La muerte de un ser querido en medio de la cuarentena y la imposibilidad de despedirse

Esta es la primera columna de María Iribarne en Diners, una crónica de cómo es decirle adiós a un ser querido sin poderlo ver y lo frío que resultan el proceso por la virtualidad.
 
La muerte de un ser querido en medio de la cuarentena y la imposibilidad de despedirse
Foto: @jorgetukan
POR: 
María Iribarne

Hace un tiempo, la revista Diners me propuso escribir una columna. Estaba fascinada con la idea. Ya tenía todo organizado: el nombre, las fotos y el tema. Escribiría sobre los planes para hacer en Bogotá y sus alrededores, pues me impresionaba los proyectos e ideas frescas que habían aparecido en la ciudad y que pocos conocían.

Pero llegó la pandemia. Y como el resto del mundo, hice una pausa y esperé; pensé que iba a durar poco. Pero ya han pasado cinco meses y todavía no sabemos con exactitud qué va a suceder.

Así que tomé una decisión. Escribir la columna sobre las situaciones que estamos viviendo en esta cuarentena. A todos nos ha puesto a prueba, de una u otra manera, esta compleja situación. Y yo ya no podía guardar más silencio.

Comienzo contando una experiencia personal. Quizás la más dolorosa y difícil que me ha pasado en estos meses: la muerte de mi tío más cercano en medio de este aislamiento.

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Viernes, 24 de julio, 3:21 de la tarde. El celular suena. Es mi hermana mayor. El llanto no la deja casi pronunciar palabras. “Se fue. El tío se fue”. Yo, al otro lado de la línea, no sabía qué decir. Nadie quiere morir en medio de una pandemia. Nadie quiere recibir esa llamada. Yo estaba sentada en la sala de mi apartamento. Traté de calmarla. A ella le dio un ataque de nervios, empezó a temblar, se notaba, y colgó el teléfono.

Huellas

Cerré mis ojos. Oré por él unos segundos. Mi tío Camilo se había despedido en mis sueños dos días antes. En la madrugada del miércoles sentí su voz llamándome, me golpeó en la ventaba de mi cuarto. Vi su rostro y cuando intenté hablarle, me desperté. En ese momento no sabía que esa había sido su estrategia para despedirse de mí y verlo por última vez.

Repasé los mensajes más recientes que me había enviado por WhatsApp: la foto de su primer nieto recién nacido; las siete llamadas perdidas, un par de noches atrás, cuando me llamó porque se sentía desubicado; las felicitaciones por mi cumpleaños. Sentí el dolor en el estómago. Sin embargo, venía lo más difícil: avisarle a mi mamá, su hermana más querida, mi mamá, una mujer con alzheimer.

Mi tío Camilo siempre estuvo cerca de nosotros. Mi madre lo ‘adoptó’ cuando mi abuela murió. Él tenía 18 años y mi madre se lo llevó a nuestra casa, le ayudó con la universidad y siempre lo protegió. Tanto, que cuando mi tío se casó, alquiló una casa frente a la nuestra y luego, otra a media cuadra, para estar a su lado.

Y siempre lo estuvo. Todos los días, sagradamente, hablaban. A mí y a mis dos hermanas nos ayudaba a hacer las tareas, nos enseñó a montar bicicleta y a elevar cometas. Estuvo en nuestros cumpleaños y en cada paso importante de nuestras vidas. Éramos sus muñecas, como a veces solía llamarnos.

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Aunque desde enero pasado a mi tío le habían diagnosticado un cáncer de colon, nadie esperaba su partida tan pronto. Con gran entereza, había salido adelante de varias operaciones y se recuperaba, poco a poco. Sin embargo, no soportó la quimioterapia. Los riñones comenzaron a fallarle y, luego, los pulmones.

Ese miércoles 22 de julio un médico domiciliario fue a visitarlo y lo estabilizó. El jueves empeoró. Mi prima tuvo que llevarlo a urgencias. En la primera clínica le negaron la entrada porque no tenían espacio, pues estaba llena de personas infectadas con COVID-19. La clínica más cercana también estaba a reventar, pero los dejaron entrar. Los médicos andaban a mil con tanta gente enferma.

Después de varias horas, le informaron que ya no había nada que hacer. Así que mi prima decidió llevarlo a su casa para que sus últimos días estuviera tranquilo y en paz. Al día siguiente, falleció.

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Los tres elegidos para darle la noticia a mi madre fuimos su nieto mayor, su yerno, y yo. Mi padre ya sabía, pero esperó con la resignación de un santo que nosotros estuviéramos allí para decírselo entre todos.

En el carro no conversamos del tema. Ni quién hablaría primero, ni qué diríamos. Nos distrajimos hablando de pendejadas, del frío de la tarde, del trancón, de las tareas de mi sobrino, conscientes, en el fondo, de que estábamos al borde de dar una noticia devastadora.

Mi madre estaba tranquila viendo televisión. Al vernos llegar se sorprendió porque ya estaba anocheciendo -en tiempos de cuarentena, no era algo habitual que fuéramos los tres a verla-. Se emocionó mucho, se puso muy feliz.

Nos sentamos en la sala y, de nuevo, estábamos dando vueltas y más vueltas.
Hasta que mi cuñado lo dijo de un solo tirón: Camilo se puso muy malo, Camilo empeoró, Camilo está en el cielo. Yo estaba al lado de mi madre, apretando con fuerza su mano izquierda, hasta que rompió en llanto y se quebró. Su hermano –hijo-confidente- se había ido para siempre.

Luego, vinieron horas enteras escuchando cómo mi madre trataba de arañar en su memoria los últimos fragmentos de los recuerdos que tenía de él. “¿Alcancé a hablar con su tío? ¿Se despidió de mí? ¿Qué me dijo? Recuerdo que le llevé una bolsa con mandarinas, manzanas y mangos, y él no estaba tan mal”, sollozaba.

Ella solo quería verlo, quería despedirse de él. Sin embargo, como mi prima y mi tío habían estado en una clínica cerca de enfermos con el virus, tuvieron que hacerse la prueba y estábamos esperando los resultados. No podíamos correr ningún riesgo.

¿Dónde está mi hermano? ¿Dónde está su cuerpo?

Ese fin de semana me quedé con mi madre. Ella no recuerda nada inmediato, pero retiene toda su historia pasada. Tenía mucho miedo de que no recordara esa muerte. Tenía mucho miedo de saber cómo iba a despertarse a la mañana siguiente.

Entonces, cuando bajé a desayunar, en la mesa, ella pronunció la frase: “Tuve un sueño. Soñé que mi hermano había muerto”. Yo miré a mi sobrino. Se me aguaron los ojos. “Mamá, no fue un sueño”, le dije. Y otra vez todo empezó a suceder como la primera vez. Su llanto, su deseo de despedirse y verlo por última vez.

Las pruebas de COVID fueron pagas. Por eso, los resultados llegaron al día siguiente, de lo contrario, semanas después, todavía estaríamos esperando. Mi prima salió negativo, mi tío salió positivo. Así que ya no había posibilidad de verlo. Ya no había posibilidad de una funeraria, de ir al cementerio a enterrarlo. ¿Cómo le explicas eso a tu madre?

Ella solo repetía, una y otra vez, ¿dónde está mi hermano?, ¿dónde está su cuerpo?, ¿cuándo lo vamos a enterrar? Y yo le contestaba, con infinita paciencia, que esta vez sería diferente, que no podríamos velarlo por la pandemia, una pandemia obviamente que no entiende y que le parece absurda. ¡Quién se inventó eso!, me reprochaba. Era un duelo a la distancia, sin muchas elecciones. Y cuando quieres a alguien tanto, eso duele demasiado.

¿Adiós virtual?

Mi hermana del medio decidió organizar una misa virtual el domingo a las 6:30 de la tarde, gracias a unos amigos sacerdotes que se ofrecieron a ayudar. A las 6:20 estaba frente al celular con mi madre, bajando la aplicación para asistir a la misa. Fue extraño. Muy extraño. Varios pusieron sus cámaras para dejarse ver. Había hasta compañeros del colegio de mi tío, amigos, sus hijas, su hijo que vive fuera del país y no pudo venir por la cuarentena (otro drama), primos, vecinos. Todos ahí detrás de esa pantalla, sentados, escuchando a dos sacerdotes orar por el alma de mi tío en una iglesia vacía.

Mi madre escuchaba la misa, tan ausente y tan presente a la vez, tan consciente a ratos, y tan desconectada por minutos. A veces lloraba y al segundo se enjugaba sus lágrimas. Yo guardé silencio y no le solté la mano.

El jueves siguiente, mis primas organizaron una celebración cristiana virtual. Tuve la misma extraña sensación. En el computador, iban apareciendo ventanas con rostros de personas conocidas y otras no tanto; círculos con nombres, para los que no se animaron a dar la cara; luego, apareció una pareja de pastores orando; después, palabras de gente que narraba historias de mi tío.

La falta que hacen abrazos reales

¿Qué puedo decir? En un momento como este, hacen falta los abrazos reales, ver en carne y hueso a la gente que quieres, llevar a cabo un rito real de despedida. La tecnología ayuda, pero la sensación es fría y superficial. Y la impotencia de no poder cambiar las circunstancias es algo difícil de manejar.

Sin duda, la pandemia dejará huellas indelebles en la mente de aquellos que no pudimos despedir a nuestros muertos, que no pudimos verlos, ni decirles adiós por última vez.

Cuando escribo esto ya han pasado quince días de la muerte de mi tío. Faltan aproximadamente otros veinte días para que nos entreguen sus cenizas. Según nos informó la funeraria, nos enviarán un link y otra vez se oficiará una ceremonia virtual.

Por ahora, hay días que mi madre amanece tranquila, dice que mi tío está en el cielo, sin dolor, pero hay otros días en los que todavía tiene ganas de llamarlo para saludarlo, para preguntar cómo sigue de salud, para visitarlo y llevarle mandarinas, mangos y manzanas. Levanta el teléfono, marca el número que se sabe de memoria, pero nadie contesta. No sé si algún día se le pase. Espero que sí.

         

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agosto
20 / 2020