Alemania-Portugal: Once contra uno

El partido más interesante de hoy, Alemania contra Portugal, es sin duda un enfrentamiento entre dos equipos que tienen maneras muy diferentes de mostrarse públicamente.
 
POR: 
Andrés F. Rodríguez

En otras palabras, la idea generalizada que suelen tener los fanáticos es que cada equipo es (o proyecta) una imagen colectiva totalmente opuesta.

¿Quién o qué es lo que más resalta del seleccionado teutón? Si hubiera que verlo con ojos ávidos de morbo, quizá sería el hecho de que buena parte de la plantilla tiene sus orígenes lejos del territorio estrictamente alemán, por esas cosas de la inmigración –de Europa del este, turca, africana y de medio oriente– y la posguerra, pero eso ya no escandaliza demasiado a nadie. De hecho, para las ínfulas de progresismo de la sociedad alemana, es sobre todo un motivo de orgullo y la multiculturalidad del equipo una herramienta clave que aseguró, al menos durante un mes en el mundial 2006 que ellos organizaron, una fuerte unidad nacional en medio de lo difícil de una verdadera integración cultural y social. Esa actitud hacia el equipo nacional se mantiene y sus jugadores son conscientes de ello. Así, Alemania parece formar un conjunto más completo y en el que a veces se destacan unos más que otros –Mesut Özil, Tomas Müller, Mario Götze y su arquero Neuer son estrellas indiscutidas–, pero sólo por lo que hacen dentro del campo. Ninguno de sus jugadores ocupa primeras planas ni llama la atención lo suficiente por algo que no sea el partido que tienen que jugar.

Los partidos alemanes son, además, una muestra del mejor fútbol de asociación. Los germanos son tan contundentes en sus resultados como en su desempeño colectivo: suele ser difícil escoger a uno solo como figura del partido cuando en realidad funcionan como una máquina perfectamente aceitada, en la que cada una de sus líneas tiene un papel clave en el engranaje. Lo bueno del caso es que cuando alguno de sus jugadores titulares falla, siempre va a tener varios para reemplazarlo, sin que el funcionamiento general se resienta. Un equipo, a fin de cuentas.

Lo de colectivo puede ser debatible o incluso llegue a sobrar en el caso de Portugal. ¿Hay alguien que no asocie ese equipo –y hasta al propio país– con Cristiano Ronaldo? El poder del fútbol en los aspectos más variados de la cultura es enorme, lo que permite que en muchos casos el producto más sobresaliente de una nación, lo que genera una cierta identidad y reconocimiento internacional, sea ese deporte. Si eso es positivo o no es otra historia, pero sí es claro que, en muchos y notables casos, países tan inconexos como Costa de Marfil, Bosnia, Japón, Bélgica, Honduras o Australia terminan conectándose, entre otras cosas, a través de esos pocos hombres y mujeres que en la ardua competencia de ganarse la vida corriendo y pateando un balón, logran ser tan buenos o tan extraños como para poner a sus desconocidos países en el mapa.

En los difíciles años ochenta y noventa para Colombia, muy seguramente sus dos estandartes en el mundo eran personajes muy dispares entre sí pero que resultaron siendo –cómo no– icónicos y reconocidos por sus propias actitudes, Carlos Valderrama y Pablo Escobar. Si hoy se le preguntara a alguien, incluso dentro de la propia Suramérica, qué sabe de un país como Uruguay, con su pequeño territorio y sus apenas 3 millones de habitantes, pocos, si lo saben, dudarían en contestar que de allá son Luis Suárez, delantero de la selección charrúa y José ‘Pepe’ Mujica, su presidente. Esas son muestras innegables de que la capacidad del deporte rey para crear tendencias y mover a la gente no es menor; de hecho, está casi o al mismo nivel de la política. Y eso no deja de ser también, todo hay que decirlo, un poco aterrador.

El caso de Portugal no es la excepción. No es que no haya otros jugadores talentosos en las filas del seleccionado portugués, pues ahí están, entre otros, futbolistas de equipos tan relevantes como el Manchester United, el Mónaco, el Valencia y el propio Real Madrid. Pero lo cierto es que, excepto para aquellos realmente interesados en lo que pasa en las canchas del mundo domingo a domingo, el equipo portugués es exclusivamente Ronaldo, su capitán, el modelo reconvertido en futbolista (¿o es al revés?) y otros diez más. Y no se trata ni siquiera de lo meramente deportivo, pues aquél –quién lo duda– es un jugador excepcional, sino por su tremenda exposición mediática, que sobrepasa todos los cánones del futbolista como eso, alguien que se dedica a vivir del deporte. Resulta poco probable pensar en que haya persona en el mundo, que no viva en una isla desierta y tenga acceso a internet, que ignore quién es el portugués. Nadie parece inmune a su capacidad física y técnica improbable, a sus excesos de imagen y arrogancia o a su insoportable obsesión por verse bien y tener un peinado diferente en cada partido.

En lo deportivo, igual, se habla de lo mucho que parece quedarle pequeña la selección a su estrella: tal es su tamaño adentro y afuera de la cancha, que sus compañeros no parecieran poderle seguir el ritmo y responder como se debería. Qué difícil debe ser para el capitán lidiar con otros diez que no son como él y aún así, intentar ganar los partidos. Cuando Portugal juega contra una potencia, sufre mucho porque constantemente Ronaldo sobrepasa en habilidades tanto a los suyos como a los rivales, pero sin un equipo detrás que lo respalde todo se complica y el monstruo se queda terriblemente solo.

Curiosamente Ronaldo es un hijo de su tiempo, porque la metrosexualidad se puso de moda cuando él era apenas un adolescente y despuntaba su impresionante talento en las filas del Sporting Lisboa. Los ejecutivos de marketing, astutos como son, vieron en él presa fácil para las campañas publicitarias más variopintas de la historia para un deportista y el joven, ávido de dinero y reconocimiento, no habría podido negarse. Luego vinieron el Manchester United, el modelaje y las novias modelos, las citas con estilistas y, ya desde hace unos años, el Real Madrid, las cuentas de Instagram y Twitter. En los setenta por ejemplo, época rebosante en testosterona futbolística, algo así hubiera sido impensable.

Como el fútbol hace parte de la vida y la vida es extraña e inevitable, el hecho de que hoy jueguen una selección de once contra una de uno no garantiza que las matemáticas se impongan. Tal vez, aunque quién sabe, el equipo de uno solo sume a los otros diez y se terminen imponiendo a uno de los favoritos. Como siempre, pesará todo: el respeto al rival, el público y la presión sobre los hombros de los veintidós jugadores en el campo aunque uno de ellos, el que siempre se ha visto solo, tenga más para probar.

         

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junio
16 / 2014