Óscar Niemeyer, el hombre que creó una ciudad de cero: Brasilia

A sus 104 años, Óscar Niemeyer, ícono de la arquitectura brasileña, recibió a Revista Diners para hablar sobre su infancia, el fútbol y, por supuesto, sobre arquitectura.
 
POR: 
Nicolás Dulcich y Daniel Pagano

Pocos días atrás, los portales de noticias de Brasil informaban que Óscar Niemeyer estaba recorriendo junto con Eduardo Paes (prefecto de Río de Janeiro) las obras que se estaban realizando en el “sambódromo” carioca, que él mismo había proyectado. La noticia se difundió ilustrada con fotografías que mostraban al arquitecto paseando a bordo de un pequeño carro abierto (como los que se utilizan en los campos de golf), dado que a esta altura no está para largas caminatas. No es para menos: el maestro cumplió 104 años de edad, aunque aún continúe trabajando.

Niemeyer comenzó su carrera como arquitecto a mediados de la década del 30 del siglo pasado. Si las matemáticas no nos fallan, de eso ya han pasado casi 80 años y el maestro todavía sigue en actividad y sorprende al mundo entero. Desparramó sus obras en más de veinte países, construyó en cuatro continentes distintos y con sus creaciones logró trascender el marco de la arquitectura para establecerse como una de las personalidades más sobresalientes de la cultura de su país.

Si hablamos de arquitectura y de lo que su obra ha significado dentro de Brasil, obligadamente tenemos que destacar que en los años 50 Niemeyer fue el encargado (junto con el arquitecto y urbanista Lucio Costa) de diseñar y construir Brasilia, la nueva capital de su país. Una empresa casi utópica: levantar desde cero una ciudad en un terreno desértico y despoblado, en tan solo cinco años, y con la premisa inocultable de lograr que esta ciudad fuese la más moderna del mundo. Un desafío con el que seguramente deben soñar muchos arquitectos. Pero un logro que solo pocos pueden mostrar en su currículum, quizás solo él.

Brasilia (Brasilia DF 1957-1962) fue la obra que lo consagró a nivel mundial y lo ubicó en un lugar protagónico de la escena arquitectónica. Veinte años antes, el Conjunto de Pampulha (Belo Horizonte, 1940) había sido su carta de presentación. Con este trabajo dio sus primeros pasos en curvas de hormigón armado y explotó el potencial expresivo que éstas le darían en su carrera. Entre estas dos grandes obras participó en el equipo que diseñó y construyó la sede de la ONU en Nueva York. Luego recorrería el mundo empujado por el exilio, para construir notables edificios en Francia, Italia, Argelia, Bélgica, entre otros.

Niemeyer fue un abanderado de la arquitectura moderna. Desde un principió se identificó con ella, abrazó sus principios éticos y procuró siempre que su obra tuviese un fuerte compromiso social. Este era uno de los pilares teóricos de la modernidad de los años veinte, la disciplina entendida como una herramienta de transformación social. Pero además Niemeyer hizo propios los avances tecnológicos que venían de la mano de esta arquitectura moderna: el hormigón armado como material expresivo y posibilitador de nuevas formas; la ingeniería como aliada que permitía grandes luces sin apoyos y audaces voladizos, y el uso del vidrio y los grandes ventanales. Fue un pionero en su tierra, y supo conjugar como nadie el espíritu de la modernidad europea con un fuerte carácter local arraigado en las costumbres brasileñas, en su idiosincrasia y en sus climas. En definitiva, una modernidad muy brasileña.

A fuerza de obras construidas y de una coherencia profesional indiscutible, Niemeyer se convirtió en el gran arquitecto del Brasil, opacando a generaciones de grandes arquitectos que siempre se vieron encandilados por la magia y la trascendencia de una obra tan original y tan contundente.

A los 104 años de edad, continúa incansable trabajando todos los días en su estudio en Río de Janeiro, ubicado en el último piso de un edificio de la Av. Atlántica en el barrio de Copacabana, frente al mar. Desde allí y a través de un gran ventanal corrido, Niemeyer puede apreciar las playas y los morros escultóricos de la ciudad en la que nació y que tanto ama. Desde allí puede observar cómo el pueblo de su ciudad disfruta de las bellezas naturales con las que fue bendecida esta tierra. Bellezas que lo han atraído y que han influenciado su obra de modo determinante: Niemeyer siempre mencionó a las curvas de los morros, de las bahías, y de las “garotas” brasileñas como la fuente de inspiración de sus curvas de concreto armado.

Allí nos recibió una mañana cálida y soleada, y pudimos charlar con él. Palabras sabias, suaves pero contundentes a la vez. La experiencia de una vida vivida intensamente, una vida que parece todavía tener mucho para dar, aunque ya haya dejado una huella indeleble en la historia de la arquitectura contemporánea.

Sabemos que anda con mucho trabajo…

Si, es cierto. Estamos muy solicitados, nos llaman de todo el mundo. Trabajo mucho aquí. Pero no se trata de ser un especialista que solo habla de arquitectura. Hay que formarse, leer, estar informado, y trabajar por la vida, por la gente. Tenemos que hacer un mundo mejor, más justo.

¿Qué recuerda de su infancia aquí en Río?

Tuve una infancia feliz. Me gustaba mucho el fútbol. A los 14 años jugaba al fútbol todo el día. Vivíamos en una calle con empedrado de adoquines que tenía una gran pendiente, armábamos dos arcos con piedras y jugábamos con una pelota pequeña, como de tenis. Era muy gracioso jugar con esa pendiente, toda la tarde subiendo y bajando.

¿Le gustaba mucho el fútbol?

Si, todavía me gusta. Una vez jugué un preliminar de un partido entre el Flamengo y el Fluminense. El fútbol es muy importante. A mí me gustaba mucho Maradona, porque él siempre hacía con su vida lo que quería, no necesitaba preguntarle nada a nadie, y tenía mucho carisma. Cuando Maradona hablaba era muy generoso.

¿Y actualmente que cosas le interesan?

Actualmente en el estudio todos los martes tenemos una hora de filosofía sobre cosmología. No es que quiera parecer intelectual: quiero conocer cosas en cuanto a la vida, que en última instancia es lo que importa. Me interesan los sistemas de producción política, hay que ser consciente de que en el mundo hay muchas cosas que están mal, miseria, pobreza, imperios que quieren invadir países. Hay que luchar contra todo eso. El arquitecto tiene que tener una producción política y entender que más importante que la arquitectura debe hacer la vida más justa.

¿Cómo ve actualmente el panorama de la arquitectura Latinoamericana?

Una vez, conversando con Alvar Aalto (notable arquitecto finlandés) él dijo: “no existe una arquitectura antigua y otra moderna. Existe arquitectura buena y mala”. Y ese es un concepto muy interesante. Acá en Brasil por ejemplo, tenemos edificios fantásticos hechos en le época de la colonia, ¿Cuántos años atrás fueron construidos? Hay que aceptar las cosas, entenderlas como son y verlas donde funcionan bien y son inteligentes. Pero fundamentalmente hay que tener el coraje de arriesgar.

¿Y en Brasil en particular, como ve la arquitectura?

Se están haciendo muchas cosas y se está construyendo, y eso es importante. Pero a veces el arquitecto brasileño lee muy poco, no conoce muchas cosas por fuera de la arquitectura. Van a la universidad, se forman y solo piensan en hacer arquitectura, no piensan en la vida. No se sale de la universidad preparado para ayudar a hacer un mundo mejor, más justo, más cordial, un mundo de iguales. Ahora estamos trabajando en una revista en donde la arquitectura es un pretexto para llevarle a la juventud conocimientos generales, para que se interesen en la vida y la lectura.
Igual, yo no critico a los colegas, no lo hago más. Acepté mi trabajo, tuve mucho tiempo para hacerlo y ahora tengo que respetar el trabajo de los otros. Hay edificios buenos y edificios malos, pero insisto: se está haciendo y eso es válido.

¿Qué nos queda de cara al futuro?

Lo que tenemos que hacer ahora es “cultivar”. Cuando uno se pone a observar las cosas del universo se va sintiendo cada vez más pequeño, y debemos tomar conciencia de nuestra dimensión. El hombre no tiene perspectiva, nace y muere. Entonces es necesario tener una posición más modesta frente a la vida, ser más sensibles y no pensar que estamos haciendo cosas enormes. Cuando me visitan aquí arquitectos o ingenieros, o los periodistas, siempre les hablo de esto: La vida es más importante que la arquitectura.

Esta última frase con la que Niemeyer nos despide es una síntesis elocuente del pensamiento de este hombre, toda una declaración de principios que obliga a reflexionar sobre el día a día. Quien la pronuncia ha pasado los últimos 80 años de su vida construyendo y haciendo arquitectura. Ni más ni menos que el genio a quien los arquitectos más reconocidos y prestigiosos admiran por su obra y trayectoria. Ni más ni menos que Oscar, quien ya ha vivido 104 años, y a quien tenemos el placer de seguir disfrutando. Un pensador que nos obliga a mirarnos y a mirar el mundo que estamos construyendo

Nicolás Dulcich y Daniel Pagano. Arquitectos egresados de la Universidad Nacional de Rosario, Prov. de Santa Fe, Argentina. Integrantes del Proyecto Brasilia (Investigación sobre la producción arquitectónica del sur del continente americano, que recorrió y relevó las principales obras de la región. Entrevistaron a los principales referentes contemporáneos de la disciplina).

http://proyectobrasilia.com.ar/

         

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diciembre
5 / 2012