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¿Por qué el estrés también puede tener un lado positivo?

Aunque se considera que el estrés tiene una connotación negativa, también existe un lado positivo, que debería conocer y entender para sacarle el mejor provecho. Conversamos con la terapeuta portuguesa Ana Lombard al respecto.

Foto: Jorge Ávila / @jorgetukan

Aunque se considera que el estrés tiene una connotación negativa, también existe un lado positivo, que debería conocer y entender para sacarle el mejor provecho. Conversamos con la terapeuta portuguesa Ana Lombard al respecto.

El estrés es la enfermedad del siglo XXI”. “El estrés puede provocar diabetes”. “El estrés es malo para el corazón”. Tres titulares publicados por diversos medios de comunicación en el mundo que develan su lado oscuro y peligroso. Y, sí, es cierto. Si una persona sufre de estrés crónico puede desarrollar múltiples complicaciones, tanto físicas como psicológicas. Está comprobado científicamente.

Sin embargo, es importante hacer varias aclaraciones. Primera, entender que el estrés en sí es una respuesta fisiológica del ser humano. Felipe Villegas, psiquiatra y médico laboral, asegura que “es algo normal, todos lo tenemos, y lo activan unas situaciones de alarma o peligro para prepararnos ante esa amenaza. Sin embargo, el problema viene cuando esa respuesta se activa permanentemente y genera un impacto negativo sobre el organismo”.

Según Ana Lombard, portuguesa, criada en Francia y radicada desde hace varios años en España, el estrés tiene tres fases: la de alarma, que es una respuesta del organismo ante una nueva situación que puede ser peligrosa y que, a menudo, no está en nuestra rutina. Se aumenta la adrenalina y se tensiona la musculatura. La siguiente etapa es la resistencia, que nos permite actuar.

Se libera cortisol, que aumenta la cantidad de azúcar en la sangre, suprime el sistema inmunológico y ayuda al metabolismo de grasas, proteínas y carbohidratos. Advierte que la liberación de esta hormona puede ser beneficiosa para el organismo en algunos casos, pero a largo plazo las consecuencias son extremadamente perjudiciales. Y la última fase es el agotamiento, un momento de acumulación en el que la persona se ve invadida por la ansiedad y el miedo. “Nuestro cuerpo está rendido, nos obsesionamos, nos deprimimos, la autoestima cae por los suelos y todo ello acaba por provocar que nuestra mente se agote”, asegura.

El neurólogo Ian Robertson explica en su libro The Stress Test, que la clave no solo está en la duración, sino en la cantidad de estrés: resulta positivo si es moderado; de esta manera se estimula la creatividad, la concentración, se optimiza el funcionamiento del cerebro, se fortalece el carácter para enfrentar situaciones similares en un futuro y se activa la productividad.
Lombard, autora del libro Positive Stress, habló con Diners sobre el tema.

¿Por qué cree que la sociedad actual ha demonizado el estrés como la causa de muchas enfermedades?

Existe una confusión sobre el estrés. Una persona puede estar angustiada, nerviosa, preocupada, tener emociones desagradables, pero como no dispone de un vocabulario emocional amplio, simplemente dice “estoy estresada, no puedo más”. Hay que tomarse el tiempo para identificar adecuadamente la emoción. Si digo que estoy estresada mi cerebro irá de inmediato a buscar las herramientas para solucionar ese estrés. Pero si digo “estoy frustrada porque no logro conseguir lo que me he propuesto”, entonces mi cerebro busca qué me frustra y cómo superarlo. El problema es distinto así como la solución.

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El estrés es una situación externa que vivo. Pero yo no soy el estrés ni cualquier emoción desagradable. Es algo que está dentro de mí, pero no me puedo identificar con eso totalmente. Con esa visión puedo educar mi cerebro a ver esa situación objetivamente, desde afuera, y así encontrar soluciones adecuadas. También es fundamental entender que no hay emociones negativas, siempre son útiles –pueden ser agradables o desagradables–, pero tengo que autoeducarme para identificarlas y preguntarme qué me están diciendo, y si son reales o imaginarias.

¿Por qué nos cuesta tanto gestionar nuestras emociones?

Al ser humano le gustan las dificultades porque ahí puede ver si tiene las capacidades para superarlas o no. Es una dualidad que tenemos, pero a determinadas personas les gusta vivir con esa adrenalina, están acostumbradas a tratar la urgencia, la emergencia, y se han vuelto adictas a vivir así. Cuando no hay problemas ni adrenalina, suelen decirme en consulta, les resulta aburrido estar así. No obstante, hay que acostumbrarse a vivir sin fabricar ni provocar dificultades, a relativizar y a estar más contentos con la vida que tenemos.

Antiguamente, la educación emocional era un tema tabú, no se hablaba de eso ni se podía desarrollar un vocabulario emocional. Ahora ya es menos tabú, pero no en todos los países. Para mí, lo importante es tener claro que cuando una persona habla de sus emociones no es débil, sino fuerte, igual que alguien que pide ayuda, es muy potente. El débil no habla y únicamente utiliza la ira, la rabia, los gritos o la fuerza muscular. Pienso que la gestión de emociones se debería enseñar en los colegios.

Usted asegura que el estrés resulta positivo siempre y cuando no lo dejemos avanzar a la fase tres. Pero cuando atravesamos múltiples situaciones difíciles a la vez, como el dinero, la pareja y el trabajo, ¿qué debemos hacer?

Hay que enseñarle a la persona a priorizar lo importante de lo vital; si quiero tratar todo al mismo tiempo, voy hacia el fracaso, directamente a la fase tres, que es el agotamiento.
Supongamos que tenemos estrés laboral añadido al de la casa, con una pareja que no ayuda mucho, unos hijos adolescentes conflictivos, y problemas financieros. Es el momento de detenernos para identificar la prioridad número uno. Las otras cosas las vamos a poder ralentizar.

También es importante intentar arreglar en casa los problemas de casa; así mismo los del trabajo. Es como una gimnasia cerebral. Y hacer pausas entre las diferentes actividades, tomarse un tiempo para que el cerebro pueda reír, sentir confort, hacer algo agradable. De lo contrario, no se tendrán herramientas porque se estará saturado.

A lo largo del libro habla de la meditación como una herramienta muy poderosa…

Sí, porque meditar quiere decir “estoy conmigo y por mí, y voy a cuidar de mi mejor amigo que es mi cuerpo y mi mente”. Se busca la armonía, que va más allá del equilibrio. Cuando estás con los músculos relajados puedes visualizar el problema con tranquilidad, el cerebro te podrá ayudar a encontrar soluciones.
Y después hay un paso importante, pensar no es suficiente, hay que saber actuar adecuadamente, elegir bien, que no siempre constituye la elección más agradable. Meditar no tiene nada que ver con una postura física, es una filosofía interna, autoestima, respeto y otro modo de analizar, pensar y actuar.

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El estrés crónico puede desencadenar muchas cosas, como ansiedad y depresión. En general, ¿cree que los médicos están enfocados en suministrar drogas y no en tratar la raíz del problema?

Es simple. El médico ve el problema como una patología que se trata a través de la medicación, y ha estudiado para eso. No estoy en contra de la medicación. Si tengo que tomar una aspirina, lo hago, pero antes voy a tomarme un tiempo para reflexionar por qué me duele la cabeza, qué pasó, cómo he actuado y qué tendría que hacer la próxima vez. Después de ese trabajo, si me duele, descanso y me tomo la aspirina. Para mí resulta fundamental el análisis de trabajar sobre la raíz del problema, que es cómo me tomo el problema y lo gestiono.
También creo que mientras más drogas ponemos en el cuerpo, el aparato digestivo estará más enfermo, pues se acaba la flora intestinal. Creo que el médico tendría que volver a la función del médico de familia, que escuchaba más, analizaba y prevenía antes de recetar.

El libro se enfoca mucho en las herramientas para que el estrés no se vuelva crónico, pero ¿cómo le sacamos jugo al estrés positivo?

Cuando el cuerpo se pone en modo estrés fabrica adrenalina que, al principio, nos da una multitud de capacidades, podemos hacer varias cosas a la vez, nos vuelve más creativos. Esto no es malo, pero cuando se ha acabado esa pequeña maratón, hay que parar, hacer una pausa, masticar algo sano, porque al hacerlo fabricamos serotonina, la hormona del bienestar.
¿Algún otro consejo?

También debemos detenernos y felicitarnos por haberlo logrado, recordar cómo lo hicimos. Hay que hacer deporte, correr, caminar, mirar la naturaleza, la luz nos llena de vitamina D, nuestra flora intestinal podrá recuperar otras vitaminas. Aprovechar ese momento y saborearlo, estar conscientemente en el placer.

Un artículo del diario británico The Telegraph hablaba del estrés silencioso, como aquel que nos generaba una parálisis emocional, que no nos permitía reaccionar, y estar durante años en relaciones afectivas o laborales insatisfechas. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Creo que existe, y se ve muchísimo, porque el estrés te permite fabricar adrenalina para huir o enfrentar, pero algunas personas se hunden, quedan como anestesiadas. Yo utilizo una palabra que es la normalidad. Si he visto con mis padres que la normalidad es aguantar y no decir nada, voy a repetir eso mismo en mi vida. Hay personas que han aguantado y no han tenido recursos. Son víctimas, tienen derecho a pedir ayuda y deben dar ese primer paso, a veces el más difícil.

¿Cuál sería el primer consejo para una persona que sufre de estrés?

Que es una buena persona. Lo único que le falta es aprender a dosificar y para eso tiene que aprender a respirar y a considerarse una persona con capacidades. Esto ya le va a dar fuerza y es fundamental para que identifique sus necesidades vitales y le dé sentido a la vida.

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Marzo
02 / 2020

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