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Julia Navarro, dime, ¿quién eres?

En un mundo donde la gente lee cada día menos, los libros de Julia Navarro se venden como pan caliente. Más de un millón de copias en 30 países del mundo lo certifican. Testimonio de un intento.

Foto: Karim Estefan

En un mundo donde la gente lee cada día menos, los libros de Julia Navarro se venden como pan caliente. Más de un millón de copias en 30 países del mundo lo certifican. Testimonio de un intento.

Es menuda, de voz pausada y gestos delicados. Nunca se propuso ser escritora, quería ser bailarina. Sin embargo, el periodismo se le atravesó en el camino y luego la literatura. Apenas lleva 10 años como novelista y ya ha batido con sus libros varios récords en ventas, también sin proponérselo. Su padre era un destacado periodista, Felipe Navarro, conocido como “Yale”. Sin embargo, no es de él de quien recibió el mayor legado, sino de las mujeres en su vida: su madre, su abuela, sus tías. Por eso, quizás, las mujeres ocupan un lugar tan predominante en sus obras y las hace fuertes, sólidas, guerreras, decididas a luchar contra sus propias circunstancias. ¿Como no supo hacerlo ella cuando no la dejaron ser bailarina a los 17 años? Tal vez. Pero también como lo hace ahora, cuando la madurez y los años le han permitido consolidar su camino. “No me propongo nada…, las cosas llegan”, dice Julia Navarro, autora ya de cinco éxitos de librería, el último de ellos Dispara, yo ya estoy muerto, cuya presentación la trajo a Colombia.

No le es fácil hablar de sí misma. “Creo que son los demás los que tienen que decir cómo me ven o cómo me sienten”, argumenta. Pero poco a poco va soltando para dejar entrever, más allá del éxito de librerías, a Julia Navarro la mujer, la que quizás no pudo ser bailarina como quería, pero que a través de sus personajes ha logrado vivir una vida que va mucho más allá de lo que jamás hubiera imaginado.

¿Cómo es Julia Navarro?

Soy muy exigente conmigo misma, me gusta soñar, viajar, leer y comprometerme con las causas de los perdedores.

¿Cómo fue su infancia?

Feliz, con una familia muy extensa y una gran pasión, el ballet. Toda mi fuerza estaba puesta en ser bailarina. Cuando cumplí 17 años quería estudiar ballet en Londres o París, donde estaban las grandes escuelas. Me dijeron que no y elegí periodismo.

¿Se arrepiente?

Eso ya es leche derramada. Es muy tarde para arrepentirme y no tengo poder sobre el pasado. Si lo tuviera, cambiaría no solo eso, sino muchas otras cosas.

Si su hijo le planteara algo similar, ¿qué haría?

Lo apoyaría, siempre le he insistido en que es él quien tiene que elegir qué quiere hacer con el resto de su vida.

¿Qué significó ser hija de Felipe Navarro?

Cuando decidí ser periodista me dijo: “Nunca te creas que eres nadie. Tu teléfono sonará en función del medio en el que trabajes. Si es importante, recibirás muchas llamadas y la gente será muy amable. Cuando estés en uno menos importante, el teléfono sonará menos y les importarás menos”. Es una lección de humildad que he tenido presente toda mi vida.

¿Fue una influencia importante?

Las personas que más me marcaron fueron mi madre y mi abuela. Eran mujeres muy fuertes, con un gran sentido de la dignidad, de la libertad y desde pequeña me enseñaron que tenía que ser independiente y dueña de mi destino para que nadie escribiera el guion de mi vida.

Las mujeres han sido el sexo fuerte en su vida y también en sus novelas…

Es verdad. Siempre describo mujeres fuertes que afrontan su destino equivocándose, pero siempre caminando hacia delante.

¿En qué ha cambiado la escritora a la mujer?

Si a los 20 años hubiera tenido el éxito que tuve a los 50, seguramente habría sufrido el mal de altura. Cuando ya tienes una familia, una carrera y has visto torres muy altas caer, te lo tomas con tranquilidad y sin despegar los pies del suelo. Lo único que ha cambiado es que cuando me dedicaba al periodismo estaba en la calle, tocando la realidad, y cuando escribes pasas muchas horas solo.

Cuando entró al periodismo se vivía la transición, ¿qué aprendió de esa época?

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Estar en un momento en que cambia la historia de tu país y tener la oportunidad de contarlo es único para un periodista. Estábamos aprendiendo todos, todos los días, a ser libres, a vivir en democracia. Tuve la suerte no solo de vivirlo como persona, sino de poder contarlo como periodista.

¿Qué le dejó su relación con el poder?

Una enorme dosis de escepticismo y el convencimiento de que los políticos son un reflejo de la sociedad, ni mejores ni peores. Aunque en política, como en la vida, hay de todo. Creo, eso sí, que los periodistas tenemos que hacer de contrapoder. Mientras más lejos estemos, mejor.

¿Cómo termina siendo escritora?

Por casualidad, como terminé siendo periodista. Nunca sentí que tuviera una cuenta pendiente con la literatura. Estaba en la playa con mi hijo, ya me había leído todo lo que tenía, así que terminé leyendo los obituarios y encontré que había muerto un analista forense que había puesto bajo su microscopio la Sábana Santa de Turín. Así se me ocurrió “La hermandad de la Sábana Santa”.

Sus personajes siempre parecen luchar contra sus circunstancias…

Desde la cueva el hombre ha tenido que luchar contra todo lo que le rodea. De adolescentes nos rebelamos contra nuestros padres porque queremos cambiar nuestras circunstancias… Son personajes que intentan escribir el guion de sus vidas, como yo.

¿Ha luchado contra sus circunstancias?

Sí, en muchos momentos. Creo que hay que dar las batallas, aunque las pierdas.

En sus libros los personajes son un poco nómadas. ¿Es una nómada empedernida?

[Risas]…Como he sido periodista y he viajado tanto, ir a distintos sitios me parece lo más común. Es cierto. Mis personajes son un poco nómadas, y yo también.

Ubicar sus novelas en circunstancias históricas, ¿la ha llevado a hacer en ellas su propia interpretación de los hechos?

No he querido escribir novelas históricas, pero siempre he admirado a los escritores capaces, por medio de una historia, de retratar toda una época. Esa es mi ambición. A través de unos personajes hacer el retrato de un momento, pero lo importante es lo que les pasa a los personajes.

¿Qué tanta distancia establece entre esos personajes y sus circunstancias?

Toda. Hay personajes de mis novelas con los que no me iría a tomar un café porque me parecen canallas. En mis novelas nunca hay héroes ni heroínas. Me gustan los personajes llenos de claroscuros.

Dispara, yo ya estoy muerto, transcurre en los años previos a la creación del Estado de Israel. ¿Usted cree que es posible terminar el conflicto árabe-israelí.?

No hay otro remedio. Israel es un hecho irreversible y Palestina también lo es. Los dos están condenados a vivir en ese trozo de tierra y tienen que repartírselo. Lo que los separa son temas territoriales y políticos –no religiosos– que siempre tienen solución.

¿Cree que la Iglesia católica tiene responsabilidad en el rechazo a los judíos?

Fui a un colegio de monjas y allí me enseñaron que los judíos habían matado al niño Jesús. No hay duda. Dos mil años de educación católica han sembrado la semilla del antisemitismo. Juan Pablo II llegó a la misma conclusión y por eso pidió perdón.

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¿De dónde viene el éxito de Julia Navarro cuando la gente ha dejado de leer?

Con cada libro me la juego. Que a los lectores les haya gustado el libro anterior no quiere decir que les guste el siguiente.

¿Cuál ha sido su mayor reto?

Nunca me he puesto retos. En cada momento hay una cosa por la que lucho.

Su vida parece maravillosa, pero también habrá tenido momentos muy difíciles…

Está llena de claroscuros como la de cualquier persona. He tenido momentos buenos y malos, tristezas y decepciones.

¿Y cuál ha sido el más difícil?

Cuando mi madre murió. Es esa sensación de que el suelo y el techo desaparecen y te quedas colgando de la nada. Es el momento en el que sientes que nunca volverás a ser la misma y realmente conoces la soledad.

Ha conocido el éxito. ¿Qué le ha enseñado?

Al éxito lo mantengo a distancia. Procuro no relacionarme con él. He visto a mucha gente morir de éxito. Que no me pase a mí.

¿Es religiosa?

Tengo sentido trascendente de la vida. No creo que seamos un conjunto de células organizadas para pagar la hipoteca de la casa. Porque si es así, la vida no vale la pena.

¿A qué le tiene miedo?

A la nada… A no ser.

¿Y a la muerte?

Pánico. Es que no sé lo que hay detrás…

¿Cuál quisiera que fuera su legado?

Solo quisiera que la gente que me quiere me recuerde con cariño y que si alguien coge un libro mío, que no lo deje indiferente.

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Abril
07 / 2014


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