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¿Cuánto cuesta llevar una vida sostenible? Consejos financieros para lograrlo

Recorrer este camino demanda una toma de conciencia y un esfuerzo no solo económico, sino cambios drásticos en los hábitos cotidianos. Consejos para empezar.

Foto: Randy Mora

Recorrer este camino demanda una toma de conciencia y un esfuerzo no solo económico, sino cambios drásticos en los hábitos cotidianos. Consejos para empezar.

La profesora de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de los Andes, Carolina Obregón, dicta un curso de Moda Sostenible. La investigadora plantea el uso de la producción de ropa de manera circular para aportarle al planeta y reducir la huella que genera esta industria en el país. Obregón ha trabajado en la creación de piezas de alta costura fabricadas con las telas de 360.000 uniformes de policía que son desechados cada año y plantea nuevos sistemas de producción, como la obtención de tinte proveniente de la biomasa microalgal, en lugar del sintético, altamente contaminante.

“Soy vegana desde hace diez años y antes de eso llevaba 25 siendo vegetariana –dice la diseñadora de 51 años–; además soy biodiseñadora, así que no puedo predicar una cosa y después hacer otra”. Admite que vivir una vida con cero desperdicio, vegana o con una huella de carbono baja es difícil e incómodo y que por eso mucha gente no lo hace. “En este momento debemos apretarnos el cinturón y pensar no solo en nosotros como individuos y consumidores, sino como ciudadanos de un mundo en el que nuestras prácticas individuales tienen un costo demasiado alto para el planeta y para nosotros como humanos”.

Obregón considera que un estilo de vida coherente con el calentamiento global y la crisis ambiental no puede considerarse una tendencia de moda o que cuesta más de lo que implica conservar hábitos inconsecuentes con la preservación de la vida en el planeta.

Cada día resulta más evidente que los recursos disponibles escasean a medida que la población aumenta. Se estima que para el año 2050 habitarán la Tierra 9.000 millones de personas y se necesitarán 2,5 planetas para satisfacer nuestras necesidades. Por lo pronto, la disyuntiva radica en si resulta más costoso un estilo de vida que contemple cambios en los patrones de consumo –como la compra de productos ecológicos, una alimentación consciente y un intercambio equilibrado de bienes y servicios–, que continuar con hábitos de consumo que erosionan la vida en el planeta.

La profesora de la maestría en Estudios Sociales del Consumo de la Universidad Central, Juliette Ospina Bernal, explica que un estilo de vida sostenible implica mucho más esfuerzo en la transformación de las prácticas cotidianas, que inversión en términos económicos. “Reducir la huella de carbono es más sencillo en países como Colombia porque no estamos acostumbrados a usar aire acondicionado, secadoras de ropa o a viajar constantemente en avión, acciones que impactan con fuerza el medioambiente. Si tomamos en cuenta la población general, más allá de la urbana, en este país las prácticas agrícolas siguen siendo bastante simples. Sin embargo, esto no quiere decir que en las ciudades no se genere alto impacto ambiental, teniendo en cuenta la demanda de recursos para suplir las necesidades de sus habitantes”, puntualiza Ospina.

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Añade que muchas alternativas permiten tener prácticas de consumo más sostenibles en términos de huella ambiental y responsabilidad social, como productos ecológicos, de comercio justo y artesanales, entre otros. “Consumir estos productos resulta más costoso debido a los procesos de producción, empacado, comercialización y certificación que requieren, entre otros aspectos, insumos más caros, mayores controles de calidad y trabajadores mejor capacitados”, dice la docente.

Pero agrega que en cuanto a nuestras prácticas cotidianas no se requiere consumir productos ambiental y socialmente responsables para lograr un estilo de vida más sostenible. “Es necesario crear conciencia de acciones pequeñas que pueden contribuir a disminuir nuestro impacto en el medioambiente”. Existen varios ejemplos de dichas acciones, como recolectar el agua de la ducha mientras se calienta; movilizarnos en transporte público, bicicleta o a pie en tanto sea posible; consumir en su totalidad los alimentos que compramos y preparamos; donar o desechar la ropa en lugares en los que la reutilicen o la reciclen; separar los desperdicios domésticos y utilizar los productos hasta agotar lo más posible su ciclo de vida.

Consumo consciente

“Debemos recordar que tenemos poder como consumidores y no permitir que las industrias sigan desligándose de la responsabilidad frente al cambio climático”, asegura la activista ambiental Ana María Ancines, quien en su cuenta de Instagram brinda consejos y herramientas de consumo sostenible en cuanto a reciclaje, alimentación y cuidado en el núcleo familiar.

“Las necesidades en los cambios de consumo no deben convertirse en un tema de frustración. Cuando empecé en el activismo pensé que para ser sostenible tenía que comprar muchas cosas que eran más caras, pero no, lo importante es basar nuestras decisiones en tres acciones: reutilización, reciclaje y, sobre todo, reducción”, explica Ancines, quien se considera una mamá con conciencia ambiental. Enfatiza que ser sostenible no significa tener mucho dinero para hacer las transformaciones; sin embargo, sí hay inversiones que debemos hacer. “Por ejemplo, las mujeres tienen que comprar la copa menstrual o, cuando son mamás, los pañales de tela”.

El costo-beneficio de estos productos es explicado por Nix Franklin, biólogo y cofundador de De Planta, empresa especializada en fabricar y comercializar productos de belleza y cuidado personal elaborados con ingredientes naturales y orgánicos. “Cuando somos conscientes de que tenemos el poder de direccionar a las grandes marcas para que produzcan de forma más sustentable podemos manejar una vida más equilibrada”, dice Franklin, quien cuenta que los productos que se hacen en De Planta son fabricados con base vegetal e ingredientes locales, como el cosmético estrella, hidratante que mezcla aloe vera, lavanda, aceite de aguacate, ajonjolí, linaza y vainilla. “No utilizamos químicos industriales tóxicos y, además, los ingredientes cuentan una historia frente a la construcción de paz en el país. Son mucho más que productos de belleza y no cuestan más frente a los tradicionales”.

El empresario asegura que si un consumidor compra un desodorante que en su tienda cuesta 35 mil pesos puede pensar que es más costoso frente a otros que se comercializan en el mercado, pero destaca que sus productos duran mucho más y que quien los adquiere invierte en su salud y en la del planeta, además de apoyar el comercio justo y responsable.

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Otro ejemplo son los cepillos de dientes de plástico frente a los de bambú. La ingeniera ambiental María Camila Calle, propietaria de la empresa Biocare, explica que la materia prima de los primeros son los pellets de plástico, muy económicos. Lo contrario ocurre con los cepillos de dientes de bambú, ya que la planta debe sembrarse y cuidarse; luego se debe cortar y pulir el material para la fabricación del cepillo. “Lo anterior refleja un mayor costo, ya que involucra más tiempo y personal, pero eso se traduce en más generación de empleo que en temas de sostenibilidad es algo indispensable”, sostiene Calle.

La empresaria añade que lo mismo ocurre con los productos de cosmética natural, que en su gran mayoría, por contener plantas y extractos naturales, demandan requerimientos especiales en su cultivo para evitar el consumo excesivo de agua y los agroquímicos; también el respeto de los tiempos naturales de floración y maduración aumenta el costo de producción, reflejado en el precio final del producto, pero no en el bienestar propio y de salud a largo plazo. “Adicionalmente, hay productos como copas menstruales, pañales y toallas de tela, que si bien presentan un precio mayor en comparación con los desechables, tienen un tiempo de vida superior a cinco años, que permite un ahorro considerable en la canasta familiar mes a mes”, explica la creadora de Biocare.
Es claro que comenzar a recorrer el camino de un estilo de vida sostenible demanda esfuerzos no solo económicos, sino que comprometen muchos de nuestros hábitos cotidianos. Pero los cambios, de forma gradual, comienzan por los artículos más sencillos, como cepillos de dientes de bambú, pitillos sin plástico reutilizables, cosméticos naturales, bolsas para la basura o productos de limpieza ecológicos. La alimentación consciente es también un paso clave en todo este proceso y en tal sentido hay que aprovechar la abundancia de frutas y verduras en el país y apoyar la agricultura local y los cultivos sostenibles.

“Ser sostenibles es detenernos un poco y pensar si necesitamos un determinado producto o no, porque lo más importante es evitar comprar algo nuevo. La sostenibilidad también incluye un tema de gradualidad, de preguntarnos qué podemos hacer para avanzar en la solución”, enfatiza Ana Ancines. En síntesis, vivir más y mejor con menos.

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Febrero
26 / 2020
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