La guerra del fútbol

En 1970, Honduras y El Salvador se enfrentaron durante cinco días en un conflicto detonado por los partidos de clasificación al mundial de México 70.
 
POR: 
Ryszard Kapuściński

Publicado originalmente en Revista Diners No. 435, junio de 2006

EL AUTOR DE ESTE TEXTO, NACIDO EN POLONIA, FUE UNO DE LOS MÁS GRANDES REPORTEROS DE NUESTRO TIEMPO. VIVIÓ Y NARRÓ LA GUERRA DE CINCO DÍAS EN CENTROAMÉRICA, QUE TUVO COMO PRETEXTO ELENFRENTAMIENTO DE LAS SELECCIONES DE FÚTBOL DE HONDURAS Y EL SALVADOR Y COMO TELÓN DE FONDO VIEJOS CONFLICTOS GEOPOLÍTICOS ENTRE ESAS DOS NACIONES.

Luis Suárez dijo que habría guerra, y yo siempre creía a pie puntillas todo lo que él decía. Vivíamos juntos en Ciudad de México, y Luis me daba clases sobre América Latina. Me enseñaba lo que es y cómo comprenderla. Tenía un olfato especial para ver venir los acontecimientos. En su tiempo predijo certeramente la caída de Goulart en Brasil, la de Bosch en la República Dominicana y la de Pérez Jiménez en Venezuela. Mucho antes del regreso de Perón, creía firmemente que el viejo caudillo iba a volver a ser Presidente de Argentina, como también vaticinó la muerte inminente del dictador de Haití, Francois Duvalier, cuando todo el mundo le auguraba muchos años de vida. Luis sabía moverse por las arenas movedizas de la política de este continente, en las que aficionados como yo cometíamos error tras error y acabábamos hundiéndonos sin remisión.

Luis me expresó su opinión sobre la guerra que se nos avecinaba después de doblar el periódico en el que acababa de leer una crónica deportiva dedicada al partido de fútbol que habían jugado las selecciones nacionales de Honduras y El Salvador. Los dos equipos luchaban por clasificarse para el Mundial de México de 1970.
El primer partido se jugó el domingo 8 de junio de 1969 en la capital de Honduras, Tegucigalpa. Nadie en todo el mundo prestó la más mínima atención a ese acontecimiento.

El equipo de El Salvador llegó a Tegucigalpa el sábado, y todos sus miembros pasaron la noche en blanco en el hotel. No pudieron dormir porque fueron victimas de una guerra psicológica que desencadenaron los hinchas hondureños. El hotel se vio rodeado por un hervidero de gente. La multitud arrojaba piedras contra los cristales y aporreaba láminas de hojalata y bidones vacíos. En cada momento estallaba el estruendo de los petardos. Se disparaban en aullidos espantosos los pitos de los carros que habían rodeado el hotel. Los hinchas silbaban, chillaban, proferían gritos de hostilidad. El escándalo se prolongó durante toda la noche. Y todo para que los jugadores de la Selección salvadoreña, sin haber podido pegar ojo, nerviosos y cansados, perdieran el partido. En Latinoamérica semejantes prácticas están a la orden del día, así que no sorprenden a nadie.

Al día siguiente, Honduras venció por 1 a 0 al equipo de El Salvador muerto de sueño.

Cuando el delantero central del equipo hondureño, Roberto Cardona, metió en el último minuto el gol de la victoria, en El Salvador una muchacha de dieciocho años, Amelia Bolaños, de un salto se levantó del televisor y corrió hacia el escritorio, en uno de cuyos cajones su padre guardaba una pistola, y se suicidó de un disparo en el corazón. “Una joven que no pudo soportar la humillación a la que fue sometida su patria”, escribió el diario salvadoreño El Nacional. Transmitido en directo por televisión, al entierro de Amelia Bolaños asistió la capital entera. Encabezaba el cortejo fúnebre la compañía de honor del ejército de El Salvador, portando su estandarte. Detrás del féretro, cubierto con la bandera nacional, marchaba el Presidente de la República acompañado de sus ministros. Tras el Gobierno desfilaban los once jugadores del equipo de El Salvador, que en esa misma mañana habían vuelto al país a bordo de un avión especial, no sin que antes, en el aeropuerto de Tegucigalpa, los llenaran de vituperios, los escupieran en la cara y los ridiculizaran.

Una semana después se celebraba en un campo de fútbol de bello nombre, Flor Blanca, de la capital salvadoreña, San Salvador, el partido de vuelta. Esta vez fue el equipo de Honduras el que pasó la noche en blanco: una multitud de hinchas encolerizados rompieron todos los cristales de las ventanas del hotel y arrojaron a las habitaciones toneladas de huevos podridos, ratas muertas y trapos apestosos. Los jugadores fueron llevados al estadio en carros blindados de la I División Motorizada de El Salvador, lo que los salvó de la venganza del vulgo sediento de sangre que se apiñaba a lo largo del trayecto enarbolando los retratos de la heroína nacional Amelia Bolaños.

Las afueras del estadio estaban tomadas por el Ejército. Alrededor del campo, cordones de soldados del regimiento de elite de la Guardia Nacional blandían sus metralletas listas para disparar. Cuando sonó el Himno Nacional de Honduras, el estadio estalló en gritos, silbidos, abucheos e insultos que no cesaron hasta la última nota. En seguida, en lugar de la bandera nacional de Honduras, que había sido quemada minutos antes para gran júbilo de los espectadores locos de alegría, los anfitriones izaron en el asta un harapo sucio y hecho jirones. Resulta evidente que dadas las circunstancias los jugadores de Tegucigalpa no pudieron pensar en el juego. Sólo pensaban en si iban a salir de allí con vida. “Menos mal que hemos perdido este partido”, dijo con alivio el entrenador del equipo visitante, Mario Griffin.

El Salvador ganó por 3 a 0.

Directamente del campo de fútbol el equipo de Honduras fue llevado al aeropuerto en los mismos carros blindados que lo habían traído. Peor suerte corrieron sus hinchas, que golpeados y pateados sin piedad huían hacia la frontera. Dos personas resultaron muertas. Docenas fueron hospitalizadas. Ciento cincuenta vehículos hondureños fueron incendiados. Pocas horas después la frontera entre ambos países quedaba cerrada.

Todo esto lo leyó Luis en el periódico y dijo que iba a haber guerra. En sus tiempos había sido un gran reportero y conocía a la perfección su terreno.

En América Latina, decía, la frontera entre el fútbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible. Es larga

la lista de los gobiernos que cayeron o fueron derrocados por los militares sólo porque la selección nacional había perdido un partido. Los periódicos llaman traidores a la patria a los jugadores del equipo perdedor. Cuando Brasil ganó en México el campeonato mundial, un amigo mío, exiliado político brasileño, estaba destrozado: “La derecha militar –dijo– tiene asegurados por lo menos cinco años de gobierno sin que nadie la importune”.
–¿Crees que vale la pena ir a Honduras? –le pregunté a Luis, que en aquella época era redactor de Siempre, un semanario serio e influyente.
–Creo que sí –me contestó–, aseguro que pasará algo.
En la mañana siguiente aterricé en Tegucigalpa.

Al anochecer, un avión sobrevoló la ciudad y arrojó una bomba. Todo el mundo oyó el estruendo del estallido. Las colinas que rodean la capital multiplicaron la violenta explosión del metal reventado, por lo que más tarde hubo quienes sostuvieron que se trataba de todo un bombardeo. El pánico se apoderó de la ciudad. La gente se refugiaba en los portales, los comerciantes cerraban sus tiendas. Los conductores abandonaban los vehículos en medio de la calle. Una mujer corría por la acera gritando: “¡Mi hijo! ¡Mi hijo!”. De pronto enmudeció, y todo se sumió en el silencio, un silencio tal que la ciudad parecía muerta. Al cabo de unos instantes se apagó la luz, y toda Tegucigalpa quedó en la más profunda oscuridad.

Fui corriendo al hotel. Irrumpí, más que entré en mi habitación, coloqué una hoja de papel en la máquina de escribir y me puse a redactar el texto de un telegrama para Varsovia. Tenía mucha prisa, porque sabía que era el único corresponsal extranjero en Tegucigalpa y que podía ser el primero en transmitir al mundo la noticia del estallido de la guerra en América Central.

La habitación estaba tan oscura que no podía ver nada. Bajé a tientas a la recepción, donde me dieron una vela. Volví al cuarto, encendí la vela y puse mi transistor. El locutor daba lectura al comunicado del Gobierno de Honduras sobre el inicio de la guerra contra El Salvador. Después vino la noticia de que el Ejército salvadoreño había comenzado los ataques contra Honduras a lo largo de toda la línea del frente.

Empecé a escribir:
Tegucigalpa (Honduras). PAP. 14 de julio Vía Tropical Radio RCA. Hoy a las seis de la tarde comenzó la guerra entre El Salvador y Honduras. La aviación de El Salvador bombardeó cuatro ciudades hondureñas. Al mismo tiempo las tropas de El Salvador violaron la frontera con Honduras intentando penetrar en el interior del país. En respuesta al ataque del agresor, la aviación de Honduras bombardeó los más importantes centros industriales y objetivos estratégicos de El Salvador y las fuerzas terrestres emprendieron acciones defensivas.

En aquel instante oí gritar desde la calle: “¡Apaga la luz!”, una, dos, más veces, y con una voz cada vez más apremiante y nerviosa, así que me vi obligado a apagar la vela. Seguí escribiendo a tientas, a ciegas… Sólo de cuando en cuando alumbraba el teclado de la máquina con la llama de una cerilla.

La radio informó que se realizaban duros combates en todo el frente y que las tropas de Honduras causaban grandes bajas al Ejército de El Salvador. El Gobierno exhortó a la nación a defender la patria en peligro y apeló a la ONU para que condenara la agresión.

En estas circunstancias les tocó jugar a las selecciones nacionales de fútbol de Honduras y El Salvador. El partido decisivo se jugó en terreno neutral, en México: ganó El Salvador 3 a 2. Los hinchas de Honduras fueron acomodados en un lado del estadio y los de El Salvador en el opuesto, y en el medio se sentaron cinco mil policías mexicanos armados con imponentes porras.

La guerra terminó en un impasse. La frontera se mantuvo intacta. Los dos gobiernos estaban satisfechos de la guerra porque durante varios días Honduras y El Salvador habían ocupado las primeras planas de la prensa mundial y atraído el interés de la opinión pública internacional. Los pequeños países del Tercer Mundo tienen la posibilidad de despertar un vivo interés sólo cuando se deciden a derramar sangre. Es una triste verdad, pero así es.
(1969).

(Fragmento tomado del libro La guerra del fútbol y otros reportajes, de Ryszard Kapuscinski, Editorial Anagrama, 2004).

         

INSCRÍBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL
junio
20 / 2014