no transitan carros y a su alrededor se han hecho considerables esfuerzos paisajísticos, de hecho hará parte del proyecto Parque del Río que espera recuperar cerca de 32 kilómetros de ribera para convertirlos en espacio público.

Bajo los arcos de ladrillo el agua corre rápidamente porque el cauce está canalizado a plomada. Aunque el agua fuera limpia, allí no podría vivir ningún pez: no hay especie que resista esa velocidad del torrente. Y eso también es contaminación. Bajamos hasta el agua y hacemos las fotos y las mediciones. Desde allí podemos ver los cuarteles bancarios de la avenida de los Industriales y, más atrás, los edificios de El Poblado. La fetidez es la de siempre, el agua aparece a veces gris, a veces marrón y el contraste con las fachadas de vidrios espejados que tenemos en frente resulta contradictorio; pH 9: el del jabón industrial.

Km 57: Caldas

Posiblemente allí encontraríamos agua más limpia. No cristalina, mucho menos potable, pero al menos de mejor calidad. Tenía sentido: en este punto el río no ha atravesado el área metropolitana y no ha padecido los vertimientos industriales de las maquilas de jeans de Itagüí. Tampoco el agua residual de los tres millones de habitantes que sobrepoblamos el valle de Aburrá. Pero la realidad resultó otra: a las aguas negras de Caldas hay que sumarles los desechos de las bodegas y plantas industriales que se tomaron la periferia semirrural. En consecuencia, a escasos 15 kilómetros de su nacimiento, el río es tan fétido y turbio como lo que hemos visto hasta entonces. El cauce es angosto, diríamos una quebrada ancha, y el agua se precipita por un lecho de frascos plásticos, blancos y pulidos como huevos prehistóricos; pH 8: el del agua del mar.

Km 67: periferia de Caldas-Puente de “las moras”

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Estamos en un paraje silvestre, en una vega de lo que ahora se llama quebrada La Clara. El agua, aunque aún turbia, parece limpia. La cinta de pH marca 6,5. Juan Camilo aprovecha para lavar la camarita go pro que hemos estado sumergiendo desde Barbosa. La temperatura ambiente resulta muy agradable y fresca. Se siente bien estar allí luego de tanta suciedad. Muy cerca pastan vacas y caballos, y de alguna parte aparece un grupo de niños con el pelo mojado. Nos explican que han estado bañándose en un charco un par de curvas más abajo y que “aquí el río es limpio”. Les creemos, pero la presencia cercana de un barrio nos genera cierta desconfianza.

Km 70: vía al alto de San Miguel

En el alto de San Miguel, en un bosque de niebla, nace el hilito de agua que se llamará río Medellín. En su primer tramo le dicen quebrada La Clara y su nombre le hace justicia. Al menos hasta que se cruza con La Salada, un afluente que viene recibiendo porquerías desde el alto de Minas, en la carretera que conduce al eje cafetero. Aquí, bajo un pequeño puente donde se encuentran ambos cauces, es el lugar donde comienza la infamia. La mixtura de sus agua es triste. Por un lado aparece La Clara –prístina, fresca y cristalina– entre un túnel de bosque. Por el otro, La Salada, turbia y olorosa a alcantarilla.

Ambas se vuelven un solo cuerpo que a partir de entonces solo conocerá la degradación y varios kilómetros más abajo desembocará en el río Cauca. Tarde o temprano toda esa hediondez llegará a las Bocas de Ceniza. Porque el agua de los ríos va hacia el mar. Un destino miserable que puede replicarse en muchos de los cuerpos de agua de Colombia.

PROYECTO DE RECUPERACIÓN

*En 2015 la Alcaldía de Medellín comenzará a construir el Parque Botánico Río Medellín que intervendrá 423 hectáreas de ribera.

*El saneamiento del agua lo hace EPM. Para el efecto, desde el año 2000 opera la planta de tratamiento San Fernando -en el sur-, y a la fecha construye en Bello otra tres veces mayor -al norte-. Sin embargo, ambas instalaciones solo conseguirán tratar el 80 % de las aguas residuales de los 10 municipios que forman el área metropolitana. La recuperación total del río aùn es una utopía.

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Agosto
19 / 2014
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