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Seis características para entender cómo trabajan los millenials

Todos tienen algo que decir de la generación del milenio. El periodista y escritor Enrique Patiño indagó para Diners sobre la forma que tienen de trabajar y la manera como colegas y empleadores los definen. Cientos de respuestas atiborraron su correo. Esta es su conclusión.

Foto: Daniel Liévano

Todos tienen algo que decir de la generación del milenio. El periodista y escritor Enrique Patiño indagó para Diners sobre la forma que tienen de trabajar y la manera como colegas y empleadores los definen. Cientos de respuestas atiborraron su correo. Esta es su conclusión.

Partamos de un hecho que define a todas las generaciones, incluida la suya: a usted, la generación previa en algún momento le debió parecer pasiva, tonta y anticuada, por lo menos, o retrógrada, si su caso llegó a rozar el odio. En otra época de su vida, a la generación que le sucedió la consideró inmoral, exagerada, despreocupada y tonta. Si la llegó a odiar, perdió en alguna ocasión la fe en el futuro de la humanidad. Ahora, piense en los millennials y seguro tendrá algo que decir.

Hay algo seguro: la generación actual es simplemente una más. Por muy especial que parezca, la atención que ha despertado se debe más a la difusión que genera que a una diferencia radical con lo existente. Hay un hecho: la generación más memorable del último siglo nació entre 1920 y 1940, y muchos conviven aún entre nosotros: la mayoría pasó de no conocer los aviones, la energía eléctrica ni los servicios públicos, a vivir el auge de las comunicaciones, los rascacielos, las grandes guerras y las crisis económicas; a adaptarse a los fonógrafos y los televisores de tubos hasta llegar a las USB; a olvidarse de la taquigrafía en la era digital y a manejar computadoras y enviar correos cuando en sus inicios dictaron telegramas.

La generación millennial no es la más pujante ni la más creativa de la historia. No está marcada por la revolución del amor ni por la llegada del hombre a la Luna, no consiguió el voto femenino ni la abolición de la esclavitud, pero tiene méritos propios, como la defensa de los derechos de minorías históricamente menospreciadas, la lucha por el medioambiente, la apuesta por la libertad, el descreimiento en las instituciones obtusas relacionadas con la política, y el cambio de los medios tradicionales al internet omnipresente. Los unen a todos sus deseos de cambiar el mundo.

Después de lanzar la pregunta en redes sobre cómo es trabajar con la generación del milenio o aquellos nacidos entre 1981 y 1993 (la previa es la generación X, que va desde 1969 hasta 1980; la generación Z va de 1994 a 2010), y de recibir más de 220 comentarios por todos los medios posibles, incluidas entrevistas en vivo, presentamos la mirada fervorosa de la fanaticada millennial y las críticas de sus detractores. Algo es claro: los aman y los odian. Estas son las grandes conclusiones.

SON MUY DESPREOCUPADOS Y ABANDONAN LOS TRABAJOS

No es sencillo que se queden en una oficina y, menos, que aquel sea su plan de vida. Eso se explica fácil: durante décadas, la seguridad laboral fue la máxima aspiración de los trabajadores. No porque fueran conformistas, sino porque las empresas solían pagar bien, premiaban la fidelidad, había primas y garantías adicionales que esta generación no vio y no tuvo. Los millennials nacieron en medio de una larga crisis económica y muchos crecieron cuando sus padres luchaban por mantener un trabajo que ya los hacía infelices o viendo, incluso, cómo lo perdían y se debatían con las deudas y la incertidumbre. Eso les generó una distancia comprensible con la supuesta seguridad.

Objetivos de las revistas y las promesas del mercadeo, creyeron a pie juntillas en la ley de aspirar a ser felices que venden todos los publicistas: la felicidad del sexo, de la moda, de verse bien, de ser tan despreocupados como felices, tan viajeros como desapegados a las normas, tan irreverentes como auténticos, tan fuera de moldes como repetidos en la idea de estar todos por fuera de un modelo. Por eso son capaces de dejar el trabajo: aunque la publicidad lo hace para que ellos compren sus productos, en el fondo saben que hay un llamado humano que sí es cierto: la libertad de buscar su propio camino.

Y un jefe no es para ellos el que les dicta ese camino. Un jefe es apenas un sujeto más al que la mayoría no le debe respeto, sino al que acatan para obtener el dinero necesario que les permita alcanzar su objetivo práctico de comprar lo que necesitan. Solo respetan lo que los inspira o conocen, comparten en redes o reverencian, según sus intereses. La libertad es algo que quieren alcanzar, pero no saben de qué manera hacerlo, así que se van si algo no les gusta. Lo que sí saben es que entre menos lazos tengan, más fácil les será partir. Por sus padres tienen claro que las empresas explotan a sus trabajadores, y ellos quieren evitar eso a toda costa. Además, entienden que no tendrán pensiones y que la salud no es algo factible.

GLOBALES Y TECNOLÓGICOS

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En realidad, son los antecesores de la generación más tecnológica que ya está: la generación Z, que nació en una era totalmente digital. Pero han aprendido a manejar lo que tienen a la mano y han desmontado los medios, coronado la televisión por suscripción digital y creído en un mundo global y a su alcance, en el que la política es un dinosaurio que estorba, los ignora y se necesita cambiar.

Para ellos, las fronteras no existen, aunque desconozcan los problemas migratorios que llevan a millones de personas en el mundo a cruzarlas a diario por falta de oportunidades. Lo dicen porque digitalmente están habituados a trabajar con gente de todo el planeta en todo momento, a hacer amigos por aplicaciones virtuales y a ennoviarse de manera más sencilla por mensajes de texto que en vivo. Aunque en ese sentido son más solitarios en vivo, resultan más sociables de manera virtual. En lo laboral, eso les permite entender que el trabajo no debe realizarse necesariamente en una oficina, sino con horarios flexibles y desde casa, como es la tendencia mundial ya. Sin embargo, también son víctimas de la distracción porque están inmersos en una era que les permite acceder a sus listados de música, videos, chats y correos en un mismo dispositivo y en tiempo real. Desconectarse les cuesta.

CREEN QUE SE LAS SABEN TODAS

“Creen que se las saben todas” fue la frase más repetida de todas las respuestas. Con la soberbia y la displicencia son las tres características que acompañan esa definición de empleadores y colegas, algunos de ellos millennials también, que definieron a sus compañeros de trabajo.

Hay un hecho que dispara esa sensación: tienen internet. Crecieron a medida que el acceso a las redes aumentaba, y aunque pasaron de las conexiones lentas de su infancia a las velocidades actuales de transferencia de datos, el avance tecnológico ha sido tan vertiginoso como su mismo crecimiento físico. En los últimos quince años pasaron de pedirles a sus padres los primeros pesados teléfonos móviles para juegos básicos como “la culebrita”, a mirar con desdén a quienes no tienen celulares actualizados. Es comprensible: el mundo se aceleró como nunca antes durante su generación. Ellos no son responsables de haber vivido más en menos tiempo: cuando la mayoría nació aún estaban en furor los CD, aún todos tenían teléfonos en casa y las suscripciones a los diarios eran casi un deber. Hoy poco de eso queda.

Los padres, sobre todo, de esta generación, asumieron un compromiso adicional: educarlos mejor que a ellos mismos. Con mayores facilidades, y convencidos de que la crisis laboral se superaría con preparación, invirtieron más en su educación que cualquier generación previa. Así, los millennials aprendieron a competir en la economía global, pero se encontraron con dos realidades brutales que muchos aún no digieren ni han entendido a cabalidad: las universidades siguieron educando para una realidad que se volvió obsoleta mientras ellos crecían, y el mercado laboral cambió, les ofreció sueldos precarios, acceso limitado a vivienda y en condiciones peores a las de sus padres. No fueron enseñados a crear empresa, sino a repetir los esquemas, cuando todos se desmoronaban.

O sea que sí saben mucho, pero en medio de su inserción laboral descubren que la experiencia es otro aprendizaje que no todos tienen y aún deben adquirir. Menos pacientes, porque han crecido en esta era de aceleración que los ha visto pasar de televisores en color a LCD y LED a Smart TV en cuestión de años, ese hecho los saca de quicio. Con una educación más especializada que nunca antes, la cultura general ha pasado a ser un talón de Aquiles para muchos, porque se enfocaron en sus intereses y olvidaron saber de todo un poco. Google ha llegado para “salvarlos” (no solo a ellos, sino a todos) del esfuerzo de buscar exhaustivamente o de acudir a bibliotecas, así que sienten que el conocimiento está en sus manos. No todo, por supuesto, pero su apego al buscador por encima de la experiencia real los estigmatiza.


Según el Banco Mundial, los millennials tienen grandes aspiraciones, pero los trabajos no se acomodan a sus sueños, que suelen ser más grandes que lo que encuentran en el mercado. Ilustración: Daniel Liévano.


CREATIVOS E IRREVERENTES

Un estudio de Deloitte Colombia asegura que solo uno de cada cinco millennials está satisfecho en su trabajo. La misma dinámica de cambio en la que crecieron ha hecho que se cuestionen entre sus ideales personales y la experiencia laboral vivida, y se den cuenta de que no tienen por qué rendirle pleitesía a un trabajo que no los llena. La forma de conectarse y mantenerse laboralmente es, entonces, a través de la creatividad.

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Esa tendencia va de la mano con una defensa (al menos en una parte de ellos) de causas que se asocien con su creatividad, para romper así, por primera vez, la barrera de la edad que estaba tan delimitada hasta hace poco. Siguen programas de Anime si les gusta, se disfrazan en las ferias de Cosplay, apuestan por la vida sana o el ecologismo, se unen a grupos de arte y difunden videos que les parecen creativos, y ellos mismos se arriesgan a hacerlos. En ese sentido, toman su propia vocería porque han entendido que hay público para todos, como lo ha dejado claro el fenómeno de las redes sociales. Y eso lo ejemplifican laboralmente, incluso creando empresas unipersonales con su sello diferenciador.

SE ROMPEN CON FACILIDAD Y NO SOPORTAN LAS CRÍTICAS

Hace treinta años se firmó la Convención por los Derechos del Niño, que Unicef abandera hoy. Este hecho es trascendental: hasta ese momento los niños no tenían derechos, eran considerados propiedad de sus padres (aún sucede), pero algo empezó a cambiar en el pensamiento colectivo mundial, y estos jóvenes son el producto de ese cambio: se les golpeó menos, los padres decidieron dialogar más con ellos, se les dieron más garantías, se apostó con más fuerza por su educación, se creyó más en ellos, se les abrazó y cobijó con amor o al menos con menor rudeza que antes.

Los nostálgicos de la mano dura dicen que se perdió el norte y el orden. Pueden tener razón desde su punto de vista. Pero todo cambio trae consigo transformación. Los millennials son una generación más protegida, no solo en ese sentido, sino también porque perdieron la libertad de los niños de antes de correr por las calles libremente para pasar a vivir más encerrados, más protegidos contra la violencia, en espacios con rejas, con padres ausentes por las largas jornadas laborales y por el tráfico endemoniado de las ciudades. Más solos que antes, pasaron a ser más introspectivos, más solitarios y mimados. La ley del castigo fue erradicada de los colegios en gran medida.

Eso los hizo más vulnerables a las críticas. En el trabajo, lloran más que otras generaciones. No aguantan la presión. No están preparados para escuchar que no saben hacer las cosas o para recibir regaños. Han crecido en medio de entornos seguros como los conjuntos cerrados en los que viven, por lo que algunos ven la exigencia como una amenaza. Sienten que se rompen y la falta de grandes luchas colectivas los une por sus pequeñas luchas, que movilizan a través de redes sociales, que han aprendido a manejar para expresarse por poco tiempo, aunque en vivo permanezcan callados o parezcan desinteresados. Muchos empleadores aseguran que deben comportarse con ellos como madres o padres, entenderlos y oírlos, mediar en conflictos y reconciliarlos antes de poder volver a trabajar. Son la generación de la transición del castigo a la tolerancia, y eso trae consecuencias en todo sentido: en lo positivo, han generado ambientes laborales más horizontales; en lo negativo, ha crecido una fragilidad que retrasa los procesos.

TIENEN ALTA AUTOESTIMA Y LES PREOCUPA EL MUNDO

No son perezosos, si se tiene en cuenta un estudio del Banco Mundial que indica que solo dos de diez no trabaja ni estudia. No son fáciles, ya que muchos han crecido con la idea, afianzada por las redes sociales, de que ir en contra de lo establecido, renegar de ello y generar conflictos asegura “me gusta” y seguidores. Tienen alta autoestima, porque es una generación a la que le preocupa el qué dirán de quienes los siguen y que se dedica a crear una imagen pública con esmero para exhibir en sus perfiles, pero también porque no han crecido con la idea de ser dóciles ante un empleador.

Gracias, tangencialmente a eso, sus preocupaciones resultan globales, ya que son capaces de adherir a campañas que les interesen y con las que sientan afinidad si les reafirma su estima al integrarlos como parte de algo más grande. Sin embargo, muchos no saben, ni laboral ni personalmente, cuál es su camino de vida. En ese sentido afrontan un gran vacío contemporáneo porque no saben cómo resolver sus grandes preguntas filosóficas personales al formar parte de una generación de ruptura, que ve desmoronarse los esquemas del pasado sin que sea claro aún el futuro; por ello, muchos acuden a religiones o a prácticas espirituales para encontrar un centro, algo que otras generaciones solían hacer a mayor edad. Según el Banco Mundial, que entrevistó 15.000 jóvenes entre 15 y 24 años durante dos años, la mayor característica laboral de los millennials es que tienen grandes aspiraciones: los trabajos no se acomodan a sus sueños, que suelen ser más grandes que lo que encuentran en el mercado.

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Enero
29 / 2019

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