Cada vez son más las mujeres que juegan polo en Colombia

POR: Revista Diners
 / septiembre 1 2016
POR: Revista Diners

Un salto radical en un deporte refractario a los cambios y tradicionalmente reservado para unos pocos.

Una veintena de jóvenes polistas menores de treinta años ha desafiado el cliché del jugador millonario y conquistador impuesto en los años cincuenta del siglo pasado por el dominicano Porfirio Rubirosa, uno de los presuntos inspiradores de James Bond y acaso el playboy más célebre de la historia. Abrirse campo en un deporte heredado casi exclusivamente por los hombres, ha sido un proceso de paciencia. Pero los frutos no se han hecho esperar y hay quien se arriesga a situar el nivel de las colombianas, en el ámbito latinoamericano, tan solo detrás de las argentinas, donde es probable que únicamente el fútbol acapare tanta atención. Un equipo de experimentadas inglesas ya sufrió las consecuencias: un aplastante 12 a 4 a favor de las nuestras, que además suelen viajar para foguearse en países como España o México, o con jugadoras chilenas y argentinas que llegan atraídas por las historias de lo que está sucediendo en Bogotá.

Todo empieza en las caballerizas. Después de semanas de entrenamiento para que el caballo se amolde, o armonice con los movimientos que cada jugadora busca, llega el fin de semana y eso quiere decir que hay partido. Valeria Maldonado tiene 25 años y se encarga de transportar en un remolque a sus cuatro caballos hasta el campo de juego (Charly, La Llanerita, Flica y Pecas). Los peina una y otra vez para que el brillo del sol rebote sobre el animal con destellos claros. Luego viene el proceso de ensillarlos, hidratarse, estirar y ponerse las coderas, el casco y las botas. Finalmente se da rienda suelta a una descarga de adrenalina que está segmentada en cuatro chukkers, o tiempos, de siete minutos cada uno para los partidos femeninos. Basta un vistazo para comprobar que, a pesar de la armonía que forma el compás del taco, oscilando abierto hasta golpear la bola, se trata de un deporte de gran contacto físico, algo extremo, donde las lesiones y la competitividad están latentes.

En Colombia hubo ya una generación de mujeres polistas. Por falta de organización, sin embargo, o debido al poco auge del deporte, se fue esfumando en el tiempo. Andrea Quintero, diseñadora industrial de 25 años, hace parte de la nueva cosecha. Un grupo formado casi en su totalidad bajo la batuta de su esposo, Martín Bleier, quien en compañía del también polista Felipe Márquez, el jugador mejor clasificado en Colombia, abrieron hace unos ocho años la escuela Bocheritos. Andrea es la jugadora con nivel más alto en este momento. Cuenta que a pesar de todo no deja de sentir algo de miedo cuando juega en equipos mixtos. “El sábado pasado me dieron un bolazo y tengo un morado gigante en la pierna. Y todo el mundo te pregunta ‘¿Estás bien?’. Así quieras llorar lo primero que te sale es un ‘¡estoy perfecta!’”.

La forma de medir la categoría o nivel de los jugadores en polo es, al igual que en golf, según su hándicap. Se trata de un promedio de goles por partido que, a nivel mundial, otorga la Asociación Argentina de Polo. Para el caso de las mujeres en Colombia, no existe aún una reglamentación clara, así que se hace un estimado propio. A mediados de septiembre de este año ocurrirá un hecho inusitado. Lía Salvo, la mejor polista del mundo, con hándicap nueve para mujeres, jugará junto a otros cuatro cracks en el abierto del Jockey Club de Buenos Aires. Un torneo reservado, desde hace más de medio siglo, exclusivamente para hombres. Eso no es todo. El equipo será La Dolfina, algo así como el Barça del deporte de los reyes, fundado y liderado por Adolfo Cambiaso, el Messi del equipo, para muchos el mejor de todos los tiempos.

Un tipo que ha recibido de manos de Isabel II ocho veces la Queen’s Cup, el torneo más glamuroso del circuito y que se juega en las canchas de Windsor Park, a espaldas del palacio de la reina. Cambiaso, de 41 años, sin embargo, suele manifestar que lo suyo son los asados en el campo o un buen pedazo de milanesa en su casa de Cañuelas, al oeste de la capital argentina. Esta será la primera vez que una mujer se sume a esta especie de “dream team” y seguramente dejará un precedente para los demás torneos grandes.

Así lo reconoce la estudiante de diseño Ana Luisa Vargas, venezolana de 22 años, instalada desde hace cuatro en Chía. Ana Luisa es la única jugadora de polo en activo del país vecino. Hace poco estuvo en Venezuela y en un partido de práctica todo el mundo decía: “qué peligro, qué hace esta mujer acá”. Cuenta que en Venezuela el deporte ha ido desapareciendo en paralelo al hundimiento económico. Los aficionados que quedan deben organizar partidos en sus fincas privadas. Así, ella abandonó la hípica, se vino con sus dos yeguas y se instaló en Colombia. Resalta el ambiente de absoluta camaradería que se vive en nuestro país. Aunque al principio no faltaba quién le gritara en tono jocoso: “¡Luli, estás agarrando el taco al revés!”. Así mismo añade que la posición donde mejor se siente varía entre el 2 o el 3. “No me gusta ir ni muy adelante, ni muy atrás. Yo me siento cómoda en estas dos posiciones que están en el centro, porque atacan pero también defienden. Tienen labor de marca, de mucha fuerza y mucha agilidad. El 1 juega adelante como un delantero, y el 4 es un back, con mucha visión de juego y rapidez en los cierres”.

Pocos recuerdan que el polo fue deporte olímpico. La última función tuvo lugar hace ochenta años, en Berlín 1936. Los costos de traslado de los caballos y, al parecer, cierta hegemonía argentina hicieron que los organizadores desistieran de esta disciplina. Desde entonces, se ha recorrido un camino refractario a todo lo que rompa con las tradiciones, un acervo constante de historias familiares donde el savoir faire parece una herencia más del ADN. Por eso, para muchas de estas jugadoras negociar su entrada a la escena ha sido cuestión de paciencia. En la gran mayoría de los casos sus padres y sus hermanos ya jugaban. Y ellas solo cogían los tacos disimuladamente, taqueando a lo mejor un poco en alguna finca, o en el club. Juliana Luque, arquitecta de 26 años, recuerda las dudas de su papá hace algunos años: “Tuve que convencerlo al principio porque no le gustaba nada la idea de que jugara con hombres, aún le parece un poco peligroso, porque aunque es un deporte que ya juegan las mujeres, los equipos mixtos tienen sus riesgos. Pero para nosotras esa es la forma de crecer e ir avanzando”.

Ya hay una base de niñas en busca de competir y organizar sus propias competiciones, con un buen nivel e independencia de los torneos masculinos. La creación de la escuela Bocheritos, que designa a los jugadores que tienen buen dominio de la bola con el taco, que les gusta conducir la “bocha” con agilidad, tiene mucho que ver. Se trata de un centro de formación que busca abrir las puertas de un deporte costoso, se necesitan, generalmente, unos seis caballos por jugador, y reservado durante años a los socios de uno de los dos clubes privados que hay en Bogotá.

Uno de los casos claros es el de Emilia Forero. Una chica que a sus 16 años ya pinta para grande. Juega sin problema alguno con los hombres de su edad y da la talla. Por su parte, Andrea Quintero afirma que ha sido muy gratificante llegar al nivel que han alcanzado. Hace unos años, cuenta, pocos pusieron atención al proyecto. Trae a colación el viaje reciente de Ana Luisa Vargas a España, donde jugó y ganó el abierto femenino más importante, el de Sotogrande (Cádiz). “Esas experiencias con jugadoras internacionales, que a lo mejor llevan diez años jugando, nos dan una medida de dónde estamos. Eso quiere decir que no estamos tan atrás como nos hubiéramos imaginado. Por eso creo que es el momento de seguir entrenándonos duro y seguir ampliando el proyecto”.

Antes de la tradicional copa Uribe, la competencia más importante de la temporada en Colombia, se jugó un partido de exhibición a medio día entre dos equipos femeninos. Nombres como Helena Gaviria, Beatriz Carrizosa, Natalia Barreto, Adriana Tabares se sumaron a la cancha. El pelo recogido dentro del casco. El resto fue lucha y sana rivalidad. De a poco, todo toma más seriedad. La apuesta a largo plazo es formar un calendario femenino con copas fijas. Y a mediano plazo constituir un equipo de Colombia para jugar un torneo internacional en enero próximo en República Dominicana. “También nos falta conseguir más caballos para subir el nivel”, afirma Juliana Luque, “ahora todas estamos con dos, tres o máximo cuatro caballos. Para evolucionar y jugar más necesitamos más. También que sigan saliendo y creciendo más jugadoras para conformar más equipos”.

Un día, hacia el año 600 antes de Cristo, algún excéntrico descubrió que pegarle a una bola con un palo mientras montaba a caballo podía resultar un pasatiempo divertido. Unos 2.600 años más tarde, y tras pasar por la criba de refinamiento ejecutada por gauchos argentinos y cultivadores de té indios, el deporte etiquetado como de los reyes llega hasta nuestros días. Con más atención internacional que nunca. Con perspectivas de abrirse a más jugadores. Y con el aliciente de la llegada de estas nuevas “bocheritas”. Jóvenes que hallan el sinónimo colectivo de la palabra felicidad allí arriba del caballo, sin maquillaje, sin perfume, solo un casco bien calado y un buen taco en la mano.

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septiembre
1 / 2016