Gabo de cerca

En marzo de 1997, para el cumpleaños 70 de Gabriel García Márquez, Miguel Silva escribió sobre cómo era el Nobel de cerca.
 
Gabo de cerca
Foto: Carlos Duque
POR: 
Miguel Silva

El hijo de Aracataca es hoy un gitano de 70 años que va de sitio en sitio para escribir, visitar a sus amigos y hablar de literatura y política. Tiene casa en varias ciudades del mundo, y en todas se las arregla para jugar de local. Aquí les contamos que hace.

A quien conoce de toda la vida a Gabriel García Márquez le cuesta trabajo creer que se trata del mismo que anda por el mundo y que escribe o da declaraciones desde Ciudad de México, La Habana, Cartagena, Bogotá, Barcelona, Nueva York o San Francisco, aquel que hace varios años  desde su columna de El Espectador declaró, sin pudor, su miedo absoluto a volar, y quien por cuenta de esa fobia pasó diez años de su vida reciente sin poner sus pies en un avión. Hoy, él y Mercedes son un poco gitanos, no se quedan quietos: rompen el año en viajes que duran uno, dos, tres meses. Y para que eso no se convierta en una vida fragmentada, se requiere lo que tienen los gitanos: esa capacidad de detenerse en un lugar, bajar todo lo que traen en el carro, levantar una casa en pocos minutos y hacerse lugareño antes que los demás descubran al extraño. Es por eso por lo que Gabo y Mercedes no son solamente colombianos: son mexicanos y cubanos y españoles, y si los empujan, franceses y también un poco neoyorquinos. Pero a diferencia de algunos gitanos, ellos jamás han aceptado —con dos o tres excepciones— que les paguen una invitación. No hay viaje que ellos no hayan pagado. En sus largas correrías por el mundo, Gabo y Mercedes han aplicado de manera sistemática una frase que siempre repite el Nobel, con mucha gracia: “Toda invitación se paga”.

Siempre acompañado por Mercedes, Gabo disfruta las calles de todas las ciudades disfruta las calles de todas las ciudades, sobre todo cuando le garantizan algo de anonimato. Pero no hay una sola ciudad en la que no lo detengan en la calle y le pregunte si en verdad se trata de Gabriel García Márquez, o simplemente Márquez como lo llaman los gringos porque siempre confunden el primer apellido con un nombre intermedio, y si no puede por favor firmar un autógrafo en un libro suyo que saca de un bolsillo que es perfecto para la ocasión.

Lo mismo sucede en los restaurantes. Hace poco, en uno de Panamá, el guitarrista se perdió unos minutos y regresó con dieciocho libros de Cabo en la mano. Gabo no muestra molestia alguna, ni le pone misterio al tema, sólo intercambia unas palabras con cada uno, les pregunta los nombres, y aprende alguna cosa para escribirla en la página blanca en la que ha dibujado, también, una flor con un estilógrafo que le han prestado.

La rutina del gitano

En cada uno de los distintos lugares en los que ellos detienen su carro de gitanos, se repite una jornada implacable. A las cinco y media de la mañana, Gabo se despierta, enciende una lámpara, y lee. Hace ya tiempo que ha explicado cómo lee. Desbaratando las costuras dice; desarmando el aparato de relojería, el mecanismo interno  que tiene cada libro, y lo dice sin ocultar la enorme nostalgia que siente por no ser ya un lector corriente. Pero en realidad, sólo Mercedes sabe cómo lee Gabo, en a la madrugada: el mago que observa al mago hacer su magia.

Después duerme un rato (dice que duerme, pero quizás relee en sueños), y al despertar – si está en La Habarir – juegaga un rato al tenis (en Cartagena juega en la mañana o en la tarde) y luego desayuna. A eso de las nueve se enfrenta a la pantalla vertical, de página completa, de su computador Macintosh, con el texto escrito el día anterior. Lo corrige. Es lo primero que hace, porque nunca corrige el mismo día, sino al día siguiente, y luego sigue con el hilo del argumento. Hoy siente pasión por los computadores. Antes, suele decir Gabo, “escribía un libro cada siete años; hoy me toma apenas tres”. Trabaja en un estudio que tiene en cada ciudad o que carga en su equipaje de gitano, cuando se trata de un hotel. En ese caso no hay pantalla vertical sino un PowerBook Macintosh de colores en el cual Cabo introduce diskettes de cuando en cuando para evitar perder por algún desastre el texto escrito. Desde hace más de cincuenta años rompe en pedazos cualquier idea romántica de inspiración literaria a punta de trabajo y disciplina. Se viste para trabajar: overol holgado y zapatos cómodos. Si hay frío, enciende un calentador. Si hay calor, enciende el aire acondicionado. Trabaja hasta las tres de la tarde, y a veces, si está de suerte, ya no hay una página apenas —lo que lograba antes de la era del computador— sino a veces hasta diez.

Después de las tres de la tarde, Gabo es todas las otras cosas que es y ha sido: periodista, maestro de periodismo, guionista, maestro en elaboración de guiones, hombre público y buen amigo de sus buenos amigos y también de los que no lo son tanto.

En La Habana En Cuba, Gabo juega de local. Tiene de todo: amigos de toda la vida, trabajo, Casa con estudio para escribir, computador, ropero, libros…

Llegan a La Habana Mercedes y él, tres o cuatro veces en el año, se bajan del avión con dos maletas como único equipaje, llenas de libros y el computador  Macintosh portátil. En el aeropuerto lo espera invariablemente Alquimia (así, sólo el nombre, sin apellido, sin nombre, como todos en Cuba”.

         

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abril
21 / 2014