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La soledad, ¿una nueva epidemia?

Sentirse solo puede ser devastador psicológica y físicamente. Los países desarrollados han tomado conciencia del problema al que se enfrentan; los psicólogos comienzan a explicar de qué se trata y la gente intenta encontrar posibles soluciones

Foto: Daniel Liévano

Sentirse solo puede ser devastador psicológica y físicamente. Los países desarrollados han tomado conciencia del problema al que se enfrentan; los psicólogos comienzan a explicar de qué se trata y la gente intenta encontrar posibles soluciones

La bogotana Catalina Lineros* es diseñadora gráfica, acaba de cumplir cuarenta años y desde hace tres se siente muy sola. No está casada, no tiene hijos, no tiene una buena relación con sus padres, la mayoría de sus amigos se fueron a vivir al extranjero y trabaja como independiente en su casa, un diminuto apartamento en el centro de Bogotá.

Cuenta que hay fines de semana que no habla absolutamente con nadie; pasa sus horas trabajando frente al computador, y reconoce que el grado de aislamiento social le está empezando a cobrar factura, tanto psicológica como físicamente. A veces, y de repente, entra en un llanto desconsolado por no saber a quién llamar, y en poco tiempo ha subido quince kilos.

La soledad, según Victoria Cabrera, psicóloga del Instituto de la Familia de la Universidad de La Sabana, “es la ausencia de vínculos afectivos fuertes. Y cuando la persona atraviesa circunstancias difíciles y percibe que no cuenta con alguien, se hace más evidente el sentimiento”.

Para la psicóloga clínica Graciela Galán, “existen varias definiciones, pero puede ser un estado en el que no tienes a nadie o no encuentras con quien compartir, o un sentimiento de tristeza o melancolía por la falta o ausencia de alguien”.

La cultura del individualismo

Hay una percepción generalizada de que la soledad ha aumentado en esta sociedad. Eric Klinenberg, profesor de sociología de la Universidad de Nueva York y autor del libro Going solo, considera que hay dos posibles razones. La primera es la cultura del individualismo, y la otra, el aumento de la tecnología.

Galán considera que “los avances tecnológicos se muestran como una de las principales razones para que los seres humanos nos hayamos ‘desconectado’ de los otros; ya no llamamos, chateamos; ya no visitamos, chateamos; ya no abrazamos, mandamos abrazos por chat.

Las nuevas generaciones se han ‘enfriado’ en su manera de expresar afecto y por eso terminan sintiendo soledad en todo momento. El ser humano necesita del contacto físico y emocional frente a frente para entender su entorno y sus emociones”.

Otra de las razones por las cuales ahora se tiene la idea de que hay más soledad, según Galán, “es porque las familias han perdido el verdadero sentido del ambiente familiar. Los padres están presentes físicamente, pero ausentes emocionalmente; existe mucha presión a nivel social, económico y personal para los padres y por eso los jóvenes sienten más el abandono y la carencia emocional, aunque a nivel económico haya abundancia (…) Además, la masificación de la comunicación nos hace conocer muy pronto noticias respecto a cómo la soledad acaba con la vida de las personas y se genera un supuesto global sobre el tema”.

Una condición que no diferencia entre ingreso, educación o religión

Lo cierto es que sentirse solo se considera mucho más grave de lo que pensábamos hasta hace unos años, y así lo confirman múltiples estudios. Uno de los investigadores que dedicó gran parte de su vida a estudiar el tema fue John Cacciopo, director del Centro de Neurociencia Cognitiva y Social de la Universidad de Chicago, quien falleció a comienzos de este año.

En un artículo publicado en febrero de 2018 por la revista científica The Lancet, Cacciopo es contundente en sus afirmaciones: “Imagine una condición que haga sentir a una persona irritable, depresiva, egoísta, y que incremente en un 26 % el riesgo de muerte prematura.

Imagine también que alrededor de la tercera parte de la población en los países industrializados esté afectada por esta condición, una persona entre cada doce lo padezca severamente, y que esa proporción esté en aumento. No importan el ingreso, la educación, el sexo ni la etnia, nadie está protegido, y es contagioso. (…) Esa condición existe, es la soledad, y está emergiendo como un problema de salud pública”.

En su charla TED, titulada “La letalidad de la soledad”, Cacciopo explica que a veces olvidamos que somos miembros de una especie social y que nuestra supervivencia depende de nuestras habilidades colectivas y no de nuestra mente individual. También asegura que la soledad ha sido tratada como una enfermedad no crónica, y al que la siente suele estigmatizarse como alguien débil y perdedor.

Lo cierto es que estar así no solo es triste, sino peligroso para el cerebro, que automáticamente salta a un modo de autopreservación, asegura Cacciopo, lo que lo lleva a un estado de hipervigilancia continua, que incrementa las conexiones negativas, la poca empatía, los niveles de cortisol – la hormona del estrés-, los comportamientos impulsivos y también afecta el sueño. El riesgo para el cuerpo, según un estudio de la Universidad de Brigham Young que comparó varias investigaciones, es similar a fumarse quince cigarrillos al día.

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El mundo reacciona

En agosto del año pasado, en la convención anual de la Asociación Americana de Psicólogos (APA, por sus siglas en inglés) se presentó una investigación llamada So Lonely I Could Die (Tan solo, que podría morir). Su principal conclusión fue que la soledad y el aislamiento social pueden representar un mayor peligro para la salud pública que la obesidad, y su impacto ha ido creciendo, y continuará haciéndolo.

“El hecho de estar conectados socialmente se considera una necesidad humana fundamental, crucial para el bienestar y la supervivencia. Ejemplos extremos muestran que los bebés en custodia, que carecen de contacto humano, a menudo mueren, y, de hecho, la reclusión en solitario se utiliza como una forma de castigo”, afirma Julianne Holt-Lunstad, Ph. D., profesora de psicología en la Universidad de Brigham Young.

Según la investigación, una porción cada vez mayor de la población de Estados Unidos experimenta aislamiento regularmente, pues se estima que más o menos 42,6 millones de adultos mayores de 45 años en los Estados Unidos sufren de soledad crónica; más de la cuarta parte de la población vive sola, más de la mitad de la población no está casada y, desde el censo anterior, las tasas de matrimonio y el número de hijos por hogar han disminuido.

Un poco más viejos

Holt-Lunstad asegura, además, que con el incremento de la población que envejece, el efecto en la salud pública aumentará. “El desafío que enfrentamos ahora es qué se puede hacer al respecto”. La psicóloga recomienda que haya una mayor prioridad en la investigación y los recursos para abordar esta amenaza de la salud pública tanto a nivel social como individual.

“Por ejemplo, podría hacerse hincapié en la capacitación en habilidades sociales para los niños en las escuelas y se debería alentar a los médicos a incluir la conexión social en los exámenes médicos. Además, las personas deberían prepararse para la jubilación tanto social como financieramente, ya que muchos lazos sociales están relacionados con el lugar de trabajo, y los líderes comunitarios tienen que incluir espacios sociales compartidos que fomenten la reunión e interacción, como centros de recreación y jardines”.

En enero pasado, Theresa May, la primera ministra del Reino Unido, creó el Ministerio de la Soledad. La medida fue el resultado de un exhaustivo informe realizado por una comisión parlamentaria que continúa el legado de Jo Cox, la diputada laborista asesinada en 2016, que estaba profundamente interesada en crear una política para ayudar a la gente que se siente sola.

En el informe existen estadísticas robustas en adultos mayores, pero no en otras edades. Sin embargo, estudios recientes demuestran que es un sentimiento que ha crecido en todo el ciclo de la vida –más de nueve millones de británicos suelen sentirse solos a menudo–. También cuentan experiencias exitosas que deberían replicarse en más ciudades.


¿Falta de conexión social?

Sin embargo, hay personas que no están de acuerdo con hablar de una epidemia. Es el caso de Klinenberg, el profesor de sociología de la Universidad de Nueva York, quien escribió a comienzos del año una columna en The New York Times en la que expresaba que describir a la soledad como una epidemia de salud no ayuda a nadie.

“La falta de conexión social es una cuestión seria, pero si creamos pánico sobre su prevalencia e impacto, es menos probable que lidiemos con ella de manera adecuada”. Señala, además, que los datos que hay son complicados y, en muchos casos, contradictorios, y que exagerar el problema podría llevar a que no se atienda a las personas que necesitan más ayuda, como lo demuestran las investigaciones en países como Estados Unidos e Inglaterra, que indican que los pobres, los desempleados, los desplazados y las poblaciones migrantes sufren más de soledad y necesitan mayor ayuda.

Otros, en cambio, han aprovechado la coyuntura para crear negocios, que en otra época parecerían impensables, como el caso del estadounidense Chuck McCarthy. Su oficio es “paseador” de personas en Los Ángeles. Por treinta dólares y durante una hora pasea a gente, los escucha y les habla. “Comencé a pasear gente porque estaba buscando un ingreso extra. Quería hacer algo físico y al aire libre. Pensé en pasear perros, pero no quería recoger sus excrementos.

Así que decidí hacer esto”, la cuenta McCarthy a Diners. El negocio resultó un éxito y ahora lo tiene en varias ciudades. Asegura que se diferencia de las demás caminatas por su servicio personalizado. “Muchas veces en los grupos de caminatas no decides tú a dónde ir, o qué tan rápido o lento quieres que vaya. Además, no tienes una conversación confidencial garantizada”. Señala que sí percibe que la gente se siente más sola que antes y cree que aunque hay varios factores, las redes sociales tienen mucho que ver con esa desconexión.

Otras empresas ofrecen una persona que lo abrace o le acaricie el pelo en la noche, solo eso, sin sexo y en su cama; que lo acompañen a cine, o hasta que alguien lo llame para hablar, medidas un poco extremas, y más si uno no cuenta con dinero. Al final, hay consejos más sencillos que cada uno podría poner en práctica.

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¿Soledad positiva?

El colombiano Andrés Osorio, quien actualmente trabaja en Beijing, cuenta que no tiene ningún problema con ir a cine, almorzar o irse de vacaciones solo, todas las veces que sean posibles. Disfruta mucho de estar solo y cuando llega a su apartamento, el silencio y la ausencia de cualquier debate estéril lo reconfortan.

“Para mí es una ventana a mundos muy interesantes, como la lectura y el cine”, dice, y agrega: “Creo que a la mayoría de las personas les cuesta estar solas, porque desde pequeños nos enseñaron que no estaba bien; la soledad necesita imaginación y mucha gente no la tiene”.

Pero puede existir algo que se denomine “soledad positiva”, que uno necesite de vez en cuando, un estado que sea productivo y que no sea nocivo para la salud. Aunque parezca obvio, estar solo físicamente no es lo mismo que sentirse solo. A muchas personas les pasa lo segundo, así estén rodeadas de una multitud.

En concepto de Galán, “sí se puede hablar de una soledad positiva y es cuando la elegimos voluntariamente, porque ya conocemos que podemos estar solos y no tememos estarlo (…) Sin embargo, creo que un estado permanente no es positivo por la naturaleza del ser humano”. Cabrera refuerza esta opinión: “Lo saludable es la combinación de las dos, es decir, tener la habilidad de estar solo y disfrutarlo, demuestra autonomía. Y, luego, interactuar con los demás de manera armoniosa, sin generar dependencia, pues eso también es nocivo, es lo ideal”, concluye.

*Nombre cambiado a petición de la fuente.

El músculo social

John Cacciopo y Stephanie Cacciopo recomiendan estos consejos para ejercitar lo que ellos han llamado el músculo social.

1. Desconectarse:

Encuentre momentos cada día para estar lejos de las pantallas y conectarse con alguien. La gente solitaria tiende a “enterrar” sus caras en las pantallas y sus mentes en el trabajo.

2. Haga pequeños favores:

Cada día haga un esfuerzo para hacer algo bonito por alguien. La gratitud es poderosa y alguien devolverá su amabilidad.

3. Trabaje en equipo:

Encuentre espacios para trabajar en equipo en cambio de dividir una labor y mandar a cada persona a una esquina a trabajar solo. Esto hace que haya menos monotonía laboral y también genera nuevas visiones y eficiencias que antes no eran percibidas.

4. Intente comunicarse:

En reuniones o cuando interactuamos con colegas solemos enfocarnos en qué tenemos en común, pero la calidad de nuestras decisiones y la resiliencia del grupo se beneficia de la diversidad del conocimiento, experiencias y capacidades de los miembros.

5. Solo diga «hola»:

Con el mismo nombre de la campaña que lidera Oprah Winfrey para combatir la soledad, la idea es comenzar con algo muy simple, como decir “hola” a un amigo o a un extraño y reconectarse.

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Abril
28 / 2020
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