Femenino o masculino: ¿cómo se construye el género?

¿Qué pensaremos de la belleza física en treinta años, en cincuenta, en un siglo o en cinco? Después de todo, ninguno de estos lapsos parece tan largo en comparación con el tiempo que ha pasado desde que apareció la primera de las especies Homo o incluso desde la aparición de nuestra propia especie: Homo sapiens sapiens. Si bien no podemos estar seguros de quiénes usaban joyas en las sociedades neandertales, la prehistoria, la historia, la etnología y la sociología aseguran que la decoración y ornamentación corporal, así como los ideales culturales, siempre han estado determinados por el género, por el comportamiento y la apariencia que se espera de cada individuo de acuerdo con su sexo.

Lo único que sí parece posible afirmar es que el género seguirá importando. Seguirá siendo fundamental para el criterio y la representación de la belleza, pero –este es un “pero” esencial– sus límites y fronteras serán radicalmente desplazadas. Lo que definitivamente no pasará es el descenso hacia una uniformidad indiferenciada, de ninguna manera deseable. ¿Qué justifica esta certeza? El hecho de que los seres humanos son seres sexuados.

¿Qué hacemos con el género?

Esta asimetría morfológica y fisiológica no dice mucho sobre las capacidades distintivas de los individuos, es simplemente un hecho. No implica o necesita la dominación de unas personas por otras, ni el escarmiento de unos en nombre de otros, ni la distribución particular de atributos y tareas.

Lo que es humano –emoción e inteligencia– es compartido por ambos sexos y opera de la misma forma en sus cuerpos y cerebros. Las diferencias son individuales, no esenciales: existen hombres escuálidos y mujeres robustas, hombres imaginativos y mujeres racionales, hombres sumisos y mujeres dominantes. Los primeros humanos le dieron un sentido al dimorfismo sexual.

Para empezar, la observación elemental sobre el hecho de que en efecto existía una diferencia condujo hacia un sistema cognitivo para pensar la realidad por medio de códigos binarios: escuálido y robusto. Sin este seríamos incapaces de usar el lenguaje para expresarnos.

Pero más allá de esto, estas categorías universales de la mente, que tienen su origen en el supuesto de que la diferencia existe, son conceptualmente jerárquicas. Las categorías masculinas se consideran superiores a las femeninas porque se asocian a un sexo y no al otro, no por factores intrínsecos a sus términos. Para nosotros, lo activo es superior a lo pasivo, lo abstracto a lo concreto.

La barrera biológica

¿Por qué sucede esto? Porque el enorme “muro” conceptual de la diferencia biológica sexual, que no podemos analizar en profundidad, ni manipular o derrocar, está complementado por otros fenómenos que los primeros humanos, tanto hombres como mujeres, necesitaban comprender.

Hay un sinnúmero de mitos e instituciones humanas que evidencian este hecho. El modelo se ha desarrollado hasta el punto de convertirse en una camisa de fuerza que confina a todas las mujeres y hombres ya que hace que las percepciones y obligaciones relacionadas con el género parezcan natural y biológicamente justificadas. No obstante, una construcción intelectual, sea cual sea su antigüedad, no es el destino: puede ser reemplazada por otra.

En ese caso, ¿qué pasará con el criterio de belleza que, por medio de un consenso general, siempre ha sido asociado al género? Actualmente sabemos que los “gametos”, masculino y femenino, contribuyen a la procreación de un nuevo ser sexuado.

Así, la pregunta que se hizo al inicio de la historia quizás haya cambiado, pese a que los períodos de tiempo involucrados –treinta años, cincuenta, todo un siglo– son ridículamente cortos para alcanzar la equidad cívica. No obstante, sí cambiarán las maneras de tener hijos, de vivir juntos y la forma en que se percibe el género.

El género y el acto sexual

Los derechos al matrimonio y a la posibilidad de tener una familia cubrirán a los homosexuales y se irán rompiendo cada vez más los lazos entre el acto sexual, el placer, el amor, la procreación, el embarazo e incluso el parto.

En consecuencia, se hará más énfasis en la autonomía personal. ¿Qué podemos decir hoy sobre estos cambios y qué es lo que vemos emerger? Se trata de un producto del conocimiento y de las nuevas tecnologías: el derecho a la contracepción, que les brinda a las mujeres el estatus de personas al darles libertad en esta esfera y, así, la posibilidad de ser iguales que los hombres.

La inseminación artificial, que ahora se lleva a cabo usando principalmente el esperma del padre y no el de un donante desconocido, y la fertilización in vitro realizada por medio de los óvulos de un donante, no tienen ningún impacto sobre el precepto tradicional según el cual la esterilidad es un problema de la mujer.

Tal vez podríamos esperar más de lo que sería una sacudida fundamental, pero que hoy todavía pertenece al dominio de la ciencia ficción: la posibilidad de que los hombres puedan embarazarse, dar a luz y amamantar.

Estas fantasías han estado en el aire durante años y han sido parcialmente respaldadas por conocidos fenómenos fisiológicos como la lactancia masculina. Pero es un proyecto difícil de realizar. Un órgano tendría que operar como el vientre (¿los testículos o el peritoneo?); tendría que haber una manera de nutrir el embrión y después el feto; el parto tendría que llevarse a cabo por medio de una cesárea y la inmunosupresión sería el mayor obstáculo de todos.

¿Existe la incomodidad física con el género asignado?

El precio que se ha de pagar sería la incomodidad física extrema, y podemos asumir que no se postularían muchos candidatos. No obstante, esta sigue siendo una posibilidad entre otras. Puede ser que la investigación científica la vuelva imaginable, pensable y realizable.

A gran escala, este sería realmente un paso hacia la equidad absoluta de los sexos y hacia el establecimiento de una nueva sociedad, siempre y cuando, y este sería un requisito fundamental, cada sexo pudiera reproducir los dos sexos equitativamente.

La reproducción extensiva por medio de la clonación también conduciría al cambio y alteraría profundamente las relaciones entre los sexos. No habría que contar con otro cuerpo para reproducirse, aunque los hombres aún necesitarían de óvulos femeninos, lo que implicaría una alta demanda que conduciría a una nueva forma de esclavización femenina. Las mujeres, por su parte, no tendrían que recurrir a los hombres para reproducirse a su propia imagen y semejanza por medio de la clonación.

Solo las mujeres pueden tener hijos

Esta sería una apoteosis para la incierta y privilegiada maternidad de la mujer. Lo único que se requiere para que los hombres sean superfluos es una trilogía puramente femenina: una célula somática, un óvulo enucleado y un útero. Ahora bien, ¿sería sostenible una sociedad sin diferencia o alteridad?

Es bastante probable que si una sociedad como esta existiera, la diferencia sería reintroducida, pero no estaría basada en el sexo, ni sus criterios en la reproducción.

Sin embargo, me cuesta trabajo imaginar la emergencia de un sistema político y conceptual global en el que se considerara normal la eliminación de media sociedad. Ahora bien, volvamos a lo que realmente podrá pasar en el futuro dado el estado actual de las cosas: estos proyectos e innovaciones no pueden ser los únicos medios para el cambio (y no son nuevos, pues siempre se ha tratado de curar la infertilidad).

También tendrán que tener lugar desplazamientos radicales en la percepción del género en esferas que son particularmente hostiles al cambio, incluyendo la política y el ambiente laboral, donde ya han empezado a despejarse los caminos, pero también en las esferas más resistentes de la vida doméstica y sexual.

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Nuevos roles que se multiplicarán a futuro

Establecer un nuevo sistema tomará miles de años, ni siquiera cientos; este seguirá basado en el dimorfismo sexual, pero en vez de atropellar y destruir el potencial de alguno de los sexos, se construirá y desarrollará a partir de ambos.

Supongamos que la ley dictaminará una licencia compartida de maternidad y paternidad de la misma duración, que durará uno o dos años, garantizará la posibilidad de retomar el cargo laboral y la duplicación de los derechos de pensión durante la licencia. Esto le daría al cuidado del hogar y a la crianza el valor económico del que actualmente carecen –el único tipo de valor que la mayoría de las personas le dan al trabajo–.

Si desplazáramos los límites de género al ritmo de los cambios en el conocimiento, y si pudiéramos crear maneras de ver y nuevos comportamientos en los cuales el dimorfismo sexual se reinterpretara de una manera favorable para las mujeres, la relación entre sexos cambiaría genuinamente.

La primera ventaja sería que si se considerara al otro como un igual, cada miembro de una relación restauraría o crearía permanentemente un interés real por el otro, y por otros, que contraatacaría el efecto fatal de la costumbre.

No existe el género débil

Cuando las mujeres dejen de ser consideradas inferiores, los hombres dejarán de ocultar su lado femenino. Las parejas no estarán condenadas al silencio mutuo o a una coexistencia hostil marcada por la imposición de órdenes.

¿No sería esta, acaso, una nueva era en la historia de la humanidad? Y bien, ¿qué habría de la belleza? No estaría definida por la maternidad, el poder, la androginia, ni ninguno de los estereotipos físicos que reflejan nuestras fantasías de género. Tampoco estaría relacionada con el obrero soviético ideológicamente estandarizado que se retrata con un martillo y una hoz, ni con el Ballet Chino unisex que glorifica el militarismo.

¿Qué ha de ser entonces con los géneros?

Creo que encarnaría una combinación entre las normas de la proporción que dominan nuestra visión y las “normas” emocionales que dominan nuestras reacciones, de modo tal que todos puedan apreciar aquello que hace única a cada persona, bajo la uniformidad que impone la moda –no tenemos ninguna razón para pensar que estos factores desaparecerán–.

Centrar la atención sobre el hecho de que todos somos únicos, irreemplazables y universales en mente y en cuerpo, de que vivimos en un mundo en cambio constante, y dejar de lado la falsedad y las apariencias para ser auténticos y tener seguridad en nosotros mismos en un mundo de artificios, creo que esta es la manera en que buscaremos y encontraremos la belleza.

Establecer un nuevo sistema tomará miles de años. Seguirá basado en el dimorfismo sexual, pero en vez de atropellar y destruir el potencial de alguno de los sexos, se construirá y desarrollará a partir de ambos.

El artículo Femenino o masculino: ¿cómo se construye el género? se publicó originalmente en Revista Diners de septiembre de 2013

Revista Diners

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