Catalina Escobar y Alberto Araújo Merlano: Los mecenas de Cartagena

Catalina Escobar y Alberto Araújo Merlano han tomado por los cuernos los males de Cartagena y con sus fundaciones han logrado combatir las inmensas brechas que hacen de esta ciudad un lugar con tanta desigualdad.
 
Foto: Laurie Castelli, Rafael Buelvas y cortesía Semana
POR: 
Dominique Rodríguez

Él tenía un sueño; a ella se le rompió uno y, paradójicamente, nació otro fortalecido. Alberto Araújo Merlano, el patriarca de Cartagena, solía trotar de niño por La Boquilla y anhelaba que algún día esa realidad de miseria que veía sin velo pudiera transformarse en un foco de desarrollo.

Catalina Escobar, por su parte, recibió la noticia horrible de la muerte de su bebé y eso la motivó a entregar su energía para tratar de salvar las vidas de los otros niños.

Estos dos protagonistas de la historia reciente de esta ciudad, él cartagenero hasta la médula, ella cartagenera por derecho ganado, se hinchan de orgullo al saberse capaces de haberles modificado la vida a cientos y cientos de personas gracias a su perseverancia durante los últimos 17 y 11 años de sus vidas.

Hoy pueden recitar con fluidez los resultados de sus gestiones, del trabajo que han enseñado a hacer en equipo y que ha despersonalizado del todo sus aportes, pues ellos no buscan estatuas sino hacerles la vida un poco más amable a quienes poco tienen.

De los 15.000 habitantes de La Boquilla, 7.000 se están alfabetizando digitalmente gracias a Araújo Merlano, quien sabe muy bien que la educación es la primera puerta de salida de la pobreza. Las tecnologías de la información –que él, a sus 89 años, domina a la perfección, desplegándonos su iPad y usándolo hábilmente mientras conversamos en su despacho en el Hotel Las Américas– son apenas la excusa, la estrategia, para adelantar sus tareas principales: promoción y prevención en salud; mejorar la calidad educativa y ayudar a crear empresa.

Emociona ver cómo la Fundación Proboquilla se ha adherido al tejido social de su comunidad. Basta ver los salones de clase donde personas de todas las edades están tomando cursos de computación o haciendo tareas. O a los niños que disfrutan de una buena comida en los comedores comunales.

O se ríen con sus maestros en la ludoteca. Lo lindo del proyecto es que, pese a ser un oasis, no es ajeno a sus vecinos. Gracias a sus gestiones, llegaron por fin el acueducto y el alcantarillado del barrio, fueron pavimentadas las principales vías de entrada y se dotó el puesto de salud con todas las de la ley.

Para el carismático Araújo, lo más relevante de estos años de aprendizaje común ha sido señalar cómo “cada persona nace con un talento predominante y si logra trabajar en él, todo lo hace con placer y entusiasmo”. Por eso, además del apoyo tecnológico, la Fundación tiene un énfasis muy claro en las apuestas artísticas (artesanías), musicales (cuentan con una orquesta sinfónica) y deportivas (tienen una escuela de béisbol cuyos maestros son grandes exjugadores). Por todo ello, Araújo está satisfecho de ver que el inicio de su sueño se está volviendo realidad.

Y en otro lugar, muy lejos de la Cartagena que todos solemos recorrer, en Ternera, algo parecido a la felicidad se siente al entrar en la Fundación Juan Felipe Gómez Escobar. Claro que no deja de ser dramático que los muchísimos niños que allí están sean hijos de madres adolescentes. Sin embargo, al verlos con buen semblante y sonriendo, junto a unas madres que están tomándose su rol en serio, queda un soplo de esperanza. Dos mil jóvenes mamás han pasado por esta institución encontrando allí una mano tendida, un apoyo que muchas veces han perdido y una opción de futuro al ser formadas en actividades que les permite crecer como profesionales en diversos campos: cocina, modistería, logística y belleza.

Todo empezó en la Clínica de Maternidad Rafael Calvo, el lugar en el que casi todas las cartageneras dan a luz. Allí, Catalina Escobar actuaba como voluntaria dos veces a la semana. Era un golpe de realidad durísimo ver cómo dos recién nacidos debían compartir cuna porque no había suficientes o solo dos chiquilines podían estar a salvo en una incubadora.

Un bebé que se le murió en los brazos porque su mamá no tuvo los 60.000 pesos que requería para recibir un tratamiento de emergencia, sumado a que su hijo Juan Felipe, de pocos meses, tuvo un accidente que le hizo perder la vida a tan solo cuatro días de ese episodio triste, le removió los cimientos a esta mujer fuertísima, que quedó recientemente como finalista de los Héroes de CNN.

De eso hace 11 años. Hoy, gracias a la intervención efectiva que ha tenido la Fundación al poner en la agenda pública de la ciudad la vulnerabilidad de la maternidad infantil en Cartagena, la mortalidad de neonatos se ha reducido en un ochenta por ciento en una década. Las vidas de 3.000 bebés se han salvado y más de 130.000 pacientes han recibido atención médica de calidad en la IPS de primer nivel con la que cuentan en su modernísima sede en Ternera. Un logro del que se sienten, ella y su equipo, directamente responsables.

Catalina Escobar le ha hecho frente así a la miseria que se vive en Cartagena y no ha tenido ningún pudor en exponer la insalubridad y las difíciles condiciones en que viven miles de personas. Sabe mejor que nadie que esta es una ciudad con dos caras y que ella, con su sonrisa, puede lograr esa necesaria conmoción que se requiere para no cerrar los ojos frente a una dolorosa realidad que ya, simplemente, no se puede ocultar.

         

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enero
21 / 2013