La “otra” era dorada del grafitti bogotano

¿Recuerda cuando los muros bogotanos no eran obras de arte sino pancartas ideólogicas? Ahora que el arte callejero está en boca de todos, recordamos este artículo sobre la "era dorada" del grafitti con mensajes en Bogotá.
 
La “otra” era dorada del grafitti bogotano
Foto: Michel Piccaya / Shutterstock.com
POR: 
Eduardo Arias

Publicado originalmente en Revista Diners No. 213, diciembre de 1987.

El grafitti contra la pared

Un balance crítico sobre el graffitfi bogotano que, después de un genial momento, pasa ahora por un boom de lugares comunes amparado en el status académico que le han, dado ciertos estudiosos del fenómeno.

Bogotá, capital mundial del graffitti. Eso quieren hacernos creer semiólogos y pintaparedes por igual, los primeros con sus interpretaciones socioculturales, los segundos sorprendiendo cada mañana a los habitantes de la ciudad con nuevas frases en paredes que se renuevan gracias a la resignación de propietarios, que borran los letreros anteriores a sabiendas de que al día siguiente aparecerá un grafitti nuevo, de mayor tamaño y posiblemente mucho más audaz.

El boom del grafitti abarca secciones especializadas en los periódicos, comentarios en los instantes informales de los noticieros radiales, libro al respecto publicado por la Universidad Nacional y, sobra decirlo, conferencias sobre el tema cada vez que alguien organiza un foro sobre comunicaciones, lenguaje, semiótica, el papel de la juventud en la América Latina etc., etc., etc.

El graffitti, en décadas anteriores, patrimonio exclusivo de los grupos políticos y de los limpiadores de lotes. Se recuerdan todavía los enormes letreros “Turbay 782, “Santofimio 82”, las banderas de la Anapo pintadas en las piedras de las carreteras, las consignas de los grupos de izquierda, quienes disciplinadamente repetían una otra vez el mismo mensaje.

De pronto comenzaron a aparecer cosas distintas. Alguien le agregó al “ayer Gaitán, hoy Santofimio” “Mañana Micky Mouse”. Luego aparecieron los “clásicos”: “salsa sí, alzas no”, “2750 metros de paranoia sobre el nivel del mal”, “I ♥ Burger Teology”, “Belisaurio Glifosfacho”, “no sólo de paz vive el hambre”, “fuera Alexis de Dinastía”, y algún científico social tuvo la brillante idea de proclamar el renacimiento de “una poesía urbana”.

Resultado: las de por sí feas y descuidadas paredes bogotanas comenzaron a soportar los peores versos posibles, esos que a lo largo de la historia han recomendado dejar bien escondidos en el último de los cajones. “Nuestro amor necesita reciclarse”, “Nos amamos tanto que nos mamamos”, “Una fresa me hizo sonreír” (debe ser la del dentista). “Soy Clara. Vos sos?”, “María Andrea I´ll be true to you”, “la berraquera quererte pero más verraco es tenerte”, etc.

Además de los versos de amor, las paredes bogotanas deben encargarse también de expresar todo tipo de filosofías que, dirán los sociólogos, describen las angustias cotidianas del joven urbano: “No soporto mi arribismo”, “De qué me sirve la genética si no estás tú?, “Sindicalismo: verdadera solución?”, “Silvio (Rodríguez) me mamó”, “Viva herrera-pero casi gana Kelly”. Los juegos de palabra también son territorio sin límite que cobija toda suerte de experimentos semánticos. “Dios es humor”, “La vida es graffiticante”, “No más muerTV”, “Paranoia-mar la tensión”, “No les clero”. También se destacan los “Locos por la vida”, con sus graffitti en colores pastel (rosado Hallmark y verde manzana dignos de cualquier postal Kiuti o Hello Kitty) y sus proclamas trasnochadas (“si puedes anidar puedes volar”, “la vida es una nota”, “locomoción por la vida”, etc.).

Capítulo aparte merecen los alumnos de colegios bilingües, quienes, en nombre de sus respectivos planteles, han desatado una guerra sin cuartel que hace mucho tiempo superó los simples letreros (“Class of 84, San Carlos The Best”) y que ahora se expresa con complejos letreros que recuerdan los vagones del Metro de Nueva York. Los canales colectores de aguas lluvias del norte de la ciudad se han transformado en galerías de pintura de varios kilómetros de largo, con mensajes en varios idiomas, que nos demuestran el alto nivel cultural de las nuevas generaciones: heavy metal, pseudo punk, calaveras, nombres de pandillas de barrio, banderas de Estados Unidos e Inglaterra.

El humor también aparece de vez en cuando, aunque los intentos por lograrlo han sido muchos. “Inextra me convirtió en lavadora-firmado Platón”, “La vida es una Barca-Calderón de la M…”, “Vendo catre-Motivo Eduardo”, “Mi abuelita le dijo “No” a la droga y se murió”, “Marx- Factor inventó el Capital”, son algunos ejemplos de este tipo de inscripciones. La política también se ha enriquecido con el boom del graffitti. Los panfletos de antaño y las consignas, que de tanto repetirse ya no dicen nada, le han dado paso a nuevos intentos (“Pienso, luego desaparezco, “cambiemos el Estado de Sitio”, “Palomas, palo más palo más palo”), a los que han contribuido las guerras entre izquierdistas y derechistas (“Colombia está cansada del comunismo”, “los desaparecidos están en el monte”), entre pro soviéticos (“Vietnam, tu honda es la de David”) y antisoviéticos (“Fuera rusos de Afganistán”) y entre todos contra los anarquistas (“Anarquía es libertad”).

Para completar el de por sí caótico panorama del llamado boom del graffitti, el alcalde mayor de Bogotá preocupado por el aspecto de una ciudad que se prepara para celebrar sus 450 años, sugirió a los graffiteros que escriban mensajes optimistas y en lugares previamente designados. Hasta el momento no se conocen los verdaderos alcances de estas medidas, pues los graffitti siguen apareciendo cada mañana en cualquier pared, sin tener muy en cuenta el optimismo solicitado por el alcalde mayor.

“En una ciudad”, dice el economista Juan Pablo Ruiz, “donde cualquier pisco con medio galón de pintura se postula para la elección de alcaldes”, es de esperarse un caos visual mucho más grave en los próximos meses. A los poetas del aerosol, que descubrieron un medio mucho más eficaz que Colcultura para dar a conocer sus estados del alma, se unirán los líderes políticos y sus seguidores. Las pocas paredes que aún subsisten caerán ante las hordas de mensajes contradictorios y las guerras entre las distintas facciones en contienda. Nadie sabrá qué es en serio, qué es humor, qué alcalde está debidamente inscrito y más de un desprevenido querrá votar por Alexis de loa Dinastía o Alejo el Grande o el anónimo que firma con la misma O larga y negra partida que identifica al sabio Caldas, quien dicho sea de paso fue el primer graffittero de Santa Fe de Bogotá.

Del boom del graffitti, si es que algún día decae la fiebre por escribir en las paredes, quedarán algunas cosas memorables. Pero también es cierto que se ha escrito mucha basura, amparada por el status académico que le han dado los estudiosos del fenómeno. El graffitti, como los rumbeaderos de salsa, se ha convertido en un lugar común en la búsqueda del status de la ciudad de Bogotá. Cuando aparezca otra moda volverán a ser patrimonio exclusivo de los grupos políticos y de los limpiadores de lotes. Mientras llega ese día, vale la pena atender la sugerencia del guitarrista Carlos Posada, quien dice que uno nunca debe desaprovechar ninguna oportunidad para quedarse callado.

         

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enero
15 / 2016