No es un complot, las mujeres hablamos de fútbol

En el fútbol, uno de los pocos campos que les quedaba a los hombres como propio, cada día hay más mujeres en la escena que miran, comentan y juegan. Pero ¿tienen credibilidad? Tres miradas distintas.
 
POR: 
Carolina Jaramillo Seligmann

¿Y por qué te gusta el fútbol? ¿Por qué una mujer escribe un libro de fútbol? Esas son algunas de las preguntas que más he respondido en mi vida. La respuesta ha sido siempre que para mí el fútbol nunca ha sido un tema de hombres. Yo crecí jugando al fútbol rodeada de niños que salían desde temprano con el balón bajo el brazo y jugaban y jugaban hasta que ya no se veía la pelota ni el rival, y era hora de ir a dormir. Era el juego que más nos gustaba, que nos llenaba de emoción, que nos hacía felices, en esa edad en que no hay encasillamientos ni prejuicios, en la que el juego es el lenguaje común, sin distinción.

Desde niña el virus del fútbol se metió en mí, y era normal verme en el recreo del colegio armar una cancha con dos sacos “en bolita” que hacían las veces de arco, comprar en la droguería de la esquina de mi casa las revistas Barrabases y pasar horas leyendo las historias de ese particular equipo de fútbol de niños dirigido por Mr. Pipa. Coleccionaba separatas especiales y recortes de periódico acerca de los mundiales y los grandes equipos, compraba recopilaciones históricas de goles que veía en Betamax, y duraba cuatro años ahorrando en una alcancía para poder llenar el álbum del mundial.

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Después me di cuenta de que estaba pisando, sin proponérmelo, un terreno casi exclusivo para los hombres, aunque en realidad nunca me preocupó. Yo quería ver, leer, saber y jugar al fútbol, nada más. Si era o no algo de hombres, para mí nunca fue un inconveniente. Las mujeres que hablamos de fútbol lo hacemos sin la necesidad de ser en lo absoluto mejores o peores que ellos. Créanme, no es un complot.

Los hombres antes de un partido se llenan de estadísticas, de datos y de rebuscada terminología técnica, y es habitual que constantemente nos estén bombardeando y retando, “para ver si esta sí sabe”. Se sienten amenazados. Sentarse a hablar de fútbol parece una constante demostración de que sí sabemos, de que no estamos allí para servir la cerveza y preguntar repetidamente qué es un fuera de lugar. Pero cuando comenzamos a hablar de lo que sabemos, de lo que nos gusta y apasiona, cuando después de años de leer, estudiar y, sobre todo, de ver mucho fútbol, empezamos a hablar y la presión comienza a ceder. En el fútbol se mezclan distintas nacionalidades, culturas, razas, formas de juego, tácticas, personalidades, y es esa riqueza y multiplicidad lo que lo hace maravilloso y universal. De eso se trata el juego.

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Yo nunca me he sentido como un bicho raro por saber quién marcó el único gol olímpico en un mundial, por entender qué es un 4-4-2 o un 4-3-2-1, por preferir ver un partido de Champions League a ir a comprar jeans o por llevarme a la playa la biografía de Alfredo Di Stéfano. Nunca he entendido por qué todavía a muchos les parece raro, o molesto, que una mujer hable de fútbol. Cualquiera puede hablar desprevenidamente de cocina y quemársele un plato de cereal o de política sin necesidad de saberse la lista de los últimos presidentes de la década, sin embargo esto no ocurre en el fútbol, y menos para una mujer. Cualquier lapsus es un pecado capital, cualquier olvido, una condena. Por eso yo no quiero competir ni saber más, ni mucho menos demostrarle nada a nadie. Quiero hablar de fútbol, recordar momentos y jugadas inolvidables, leer sobre jugadores y partidos históricos, disfrutar con cada nuevo gol y ver cada partido que me interese de la liga que sea. Y sí, también leer una revista de farándula, ir a la peluquería y salir a comprar ropa. Las mujeres somos mujeres y, sin embargo, sí, señores, hablamos de fútbol.

         

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junio
9 / 2014