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“Aunque quitáramos los géneros del español, la sociedad no perdería su sexismo”

Un filólogo y académico explica su visión sobre el lenguaje inclusivo, la corrección política y el rol de la lengua en temas como discriminación y consolidación de estereotipos.

Foto: Freepik

Un filólogo y académico explica su visión sobre el lenguaje inclusivo, la corrección política y el rol de la lengua en temas como discriminación y consolidación de estereotipos.

Pareciera que no va a haber consenso. En un artículo publicado a comienzos de mayo en esta misma revista, titulado: Usar el lenguaje inclusivo es una cuestión de responsabilidad, Manuel Almagro Holgado, estudiante de doctorado en Filosofía y Lenguaje, explicaba que la forma en la que utilizamos las palabras consolida discursos, y que su poder forja las actitudes que tenemos frente a un tema en la cotidianidad, por eso, garantizar cambios en el lenguaje era una vía más que necesaria para atacar problemas de desigualdad, discriminación y sexismo.

Sin embargo, algunas de las propuestas para llevar a cabo este ejercicio de igualdad a través del lenguaje no han sido bien recibidas del todo. Desde reemplazar expresiones como “todos” por “todes”, hasta utilizar definiciones como “persona que carece de las ventajas que otros tienen” para señalar la palabra “pobre”. En esos casos algunos ven precisión, otros, eufemismos y opciones que en verdad no solucionan los problemas de fondo.

Enrique Bernárdez Sanchís es profesor de Filología de la Universidad Complutense de Madrid y colaborador del Instituto Cervantes. Durante varias décadas se ha encargado del estudio de la lengua española y ha sido ferviente crítico de la RAE como institución. Con él conversamos sobre el poder del lenguaje, el lenguaje inclusivo y la corrección política.

¿Qué tanto poder tiene el lenguaje para afirmar o solucionar problemas de discriminación y de estereotipos, que fue por lo que en teoría nació la corrección política?

Existe una idea muy extendida que, sin embargo, es esencialmente falsa: que el lenguaje es directamente (y casi exclusivamente, se dice a veces) responsable de la discriminación. Que es el lenguaje el que crea el estereotipo (sobre todo el negativo) o el sexismo, por ejemplo.

En España, por el nefasto peso de la idea que tiene la gente de la lengua y la RAE, se producen con cierta frecuencia protestas a la institución (muchas veces, exigencias directas) de que se elimine una palabra o una expresión, o que se le cambie el significado. Por ejemplo, un abogado de Melilla exigió que se eliminara la palabra moro, porque es despectiva e insultante. También se exigió el cambio en la definición de autismo, para eliminar todos los sentidos que no fueran el correspondiente al “síndrome autista”; o que se añadan pronombres o formas gramaticales inventadas para frenar el sexismo.

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Se piensa que al cambiar o quitar la palabra, desaparece el concepto. Pero, naturalmente, esto no es así. Existe sexismo, racismo o cualquier otra cosa que valoremos negativamente, que queramos erradicar, y es el sexismo etc. el que hace que el lenguaje se use de determinada manera discriminatoria.

Digo “se use”, porque este es otro problema. Se tiene la extraña idea de que el lenguaje tiene sus formas y que están son las que hay que modificar. Pero, por ejemplo, cuando se dice que las lenguas con género gramatical (como el castellano, o el inglés en los pronombres de 3ª persona singular) son sexistas y que el sexismo desaparecería si no hubiera géneros, se olvida que en el mundo existen miles de lenguas sin género gramatical de ninguna clase que son habladas por sociedades extraordinariamente sexistas. La ignorancia empuja a decir muchas tonterías. Aparte de que aunque quitáramos los géneros del español –es decir, aunque creáramos una lengua totalmente distinta-, la sociedad no perdería su sexismo.

El problema en España es que la RAE y su diccionario tienen valor legal (desde el reinado de Isabel II), de modo que si se elimina la palabra moro, se podría llevar a los tribunales a quien la usara en su sentido negativo. Imaginemos que –como se ha llegado a pedir- se quitara del diccionario la palabra negro, porque puede usarse en tono racista. Tendríamos que buscar otra palabra para referirnos a todo lo que tiene ese color. Sucedió algo parecido en tiempos de Franco: Caperucita Roja se convirtió en Caperucita Encarnada, porque “rojo” se rechazaba por su connotación política. Naturalmente, sigue siendo Caperucita Roja. Las intervenciones externas sobre el lenguaje rara vez son duraderas, y solo en circunstancias muy especiales (como el multilingüismo de variedades de noruego).

También sucede que en ese afán por querer no ofender, no se usan términos concretos, se dice persona internacional en lugar de extranjero, por ejemplo, el no nombrar las cosas como son, ¿podría considerarse una especie de maltrato al lenguaje?

Esto es un fenómeno de “tabú lingüístico”, antiquísimo. Procede de una idea de magia del lenguaje: las palabras, en su forma concreta, “son” los objetos reales. Por eso, si mencionamos el nombre de algo temido (serpiente, oso, muerte, demonio…) estamos atrayendo, de alguna forma, esa realidad. De ahí que los andaluces llamen bicha a la serpiente y los hablantes de lenguas germánicas antiguas se refirieran al oso como “el marrón” (inglés bear, relacionado con brown).

Sucede lo mismo con las palabras que designan fenómenos que socialmente consideramos “impropios”. Se utilizaban estos eufemismos para no referirse al objeto directamente y evitar que este nos persiguiera apareciéndosenos. Un derivado de esto es evitar los términos que pueden resultar molestos, por algún motivo, para algunas personas. Si a alguien no le gusta que le llamen “viejo” por tener una determinada edad, esperará que se le denomine de otra forma (mayor, tercera edad, senior…). El problema ahora es que lo evitamos todo, porque todo el mundo se cree insultado por algo. De manera que, aunque ahora lo políticamente correcto es avasallador, siempre ha existido, desde el miedo a los objetos reales, que serían atraídos al pronunciar sus nombres, a las convenciones sociales.

Por tanto, no se puede hablar de maltrato al lenguaje si vemos este como una realidad viva, en interrelación constante e inevitable con la sociedad.

¿Cómo se puede analizar el lenguaje inclusivo desde la perspectiva lingüística? ¿sería preciso y viable adoptar las sugerencias de algunos que, por ejemplo, proponen decir, en lugar de “todos”, todos y todas, o todes?

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Como la estructura del lenguaje no es modificable a voluntad, en el uso se buscan formas de suplir lo que vemos como carencias. Es una de las bases del cambio lingüístico. Por ejemplo, la lengua escrita permite formas como alumn@s o incluso alumnxs cuando queremos evitar incluso la dicotomía masculino-femenino. Todo esto no afecta realmente a la lengua, son usos bastante esporádicos y utilizados en contextos muy, muy, muy específicos y por grupos igual de específicos.

Propuestas como ele y los plurales en –es (alumnes, uniendo alumnos y alumnas) difícilmente pasarán a formar parte de la lengua normal; aunque nunca se sabe, a veces los cambios lingüísticos llevan a situaciones insospechadas. Pero eso no lo decide ni una institución ni una intervención sobre la lengua en sí. Es cosa del uso de los hablantes a lo largo del tiempo.

A veces se dicen cosas bastante incorrectas. Por ejemplo, he leído que la RAE “debería seguir el ejemplo de la Academia sueca, que ha incluido el pronombre hen en su diccionario”. En sueco hay han (él), hon (femenino), den (para objetos de género gramatical masculino-femenino) y det (para objetos de género neutro). Se propuso hen para evitar han/hon. Y la academia sueca lo incluyó, pero no en su diccionario, que tiene 37 volúmenes y recoge 500.000 palabras desde principios del siglo XVI. Lo incluyó en la lista de vocabulario que publica con mucha frecuencia, y donde aparecen todas las palabras que se han usado alguna vez en la lengua desde la lista anterior (la más reciente es de 2015), con un total de 125.000 entradas (el diccionario más reciente de la RAE no llega a las 90.000).

Si una palabra se usa una sola vez, aparece en la lista, que es sobre todo una ayuda para la ortografía y la gramática. Pero no es, pese a lo que algunos creen, un prontuario léxico selecto y normativo, como el español, sino simplemente una lista de lo que ha aparecido por escrito. La mala interpretación de que hen apareciera en el diccionario de la Academia Sueca es, como tantísimas veces en estos temas, cuestión de ignorancia y mala información.

A la lengua no le pasa nada porque algunas personas utilicen ciertas formas que les parecen bien. Es el uso por una gran cantidad de personas y a lo largo de un tiempo que siempre supera una generación, lo que decide si esas innovaciones formarán parte o no de la lengua. Digan lo que digan las instituciones.

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Julio
09 / 2019

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