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La revancha de Pinto

Con Costa Rica y su paso casi perfecto a octavos de final, el santandereano está recibiendo los elogios y el reconocimiento generales que ha buscado a lo largo de sus casi 30 años de carrera.

Con Costa Rica y su paso casi perfecto a octavos de final, el santandereano está recibiendo los elogios y el reconocimiento generales que ha buscado a lo largo de sus casi 30 años de carrera.

El destino comenzó a sonreírle a Jorge Luis Pinto en 1997, a los 47 años, cuando llegó a Alianza Lima y, gracias al trabajo que había estado haciendo veinticinco años atrás, ganó merecidamente el torneo peruano. Esa fue sin duda una gran victoria para el equipo limeño, que completaba 18 años sin un título. Pinto, como no podía ser menos, entró en la historia del club y aún hoy se le recuerda como aquel personaje, excéntrico y valioso, que le devolvió la gloria al tradicional conjunto limeño.

Dicen quienes conocen o alguna vez han tratado al sangileño, que su amor por la disciplina y el trabajo serio tiene pocos puntos de comparación y eso, aunque le dé una buena reputación, no siempre funciona con los jugadores. Su obsesión por el entrenamiento de altísimo nivel, la formación física y el juego ofensivo son sus pilares a la hora de conducir a un equipo y han sido tanto su mayor fortaleza como su más duro obstáculo. Eso lo aprendió en sus largos años de preparación en Brasil y Alemania, consciente de que si algún día quería realmente figurar en la élite debía hacerlo por todo lo alto. Seguramente de ambos lugares, escuelas muy diferentes pero esenciales para entender el fútbol actual, aprendió esas claves que lo han llevado por el difícil camino técnico que ha escogido.

Con Pinto siempre ha sido todo o nada, amor u odio. Nada de términos medios y él lo sabe. Con esa postura inquebrantable se para frente a las críticas y los elogios, que le llueven siempre casi en igual cantidad. Como se dijo, Pinto sacó campeón al Alianza Lima y se erigió en héroe de leyenda. En 1999 dirigió a Millonarios y una muy mala campaña lo dejó de undécimo en el torneo apertura. Pinto fue el villano. Es su talante, siempre tan dado a los extremos, el que hace eso. Con una campaña como pocas se han visto en años recientes, en 2006 el Cúcuta Deportivo ganó su primer título en el fútbol nacional y estiró el sueño continental en la Copa Libertadores hasta semifinales. Eso lo llevó a tomar las riendas del equipo nacional, quizá la aspiración última de todo técnico.

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Sobrellevar la carga irónica e inexplicable que conlleva una profesión tan ingrata como la de entrenador de fútbol no es fácil. Quién podría o querría no triunfar con el equipo de su país, si finalmente es ahí dónde se creció y se forjaron sus sueños. Pero para Pinto, ese incomprendido de método y alma, el equipo nacional no sería el espejo donde podría reflejar toda su teoría y sacar fruto de ella en la práctica. Su paso por la selección colombiana en el camino al mundial de Sudáfrica no fue malo ni bueno, si acaso mediocre. Realmente, no pudo demostrar todo su potencial, todo lo que había estudiado durante tantos años y para lo que se había preparado siempre. Después de todo, el técnico de Costa Rica es un apasionado del fútbol y su mente sólo le da cabida a ganar o, al menos, a ponerlo todo en la cancha. Los jugadores y la prensa se quejaron del duro trato y de la férrea disciplina que intentó imponer, fiel a su manera de entender el deporte. Terco o convencido, Pinto no se dejó intimidar y siguió adelante con su plan, asentado siempre en los extremos y en la manera total de jugar al fútbol. Y eso se vio tanto en la opinión general de la gente y los medios como en en los resultados. Pinto era el mejor del mundo cuando Colombia le ganó agónicamente a Argentina por 2-1. Pinto fue el peor de los mortales en ese estrepitoso 0-4 contra Chile en Santiago, que además lo sacó de la dirección del equipo. El de San Gil, el convencido de un estilo, salió por la puerta de atrás; nadie quería verlo jamás dirigiendo a un equipo.

Afortunadamente para él, afuera volvieron a creerle y el técnico devolvió esa fe en campeonatos. En Ecuador dirigió a El Nacional de Quito y en 2010 llegó a Venezuela para volver ganador dos veces al Deportivo Táchira, suficiente garantía para dirigir de nuevo a una selección nacional. En Costa Rica ya lo habían recibido en 2004 pero su paso por el equipo no había sido para destacar. Desde 2011 la historia fue otra: clasificación al mundial, Copa Centroamericana 2013 y la cohesión de un grupo de jugadores, algunos de los cuales ya son de talla internacional. Como sea, si algo es realmente Jorge Luis es un arduo trabajador y un técnico ganador. En una carrera plagada de altibajos, las victorias no han hecho falta. Suma trofeos en cinco países con equipos muy diferentes y una clasificación a un mundial donde muchos de sus compatriotas siguen y seguirán fallando.

La Costa Rica de este mundial es el equipo más ‘à la’ Pinto que el propio técnico haya creado, una demostración práctica de sí mismo: aguerrido, polémico y temperamental; que no se deja de nadie, ni siquiera cuando los rivales son campeones mundiales. Así, Pinto ha logrado ser el hombre del momento y con toda la razón. Que lo disfrute y que siga avanzando. Tiene con qué.

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Junio
25 / 2014

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