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"Nos morimos de tristeza, de enfermedades o porque nos declaran objetivo militar”, Francia Márquez

Diners conversó con Francia Márquez, una de las cien mujeres más influyentes del mundo según la BBC, acerca de sus luchas y de las razones que la llevan a seguir haciendo las cosas con el corazón, aunque su propia vida esté en riesgo.

Foto: Cortesía Goldman Prize

Diners conversó con Francia Márquez, una de las cien mujeres más influyentes del mundo según la BBC, acerca de sus luchas y de las razones que la llevan a seguir haciendo las cosas con el corazón, aunque su propia vida esté en riesgo.

Dice que heredó la fortaleza de su ascendencia cimarrona. De los ancestros que dejaron su vida en el camino hacia la libertad. Por eso, a pesar de las amenazas, un intento de asesinato y la constante sensación de que no está a salvo, no se quiebra; es como si el miedo o el peligro acentuaran sus convicciones, así que no duda. Siente que no solo es su causa, sino la de una comunidad, cree que ella es un trozo de otros corazones. “Soy porque somos”, enfatiza.

Francia Márquez Mina creció en Suárez, Cauca. Su madre es partera, agricultora, minera. Su padre, agrominero y obrero. Al hablar de su abuelo materno sonríe, se enorgullece, se llena de vida. Repasa las noches en las que pescaban juntos en el río Ovejas. Cuenta que su familia no fue solo esa, sino también los vecinos: “Crecí en una familia extensa, la crianza era colectiva. Aquí todo el mundo lo cuidaba a uno y si se portaba mal, cualquiera podía corregirlo”.

Cuando era adolescente, junto a su familia buscaba la pepita de oro que le garantizara un mejor futuro. Después fue empleada de servicio, como también lo hizo su madre en algún momento. Pero su camino iba por otro lado. En 2009, la situación en La Toma, Cauca, la hizo elegir un rumbo que cambiaría su vida.

El origen de un reconocimiento mundial

Al año siguiente entró a estudiar Derecho en la Universidad Santiago de Cali. Aunque dormía en casa de una tía en la capital del Valle del Cauca, todos los días despertaba a las cuatro de la mañana, leía, hacía trabajos y luego se subía a un bus con destino a La Toma para trabajar. Nunca dejó de ser su hogar. Después regresaba, estudiaba, pasaba la noche y todo se repetía.

Ya se había acostumbrado a madrugar, incluso hoy confiesa que duerme poco. Y en esa época quizás menos. “Hacía un tiempo que había llegado una gente diciendo que eran de una sociedad que quería el desarrollo de la comunidad, generar empleo. Ellos patrocinaban las fiestas patronales y les compraban balones a quienes jugaban fútbol. Un grupo de nosotros, que no traga entero, investigó y vimos que eran de Anglogold Ashanti, una de las tres compañías mineras de oro más importantes del mundo, y querían explotar el territorio del corregimiento de La Toma”.

Ya antes habían llegado otras promesas de desarrollo. A mediados de los noventa, y con el argumento de aumentar la capacidad del embalse Salvajina (construido en los ochenta), quisieron desviar el río Ovejas, ese mismo en el que pescaba con su abuelo. “Prometieron centros de salud, carreteras, un montón de cosas que no se cumplieron. Luego de esa experiencia, la del embalse que sacó a la gente del territorio, no podíamos seguir contribuyendo a empobrecernos a nombre de un desarrollo que no era para nosotros”.

Por eso estudió Derecho. Para proteger, para protegerse. “Porque no sabía qué era un derecho de petición, un acto administrativo. Algunos abogados venían de Bogotá a apoyarnos, pero muchas veces no teníamos para darles el transporte y que nos acompañaran”.

Francia Márquez recibió el premio Goldman Prize 2018 por su liderazgo con la comunidad afroamericana.


Así que con los primeros conocimientos y con el abrigo de un par de abogados que creían en sus reclamos (unos títulos mineros expedidos sin consulta previa, en el marco del conflicto armado y acompañados de órdenes de desalojo de terrenos habitados ancestralmente), radicaron una acción de tutela que se falló en contra. Insistieron y la Corte de Suprema volvió a negarles el reclamo. Les dijeron que no eran una comunidad negra porque no tenían un título colectivo que los reconociera como tal, “pero no es el título colectivo lo que nos hace ser comunidades negras, es la autodeterminación”, explica.

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Entonces la Defensoría del Pueblo y el Observatorio de Discriminación Racial de la Universidad de los Andes llegaron en su ayuda. Solicitaron la revisión de la tutela ante la Corte Constitucional. Pero ¿cómo defender una posición que ya había sido refutada con éxito en dos ocasiones? “Fuimos a Popayán a buscar los archivos históricos para determinar desde cuándo estábamos aquí, y encontramos que en este territorio hubo una mina esclavista llamada Gelima e, incluso, hay una comunidad que lleva ese nombre. Recogimos archivos que nos decían que habíamos estado como pueblo negro desde 1636”.

En diciembre de 2010 la Corte Constitucional falló a favor. Se reconoció el territorio ancestral y se ordenó la suspensión de los títulos mineros. Una victoria agridulce. Después llegaron las amenazas. “Luego de que ganamos la tutela, la comunidad me eligió como representante legal del consejo comunitario cuando entró la minería ilegal al río Ovejas”. Llegó una legión de retroexcavadoras que deforestó y cambió la vida del territorio. “Como yo era la representante, me tocó denunciar la situación. Ahí recibí las primeras amenazas; ya antes, a mis compañeros los habían declarado objetivo militar, y después de la sentencia fui yo”. Detrás estaban bandas criminales como Los Rastrojos, el Bloque Capital y las Águilas Negras.

Enfrentarse a la minería ilegal fue más peligroso. En 2014 tuvo que huir de La Toma junto con sus dos hijos por amenazas de muerte. Pero nuevamente hizo del miedo su combustible para seguir peleando, así que organizó una marcha con más de ochenta mujeres para exigirle al gobierno que los protegiera del desplazamiento, que actuara, y como no obtuvieron respuesta, se tomaron el Ministerio del Interior. Solo así las escucharon.

Esta segunda lucha fue el principal motivo por el cual los jurados del Goldman Prize 2018 premiaron a Francia Márquez. Es una “líder formidable de la comunidad afrocolombiana, organizó a las mujeres de La Toma y detuvo la extracción ilegal de oro en sus tierras ancestrales. Ejerció presión constante sobre el gobierno colombiano y encabezó una marcha de diez días de ochenta mujeres hacia la capital de la nación, lo que resultó en la eliminación de todos los mineros y equipos ilegales de su comunidad”, reza la descripción del premio, considerado como el Nobel de medioambiente.

Una vida entre amenazas y reconocimientos

Poco más de un año después de recibir el Goldman Prize, el 4 de mayo, a Santander de Quilichao “llegaron unas personas armadas, empezaron a disparar y tiraron una granada. Uno de mis escoltas está herido y también otro compañero”, denunció en su momento. Ese día la muerte tocó a su puerta. No había estado tan cerca antes. Pero ni siquiera eso la hizo pensar en detener su lucha.

“Creo que no voy a parar de luchar porque crecí en medio de muchas injusticias, desigualdades, violencias, y la única opción que tenemos es luchar por intentar cambiar las cosas en este país, porque haya más equidad, igualdad, justicia. Luchamos para sobrevivir o nos morimos, nos morimos de tristeza, de enfermedades o porque nos declaran objetivo militar”.

“Hay quienes me llenan de fuerza y otros que con el miedo intentan que no siga haciendo las cosas, y los entiendo: la política de muerte y el racismo estructural han hecho que la gente no sienta que debe luchar por sus derechos y que todo está bien, que es culpa de nosotros, que somos los responsables de las desgracias que vivimos. Simplemente tienen mucho miedo, un miedo que los llega a paralizar; y bueno, yo soy heredera de cimarrones y cimarronas –dice sonriendo–, no les regalaron la libertad a los ancestros que llegaron aquí, la lograron peleando, con sangre, y estoy dispuesta a seguir la lucha hasta el día en que me muera”.

La comunidad de La Toma, Cauca ha logrado consolidarse como una población unida que lucha en colectivo.


Hace un par de semanas, mientras llevaba ese mismo mensaje de resistencia y dignidad a un conversatorio en Bogotá, recibió una llamada que al comienzo no comprendía. La felicitaban porque había sido elegida como una de las cien mujeres más influyentes del mundo, según la BBC.

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Se sumaba otro reconocimiento para esta mujer de 38 años, que admira la resistencia del pueblo de Buenaventura; a Nidia Góngora, vocalista de Canalón; a Carlos Rosero, líder de comunidades negras, y a Paulina Balanta, mujer que no sabe leer ni escribir, “pero cuyos consejos, llenos de sabiduría, han sido mi guía”.

El proceso de paz

En 2014 Francia Márquez fue una de las representantes de las víctimas que viajaron a La Habana en el marco de la mesa de diálogos entre el gobierno y las Farc. Aunque lo vio como una oportunidad, al principio sintió miedo. La polarización que vivía el país la hizo temer, porque al regresar seguramente la acusarían de guerrillera. “Pero las comunidades me dijeron: ‘Mire, el pueblo nuestro no va a tener la oportunidad de llevar nuestra voz, es una carga que le vamos a poner para que usted visibilice nuestro sentir desde lo negro y lo que esperamos del proceso de paz’. Sentí entonces que era una responsabilidad”.

De su paso por Cuba regresó esperanzada. “El diciembre después de la firma del acuerdo la gente se sintió libre, alegre, decían: ‘Por fin tenemos un final de año sin estar en medio de los bombardeos’; antes tenían miedo de salir. Pero ahora nuevamente estamos en la incertidumbre de la muerte. Volvió el miedo, la zozobra, la angustia se apoderó de todo el norte del Cauca, y del Pacífico; es triste, porque fuimos de los territorios que le dijimos sí a la paz, que sabíamos que no llegaría con la firma del acuerdo, pero sí era importante para avanzar en la construcción de la verdadera paz. La angustia y la zozobra de tener que seguir poniendo los muertos ha regresado”.

Pero contra todos los pronósticos, no pierde la fe. Confía. “La gente resuelve, se rebusca, lucha, y es porque no ha perdido la esperanza de que algún día dejemos de matarnos por pensar distinto, que la diferencia no sea una razón para el exterminio, sino que sea para construir desde distintos colores y visiones en función de la vida”.

Por estos días Francia prepara la sustentación de su tesis de Derecho. El tema: Consulta previa y racismo estructural en Colombia. Las pocas horas de sueño continúan y dice que hay momentos en los que puede dormir bien, pero “en épocas de tanta violencia no lo logro o cuando tengo reuniones relacionadas con la lucha, tampoco estoy tranquila, me siento angustiada”.

Márquez detuvo la extracción ilegal de oro en sus tierras ancestrales.


Y así como habla de sus dolores también encuentra paz en cosas sencillas. Confiesa que cuando una preocupación la envuelve, se toma unos minutos para poner algo de música. A veces suena La Herencia de Timbiquí o Canalón, en últimas, música del Pacífico. Es como una especie de cura. “Cuando estoy triste o angustiada acudo a la marimba, y la marimba me sana”, dice con voz suave la mujer que soñó ser “cantaora” y que participó en algunas ediciones del festival Petronio Álvarez.

Aunque Francia Márquez es una mujer que aprendió a ser fuerte y a hacer de su tenacidad un testimonio que le da vuelta al mundo en cada premio, en cada noticia de su lucha, en cada conferencia o charla que ofrece, acepta que su sensibilidad a veces la supera. “Algunos me regañan: ‘¡Es que usted le pone mucho corazón a todo!’, y yo les digo que no sé hacerlo diferente, no puedo quitarle el corazón a lo que hago”.

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Noviembre
18 / 2019


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