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“El día de su muerte entramos todos al cuarto, estuvimos cantando y cogidos de la mano”

¿Por qué y en qué cambia la experiencia de la eutanasia cuando los pacientes y sus familias realizan una ceremonia de cierre de sus vidas? Hablan los protagonistas de estas historias.

Foto: Dominik Lange @the_real_napster /Unsplash

¿Por qué y en qué cambia la experiencia de la eutanasia cuando los pacientes y sus familias realizan una ceremonia de cierre de sus vidas? Hablan los protagonistas de estas historias.

Una cena especial, serenata, familiares reunidos, un brindis de gratitud a los presentes. No se trata de un cumpleaños, sino de una eutanasia.

Así suene extraño, no es infrecuente que quienes optan por pedir asistencia para morir tras una enfermedad tormentosa y terminal, decidan realizar un último ritual para hacer las pases con la vida, despedirse de sus familiares, ayudarlos a lidiar con la pérdida y partir en medio de la aceptación.

Margarita Hoyos es psicóloga especialista en el tema del duelo, hace parte del grupo de voluntarios de la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente, y ha acompañado a muchos pacientes terminales en su proceso de despedida de la vida y también a sus familiares. Pero también lo ha vivido en carne propia.

Hace tres años acompañó a su mamá en su decisión de optar por la eutanasia tras padecer los rigores de un cáncer que le había tomado el hígado, los pulmones y el cerebro. La mamá de Margarita era una mujer católica de tiempo completo. Solía detestar el trabajo de su hija, al punto de llamarla “mata-gente”.

“Pero un día me llamó, en medio del dolor físico y del agotamiento emocional causado por su enfermedad y me preguntó con la inocencia de una niña pequeña ¿tú crees que si yo hago esto Dios se va a enojar conmigo?”, recuerda entre lágrimas, mientras explica que solo quien ha estado en un padecimiento indescriptible y sin posibilidad de mejorar, entiende la importancia de que exista la eutanasia.

Margarita y sus hermanos se reunieron en torno a su mamá. Le dieron una serenata con las canciones que más le gustaban y durante los días previos al procedimiento, Margarita ayudó a preparar a su mamá por medio de meditaciones que la ayudaran a visualizar el paso al otro lado de esta vida de una manera apacible.

Margarita siente que ayudar a morir a su madre con dignidad, cuando ella lo decidió, ante la imposibilidad de sanar o de llevar una vida sin sufrimiento extremo, es el mejor regalo que pudo haberle dado.

Distintas formas de partir

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La eutanasia solo es legal en Canadá, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, India y Colombia. En nuestro medio, el mayor obstáculo para que una persona opte por un procedimiento de muerte asistida, suelen ser las creencias religiosas.

El doctor Gustavo Quintana, quien manifiesta haber practicado 399 eutanasias, dice que “en nuestra sociedad la idea de que Dios es quien da la vida y es él el que la quita es muy fuerte, esto hace que los familiares del paciente, más que el paciente, sientan que se están tomando una atribución que solamente le pertenece a Dios”.

Según cuenta Quintana, en materia de rituales de despedida, recuerda especialmente dos casos. “Uno de ellos fue el de una familia en Nariño. Había una cierta alegría en el ambiente a pesar de las circunstancias. Posiblemente derivado de creencias de religiones africanas que no ven la muerte como lo hace el cristianismo, habían preparado una fiesta con chirimías, bebidas, e incluso las plañideras estaban listas desde antes”.

La otra muerte que marcó al doctor Quintana, hasta el punto de provocar sus lágrimas aún hoy, fue la de una mujer humilde que sufría de diabetes, necesitaba diálisis día de por medio, tenía gangrenadas las piernas y estaba, básicamente, postrada en una cama porque acaba de perder la visión, a los 49 años de edad.

“Esa noche llegaron los hijos y su amiga más cercana. Ellas dos se encerraron en el cuarto y al rato me llamaron para que entrara. La amiga la había maquillado y le había puesto su mejor ropa y sus únicos aretes de oro. ‘Así es como quiero llegar a mi final’, me dijo ella, y yo no pude aguantar las lágrimas. Para mí fue una tremenda lección de dignidad”, recuerda Quintana.

La forma importa y mucho. Amy Nolen, médica experta en cuidados paliativos y quien trabaja en un hospital de Toronto ofreciendo cuidados a pacientes con enfermedades terminales y también procedimientos de muerte asistida, explica que hay una diferencia entre aquellas familias que se permiten un proceso en el que puedan despedirse de su ser querido y aquellas en las cuales esto no se da, como cuando una muerte es inesperada.

“Hemos evidenciado que poder despedirse, agradecerse mutuamente, es algo que ayuda en un duelo sano. Recuerdo el caso de una pareja de edad mayor. Habían establecido una relación tiempo atrás, cuando de repente él se enfermó gravemente. Finalmente, él decidió pedir la eutanasia. La noche anterior al procedimiento, se comprometieron y él murió sosteniendo la mano de su prometida”, recuerda emocionada Amy.

¿Por qué son importantes los rituales de despedida?

Para Margarita Hoyos los símbolos y los rituales son vitales en la elaboración de un duelo sano porque ayudan a canalizar lo que no tiene sentido. Sembrar un árbol, escribir una carta, pedir perdón, entregar objetos que han sido importantes a un ser querido, todo puede servir a la hora de asimilar el final de una vida.

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Margarita tiene en su memoria muchos de estos momentos, pero tal vez uno de los casos que más la han impactado sea el de una mujer que siempre hizo una vida muy autónoma. Sus terapias solían migrar del tema de la muerte hacia el cine, una pasión que ambas compartían.

“Antes de morir, ella solucionó cada cosa de su vida: buscó quién adoptara a su perrita y hasta que no la vio feliz en su nuevo hogar no estuvo tranquila; repartió sus pertenencias entre sus hermanos y sobrinos; y al final, los citó a todos el día de la eutanasia”.

La única que no estaba de acuerdo con lo que estaba ocurriendo era una de sus hermanas, María Mercedes Alfonso, quien vive en Estados Unidos. “Yo soy católica y cuando mi hermana me dijo lo que pensaba hacer, me impactó mucho porque yo pensaba, que uno no podía hacer esas cosas, sólo Dios”.

Sin embargo, María Mercedes y todos sus hermanos decidieron aceptar la decisión. Como muchos vivían en otros países, su hermana puso una fecha y todos viajaron a acompañarla. María Mercedes recuerda que el día anterior hicieron un almuerzo muy especial y que tuvieron la oportunidad de despedirse.

“El día de su muerte, entramos todos al cuarto y estuvimos alrededor de ella, cogidos de la mano cantando. Fue muy doloroso, pero poco a poco fui entendiendo lo que ella hizo y hoy le estoy agradecida. Si yo pudiera, haría lo mismo”.

Aunque continua siendo creyente, María Mercedes ya no asume todo lo que dice la Iglesia como un dogma. “Ya no creo que no esté permitido hacer algo así. Me doy cuenta de que un dios que nos ama no quiere vernos sufrir sin sentido”.

En los últimos momentos de vida, su hermana quiso cantar dos canciones. Una de ellas simbolizaba la forma en que aquella mujer vivió su vida, “Non, rien de rien, non, je ne regrette rien”… “No me arrepiento de nada”, de Edith Piaf.

La otra, fue la canción que la arrulló definitivamente. “Y ese toro enamorado de la luna, que abandona por las noches la maná, y es pintado de amapola y aceituna…” recuerda, mientras canta suavemente su terapeuta, Margarita Hoyos. Fue así como su paciente se fue quedando dormida, cantando cada vez más bajo.

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Abril
11 / 2019


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