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La Primavera Árabe que no les sirvió a las mujeres

Las protestas hicieron blanco fácil a las activistas que reclaman por sus derechos. Hoy, las mujeres son víctimas de sistemáticos abusos sexuales cuyo fin es amilanar su lucha y callarlas. Pero ya no están dispuestas a ello.

Foto: Catalina Gómez Ángel

Las protestas hicieron blanco fácil a las activistas que reclaman por sus derechos. Hoy, las mujeres son víctimas de sistemáticos abusos sexuales cuyo fin es amilanar su lucha y callarlas. Pero ya no están dispuestas a ello.

“Me dijeron que si contaba lo que me había pasado iba a ser atacada, que mi reputación iba a ser destruida”, cuenta Sally que esta tarde de primavera cairota participa en una de las tantas marchas que se llevan a cabo en la capital egipcia en defensa de los derechos de la mujer. Frente al Palacio de Justicia, no muy lejos de la mítica revolucionaria plaza Tahrir, cientos de mujeres unen sus voces en contra del acoso sexual mientras en lo alto se airean banderolas con las imágenes de míticas egipcias como la cantante Om Kalsoum o la actriz Faten Hamama.

No importa si van veladas o llevan su cabello al descubierto, si son jóvenes, activistas, veteranas feministas o simples ciudadanas. Todas han sido testigos de cómo sus libertades, pero en especial su seguridad, han entrado en un latente estado de riesgo desde la victoria de la Revolución, en la que ellas estuvieron en primera fila. Y en especial, desde la llegada al poder de los Hermanos Musulmanes.

Abuso en medio de la Revolución


Historias como las de Sally son comunes en Egipto hoy. Esta joven de 28 años hace parte de un grupo de 19 mujeres que fueron atacadas, en su mayoría violadas, el pasado 25 de enero durante el segundo aniversario de la Revolución.

“Llevo asistiendo a Tahrir desde el comienzo de las protestas. Pero aquel día de enero fue diferente. Me atacaron más de 200 personas por más de 70 minutos”, cuenta esta mujer que se destaca por su altura y su abundante cabellera negra, típica de las imponentes egipcias. De Tahrir, cuenta, la montaron en un carro y se la llevaron a otro sector de la ciudad mientras la gente observaba la escena sin inmutarse.

En una sociedad en la que por décadas las mujeres se quedaron calladas ante este tipo de abusos, muchos de ellos sexuales, Sally habló: “Sentía que mi salud y mi estado mental eran más importantes que lo que dijera de mí la sociedad.

Sentía que iba a explotar”, confiesa. Denunció su caso ante los medios tal como lo han hecho muchísimas otras mujeres que han sido víctimas de grotescos atropellos. Y es que aunque la nueva situación política ha dejado a las mujeres más vulnerables, al mismo tiempo y seguramente como consecuencia de ello, les ha dado la fortaleza necesaria para perder el miedo y hablar.

Lo que antes era un tabú, dejó de serlo. Y la sociedad está más consciente que antes de los abusos que se cometen contra las mujeres. El resultado es que en los últimos meses se han creado alrededor de una decena de asociaciones destinadas a protegerlas de los abusos sexuales. No solo actúan para salvar la vida de aquellas que son atrapadas por los grupos de abusadores sino que también les prestan apoyo psicológico y les enseñan defensa personal.

Dos escenarios

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En Egipto hay varias cosas que han quedado claras en estos últimos meses. El abuso sexual, desde el manoseo hasta la violación, se ha incrementado gradualmente después de la caída del régimen de Hosni Mubarak.

Si bien el toqueteo o el abuso verbal ha sido una constante en la vida egipcia –como en muchos países del mundo–, lo que ha ido pasando en los dos últimos años, especialmente desde noviembre pasado, no tiene precedente. Los activistas que trabajan en esta causa explican que se viven dos escenarios muy precisos.

El primero es el que se presencia en las calles de las ciudades, en especial de El Cairo. El abuso se ha vuelto una constante, especialmente en los lugares donde suele haber mayor conglomeración de gente como el centro de la capital, el metro o los lugares por donde pasea la población, como la hermosa cornisa que se extiende a lo largo del Nilo.

No hay educación sexual


La falta de educación sexual, la ausencia de derechos, la pobreza y las erróneas referencias culturales se han sumado para que la población masculina, especialmente de los más jóvenes, se sienta con mayor libertad para actuar frente a las mujeres debido a la ausencia de seguridad y de autoridad para proteger sus derechos.

“Pero lo que pasa en la calle y lo que pasa en Tahrir es diferente –y allí se introduce la segunda teoría de lo que está ocurriendo–. Y por eso pensamos que las motivaciones son diferentes”, explica Dina Farid en esta tarde de viernes, día en que por lo regular se llevan a cabo las protestas.

Para ella –quien creció en los Emiratos, estudió su carrera universitaria en Canadá y fundó la asociación Egypt girls are a Red Line–, el Establecimiento habría empezado a utilizar el abuso sexual y la violación como armas para evitar que las mujeres participen en las protestas.

De hecho, su agrupación nació en los días posteriores a la victoria del presidente Mohammad Morsi. En aquel entonces, dice, ya tenía sospechas de que la situación en la plaza podría empeorar. Vaya pronóstico.

¿Y los derechos de las mujeres?

“Sabemos qué piensan de las mujeres y de los derechos de la mujer”, explica Dina, que lleva una kafiya –pañoleta típica de los árabes– envuelta en su cuello. Fue así como a través de Internet empezó a formar un grupo de apoyo para proteger a las mujeres en los alrededores de lo que en árabe se conoce como “meydon”, o rotonda. Lo que no esperaba es que la situación se deteriorara de tal forma.

Ningún toque o roce pasa desapercibido para Dina. Los atacantes de Tarhir son hombres mayores, entre 18 y 30 años (a diferencia de los que operan fuera de la plaza que suelen ser adolescentes y no operan con tanta insania), actúan con mayor profesionalismo y van armados. En las últimas semanas se ha visto que llevan cuchillas de afeitar para herir a las mujeres en sus pechos y genitales.

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Sin protección

El drama es tan grave que, como asegura Dina, los grupos de protección tardan algunas veces una hora para poder sacar a la mujer atacada como consecuencia del tumulto que se forma alrededor suyo. Y es que una vez un grupo asalta a una mujer se produce tal caos que multitudes se unen formando una cadena infinita que no solo resulta peligrosa para la víctima sino para quienes la quieren proteger.

Por eso, los grupos de apoyo están divididos entre aquellos que se dedican a sacar a la mujer, que por lo general ha quedado desnuda, y los que los cuidan a ellos para no ser atacados. Esto, porque una vez que se les quita la mujer de las manos, dice Dina, los abusadores se comportan como locos. Es como si les hubieran quitado algo que les pertenece.

Lo sospechoso, coinciden los activistas, es que los abusos en Tahrir se llevan a cabo contra cualquier tipo de mujer. Con velo, con Niqab –ese manto negro que solo deja al descubierto los ojos de la mujer–, de 15 o de 70 años, como ha sido también el caso.

“Estoy convencida de que es una nueva arma que se ha añadido en la plaza contra las mujeres que protestan”, dice Sally, que asegura que dos de los hombres que la violaron –la mayoría, hombres en sus cabales con edades entre 18 y 40 años–, confesaron haber recibido dinero de un reconocido representante de los Hermanos Musulmanes. Pero la investigación, dice, todavía no ha concluido.

Una herramienta política


“Eso es en parte lo que están buscando”, dice Dina, que señala que esta campaña de abusos también es una herramienta política para controlar a las mujeres. Y es que el mayor problema, aseguran muchos, está dado por la misma mentalidad de las agrupaciones islámicas que están convencidas de que si le pasa algo a una mujer es porque ha sido propiciado por ella. Bajo esta misma premisa, el Gobierno está buscando promover la idea de que nada le pasará a una mujer si va tapada. Pero eso, vemos, no es ninguna garantía.

Por ello, hay incluso asociaciones de mujeres islámicas en las que se habla de la importancia de la segregación de género en los medios de transporte o lugares públicos. Pero no todos piensan así. “No queremos que eso suceda”, asegura Mary Awad Allah, una de las creadoras de Tahrir Bodyguards, otra de las asociaciones de protección que se han formado en los últimos meses, que explica que la solución no se da apartando a la mujer de la vida social.

“Creemos que el problema se tiene que atacar desde la base. No queremos tener que luchar contra el abuso sexual sino contra la manera como se ve la mujer”, cuenta Tarek Nojar, también integrante de este grupo, que dice que ninguna de estas asociaciones está buscando reemplazar el papel de la Policía. Ni tampoco el del Gobierno. “Pero para eso necesitamos una ley estricta que ayude a controlar la situación”.

“Lo positivo de todo lo que está pasando es que las mujeres han dejado la vergüenza y hablan abiertamente de todos estos temas”, concluye Nojar, un productor independiente de 27 años que, como el resto de las personas consultadas para este reportaje, piensa que lo mejor que ha pasado en Egipto en estos dos últimos años es que por fin se está hablando de estos problemas. “Y esto es un avance gigante”, concluye.

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30 / 2019

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