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Un camaleón llamado Andrés Parra

Con una nueva imagen, Andrés Parra busca escapar del fantasma de Pablo Escobar. Otra vez será el malo, pero en Chile y sus rivales serán los mapuches. Historia alguien que no le teme al cambio.

Foto: Manuel Olarte. Vestuario: Carolina Herrera

Con una nueva imagen, Andrés Parra busca escapar del fantasma de Pablo Escobar. Otra vez será el malo, pero en Chile y sus rivales serán los mapuches. Historia alguien que no le teme al cambio.

EXT. BOGOTÁ – DÍA
GENERADOR DE CARACTERES: AÑO 1988.

Setecientos kilos de dinamita explotan en el edificio Mónaco, ahora convertido en zona de guerra. Pablo Escobar recibe la noticia de un atentado contra su familia. Por primera vez, herido en su orgullo y completamente desencajado, amenaza a todos en el hospital al que llega después de este atentado. Se metieron con lo que más quería y su hija resulta con problemas crónicos de audición. Sobre estas imágenes escuchamos la voz en OFF de Andrés Parra.

ANDRÉS PARRA: (V.O)

Esa era para mí LA escena. La más importante de la serie. La más difícil de hacer. Teníamos que lograr que el público se conmoviera con él y tocara la esencia del personaje.

CORTE A:

INT. ESTUDIO FOTOGRÁFICO DÍA.
GENERADOR DE CARACTERES:

Época actual.

Descubrimos, sentado en un sofá, a ANDRÉS PARRA (36), el actor que personificó al capo de capos en “El patrón del mal”, la serie que lo catapultó como personaje del año según la revista Elenco, y actor destacado del año 2012 según El Espectador. La misma que fue ganadora de la estatuilla a mejor serie en el 2013 tanto en los Premios India Catalina (donde recibió once galardones) como en los TV y Novelas. Continúa hablando frente a la cámara, ahora dramáticamente más flaco (40 kilos menos de carnes), de pelo corto liso y más rubio, camiseta, jeans, con una actitud segura y relajada.

ANDRÉS PARRA:

Esa dualidad de ¿por qué siento compasión por él si acaba de estallar un avión? Una escena llena de significados y simbologías donde por fin se podía ver derrotado al intocable, al millonario que ordenaba muertes como un dios.

FADE OUT

Para Andrés todo eso ya es historia. Pareciera haberse quitado una tonelada de años de encima. Durante la sesión fotográfica para la portada de esta revista, contesta mis preguntas sin ponerle mucho misterio a nada. Luce ligero. Se burla del Andrés de esa época, el que recreó al capo, como si se tratara de otra persona. Y es que para convertirse en el Andrés que tengo al frente, se sometió a una minuciosa rutina que combinaba un riguroso entrenamiento de Power Plate –un aparato elegantísimo para ponerse en forma–, montar en bicicleta y un régimen alimentario bajo estricta supervisión médica. Empecinado en quitarse a Escobar de encima rebajó todos esos kilos y montó su propio gimnasio. “Ya no me como las tres Big Macs que me comía antes, ni los diez pedazos de pizza por la tarde antes de cenar. Ahora como porciones de persona, no de elefante”. Sepultado Escobar. Con todo lo que le trajo, fama, millones, admiración y hasta la imitación de muchos con sus famosos memes, esas libretitas donde anotaba con quién es que era la próxima “vuelta”. Pero ya. Hoy, su nuevo reto tiene otro nombre: Juan  de Salas. Y está en otro tiempo y lugar.

EXT. SUR DE CHILE – DÍA
GENERADOR DE CARACTERES:

Nuevo Mundo. Año 1599.

Es una tierra inhóspita. En medio de caballos, espadas, batallas apoteósicas, ejecuciones y decapitaciones, aparece Andrés sobre su corcel protegido con su casco y armadura de conquistador, al mando de un temerario ejército español. De repente es rodeado por una tropa seis veces más grande de frenéticos indígenas mapuches. Ahora está en gravísimos problemas.

DISUELVE A NEGRO:

Andrés interpreta a Juan de Salas, el antagonista de esta superproducción que cuenta con talento internacional de primera línea. Él, al mando de un fuerte español, le tiene que dar cuentas al rey Felipe. Es el proyecto más ambicioso de toda su carrera. Y se llama Sitiados. Una serie medieval de ocho capítulos producida por Televisión Nacional de Chile y Fox, que narra una historia enmarcada dentro de la Guerra de Arauco, la única que ganaron los indígenas mapuches contra los españoles en el año 1599 y de la cual se tiene registro histórico. La trama es más o menos así: Una vez llegan a Chile, los conquistadores se estrellan contra estos aguerridos indígenas que les tienden un cerco y los encierran. De 536 invasores que van muriendo de hambre y locura, cuando la Corona española deja de enviarles provisiones, sobreviven 22.

–Si he hecho malos, este es el peor. Pero este malo tiene una característica fascinante y es que es tan malo, como lo es de bruto y eso resulta muy peligroso porque los malos que yo he hecho son tipos muy inteligentes. Son visionarios, tienen instinto, tienen malicia indígena. Este no. Es bruto a morir. Me recuerda a muchos de nuestros nuevos líderes de la región. Son tipos que tienen el poder, pero son muy ignorantes, corruptos, ambiciosos y desproporcionados en sus decisiones arbitrarias. El poder lo carcome y manda aniquilar a todo aquel que le lleve la contraria.

Habla sin mesura. Nada contiene lo que opina. Se ríe, se burla, es malhablado, mamagallista, cursi (la cursilería propia de alguien muy enamorado y recién casado) y frentero. Y, a decir verdad, uno no sabe muy bien cuándo habla en serio y cuándo no. Es un señor actor construido a pulso y con tremenda disciplina.

INT. TEATRO LIBRE – DÍA

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Un joven ANDRÉS (19)  muy gordo y con look noventero llega muy estresado al Teatro Libre. La cámara recorre una larga lista de admisiones hasta que Andrés encuentra algo que lo deja pálido. CLOSE UP A LA LISTA: Su nombre, Andrés Parra, en letra imprenta. Al lado dice: Admitido. Andrés sonríe, brinca en una pata, y llevado por la emoción, le da un beso en la boca a una mal encarada SECRETARIA (56) que va pasando por ahí con unos papeles.

ANDRÉS:

¡Pasé! ¡Pasé!

Todos lo miran como a bicho raro. Está cumpliendo el sueño de su vida y no se cambia por nadie.

Se acuerda de sus inicios. De lo duro que fue. Todo. De todo lo que estudiaba, de su infinita curiosidad por el teatro, por la dramaturgia, de la seriedad con la que todos se tomaban el oficio. De sus llegadas a las siete de la mañana, hora en la que arrancaba la clase de corrido hasta la una. Y luego, de dos a seis y media. Le seguía el ensayo hasta las once de la noche en el Teatro Libre de Chapinero. Tiene un especial recuerdo por su única hora de descanso: el almuerzo. Recuerda su silencio. “Todo el mundo estudiando. Leyendo, no había tiempo ni siquiera para relajarse. Cada uno en su cuento. Era una cosa mística”.

Inexperto y con sobrepeso, como estaba en esa época, nunca pensó que fuera a ser aceptado en el Teatro Libre, pero una vez adentro, se estrelló contra la realidad y entendió que ser teatrero en Colombia era casi un voto de pobreza. Lloraba todos los días con la terrible encrucijada de no querer hacer nada más sino actuar. En su tercer año intentó interpretar al “Rey Lear”, de William Shakespeare, y resultó un desastre monumental. Se cuestionó si debía seguir o no. Sin derecho a réplica alguna, escuchó cómo cada uno de sus maestros le reclamaban que él creía que actuar era gritar. “¡Salí harto de la gritería suya!”, fue la frase que le quedó retumbando en la cabeza. Pero cuando le asignaron el monólogo de Marco Antonio en la obra Julio César, se sacó el clavo ganándose el respeto de sus profesores y compañeros. Pasar de ser profesor de teatro de colegio, donde las niñas muchas veces ni le paraban bolas, a la televisión, fue el siguiente gran punto de giro en su carrera actoral.

Y los éxitos empezaron a llegar. Anestesia, uno de los mafiosos más sapos del Cartel de los sapos, fue el primer papel que logró gran recordación entre los televidentes y por el cual recibió el galardón India Catalina en el año 2009.

Andrés, a la hora de trabajar, es obsesivo con lo que él llama “hacer la tarea”. Su método siempre resulta el mismo. Sea un personaje malo, bueno o cómico. Investiga, se imagina y se  contesta la mayor cantidad de preguntas respecto a su rol. Se trata de la misma receta: “Crear unas circunstancias imaginarias chéveres. Hacerlo muy internamente, más que hacia afuera y meterse en el cuento”. Nace, muere y reencarna. Y vuelve a nacer. De Anestesia, paisa y arrastrado, se transformó en Katurian, el escritor de la obra de teatro de humor negro The Pillowman, del dramaturgo irlandés Martin McDonagh. Y pasó de encarnar un sacerdote confundido en plena zona de conflicto en la película La pasión de Gabriel (con la que gana el premio a mejor actor del Festival de Cine de Guadalajara) al corrupto agente Tenorio, de la comedia para cine Sanandresito. Películas colombianas tan diversas como Satanás, Perro come perro y El amor en los tiempos del cólera hacen parte del variado espectro dentro del cual se mueve sin problema.

Pero no se come el cuento. Porque así lo educaron. Nunca celebrando nada, solo señalando las falencias. Los errores, los defectos, los problemas.

–Si usted mañana me pone una película con una actuación magistral de Robert De Niro, a mí me cuesta mucho trabajo entender qué fue lo que hizo el tipo. No soy capaz. Pero si me pone actores que están comenzando, que tienen 800 problemas, obviamente por su inexperiencia, me sirve mucho de espejo. Ver a un actor embolatado me recuerda todo aquello que no se debe hacer. Porque yo creo que esto es prueba y error, prueba y error.

Andrés no cree en los actores que afirman transformarse en sus personajes, al punto de afectarse mentalmente. Dice en tono de teatrero mamerto:

–Huy, soy tan actor que todo me afecta… Habrá al que seguro le pasa. Pobrecito. Imagínese uno rayándose siempre que… [SE RÍE]. Yo digo que eso es como el cirujano que se desmaya con la sangre. Le toca quedarse en la cafetería del hospital haciendo empanadas. ¿A qué va a entrar al quirófano?

Durante la grabación de “El patrón del mal”, Andrés llegó a tal nivel de concentración y de efectividad en su oficio, que con una simple mirada del director ya sabía lo que tenía que hacer. “Se llegó a un acuerdo sobre el universo del cual se estaba hablando. Todos acordamos cuál iba a ser el tono de la serie, los límites de los personajes, hacia dónde nos dirigíamos y qué tipo de serie estábamos haciendo. Íbamos a respetar el silencio actoral, la pausa, a manejar ciertos trucos, chistes ocultos y eso se concertó antes de empezar a rodar –cuenta Carlos Moreno, uno de los directores de la serie–. La gente no reconocía a Andrés una vez se quitaba la peluca y cambiaba la gestualidad, su actitud y su tono. No les cabía en la cabeza que ese Andrés era Pablo Escobar. La sorpresa de la gente y del equipo ante esa capacidad de transformación era enorme”. Un camaleón.

Acaba de rodar la película La semilla del silencio, ópera prima del director Juan Felipe Cano, junto a los actores Angie Cepeda y Julián Román. Es la historia de una fiscal y un investigador, que gira bajo la premisa de qué pasa cuando dos personas honestas tratan de buscar la verdad y la justicia en un tema tan delicado como los falsos positivos. ¿Cómo es la vida de un investigador en Colombia? En un país donde siempre se ha hablado desde la corrupción, desde la trampa, desde la mentira, ¿qué pasa con las personas correctas? ¿Cómo se mueve una ficha sana entre tanta ficha dañada?

Cuando Parra oye la palabra “política” su risa se borra de tajo.

–Mi posición política me la guardo porque después lo matan a uno en la calle.

Hay un silencio abismal. Incómodo. Luego estalla en risas y todos los que se han acercado en el estudio a oír esta entrevista carcajean estruendosamente contagiados por su chispa. Andrés se queda pensando y hace la siguiente reflexión, ahora sí más circunspecto.

–Desprecio cualquier tipo de abuso de poder. Sea de izquierda, centro, derecha o religioso. No me gusta desde el que trata como un culo a la muchacha de su casa, hasta el que dice, como soy el presidente, me los voy a tirar a todos. A eso sí no le voy. No me gusta. Esa es mi posición política.

Con los pantalones abajo

Lo que pocos saben es que el otrora “Patrón del mal” llora por todo. Por La lista de Schindler. Por Sábados felices. Por su hijo Sebastián.

Buscando a Nemo fue para él la muerte.

–Fui papá soltero, así que a los 15 días de nacido yo ya tenía que dar tetero y pasar derecho. Tenemos un vínculo exageradamente fuerte y me cuesta mucho, sufro, es bonito… Por eso me pasa algo con las películas que tratan de papás e hijos. ¿Qué tal el despropósito de la película No se aceptan devoluciones? El día que la vi me tocó irme a la Clínica (psiquiátrica) Montserrat. A mí me encantó, yo no me esperaba ese final y me volví mierda. ¡Tampoco!

Es meloso, cómo negarlo. También es visceral e instintivo, y es Diana Cáliz –la mujer que descubrió en los pasillos de Caracol Televisión, de la que se enamoró perdidamente y con quien se casó hace poco en Cartagena– quien lo controla y contiene. Es experta en redes sociales y, hoy, la conciencia de este hombre que sabe que se meterá en problemas algún día por cuenta de Twitter y Facebook. Ella lo ha salvado en más de una ocasión.

Y viene en un combo potente: es costeña y cristiana.

–Yo era de los que decían ni costeños ni cristianos… [SE RÍE]. Yo soy un tipo  muy de la casa, muy tranquilo y siempre he tenido la percepción de que el costeño habla duro y es bochinchero y… [HABLA COSTEÑO] “Vamo’ a mamá’ ron y el equipo de sonido con la champeta a todo volumen…”. ¿Y cristiano? Pues imagínese, a mí me echó una novia porque yo no quería a Jesús en mi corazón y no sé qué. Y hoy en día he llegado a la conclusión, y lo digo de verdad: No me habría podido casar sino con una costeña. Alegran hasta un entierro esos hijuemadres costeños. Si usted se pierde en Cartagena, el costeño va y lo lleva a donde usted necesita llegar. Aquí, usted pregunta dónde queda El Campín y lo llevan a Chía.

Diana lo mira enamorada con sus exageraciones y él a ella. La pedida de su mano fue con arrodillada delante de todos sus amigos en una fiesta temática de los ochenta, donde todo el mundo estaba disfrazado para celebrar el cumpleaños de los dos.

–Entonces en la partida del ponqué, yo aproveché. Me eché la soga al cuello y ya qué carajo.

INT. APARTAMENTO – DÍA

Una bola de espejos gira en mitad de la pista. Una balada de Michael Jackson suena de fondo. Andrés disfrazado con peluca y tenis ochenteros se pone de rodillas enfrente de Diana que también está disfrazada y queda sorprendida. Andrés si apenas puede controlarse. Luce tembloroso. Vulnerable.

ANDRÉS:

Diana, ¿quieres casarte conmigo?

EN SLOW MOTION: Andrés destapa un pequeño cofre y el fulgor del anillo brilla ante el rostro paralizado de Diana. Los invitados quedan de una sola pieza. El DJ apaga la música. Los meseros dejan de servir. Todos las miradas están sobre Diana que contesta con un hilito de voz.

DIANA:

. [SE LE ENCHARCAN LOS OJOS]. Sí, quiero.

Los dos se funden en el beso más tierno y apasionado de sus vidas. Todos los invitados aplauden y lloran de emoción. El momento es eterno y sublime.

FIN

Para este punto de mi entrevista estamos rodeados por todo el equipo de la revista, que escucha hipnotizado la historia de Andrés, hasta que una de las asistentes de producción, le hace el llamado para continuar con la segunda etapa de su sesión fotográfica. Él, con la mayor naturalidad y con un entusiasmo inusitado, se va cambiando delante de todo el mundo mientras se despide con una sonrisa de oreja a oreja. Con los pantalones abajo comienza su metamorfosis para posar frente a la cámara. Eso es lo que sabe hacer y es evidente que lo disfruta, aunque esta vez deba interpretarse a sí mismo.

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Abril
11 / 2014


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