Cartagena, paraíso para extranjeros

POR: Giovanny Gómez
 / enero 8 2013
POR: Giovanny Gómez

Llegué buscando la desconocida ciudad de Tapiocapolis, el escenario preferido de la imaginación en mi niñez. Con ocho años, soñaba con interminables aventuras en la caótica y calurosa capital de San Theodoros, donde mi ídolo, Tintín, andaba rescatando revolucionarios y cantantes de ópera con esmeraldas invaluables en compañía de sus amigos inseparables Snowy y el Capitán Haddock.

Nunca pude ubicar San Theodoros, ni Tapiocapolis; pero quince años después, en 1996, buscando mi fantasía encontré algo aún mejor, Cartagena de Indias.  Un lugar que me ha enseñado a tomar whisky como un Haddock y a bailar como un bagre fuera del agua. En sus festivales maravillosos he visto una versión ucraniana de Bianca Castafiore al callar a los picós de las embrujadoras calles de Getsemaní y he aprendido a apreciar una revolución eterna de los dos lados de la moneda en mi oficio de periodista, al mejor estilo de Tintín.

Mientras mi héroe se lanzaba a sus aventuras desde el campo inglés, yo escogí las murallas impenetrables de Cartagena. Un lugar de descanso, una meca para escritores en busca de una pequeña dosis de la inspiración infinita que la ciudad le regaló al maestro Gabriel García Márquez.

Me enamoré de un pueblito que tiene todo lo bueno de los lugares pequeños y todo lo bueno de las ciudades grandes; con el lujo de un aeropuerto a menos de 15 minutos de mi casa: con la puerta abierta siempre a una nueva aventura.

Al comienzo fue la ausencia –casi total– de extranjeros en este pueblo lo que me atrajo. Los mochileros europeos con quienes tomaba tequila en México, estudiaban español en Guatemala y surfeaban en Costa Rica, no llegaron a Colombia. En el siglo pasado, Colombia fue como San Theodoros: no existió.  Aquí entendí cómo debe ser la llegada de un extraterrestre. Me miraban raro, intentaban cambiar mi opinión de un país que ya me había seducido.

Con su magia me convirtió en un hincha fiel en las circunstancias menos esperadas. Encontré a mi esposa, Liliana, gracias a un gol de Víctor Aristizábal en la cancha del estadio Metropolitano en 2001. Desde hace diez años vivo en Colombia, seis en Cartagena, con una misión compartida con Lili de revelar este tesoro escondido, por medio de la página web This Is Cartagena.

No estamos solos. Otros “gringos” han llegado buscando una vida lejos de lo cotidiano de su pasado.
Alberto Chueca –un economista del Viejo Continente– aterrizó en Colombia en 1999 y se enamoró del país durante siete años como representante del Banco Mundial. En su condición de colombiano (fue condecorado con un pasaporte en el 2006), se compró un apartamento en Cartagena donde “tira la casa por la ventana” en la fiesta más jet-set de la temporada.

Como si la historia de Cartagena no fuera suficiente, este sonriente español con pinta de galán comparte su tiempo en Colombia entre un penthouse en la Heroica y su casa en Mompox, un lugar sobre el cual dice, “más que viajar 250 km es como transportarse 250 años en el tiempo”. “Es el complemento perfecto a Madrid por la exuberancia de la naturaleza y la actitud de la gente, quienes viven con cierta picardía y gracia. A pesar de las dificultades se enfrenta todo con una sonrisa”, dice Chueca.

Otra cartagenera extranjera con pasaporte colombiano es la penúltima hija de los ocho que tuvo la leyenda del cine mudo, Charles Chaplin.

Jane Chaplin llegó a Colombia en 1999 y quedó flechada con la frescura de la gente en el trato con su hijo autista. Vive en Bocagrande en un edificio viejo con vista al mar, donde cree que su padre se ha transformado en su gato gris que le da la inspiración para escribir los libros sobre su vida.

“Me encantan el calor, el aire, la humedad, el sol, el olor del mar, vivo extasiada cuando veo la ciudad vieja de noche y de día. No sabía que existía un lugar así”, dice.  El cine y el gusto por la buena comida han unido, más de una vez, las vidas de Chaplin y Gilles Dupart, el propietario y chef del mejor restaurante francés de Cartagena, Oh! La La.
Gilles llegó a Colombia en 2007, feliz de dejar su negocio en París cocinando para personajes como Monica Bellucci, Brad Pitt y Éric Cantona.

De chef de las estrellas ahora brilla como una de las atracciones principales de la ruta gastronómica de la ciudad amurallada. No ha regresado a su país en cinco años.  “Soy muy casero. Siempre digo que las mejores aventuras se encuentran en la esquina del barrio”, dice Gilles. Y así fue como hace diez años un soleado 1° de abril recibió una llamada inesperada que le cambió el rumbo de su vida.
La cartagenera Carolina Vélez, que lo buscaba ese día para unas clases de cocina, terminó siendo su esposa, compañera de trabajo y la madre de su hija.

“La paradoja es que como un ‘casernie’ terminé muy lejos de mi casa (en Francia) pero nunca me he sentido tan en casa”, confiesa Gilles. También parte de una cuota de franceses creciente es Marie-France Delieuvin, la yin al yang de Álvaro Restrepo en un proyecto social de taller mundial, El Colegio del Cuerpo, fundado hace 15 años.

Conoció a Colombia por primera vez en 1993 y aterrizó en Cartagena dos años después. En los primeros años del proyecto dividía su tiempo entre Colombia (Bogotá y Cartagena) y París. Desde hace cinco años está dedicada completamente a sus producciones visionarias. Vive en un edificio con vista al mar en Marbella. Su trabajo ha llevado talento cartagenero por todo el mundo. Esta mundana coreógrafa francesa encontró una Cartagena llena de contradicciones: heroica y cobarde, rica y pobre, “una ciudad de extremos” que le exige más en su papel de creadora.

“En Francia hay una lógica –dice–, hay cosas que debes hacer, mientras que aquí simplemente se hace. Aquí se encuentran todas las posibilidades. Debes responder. Aquí debes inventar. La gente es muy creativa. Para sobrevivir tienes que ser creativo”.

Una reciente adición al club de foráneos es María Nevett, quien hace dos años dejó su querida Venezuela frustrada por las políticas de su polémico líder. Esta politóloga de Caracas con porte de reina de belleza y una pasión por los sabores naturales construyó Gelateria Paradiso, una heladería, en una de las esquinas mágicas del centro histórico. Ubicada debajo de una escuela de ballet que vibra todas las tardes. Sus sabores la han llevado a la casa del presidente para compartir su helado y una foto con Barack Obama. Se encuentra casi todos los días sentada en su silla favorita, decorada con flores y conversando con su selecto grupo de amigos. A diferencia de su hogar, Caracas, aquí se siente segura, libre, inspirada, como si viviera en otra época, cientos de años antes de que el mundo supiera quién era Hugo Chávez.

“Es una joya de ciudad. Es un ‘playground’ para los turistas, pero con todo lo que esto significa conjugado con una ciudad viva”.

La vitalidad de la Cartagena real (no se confunda con la vitalidad del Real Cartagena) chocando con este potente elemento surrealista de una ciudad de ficción y de escape, me han hecho preguntarme en más de una ocasión, si semejantes personajes que comparten esta ciudad conmigo son reales o parte de la infinita imaginación de Hergé. Esta mundana coreógrafa francesa encontró una Cartagena llena de contradicciones: heroica y cobarde, rica y pobre, “una ciudad de extremos” que le exige más en su papel de creadora.

INSCRIBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DIRECTO EN SU EMAIL
enero
8 / 2013