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Cuatro genios que fueron pésimos estudiantes

Los genios que fueron pésimos estudiantes sirven para llamar la atención sobre aquellos jóvenes que necesitan motivación y otro tipo de educación.

Foto: Creative Commons/ CC BY 0.0

Los genios que fueron pésimos estudiantes sirven para llamar la atención sobre aquellos jóvenes que necesitan motivación y otro tipo de educación.

No existen fórmulas, reglas o modelos para reconocer al genio. Ni siquiera indicios: los primeros puestos en el colegio, la temprana erudición o la inteligencia pura, no son siempre la carta de presentación de futuros científicos o artistas. Y decir que estos genios fueron pésimos estudiantes es algo subjetivo.

Por ejemplo, Newton entra con un mediocre examen a Cambridge; Pasteur era apenas pasable en química; Edison, durante los pocos meses que estuvo en el colegio, ocupó el último puesto, y Einstein no logró pasar el examen de admisión de la Universidad de Zurich.

Pero si la historia de la ciencia proporciona datos curiosos, el diálogo con algunos científicos colombianos no es menos revelador: Jaime Bernal, genetista, nunca tomó un apunte en clase; Eduardo Posada, físico, debe gran parte de su carrera científica a Julio Verne, y Emilio Yunis, genetista, habla de una afortunada trilogía: pueblo, familia y George Dahl.

Isaac Newton: Un muchacho retraído y ausente

Issac Newton

Foto: Wikimedia Commons/ Godfrey Kneller, óleo/ Dominio Público.


Si los científicos también llegan a convertirse en leyenda, Newton (1642-1727, Inglaterra) es el ejemplo clásico: «¡Mortales! Regocijaos de tan grande honra para la raza humana», se lee en su tumba. Y no es para menos. Además de su descubrimiento de la ley de la gravedad, instauró el método científico basado en un nivel estrictamente experimental. De aquí en adelante la ciencia no sería la misma.

Sin embargo, Newton fue un muchacho retraído, ausente, extremadamente susceptible y de aspecto nostálgico. Arrinconado en una esquina, se pasaba horas enteras reconstruyendo, a escala reducida, las máquinas que veía en los grabados. Su infancia fue más bien desgraciada: su padre murió antes de que él naciera y su madre, al casarse de nuevo, lo abandonó en casa de su abuela durante nueve años.

De granjero a inspiración poética

No se distinguió como estudiante y su familia le tenía asegurado su futuro: Newton sería granjero. Afortunadamente aparece en la escena su tío, un colegial del Trinity College de Cambridge, quien convence a la familia de que lo envíe a estudiar a la universidad.

Newton ingresa con un mediocre examen a Cambridge, pero pronto se interesa por las ciencias exactas. Cuatro años más tarde Barrow, su profesor de matemáticas, le cede su cátedra; un año después recibe su doctorado, y en dos años más es nombrado miembro de la Royal Society.

El genio comienza entonces una vida dedicada de lleno a la ciencia. Su grandeza fue inmortalizada por el poeta Alex Poper: «La Naturaleza y sus leyes yacían ocultas en la en la noche. Dijo Dios: ¡Sea Newton! y todo se hizo luz”.

Sin duda es uno de los genios que fueron pésimos estudiantes y supo recomponerse e inmortalizarse.

Louis Pasteur: A duras penas pasaba matemáticas

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Foto: Wikimedia Commons/ Albert Edelfelt, oleo sobre lienzo/ Dominio Público.

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Desde Pasteur (1822- 1895, Francia) los médicos se lavan las manos, la leche se hierve y los perros rabiosos no matan gente. Estas son apenas algunas de las innumerables aplicaciones prácticas de la Teoría del Germen de la Enfermedad, uno de los más importantes descubrimientos de la historia de la medicina.

Ahora bien, aunque Pasteur dice que «el azar favorece a los bien preparados», todo esto no hubiera sido posible si Jean Baptiste Dumas, distinguido investigador y profesor de la época, no hubiera sido su profesor de química en la Universidad.

Pasteur era un estudiante mediocre en esta asignatura y apenas pasable en matemáticas. De los trece a los dieciocho años se dedicó a dibujar a su familia y soñaba con llegar a ser profesor de Bellas Artes. De ahí que era uno de los genios que fueron pésimos estudiantes.

Pasó raspando

Cuando cumplió veinte años perdió un cupo en la sección científica de la Escuela Nacional Superior por haber ocupado el décimo sexto puesto, pero un año después, a punta de esfuerzo y dedicación, logró subir hasta el quinto puesto y volvió a ser admitido.

Asistió a las conferencias de Dumas y quedó fascinado. Se situaba siempre en la primera fila del anfiteatro para 800 personas, donde Dumas, con un gran virtuosismo, encantaba a su auditorio. La vida de Pasteur cambió entonces radicalmente. Decidió estudiar química, se ofreció como ayudante de Dumas y se despertó su gran interés por la ciencia.

El profesor había logrado su más alta tarea: apasionar al genio. Pasteur siempre lo reconoció así.

Thomas Alva Edison: Era cabezón y enfermizo

genios que fueron pésimos estudiantes

Foto: Wikimedia Commons/ Biblioteca del Congreso/ Dominio Público.


Edison (1847-1932, Estados Unidos) no fue un científico. Sentía aversión por las matemáticas, las teorías le eran indiferentes y abandonó todo trabajo que no tuviera aplicaciones prácticas a la vista. Uno de los genios que fueron pésimos estudiantes.

A pesar de todo era un inventor. Quizás el más grande que haya existido jamás: 2.000 patentes, entre las cuales se destacan el fonógrafo, la bombilla eléctrica y el microteléfono, así como un gran aporte al siglo XX: la industrialización de los inventos.

El cabezón, débil y enfermizo, se convirtió en su niñez en el hazmerreír de sus compañeros. En el corto tiempo que pasó en el colegio no tuvo dificultades para ocupar el último puesto, y era considerado un tonto por su mismo padre: «Mi padre pensaba que yo era un tonto, y yo casi creía que en verdad era idiota».

Todo gracias a la madre

La gran influencia de estos primeros años será su madre, una vieja maestra de escuela, quien decide encargarse de su educación. «Mi madre ha hecho de mí lo que soy. Ella me comprendía y fomentó mi deseo de aprender y el amor por el estudio”, dijo.

Edison montaba laboratorios en cualquier rincón, leía cuanto libre caía en sus manos y no dejaba de experimentar: en una ocasión, y después que su madre le explicara por qué los gansos empollan huevos, Edison se fue a sentar encima de ellos.

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Sus anécdotas se reproducen sin cesar a lo largo de toda su vida: instala un laboratorio de química a los diez años; a los catorce vende periódicos en un tren y tiene su laboratorio en uno de los vagones; a los 15 aprende telegrafía y se convierte en poco tiempo en uno de los mejores; y a los 21 realiza su primer invento importante: un dispositivo para registrar mecánicamente los votos del Congreso. Años más tarde, Edison funda su propia empresa, la Edison & Hunger, y se dedica con toda libertad a la invención.

Albert Einstein: no fue admitido en la universidad

Albert Einstein

Foto: Wikimedia Commons/ Public Domain Mark.


Delante de cualquier profesor, Einstein (1879-1955, Alemania) no ofrecía ningún porvenir: era lento para aprender, tenía problemas de lenguaje y rehusaba memorizar sus lecciones. Los colegios del Tercer Reich, fuertemente absolutistas, eran un castigo para Einstein:

«Mis profesores me detestaban por mi independencia y me excluían cuando querían ayudantes».

El ambiente familiar en el que creció Einstein era completamente distinto. Hijo de un modesto vendedor de material eléctrico, Herman Einstein, y Paulina Koch, Einstein encuentra en ellos no sólo apoyo moral sino flexibilidad y motivaciones intelectuales. Con el tío Jakob comienza su fascinación por las matemáticas, y con el tío Casar Koch su curiosidad por la ciencia.

Lee continuamente y aprende a tocar el violín. Su familia se traslada a Milán, y Einstein continúa sus estudios en Munich.

Profesor a las malas

Tiempo después viaja a Italia, de donde no quiere regresar. Sus padres insisten en que debe seguir su educación y regresa a presentarse en la Universidad de Zurich, pero no es admitido pues su examen es calificado de incompleto. A la vuelta de algunos años, esta misma universidad lo llena de honores y le ofrece una cátedra que Einstein se ve obligado a aceptar por problemas económicos.

Einstein tenía una capacidad y un interés poco usuales para reflexionar. Pensaba continuamente en el primer misterio de la naturaleza que cayó en sus manos: el imán de un marinero. A los doce años había decidido que iba a dedicar su vida a solucionar el enigma del mundo entero.

Einstein fue siempre reticente a la enseñanza («El único medio racional de enseñanza es dar ejemplo»); pero quizás el inventario de su vida como estudiante y profesor quede esbozado en esta frase: «El arte del maestro consiste en despertar la alegría por el trabajo y el conocimiento».

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Junio
10 / 2020
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