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"Solo quería volver a la casa y no salir", así es el síndrome de la cabaña

Aunque el síndrome de la cabaña no es aún una enfermedad tipificada, muchas personas tienen ansiedad y miedo de salir de su casa.

Foto: Jorge Ávila / @jorgetukan

Aunque el síndrome de la cabaña no es aún una enfermedad tipificada, muchas personas tienen ansiedad y miedo de salir de su casa.

Me levanté en casa dispuesta a seguir mi rutina de todas las mañanas desde que empezó la cuarentena por COVID-19. Una hora de yoga, un desayuno saludable, una buena ducha tibia, un café cargado y tres horas de trabajo que terminarían justo al momento de almorzar. Lisboa, mi gata, estaba estirada en la puerta de la habitación. Me agaché para acariciarla y noté algo raro en sus ojos, tenía las pupilas dilatadas y de un tono amarillento. Revisé sus encías, su nariz y las almohadillas de sus patas: estaban pálidas y al apretarlas el color no volvía del todo”, cuenta María Luisa Castro, de 37 años.

Cinco meses antes, Lisboa había sido diagnosticada como positiva de ViLeF –virus de inmunodeficiencia felina– y debía estar muy atenta a sus cambios. “Llamé al veterinario y acordamos llevarla de urgencias. Algo comenzó a apretarme en el pecho, entre el estómago y el esternón. Supuse que era el miedo a perder mi gata, así que respiré profundo y comencé a alistarme.

Me puse el traje antifluidos que había comprado por si me resultaba inevitable salir. Un par de botas de goma que podía bañar en desinfectante sin que se arruinaran, guantes de látex y un tapabocas N-95. Me guardé el pelo bajo una gorra impermeable y empaqué en mis bolsillos alcohol, gel antibacterial y un paquete de paños húmedos. Tomé el guacal de Lisboa y abrí la puerta.

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Había olvidado cómo se sentía el viento en la piel. Quedé paralizada. Una colonia entera de hormigas recorrió mi espalda y sentí mi propio pulso latiendo en las orejas. COVID-19, el monstruo invisible, el asesino insurrecto. Podía imaginarlo esparcido en el pavimento esperando quedarse en mis zapatos, en el cuerpo de la gente que me cruzaba tan cerca, en la brisa helada que me golpeaba la cara. Creí que el pulso iba a romperme las costillas. Llegué al veterinario sudando frío y con las manos dormidas. Lisboa tenía anemia y necesitaba una transfusión. Yo solo quería volver a casa y no salir jamás”, asegura Castro.

Volver a la vida cotidiana después de largos periodos de encierro o aislamiento puede no ser siempre un alivio. En la naturaleza de los seres humanos está desarrollar rutinas para adaptarse a situaciones nuevas o enfrentar cambios radicales en su día a día. El duelo de un ser querido, por ejemplo, obliga a habitar sus espacios de otra manera; el desamor, a inventar espacios propios.

En cualquier caso, la adaptabilidad está ligada estrechamente a la capacidad que tienen las personas de reprogramarse a través de actividades recurrentes: cocinar, ejercitarse, ver películas, pasar tiempo en familia, trabajar, escuchar música.

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La pandemia por COVID-19 y las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), sumadas a los protocolos implementados en cada país, obligaron a largos periodos de encierro y distanciamiento. Los ámbitos sociales y laborales necesitaron encontrar formas contingentes para funcionar y, en consecuencia, las personas tuvieron que replantear sus rutinas de vida. “En un primer momento eso trajo episodios depresivos leves, crisis nerviosas e irritabilidad constante –le explica a Diners Norman Hart, profesor de Psicología en la Universidad de Columbia–. Es un concepto reciente que en la psicología conductual se conoce como soledad inquieta”.

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Con el correr de las semanas, las personas sometidas al aislamiento comenzaron a desarrollar rutinas y espacios propios, que no solo ayudaron a hacerlo llevadero, sino que empezaron a volverse gratos y placenteros. Al mismo tiempo, el exterior se convirtió en un riesgo, los noticieros emitían cifras alarmantes de contagio, los periódicos desaconsejaban salir y la medicina parecía no dar abasto. La casa, entonces, era el único lugar seguro.

casa

Ahora que diferentes lugares del mundo han hecho anuncios para retomar la vida en las calles e incorporarse a una nueva normalidad, hay quienes sienten que aún no es momento de salir. Las razones son varias: miedo a contagiarse de un virus que sigue siendo, de muchas maneras, desconocido; ansiedad de retomar el ritmo que exigen las grandes ciudades: tráfico, congestiones, horarios, o un absoluto desinterés por abandonar la tranquilidad del hogar. “Cuando esa sensación imposibilita la funcionalidad de las personas y les crea conflictos para retomar su vida, podemos estar hablando de lo que se conoce como el síndrome de la cabaña”, explica Hart.

El miedo, una emoción normal

El síndrome de la cabaña no es aún una enfermedad tipificada, sino un espectro ansioso, consecuencia de un conjunto de síntomas asociados al miedo. Parte de un miedo adaptativo, completamente normal ante cualquier situación de amenaza, y crea una alerta constante que no siempre tiene consecuencias negativas. En el caso de la COVID-19, esta alerta se materializa en hábitos de autocuidado, higiene y prevención.

Sin embargo, ese miedo puede convertirse en desadaptativo y tener consecuencias de dos tipos: primero, crear una separación autoimpuesta con el exterior y limitar vivencias que antes resultaban agradables: reuniones con amigos, deportes al aire libre, encuentros profesionales o momentos de ocio. Y segundo, evolucionar en picos ansiosos que se disparan con la idea de salir de casa, tener contacto social o retomar actividades previas a la pandemia.

Las personas con trastornos de ansiedad, obsesivo-compulsivas o diagnosticadas con fobias limitantes son mucho más propensas a presentar manifestaciones de este síndrome. Los pensamientos negativos se magnifican ante situaciones de peligro, en especial si son desconocidas y están más allá de lo que pueden controlar, y se producen cierres mentales que desembocan en la necesidad de resguardarse en el único lugar que parece seguro: su casa.

“El miedo es una emoción humana y no hay nada más normal, pero es necesario entender que existen límites y estar atentos a las señales que indican que algo se está saliendo de control”, asegura Norman Hart.

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“Hay que seguir moviéndose”

“Algo estaba mal. La calle me daba pavor, me había acostumbrado a comprarlo todo a domicilio y no me sentía segura en los supermercados. Veía la gente muy cerca y brincaba de ira si llevaba el tapabocas mal puesto. Mis amigos cercanos comenzaron a reunirse, pero yo seguía sin aceptar sus invitaciones. Me preocupaba que fueran asintomáticos, que no limpiaran bien sus verduras o que simplemente alguien les hubiera estornudado encima por accidente”, dice María Luisa Castro.

Ya no era prevención, ya no era autocuidado. Era físico miedo.

“La ciudad en la que vivo reabrió los comercios y reanudó sus actividades. En el trabajo me anunciaron que debía volver a la oficina durante las tres semanas próximas. La sola idea me hacía ver borroso. Comencé, entonces, por lo más simple: salir a la acera y respirar durante 15 minutos todas las mañanas. Cuando pude hacerlo con tranquilidad, decidí caminar por el parque durante media hora. Me fui acostumbrando a la gente, al viento, al ruido de los carros. Una mañana me levanté con ánimo suficiente y visité a mi madre; la semana siguiente, a mi mejor amigo y su esposa. Empecé a crear rutinas que me obligaban a salir de casa, aumenté las distancias y perdí el miedo. Vivir con la amenaza de un virus que puede matarte no es fácil. Estar a la defensiva ante un enemigo que no puedes ver, asusta. Pero entendí que la vida sigue, que el mundo exterior continúa su curso y yo soy parte de él. Entendí que también debo seguir moviéndome”, relata Castro.

Consejos para superar el miedo de volver a las calles

– Cumplir los protocolos de bioseguridad al salir. Es decir, utilizar el tapabocas, mantener el distanciamiento social y lavarse las manos constantemente para sentirse más seguro y tranquilo.
– Realizar salidas graduales. Empezar con trayectos cortos y luego aumentar la duración y la distancia, aunque cada quien debe imponer sus propios límites.
– Contar con una red de apoyo, tanto de amigos como familiares, para hablar sobre las emociones que siente.
– Mantener una rutina.
– No saturarse con la información que entregan los medios y las redes sociales sobre la pandemia para no exacerbar los pensamientos negativos y la ansiedad.
– Reconocer que el riesgo existe.
– Si los síntomas persisten, solicite ayuda a un especialista.

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Noviembre
27 / 2020

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