‘Todos somos divergentes de alguna forma’, Rosa Montero

La escritora española lanzó 'El peligro de estar cuerda', que ella reconoce como “el libro de su vida”. La Revista Diners conversó con la autora sobre temas como qué es ser normal.
 
‘Todos somos divergentes de alguna forma’, Rosa Montero
Foto: Rosa Montero, escritora y periodista española autora de El peligro de estar cuerda (su más reciente obra), entre otras tantísimas publicaciones. / Foto: Cortesía Editorial Planeta
POR: 
Simón Granja Matias

Ser normal es raro. Inclusive, podría decirse que es imposible ser normal, o por lo menos así lo señala una investigación del Departamento de Psicología de la Universidad de Yale. Y es que el concepto de lo normal es en realidad una construcción estadística que se deriva de lo más frecuente. ¿Esto qué significa? En pocas palabras: que no debe haber ni una sola persona en el planeta que atine en pleno en el conjunto de valores establecidos. Es decir, en realidad todos y cada uno de los seres humanos alberga una divergencia. Todos somos raros. Pero, también es importante aclarar que hay unos más raros que otros. Y entre los más raros cae un grupo muy particular: “los artistas de todo pelo”. Y de eso es de lo que va el más reciente libro de la escritora y periodista española Rosa Montero: El peligro de estar cuerda

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La Revista Diners habló con la escritora cuando estuvo presentando el libro en Colombia.  

Conozco mucha gente que tiene Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDH)… 

La gente se cree que un déficit de atención es que no te puedes concentrar, pero es todo lo contrario: te concentras demasiado en otras cosas. No en una tostada que no te interesa, y por eso se te quema. 

Qué problemático que es cuando en el colegio se tiene TDH…

Bueno, gran parte de los genios han tenido problemas en el colegio porque tenían TDH. Pierre Curie tuvo que ser educado en casa porque en el colegio no entendía nada. Einstein tenía problemas de aprendizaje. Es lo habitual. Y es que la enseñanza habitual no funciona. 

¿Cómo vivió usted la educación? 

Me iba bien porque soy hiperresponsable y también obsesiva. De pequeña no fui al colegio cinco de los nueve años porque tuve tuberculosis. Luego me iba bien porque me concentraba, me obligaba. 

¿Sufría por eso?

Sí, claro. Lo pasaba fatal. Era la tremenda angustia que tenía de no salir bien. Entonces me forzaba a concentrarme. 

Y los profesores a veces no ayudan… 

Hay docentes muy malos. Que son la antítesis de la educación. 

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Que señalan al raro, al que es vago, al que es disperso… 

Claro, claro, es que eso es lo que dice mi libro. Es una reivindicación de la diferencia. Todos somos distintos. Entonces lo que nos dicen que es normal no tiene nada que hacer con lo más habitual. Nos dicen que lo normal es sinónimo de lo más habitual pero es mentira. Es sinónimo de normativo, es una pura norma que además cambia con la cultura, con las distintas culturas, sociedades, tiempos. Si fuera verdaderamente lo normal lo más habitual no nos forzarían tanto a ser normales, nos saldría natural. Sin embargo hay una imposición de esa horma.

Entonces, ¿la normalidad no existe?

Ya lo digo en el libro. En el 2018, en la Universidad de Yale, en Estados Unidos, hicieron un estudio que demostró que la normalidad no existe, que no es más que la media estadística de todos los valores entorno a un punto determinado y que no debe existir una sola persona en el mundo que atine con la media estadística en esos parámetros. Entonces todos somos divergentes de alguna forma. Lo que pasa es que como la presión para ser normal dentro de la horma es tan grande, todos desarrollamos estrategias defensivas para ocultar lo que es divergente. Eso es una brutalidad. Y con razón se desarrolla esa estrategia defensiva porque si el niño va al colegio y muestra su diferencia, los otros niños le hacen bullying. Entonces esa estrategia defensiva es tan grande, tan temprana, tan eficiente, que mucha gente no se da cuenta que es la definición de la represión perfecta, que ni siquiera se da cuenta de lo que ha reprimido. Se mutilan. Este libro está sirviendo en ese sentido, yo no lo esperaba. 

Ha tenido muy buena acogida…

Yo escribí este libro porque lo necesitaba para mí, pero curiosamente ha tenido una respuesta alucinante de la gente. La mayor respuesta de todos mis libros, más que La ridícula idea de no volver a verte, con el que recibí muchas cartas, pero este todavía más. Me dicen que se sienten identificados, liberados. Me dicen que han tomado contacto con esa parte suya que tenían oculta, que tenían reprimida, que les avergonzaba. Bueno, muy bonito, la verdad es que está siendo súper bonito. 

¿Por qué cree que se ha dado esa respuesta? 

Porque la gente estaba reprimiendo mucho eso. Se ven reflejados. Este libro reivindica la diferencia.

¿Cómo se establece la normativa de la que habla? ¿Qué es normal y qué no? 

No sé cómo se va estableciendo… Yo creo que es una construcción colectiva de los poderosos. Se va estableciendo una horma de valores que es la más eficiente para ese poder. Entonces cuanto más desarrollada sea una democracia, más diversas miradas hay, se permiten más miradas dentro de la democracia. Cuanto más dictatorial es una sociedad menos miradas están admitidas. En las democracias avanzadas que estamos viviendo, pues se admiten otras maneras de ser. Pero claro, cuanto más dictatorial y más dinámica y más dogmática es una sociedad, más unívoca es la manera en que se te permite ser.

Desde el consumo se establecen las normativas… 

Sí, es otra manera de forzar la normalidad. Y además funciona mucho, que tengas que tener coches determinados, que tengas que tener un estatus económico determinado, lo refuerzan mucho las redes como escaparate de lo que uno debe tener para ser normal.

Se establecen prototipos de personas… 

Sí, un modelo para copiar. 

Y que si uno no cuadra en ese modelo, entonces uno…

Claro, pero hacemos lo posible para cuadrar toda nuestra vida aunque para ello tengamos que cortarnos un pie porque sino no cabe en esa sociedad. Esa es la cuestión.

En las artes se encuentra un escape… 

Sí, de acuerdo. Pero no necesitas ser artista. Para llegar a la obra se tienen que producir un montón de circunstancias, yo lo llamo la tormenta perfecta, pero luego hay un montón de gente que no llega a la obra nunca, que no tiene ese don artístico pero que tienen una cabeza parecidísima, es mi teoría. Es gente súper creativa, que tiene una imaginación desbordante, pero que por algún motivo no llegan a la obra porque les falta uno de los cien mil ingredientes. Lo que pasa es que los artistas sí somos reconocidos de alguna manera una divergencia, sin que nos fusilen (risas). Si eres un oficinista, vas a pasarlo mucho peor si un día llegas con las uñas pintadas. 

Sin corbata y sin el uniforme… 

Tenemos que conseguir una sociedad en la que puedas ser oficinista y no tengas problema por ir con las uñas pintadas. Ese es el camino, que cada cual pueda ser como se sienta más libre… 

La discusión es sobre la libertad… 

Exacto. Para mí el libro es la reivindicación de la diferencia, y repite todo el rato como mantra dos verdades aunque sean contradictorias. Una es que todos somos iguales, y otra es que todos somos distintos. Ambas cosas son verdad. Hay una base que nos une, que es absurdamente cierta, y que es hermoso. Y luego hay pequeñas maneras de vivir el mundo. Es fantástico, interesantísimo, fascinante, ver cuáles son esas pequeñas diferencias de cada cual. Eso tiene que fluir y ser absolutamente aceptado. 

Dijo al comienzo que el libro la encontró a usted… 

El libro ha estado ahí desde siempre, yo digo que es el libro de mi vida porque ha estado desde siempre. La primera línea dice justamente eso: “Siempre he sabido que había algo que no funcionaba bien dentro de mi cabeza”. Entonces siempre he estado pensando estos temas: qué me pasaba en la cabeza, por qué la tengo llena de imaginaciones (es un tumulto), por qué me dedico a emplear montones de horas de mi vida a sentarme en una esquina de mi casa durante semanas, meses, años a inventar mentiras. Es que es un trabajo absurdo. Por qué necesito hacer esto, por qué necesito de esa manera tan esencial hacer esto, por qué lo necesitamos tantos, tantas personas. Qué es eso que llamamos lo real, qué es a lo que llamamos locura, qué es lo que llamamos cordura, qué es lo que llamamos realidad, porque para mí la realidad… cuando tuve mi primer ataque de pánico con 16 años, me fui de la realidad, tuve una cosa que es como efecto túnel. Yo no creo en la fiabilidad de la realidad. A qué llamamos fantasía, imaginación, cordura… 

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Todo eso ha dado vueltas en su cabeza… 

Son temas que ya he tocado. Por ejemplo, en La loca de la casa, que no tiene nada que ver con la locura, trata de la imaginación, es una frase de Santa Teresa para definir la imaginación. En mis novelas, montones de personajes son gente con trastornos mentales. Pero es que es muy habitual. Siempre ha estado ahí. Y hace cuatro años me dije: he llegado al momento en que tengo que tratar esto de frente. 

¿Cuál fue la respuesta a su libro que más la ha sorprendido? 

Yo tenía intuiciones muy antiguas, empecé a estudiar a expertos neurocientíficos, luego a otros artistas. A investigar en la propia biografía mía, porque la auto indagación es una vía de conocimiento muy buena si eres implacable, o sea, si realmente te estudias como el entomólogo estudia al coleóptero, tienes que ser implacable. Y yo he sido mi propio escarabajo de estudio. Y luego ficción también que está ahí mezclado. Entonces te metes a hacer eso, reuní una cantidad de información brutal, unos datos brutales y había escrito cuatro cuadernos enormes de notas, luego cartulinas con notas… y extendí todo eso sobre la mesa de la cocina y dije, “no sé qué hacer con esto”. Era demasiado. Llegué a poner una cartulina con más de 80 temas que quería tratar, y dije ¿ahora cómo hago? ¿Cuál es el hilo conductor que me puede llevar para tratar todos estos temas? 

Y entonces, ¿qué hizo? 

Me quedé dos días desesperada creyendo que se iba a morir el libro porque no sabía cómo meterle mano. Y de repente decidí una cosa, que lo salvó, y es que dije no lo voy a escribir con la cabeza. Voy a cerrar los ojos y me voy a meter en el libro como hago con mis novelas, dejándome llevar por la música del libro intentando que el libro se escriba solo. Por eso el libro tiene ese tono un poco como de indagación detectivesca. Algunos periodistas me han dicho que parece una indagación detectivesca. En alguna parte del libro digo que me siento como Sherlock Holmes. Y es verdad, es esa sensación de que vas intentando, de indicio en indicio, seguir esa música del libro hasta llegar a la resolución final. Al final, pese a ese bosque impenetrable de datos, llegó a un claro y veo que el asesino es el mayordomo (risas). 

Encontró respuestas para usted…

Lo más sorprendente que me ha pasado es que de repente, y es tremendamente sorprendente y no me ha pasado con ningún otro libro, es que me he contestado cosas que no tenían sentido para mí que y que eran preguntas de esas desasosegantes o fascinantes o ambas cosas… antiguas preguntas que me perseguían y las he contestado de manera suficiente. De repente hay una parte muy importante del mundo y de mi mundo y de mi mundo psíquico y del mundo psíquico de todos, que ahora tiene mapa. Se ha hecho un mapa y todo cuadra. Es impresionante. Los 80 temas se unieron. 

Revisarse a uno mismo es un acto de valentía tremendo… 

Fíjate tú que yo no me he sentido en ningún momento haciendo un libro testimonial. Yo en ningún momento me siento así. Yo lo que digo es: nos pasa esto. Una de las vías de conocimiento de la realidad es la propia indagación, pero la tienes que indagar de esa manera, muy implacable, muy racional, muy científicamente tienes que indagar en ti. Cuando yo digo algo que me pasa lo pongo siempre en contexto, con: lo mismo les pasa a otros autores. 

Yo lo digo desde ese pulso de mirarse a uno mismo, vivimos en una sociedad en la que estamos pendientes del otro… 

Pero para un escritor mirarse es una vía de conocimiento del mundo. Imposible que no lo haga. Te lo digo de nuevo, una vía del conocimiento poderosísima es la propia indagación, pero tienes que indagar de esa manera radical y no para contar tu vida sino para intentar ver el eco de las vidas de los otros. Es un ejercicio habitual. Yo siempre lo digo cuando me preguntan que qué se necesita para ser novelista: leer mucho, escribir mucho, pensar mucho, analizarte mucho, y analizar el mundo. 

Ha habido alguna respuesta de los lectores que le haya tocado particularmente… 

Puff, yo he llorado un huevo (risas). Hay muchas respuestas que son muy divertidas, son gozosas, maravillosas. Es curioso porque utilizan mucho un verbo raro en el contexto, pero que lo utilizan tanto que me ha llamado la atención, y es que me han dicho que este libro me abraza. Entonces eso por un lado. Pero luego ha habido momentos maravillosos y tremendos y de llorar mucho, sobre todo con el capítulo del suicidio. 

Un tema difícil… 

Creo que también se llama tormenta perfecta porque para llegar al suicidio se necesitan muchísimas circunstancias condicionantes, o sea, uno no se suicida por una sola razón. Al contrario, se necesita que haya un montón de cosas coayudantes. Y divido entre el suicidio racional, que me parece un derecho absoluto y que es hijo del amor a la vida y no del amor a la muerte, el que toma aquella persona que tiene una enfermedad terminal y no quiere sufrir más…eso me parece perfecto y además es uno de los derechos del ser humano. Pero ese suicidio es muy raro, el habitual es el suicidio por desesperación y es como una especie de desconexión eléctrica, es un fallo eléctrico del cerebro que sucede por un montón de circunstancias. Entonces hablo de eso y hablo de que como realmente sucede por un montón de circunstancias pues digo: “espera, espera un día más, no lo hagas porque no eres tú el que está decidiendo el suicidio”. Es un fallo eléctrico como el del infarto. Entonces pues claro, nos duele muchísimo que muera alguien queridísimo, pero en el suicidio le añadimos tantísimo drama, tantísima culpabilidad. 

Y qué le han dicho sobre este tema…

Pues han habido cosas absolutamente maravillosas. Desde una mujer escritora latinoamericana, que no voy a decir su país ni nombre, que me escribió diciendo que su madre se suicidó cuando tenía 14 años y que lleva toda la vida en ese ciclo y que me quería dar las gracias porque le ha salvado la vida, porque la próxima vez dirá: espera, espera un día, una hora. O en otra, en un acto público que tuve en Madrid en el que al final del acto público se levantó un tío que estaba en primera fila como de cuarenta y tantos años, y me dijo: “Mira mi padre se suicido cuando yo tenía 18 y hoy es el aniversario, es la primera vez que he pasado sin angustia su aniversario”. Me está dando cosas maravillosas este libro.

Cuando uno lee este tipo de historias desarrolla un poco más de empatía…

Se me han acercado madres y padres y me han dicho que gracias al libro entienden a su hijo… 

Estar al lado de una persona con depresión es muy difícil…

Es muy complicado. Pero además no podemos seguir haciendo lo que estamos haciendo y es hacer de la enfermedad mental un tabú y un estigma social, ocultarlo negarlo y no dar educación a la gente de lo que es cuando es una de las cosas más habituales. El trastorno mental forma parte esencial de lo que el ser humano es. Según la OMS un 25% de los seres humanos, y se queda muy corto, va a sufrir un trastorno mental antes o después. Entonces o lo sufres tú, o lo sufre alguien muy cercano a ti porque es uno de cada cuatro. Entonces forma parte de la experiencia de ser un ser vivo y sin embargo la negamos, la obstruimos. En otro acto, se levanta una mujer como de 61 años que estaba con otra y dice: “muchas gracias, porque es que yo tengo depresión y entonces mis amigas me dicen que yo no me esfuerzo” y señala a la que está al lado. Se levanta la amiga y responde: “claro, pero es que yo también lo paso muy mal, pero me esfuerzo en salir, en alegrarme…”. Y yo les digo: “Imagínate que alguien tiene una hepatitis, que te da un cansancio tan brutal que no te puedes parar de la cama. Entonces, cuando tienes un amigo o una amiga con hepatitis no llegas a la cama y le dices que qué vago eres…”, con la depresión es lo mismo. Es falta de información. 

Llega en un momento necesario este libro, nos vemos diariamente bombardeados por noticias negativas, pero creo que en el arte hay una burbuja que nos permite salir de esa oscuridad… 

Sí, sí, es cierto. La cultura nos salva. “El arte es una herida hecha luz”, decía Georges Braque. Sino hacemos luz con las heridas de la vida, cómo la vamos a soportar.

         

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diciembre
27 / 2022