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Una cena para hablar de pesadillas

Para nuestra cena de este mes invitamos a una astróloga, una psicoanalista, un crítico, un actor, un escritor, un diseñador, un pintor y un director para que nos hablaran sobre sus pesadillas.

<div>Luis Fernando Afanador, Diana Ramirez, Jorge E. Abello, Inés Bayona, Juan Esteban Constaín y Guillermo Solarte</div>
<div>Nahum Montt, Jorge Duque, Sonia La Hoz, Jaime Osorio y Gabriel Silva.</div>
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<div>David Roa y Jorge Enrique Abello</div>

Para nuestra cena de este mes invitamos a una astróloga, una psicoanalista, un crítico, un actor, un escritor, un diseñador, un pintor y un director para que nos hablaran sobre sus pesadillas.

Invocación al inframundo y a la fermentación del repollo

A Hades, rey del inframundo y anfitrión espiritual de esta cena sobre la pesadilla, le debemos el rapto de Perséfone y su consecuencia, el invierno que cae sobre la tierra, la tristeza de las plantas y del clima. La bella esposa del rey del submundo es hija de Zeus y Deméter, diosa de la agricultura, que trae la escasez durante los seis meses al año que su hija debe pasar con su oscuro marido. Por este motivo debemos agradecer a Hades también que los eslavos fermenten el repollo para que perdure durante los inviernos, y el que pudiéramos disfrutarlo de las manos de la chef serbia Katarina Markovic esta noche.

La casa que nos recibe, de Sonia La Hoz, es perfecta para este convite. Las pinturas de Gabriel Silva ambientan el tema con mundos surreales de seres que se sumergen y nos miran desde lugares fantásticos. Sobre la mesa, larguísima, junto a los candelabros que escurren las velas negras algunas esculturas del artista, cuales gnomos enjutos, nos acompañan. Así, transcurre la charla y va exponiéndose cada una de las personalidades de los comensales convocados, todos fascinados por la idea de la pesadilla, por el miedo que produce, por la liberación que significa exponerla. Y veremos de todo, comensales que se regocijan en la erudición y otros en el silencio de la mirada, otros de interrupciones reflexivas y otros más dispuestos a discutir y a controvertir al divino Freud. En fin, una noche deliciosamente miedosa. Empecemos.

Guillermo Solarte, sociólogo y director de Uy Festival, hizo una pausa entre los bocados a sus indios de hoja de parra para plantear su definición del tema que nos reunía. “Cuando uno se aproxima al texto de Borges de Siete Noches sobre la pesadilla, lo que se descubre es un enorme parecido entre la pesadilla y un mal viaje de drogas como los que tuve en mi juventud. Siempre supe que iba a volver, porque confiaba en mi cerebro, de la misma manera que podía despertar de una pesadilla recurrente que solía tener. Una pelota blanca que se acercaba y se acercaba y en algún momento la vida me hacía despertar”.

“Freud los llama sueños de angustia”, apuntó Inés Bayona, psicoanalista que no permitió que quedara el concepto en la ambigüedad. Sin embargo, el director de la película El páramo, Jaime Osorio, aún estaba lejos de quedar satisfecho con la definición: “Si uno lo pasa bien en el sueño, así el sueño sea de cosas horribles o violentas, ¿es una pesadilla? Es decir, ¿la pesadilla es el sueño o el miedo a lo que se sueña? Yo sueño con cosas que podrían ser horribles, pero no me angustio”.

El conocido actor, y desconocido y apasionado lector Jorge Enrique Abello agregó: Borges habla de Efialtes como el demonio que domina el sueño y que lo convierte en pesadilla. Sugiere que esta no es el contenido del sueño, sino el efecto que este sueño tiene en el durmiente.

Un buen bocado para el psicoanálisis: comensales carnívoros, conscientes e inconscientes

El delicioso chucrut y el codito de cerdo fueron servidos, pero al parecer Sonia La Hoz, nuestra anfitriona de la noche, nos sugeriría otro menú. Les voy a contar una pesadilla, la peor. Me persigue desde que tengo dieciocho años. Y la pude elaborar apenas hace seis años. Dos lobas persiguiéndose, las dos con mucha hambre…

–¿Con botas y cartera? –sonrió Abello.

–¡No!, ¡animales! –continuó la dueña de casa–. La una está acechando a la otra hasta que la atrapa. Luego le abre el estómago, se le come las entrañas, se traga todo y queda feliz. Con el análisis entendí que la loba víctima era mi mamá y la otra yo. Era, claro, una pesadilla que me censuraba. ¿A quién le puedes contar que te comiste las entrañas de tu mamá y que te sentiste satisfecha, casi sexualmente? Por sueños como este es que sirve el psicoanálisis. Este, del mismo modo que la confesión religiosa, te ayuda a liberar aquellas cosas que tienes adentro que de otro modo se convertirían en unas peligrosas cargas psíquicas explosivas.

–Tu pesadilla me parece de lo más sano que he oído –concluyó el actor.

–Sí, pero seguramente si se lo cuento a una amiga a los dieciocho años va a pensar que soy una psicópata.

El crítico literario Luis Fernando Afanador aprovechó la mención del psicoanálisis para sentar su posición al respecto. “Antes me interesaba mucho interpretar los sueños, pero paré. Ahora pienso que no vale la pena interpretarlos, ni a las pesadillas, porque son vivencias completas”.

Al parecer el escritor Nahum Montt, que se había mostrado muy reservado, apoyaba al crítico: Yo creo que cuando hablamos de los sueños ficcionalizamos, tergiversamos una realidad que no está hecha para ser descrita con palabras. Mis pesadillas son espaciales y reiterativas. Cuando entro a estos espacios tengo la sensación de haber entrado antes allí. Una lógica externa logra contaminar el sueño y sé que estoy viviendo el espacio atmosférico de mi pesadilla. Entonces, cuando quiero expresar lo que soñé, me quedo corto y siento que nunca lo logro.

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–¿Alguno de ustedes ha tenido un sueño premonitorio? –preguntó intempestivamente Afanador, lo que motivó a participar a otro atento y silencioso comensal, el escritor e historiador Juan Esteban Constaín.

–Yo conozco de algunos con revelaciones estremecedoras. Una amiga mía es viuda de uno de los que iban en el avión a Cali, el de la bomba de Pablo Escobar. Ella cuenta que cuando ocurrió la noticia se fue a dormir y en el sueño se le apareció el marido muerto quien le narró todo lo que había sentido y vivido. Luego, cuando se hicieron todas las pruebas de los peritos forenses, todo coincidía con el relato. Todos los datos físicos de la investigación concordaban con lo que le fue relatado en el sueño. Si uno no cree en eso…

Los infiernos reales y simbólicos: una controversia inesperada

Afanador, que ya había pasado del plato fuerte a la espera del postre, recordó la clara relación entre la pesadilla y el infierno, sin saber que con ello la discusión se pondría más acalorada: “Al final del texto de Borges me parece muy claro que dice que la vida está llena de horrores: el horror de perder a alguien, el dolor de un amor no correspondido; pero en las pesadillas se trata del horror diferente, el de estar ante una grieta abierta por donde vivimos el infierno”.

A Guillermo Solarte la mención del infierno no lo sedujo: Me parece que esa idea de infierno cristiano es muy poco borgiana. Prefiero las palabras de Shakespeare El infierno está vacío, todos los demonios están aquí. Concederás, Luis Fernando, tú que eres crítico literario, que es metafórico el infierno del mismo modo que lo es el cielo.

–De pronto es más interesante preguntar por la posibilidad de la existencia real del infierno –respondió Afanador–. El cuento de Cortázar Ahí, pero dónde, cómo no está contando un sueño, sino que realmente vivió una dimensión en donde un amigo suyo está muriendo. Yo soy muy racional, pero este tipo de relatos me inquietan. Por eso pienso en la posibilidad de ese lugar como un lugar que existe.

–Ese lugar es el inconsciente –insistió Inés Bayona.

–Yo les propongo a Parménides –replicó Abello–. Que no habla ni de consciente ni de inconsciente.

–Sin embargo, Freud se inspira en toda la tradición clásica para sus teorías, terció la anfitriona tomando partido por la psicoanalista.

–Lo de Parménides tenía una connotación religiosa que el psicoanálisis no tiene –continúo Jorge Enrique–. Y no era necesario porque en aquella época la religión tenía una función sanatoria implícita.

Por ejemplo, él dirigía ritos en algunos templos para curas hipnopédicas que consistían en ir a dormir en estos lugares. Los sacerdotes interpretaban el sueño, no de manera freudiana, sino ritual, y en esa interpretación se dilucidaba la cura de la enfermedad. Yo no creo en el psicoanálisis porque creo que ese lugar a donde asistes en el sueño no es un lugar simbólico, sino un lugar real.

–¿Un lugar literal? –preguntó Afanador.

–Exacto –replicó el actor.

–Pero es que para la psique el sueño y la vigilia son igual de reales. Para una persona que sueña que lo violaron es la misma realidad psíquica que aquel que sufre una violación real. De hecho, se debería hacer el mismo duelo –concluyó Inés Bayona.

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–La palabra infierno tiene una carga significativa enorme desde muchos aspectos como el moral o el religioso –interrumpió la ilustrada astróloga Diana Ramírez–. Desde la astrología la palabra tiene que ver más específicamente con el inframundo. En este caso nos referimos entonces con el ir a la sombra, que de hecho es la palabra que usa Jung en todo su trabajo. Encontrar la sombra es ir al infierno mismo, al mundo de las pesadillas personales. ¿Cuál entonces es el objeto de este trabajo? Sirve para poder hacerse amigo de la sombra. Dependiendo de la luz que se le ponga, un objeto puede emitir una sombra gigantesca, es decir, analizando la sombra uno debería poder entender aquello que la proyecta. Los místicos dirían que lo ilumina. Ese es el trabajo, entender mi psique a partir del entendimiento de esos demonios.

–Yo creo que de lo que estamos hablando es de la frontera entre la realidad y la ficción, ese lugar tan equívoco y tan absurdo, porque por lo general las cosas que queremos siempre están en otro lado –agregó Juan Esteban Constaín, tal vez evitando cualquiera de los dos bandos con un poco de buen humor–. La ficción abre las puertas a otra realidad. Tal vez de hecho se trate de otra realidad más confiable que esa que suponemos la realidad. Los sueños son las ficciones que nos habitan. Yo por mi parte tengo muy pocas pesadillas o no las sé reconocer y además me parecen indignas. A mí me gustaría tener pesadillas épicas, pero son siempre decepcionantes, como comer Nutella adulterada.

Un final de película de terror

–¿Cuál es la película más miedosa que han visto? –preguntó Afanador, ya tranquilo con su torta Katarina.

–La que más me traumatizó fue cuando niño vi La profecía –contestó Osorio–. Yo no era bautizado y en el colegio me la montaban mucho por eso, a pesar de que se trataba de un colegio laico. Me decían que iba a ser poseído y cuando vi esa película…

–¿Y qué tal Bergman? –propuso Jorge Enrique, Fresas salvajes, La hora del lobo… Y eso que se supone que Bergman no es un director de cine de terror.

–Es que Bergman se mete con la psique como ningún director lo ha hecho nunca –dijo Sonia La Hoz.

–Cuando yo veo sus películas entro en una angustia terrible porque él tiene una llave asombrosa para abrir ciertos lugares –continuó Abello, dándole papaya por fin a Inés, la psicoanalista…

–¡Ajá!, ¡es por eso por lo que no te gusta el psicoanálisis! No te gusta que te abran ciertas puertas…

–Parménides es para ti una negación… –remató Luis Fernando–. Después de reírse todos un poquito, Jaime Osorio lanzó otra de sus preguntas pertinentes, digna de Calderón de la Barca:

–¿Será que la muerte es como el sueño?

–Es que el sueño está relacionado con la muerte. Muchos han dicho que el lugar a donde vamos en el sueño es el mismo lugar a donde vamos al morir. De hecho hay gente, como Saint Denys, pionero del estudio de los sueños, que trató por muchos años de construir en ellos, tal vez para darse una idea de cómo sería ese lugar, para ir conquistándolo –respondió Abello.

–Yo, en cambio, prefiero disfrutar de la libertad que tiene el guionista de mis sueños con la ilusión de ver con qué me va a sorprender –dijo Luis Fernando– Y dio por cerrada esta nueva velada que dejó en la cara de todos una feliz sonrisa siniestra.

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Noviembre
27 / 2014


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