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¿Qué le pasa a los que toman yagé o ayahuasca?

Hay quienes acuden a la selva tras la leyenda del yagé, pero solo quienes han sido llamados por este tesoro líquido podrán beberlo.

Foto: Aniketh Kanukurthi on Unsplash

Hay quienes acuden a la selva tras la leyenda del yagé, pero solo quienes han sido llamados por este tesoro líquido podrán beberlo.

“El yagé es celoso,

a veces hace ver,

a veces no,

pero cuando deja ver,

abre el camino y

muestra lo que se

estaba buscando”.

No son pocos los foráneos que tocan a la entrada de una maloka, ese lugar de los chamanes o taitas, que fue bautizado de esa manera por antiguos visitantes que calificaron su modo de vivir como “maluco”. Pero originalmente a estas casas en donde se reúnen los indígenas para escuchar la sabiduría de sus ancianos, hacer celebraciones o sanar a los enfermos, se les llama jojo.

Como hay historias para todo, las hay para quienes han querido seguir el rastro del yagé, pero aún no habían sido llamados por este tesoro líquido.

Un suizo, empeñado por beberlo, no escuchó las advertencias que le hicieron cuando un hombre le ofreció una bebida, sin hacer los ritos y las oraciones que acompañan tradicionalmente la toma. Después de beberlo miraba fijamente hacia sus manos y estiraba los dedos con la idea de que podían tocar el infinito.

Sintió luego que el agua era su lugar y quiso reunirse allí con los peces. Permaneció por días perdido en un profundo sueño y alucinaciones severas. Luego descubrieron que le habían dado de tomar una bebida a base de borrachero, una planta tóxica, llamada también Hierba del diablo, que ocasiona días de desesperación y desconexión completa de la realidad, que puede terminar en locura irreversible.

¿Qué es el yagé?

Que el yagé ‘llame’ se traduce en que lo necesario para la toma se disponga con facilidad. Los indígenas la emplean en rituales de sanación física y espiritual. Se hace una bebida y se ingiere con la guía de un chamán. Pero su efecto alucinógeno la transformó en un tesoro que buscan quienes, lejos de los rituales indígenas, lo asocian con fiesta y drogas.

Son famosas las reuniones en apartamentos en las ciudades, con taitas llevados por un fin de semana desde la selva, para dirigir los rituales en donde las guacamayas y los grillos se descifran entre sonidos pregrabados, que despide un disco compacto y en donde la mayoría de las veces, la necesidad de sanación espiritual se traduce en curiosidad.

Una moda que puede terminar en muerte

Muchas son las historias de esta tradición que llegó como moda y que terminó en muertes, como la de una mujer en Bogotá, hace unos años, que buscaba curarse de cáncer y falleció en la segunda toma. También está la de un hombre que mezcló yagé con tabaco y otro tipo de alucinógenos y terminó de la misma manera.

Gary, un guía leticiano de 33 años, se opone en trasladar estas tomas a la ciudad, pues dice que el espíritu de la naturaleza no puede estar presente en un apartamento, aunque se tenga la presencia de un taita, que según su criterio, ha convertido un ritual sagrado en un negocio.

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“Los dones se reciben desde el vientre de la madre, pero para explotarlos hay que tener un maestro, porque nadie aprende solo”.

La experiencia con el Yagé

Es jueves. El día señalado para la visita del chamán que recorrió horas por tierra y lancha para llegar a Marashá, una reserva en la selva peruana. Es delgado y no supera los 1.65 metros.

Su piel ajada por el sol y curtida por los años está forrada con una camisa de un amarillo pálido, un pantalón, botas pantaneras y una gorra de Tommy Hilfiger, que lo acompañarán por los siguientes tres días.

Lleva una cadena de plata gruesa con el dije de un sol, su dios Taita Inti. Tiene en su mano izquierda cuatro anillos también de plata. Sus dientes carcomidos se mantienen en pie, de una manera que pareciera temer la entrada del aire a su boca cuando habla.

Es más frágil de lo que podría pensarse de un hombre dueño de tanta sabiduría y con una historia ancestral sobre sus hombros. Sonríe y da la mano, habla con tranquilidad y hasta con un cierto dejo de dulzura. Se le siente una necesidad de contar sobre su mundo, de inquietar aún más con sus secretos, de convencer acerca de las bondades de la naturaleza y la razón de los indígenas para amarla.

«El poder es de Dios»

Es posible que los viajeros que lo esperaban imaginaran a un hombre alto, ancho de espalda y cubierto por un vestido de plumas que le confiriera poder. Pero William, con su gorra de copia americana, no necesita aparentar para transmitir lo que sabe, aunque dice que no sabe nada, porque los hombres no tienen poder.

El poder es de Dios, en quien dice creer y además de sus cantos habituales, reza un Padre Nuestro en las ceremonias, por su deseo de respetar las creencias ajenas.

William dice que el yagé lo sacó del abismo. Su primera vez fue a los 10 años, cuando los ancianos lo descubrieron escondido para presenciar una de sus reuniones. Le cobraron (¿o premiaron?) su curiosidad con una toma, para introducirlo. Lloró y vomitó.

Desde ese día siguió tomando hasta los 18, cuando decidió que asumía demasiados sacrificios para un adolescente y optó por hacer lo que hacen los demás: tomar, tener sexo, fumar e, incluso, consumir drogas. Dice que hay que conocer de todo, para poder decidir qué es lo bueno y por esa razón se dio cuenta de que ese no era su camino.

“Ustedes necesitan un cartón para poder trabajar, nosotros necesitamos un maestro que nos encamine”.

Limpieza de espíritu

El yagé lo llamó y una nueva toma limpió su espíritu. Entonces decidió que los dones recibidos desde el vientre de su madre debían cultivarse para llegar, algún día, a ser maloquero, posición reservada para los hijos de quienes ya ostentan ese título.

Pero como no es cuestión de apellidos, sino de habilidades, ser hijo de un chamán, no los hace chamanes. Son necesarios cinco años de formación, en lo que pareciera una universidad del espíritu. Durante ese tiempo no comen sal, azúcar, incluidas las frutas.

Está prohibido el consumo de alimentos como el pescado de cuero y los de escamas como el pirarucú y la piraña, así como los cerdos salvajes, pues comen de todo. No tienen sexo, como disciplina de formación para consolidar los dones recibidos desde el vientre.

Pero cada año tienen un descanso para acceder a lo restringido, porque “somos seres humanos y tenemos necesidades”, aclara William. Es evidente, no es un curso para dioses, pero sí para los más fuertes. Los sacrificios son el final para los débiles.

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El chamán encarnado

Ya es de noche y William va a presentarse ante los viajeros, para saciar la curiosidad que su presencia les genera. La camisa amarilla, las botas pantaneras y la gorra de Tomy quedan sobre su cama. Ahora usa un pañuelo amarrado a su cabeza, se ha quitado la camisa para lucir los collares tejidos en pequeñas piedras de colores, un diente de caimán que cae sobre el pecho y hasta un escapulario en gris metalizado.

Del mismo color del paño de su cabeza es el pantalón. No necesita zapatos. Se sienta en un tronco y a su alrededor pone las bebidas y sustancias de las que quiere hablar, como una crema de tabaco que se asemeja a un desodorante en roll on, las plantas atadas en una rama, yagé en un tarro plástico y mambe.

“Para los indígenas mambear es como leer la Biblia, porque a través de él Dios nos lo da todo”.

¿Qué es el mambe?

El mambe parece pasto triturado, seco. Una cuchada en la boca se atasca como leche en polvo, cuando se aspira después de respirar accidentalmente sobre un puñado. La primera vez apenas duerme la punta de la lengua. Después, con la experiencia, quita el cansancio para recorrer la selva a paso de gigante, mermar el hambre para aguantar los días de caza y mantener la atención en las largas noches de conversaciones en las malokas.

Los indígenas, gracias a su tradición, tienen permitido el cultivo de hojas de coca, pero en cantidades que justifiquen su consumo personal. William, en medio de su conversación, abre el pequeño frasco plástico y se lo manda a la boca. Hasta los mambeadores avezados se asombran de la cantidad que le cabe, mientras él habla con los pocos dientes y la comisura de los labios mojados de brillo verde.

La hoja de coca machacada y tostada, que se mezcla con cenizas, no es alucinógena, ni altera los estados de consciencia, como el yagé que Gary ha tomado varias veces. Esa bebida que le ha hecho sentir las alas de una mariposa, del tamaño de una jirafa, aletear sobre su cabeza. Sin cerrar los ojos ha visto serpientes enormes que bailan cerca de su cuerpo y luego puede diferenciar, con precisión, cada uno de los sonidos de la selva: grillos, pájaros, pavas inmundas y el agua, que respira, que lo llama.

¿Para qué sirve el yagé?

El yagé revela el pasado, el presente y el futuro, dice William, que habla constantemente con frases de sabiduría, para entregar ese conocimiento del que se adueñó desde que era un niño y que transmitirá hasta que sea el turno de un nuevo maloquero.

“Es para la pesadez del alma, del pensamiento. Calma la desesperación, porque tiene el poder de sanar, de liberar. Hay que sufrir para saber, porque ninguna medicina es dulce”.

Por eso cada toma es más difícil que la anterior, como también lo es si la vida de quien lo bebe ha sido de desenfreno, como si el licor o el sexo fueran venenos del alma.

“Es como limpiar un vestido que se ha ensuciado. Entre más sucio esté, más esfuerzo se hace al lavarlo”, dice William.

Han sido horas de hablar sobre sus creencias. Aún envestido por los collares de colores y sus brebajes dispuestos en tarros plásticos de agua o harina, se levanta para salir. Es hora de guiar una nueva toma, porque lo espera alguien que sintió el llamado de la selva, del yagé y viajó hasta el paraíso para buscarlos.

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Enero
31 / 2022

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