Las dos megaobras que cambiarán la cara de Bogotá

El centro de convenciones Ágora y el Plan Maestro Ciudad CAN 2050 son dos proyectos arquitectónicos importantes que serán construidos en la capital colombiana por firmas nacionales y extranjeras.
 
Las dos megaobras que cambiarán la cara de Bogotá
Foto: instagram.com/agorabogota/
POR: 
Eduardo Arias

Alguna vez el arquitecto Rogelio Salmona manifestó que la arquitectura es el lugar donde confluyen la historia y la geografía. Por ese motivo, los arquitectos deben ser muy responsables con los proyectos que plantean, dejar de lado sus caprichos individuales y respetar los valores ambientales y culturales del lugar donde se construirá su proyecto. Y más cuando ellos vienen a trabajar a una ciudad en la que no han vivido y que conocen apenas por referencias.

En este momento se desarrollan en Bogotá dos proyectos de muy alto impacto para la ciudad que tienen un denominador común: los están realizando dos equipos de arquitectos conformados por una firma extranjera y una colombiana.

Uno de ellos es el Centro de Convenciones Ágora Bogotá, que construyen en la actualidad Daniel Bermúdez Samper, de Colombia, y el arquitecto español Juan Herreros. Es una obra con un presupuesto de 350.000 millones de pesos y tiene como fecha de entrega octubre de 2016. El otro, el Plan Maestro Ciudad CAN 2050, que adelantan los arquitectos colombianos Lorenzo Castro y Julio Gómez, en asocio con la firma OMA Architecture P.C, que fundó y lidera el célebre arquitecto holandés Rem Koolhaas.

Un nuevo punto de encuentro

La Cámara de Comercio de Bogotá y Corferias, en alianza con el Gobierno nacional y con el apoyo de la Alcaldía Mayor de Bogotá, lanzaron el concurso arquitectónico para el diseño del Centro Internacional de Convenciones de Bogotá. En la primera etapa se presentaron 119 firmas de arquitectos, de los cuales cinco pasaron a la segunda ronda. El jurado declaró como primer lugar al consorcio colombo-español Bermúdez + Herreros arquitectos, conformado por Daniel Bermúdez, de Colombia, y Juan Herreros, español.

Bermúdez, que nació en 1950, es hijo del gran arquitecto Guillermo Bermúdez. Hiperactivo, vehemente, además de ser profesor en la Universidad de los Andes desde 1975, lidera su taller de diseño, ubicado en una casa de tres pisos en el barrio Bosque Izquierdo, de Bogotá, desde donde comanda su grupo de colaboradores. En los últimos años le ha aportado a Bogotá obras de gran impacto, como las bibliotecas de El Tintal y la Julio Mario Santo Domingo, y los edificios de posgrados y del auditorio-biblioteca de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Cuando conoció la convocatoria, Bermúdez pensó en presentarse solo. Sin embargo, su hijo Ramón, que trabaja en el taller de Herreros Arquitectos en Madrid, le comentó a su jefe del proyecto en el que iba a concursar su padre. Juan llamó a Daniel Bermúdez para proponerle trabajar como socios y este aceptó sin vacilar. Bermúdez señala que desde un comienzo lograron “un entendimiento fuera de lo normal de bueno”.

Ha ayudado que ambos sean profesores del último año de la carrera de arquitectura. “Somos muy abiertos a entender cuando hay calidad en una propuesta. No somos personas dadas a defender los proyectos como veleidades personal ni de sueños individuales ni de raptos, sino partir de que la arquitectura es una actividad muy compleja y que debe tener un hilo conductor de racionalidad así haya momentos de tremenda imaginación. Ese hilo conductor es el que permite que la arquitectura comience, termine y dure”.

Bermúdez toma una libreta, un lápiz y explica con sus trazos cómo arrancó el proyecto. Él propuso arrancar con la idea base de un edificio sostenido en cuatro columnas y Herreros, en vez de contraatacar con otra propuesta, tomó la idea de Bermúdez y a partir de ella sugirió un atrio.

Se estableció una especie de pimpón que les permitió desarrollar el planteamiento básico en muy poco tiempo. Como señala Ramón Bermúdez, hijo de Daniel y miembro del taller de Juan Herreros, “ellos dos debaten y discuten a partir de argumentos. La capacidad que tiene mi papá de llegar a conclusiones dibujadas y la capacidad de Juan de montarse sobre ideas buenas, de trabajar sobre la idea del otro, facilitó mucho el asunto. En diez días estaba un esquema en Madrid”.

Para esa fluidez del diálogo fue determinante que Ramón, una persona que conoce a Bogotá, estuviera en el taller de Herreros. “En la fase del detalle, la de limar asperezas, esta comunicación es fundamental”.

Para Juan Herreros es inconcebible realizar un proyecto en un contexto alejado y con su propia idiosincrasia sin contar con la colaboración de un arquitecto local en los aspectos técnicos, sociales y culturales. “Este diálogo se torna tremendamente rico y nos permite conseguir una fusión sorprendente entre la mirada experta y realista de un arquitecto local y la mirada exploradora y cómplice de un arquitecto extranjero que se fija en cosas que a los locales pasan ya inadvertidas”.

         

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septiembre
3 / 2015