Jaime Abello: la memoria de Gabo

El encargado del legado del más prominente periodista que ha dado este país es un parrandero irreductible. Así lo pidió el propio Gabo.
 
Jaime Abello: la memoria de Gabo
Foto: Juan Pablo Gutiérrez y Tico Angulo Molina
POR: 
Jon Lee Anderson

Conocí a Jaime en 1999, por recomendación del mismo Gabo, de quien yo estaba armando un perfil extenso para la revista The New Yorker. Las apariencias engañan, porque en ese primer encuentro, Jaime tenía toda la pinta de un joven ejecutivo cachaco –camisa blanca, corbata, saco y pantalones azul marino. Es el look que todavía conserva para sus visitas a la capital, y en sus constantes giras al exterior para atender conferencias y foros sobre periodismo, libertad de expresión y otros temas relacionados, siempre en representación de la Fundación y, en términos prácticos, como el embajador plenipotenciario de García Márquez–. De hecho, fue Jaime, con el guiño de Gabo, quien me abrió las puertas en Colombia a los familiares y amigos más íntimos del autor. Así establecimos, a la vez, una relación profesional y una amistad que se ha profundizado con los años, cumpliendo con lo que Gabo me confesó una vez que era su sueño para la Fundación: “Crear, en toda América Latina, una red de periodistas que se conozcan, se ayuden y conspiren juntos, como una mafia genial”.

Como el fiel consigliere de Gabo, Jaime no se queda atrás. Descendiente de inmigrantes italianos y españoles, siempre le he sospechado algo de sangre árabe también, porque sabe apretar. Después de nuestra primera reunión, no tardó en invitarme a dictar un taller para la Fundación y naturalmente, porque era un honor, acepté. Y como salió más o menos bien, me invitó a dar otro, y después otro, hasta que, al final, lo que empezó como un asunto de voluntad terminó siendo una obligación afectuosa. En otras palabras, Jaime sabe bien hacer el tipo de ofertas a las que no puedes rehusarte.

Con el paso de los años, suman como doce o trece los talleres que he dictado, todos por amor al arte y siempre robándoles tiempo a mis verdaderos empleadores en The New Yorker, para regalárselo a la Fundación. Además, Jaime tiene el don de hacer sus acercamientos en los momentos más apremiantes. Así es como, a petición suya, he venido volando a Cartagena desde Londres, desde Iraq, desde Afganistán e inclusive desde Guinea, en África, solo para poder cumplirle y pasar una semana sudoroso con doce o quince talleristas en un aula en Cartagena, en Barranquilla, en Buenos Aires o en Río de Janeiro, además de asistir a foros y conferencias o servir como jurado (“tienes que venir, Jon, por favor, no me falles”) en San Salvador, en México y en Medellín. Como buen mercader, Jaime siempre ameniza el pedido con cierta oferta: que habrá gente chévere en el destino; que daremos un paseo a tal parte –que no sé qué y no sé cuánto…–. Y cumple. Y al final de cada una de estas jornadas yo siempre salgo agotadísimo y algo renegón con Jaime, pero también con la sensación de haberla pasado bien a su lado. Esa es su magia.

Jaime trabaja en Cartagena de Indias y le reconoce sus méritos de ciudad bella e histórica, pero su alma reside en Barranquilla, la nada bonita, pero pujante y desprendida ciudad de inmigrantes a una hora y media en carro al este. Es en Barranquilla donde Jaime se siente más libre, y donde le sale su lado más canchero e irreverente. Ahí se viste de guayaberas teñidas de todos los colores del arcoíris y no luce ni actúa como un ejecutivo. Viaja cada fin de semana a su apartamento allí y todos los domingos almuerza con sus padres, junto con los hermanos que estén a la mano. Son una familia de cinco hijos, de la cual Jaime es el hijo mayor. La música es la piedra de toque familiar. Todo gira en torno de ella. Los Abello Banfi se quieren mucho. “Cada Navidad, sin excepción –agrega Jaime con orgullo– nos reunimos todos en Barranquilla”. Jaime es un autodeclarado “omnívoro” de las artes. Lee con voracidad y en música es igualmente goloso: “Oigo de todo, empezando por la música clásica –soy beethoveniano–, jazz –Miles Davis– y toda la música cubana, pero lo que bailo con más sabor es la salsa y la cumbia…”. Ha sido cineclubista y fundador de la Cinemateca de Barranquilla y hace unos pocos años encontró tiempo para producir un largometraje. El Carnaval de Barranquilla reúne, sin embargo, todas sus pasiones, y él mismo dice: “Del Carnaval soy agitador y directivo”.

Cada año Jaime se convierte en rey Baco, en emperador o marimonda y, durante dos semanas, desde la Guacherna hasta la Batalla de Flores, baila por las calles de su ciudad de día y de noche, junto con su séquito de amigos cortesanos, miembros de la comparsa de la que fue cofundador, “Disfrázate como quieras”. Natalia Algarín recuerda cómo hace dos años Jaime apareció como el diablo. “Sacaba la lengua y puyaba a la gente con el trinche. Le gustaba hacer de malo, de uno muy pícaro, pero también muy gozón”.

La primera vez que me uní a él en una de estas jornadas, Jaime (de marimonda) me agarró del brazo y, bailando siempre, me empujó hasta el borde de la calle donde estaban los espectadores amontonados, y les gritaba, “¡Este es un gringo! ¡Putéen al gringo!”, y se mataba de la risa. Y, claro, riéndose a carcajadas, ellos cumplieron y me putearon, y yo me reí, y no pasó nada, porque inmediatamente me saqué el clavo puteando también a Jaime, y seguimos bailando, calle abajo.

 

         

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enero
7 / 2014