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40.000 millones no mejorarán al MamBO

La discusión del momento en el mundo del arte colombiano es si el Estado debe financiar la ampliación del Museo de Arte Moderno de Bogotá.

La discusión del momento en el mundo del arte colombiano es si el Estado debe financiar la ampliación del Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Opinión de una periodista cultural que ha estado al pie del tema por años.

Cada cierto tiempo hay una arremetida contra el MamBO. Desde hace años, mejor décadas, es una constante, un murmullo que suena a reclamo pero que nunca es lo suficientemente inaguantable, como tampoco es tan fuerte como se cree la rabia a la hora de convocar una protesta al frente del museo ante tamaños desmanes que se denuncian en abstracto, ni es capaz de producir un veto de los artistas decidiendo no volver a colgar sus obras allí. Nada de eso pasa. Así que las voces incendiarias se van apagando y terminan siendo calificadas como las niñerías de unos cuantos artistas resentidos. Como las locuras de unos pocos curadores, periodistas o críticos culturales. Como las exageraciones de los “enemigos de Gloria Zea”. Al personalizar el debate, se desvía el foco y eso ha rendido sus frutos, porque al quedarse en la pelea contra la directora, no se mira el verdadero funcionamiento del museo y si amerita o no una ampliación.

Hoy, la indignación corre por cuenta de los “hasta 40.000 millones” que podría recibir el MamBOdel presupuesto nacional con homenaje incluido del honorable Congreso de la República a su insigne directora. Claro, cuando se exhiben titulares donde hay tantos ceros resulta chocante y un poquito excesivo tanto dinero entregado a una institución cultural que tiene el genial atributo de ser una entidad privada sin ánimo de lucro que se mantiene, principalmente, de recursos de la nación y de la capital. La propia ministra de Cultura escribió una carta diciendo que el lote para ampliar elMuseo Nacional de Colombia costaba 45.000 millones y sugería que, con el respeto que se merecía el MamBO, al país le resultaba más relevante el Museo Nacional.

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¿Pero qué es lo nuevo detrás de esto? Muy poco. Es el museo que más recursos públicos recibe en Colombia, de lejos. Siempre ha sido así y aunque siempre ha recibido esas críticas nadie ha hecho un verdadero corte de cuentas sobre lo que allí se realiza con esos 800 millones anuales. Quizá lo que molesta es que la cifra -40.000 millones- coincide providencialmente con lo que le falta a la directora para completar los fondos que necesita para ampliar la actual sede del MamBO. Y se los darán. Ella logrará su objetivo y morirá en paz por haberse cumplido a sí misma. La perseverancia que tiene Gloria Zea es la que le falta al “medio artístico” para reclamar lo suyo. Para defender lo suyo.

En reciente entrevista que le hice, junto a la directora de Diners, entendí por fin a esta mujer polémica. He de confesar que iba cargada con una artillería modelada por los años de desilusión al pisar ese museo sin fichas técnicas, curadurías descuidadas, obras maltratadas, dudas inmensas sobre el estado de la colección y el sinfín de mitos alrededor de su directora. Hasta no volver a entrar. Le he seguido, junto a otros, la pista por años y escribí en 2010 un texto en Arteria que titulé “Mal envejecido” haciendo referencia a la historia de esta institución y una percepción generalizada de su decadencia. En la reciente entrevista de la que hago mención, no es que haya sucumbido a sus encantos o que Gloria Zea haya comprado mi alma, sino que noté una determinación sin igual de que lo que hace es lo correcto y está totalmente convencida de su papel en la historia. Entendí que ella no perderá impulso, que no parará y que en la carrera de resistencia lleva una ventaja inmensa frente a un “medio” al que le faltan convicciones, certezas y valentía y que se quedó en peleítas de corredor intrascendentes y en los mismos personalismos que tanto dice criticar. En un momento dado, al señalarle a Zea que el museo ya no era tomado como referente para las nuevas generaciones de artistas se removió un poco, hubo un silencio incómodo –cortísimo- y la respuesta ágil de quien ha contestado miles de entrevistas: “Yo no puedo estar de acuerdo con esto. El público del museo son los estudiantes”, lanzó como el lugar común salvador de toda respuesta. Pero se quedó masticando el comentario y al final, luego de pasar por su hijo y la muerte, todo acompasado con las lágrimas, dijo: “Para terminar les digo una cosa: nadie es moneda de oro para caerle bien a todo el mundo. Uno sin querer, o de repente con culpa también, produce envidias, enemistades, celos. Nadie está de acuerdo con todo, pero yo me siento muy orgullosa de lo que he hecho y de lo que es el Museo de Arte Moderno. No lo he hecho sola. He tenido el privilegio de liderar el esfuerzo, el trabajo y la voluntad de un grupo de seres excepcionales que han dado lo mejor de sí para hacer el Museo. Entonces si no somos referentes pues ¿qué hacemos? Too bad”. Era un final magistral, merecedor de un título. La frase campeona. Más de uno dijo, en privado, siempre en privado, que era la reina del cinismo. Y puede que sí. Lo sabe y lo disfruta. Es seductora y brillante. Calculadora. Charming. Mira a los ojos, se mete en ellos, te reta con sus pestañas, se burla de todo, se aprende tu nombre. Se sabe bella y eso que ella misma se llama vieja. Es puro fuego y sabe cómo encontrar lo que busca.

Sus palabras certeras, sumadas a una visita a la reserva –ya no es depósito como hace unos años horribles-, cuidadosamente organizada por Doris Mayorga, la esposa del excurador del MamBO Álvaro Medina, y un aire distinto del museo (¡paredes pintadas y limpias y la promesa de que por fin saldrá el catálogo con la colección completa!), me hicieron recobrar cierta fe en ese lugar. Por supuesto que no fue suficiente, pues la exposición de los 50 años era un caos incomprensible (de nuevo, sin fichas), clarísimamente orientada a mostrarnos que le era tan insuficiente el espacio que se atiborraron las paredes de cabo a rabo para demostrárnoslo (un museo de arte moderno con ese aire demodé del gabinete de curiosidades del siglo XVIII, dijo con jocosidad un famoso curador). Pero ahí estaban los cuadros. Muchos que no habíamos visto nunca, lo que produjo alivio.Aunque, como tantas veces ha pasado, luego de la celebración y las mil entrevistas, reportajes, columnas y cronologías del museo, de nuevo, vino el olvido. Tampoco los artistas y el “medio” –sobre todo los que vieron dentro de las paredes del MamBO las irregularidades que desde siempre se han insinuado- se decidieron a hablar ante las respuestas de su directora de que allí NUNCA había pasado nada raro. El propio Lucas Ospina me escribió diciendo, con un sinsabor evidente, que deberían romper su silencio los protagonistas de esta historia. Nosotros, ni él ni yo, lo vimos con nuestros propios ojos. Too bad, decía amargado.

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Al final, ese es el punto. El olvido por la intrascendencia de lo que allí se hace y la desidia de una comunidad artística que decidió perder. Perder un lugar icónico, por cansancio, por falta de vigor, porque se coló en el inconsciente la sensación de obsolescencia que todo lo rodea, porque cree que simplemente se reemplaza un lugar por otro nuevo. Y otro si ese nuevo no lo satisface. Pero también por falta de sanciones morales y jurídicas a una institución que no actúa como museo –“una institución sin ánimo de lucro que adquiere, conserva, estudia, expone y difunde el patrimonio material e inmaterial de la humanidad con fines de estudio, educación y recreo”. ¿Cómo medir ese patrimonio? El que después de medio siglo no exista un catálogo con la colección completa (¿cuántas obras hay al fin?, ¿2.500 o 4.000?) y, cómo osar pedirlo, un estudio de ésta más allá de su registro fotográfico o de trabajos puntuales de curaduría que se hicieron hace décadas, es indigno. O el que por décadas no hayamos visto los cuadros de la colección permanente que hacen parte de nuestra historia del arte debería bastar para sentirnos estafados como sociedad. ¿Eso justifica la ampliación? No. Hemos visto, también por años, de qué manera se hacen las exposiciones en el MamBO. Tendría que haber un giro 180 grados, una amnesia repentina, una iluminación (o ilusión) para creer que algo cambiaría allí. Con una ampliación, el museo tendría mayor espacio para exhibir su falta de plan museológico. Veríamos, no una, sino dos o tres exposiciones de embajadas simultáneamente. De vez en cuando una muestra de fotografía, algún premio, nada planeado. La culpa no la tiene, necesariamente, Gloria Zea. Su pecado es impedir la profesionalización, creer que lo que ella aprendió en Nueva York en los sesenta y su quehacer de décadas gestionando el museo es suficiente. Y, claramente, no lo es. ¿Quién será su sucesor? Eso, ni remotamente lo sabemos. No hay herederos. No hay escuela. Las relaciones públicas son necesarias, pero el campo museal ya no se sostiene con sólo estas. El liderazgo, a fin de cuentas, es rodearse de quien sabe hacer lo que uno no. Y dejarlo trabajar. El problema de acá es que nadie se cree a la altura de Gloria y así es muy difícil que se mire al futuro de esta institución con optimismo. Y 40.000 millones de pesos no serán tampoco la solución para esto.

Dominique Rodríguez es periodista cultural y editora de la versión impresa de Revista Diners.

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Junio
13 / 2013
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