Un proyecto en Sao Paulo ganó el Rogelio Salmona

POR: Revista Diners
 / agosto 25 2014
POR: Revista Diners

Siguiendo las palabras del escritor Fernando Quiroz, durante la entrega de la primera edición del Premio Rogelio Salmona, en la bilioteca Virgilio Barco,  la ciudad soñada sería ese lugar donde abundan las plazas para que se besen los enamorados, donde los parques reciban a los niños para que eleven sus cometas y donde los edificios carezcan de cerramientos para que sus habitantes confluyan con los transeúntes, que van y vienen de sus trabajos. Esa es la consigna del concurso que se falló el pasado 21 de agosto, y ese era el anhelo de su inspirador: incentivar una arquitectura de calidad con espacios abiertos e incluyentes.

Un edificio de dos plantas y aspecto sobrio, incrustado en medio de una de las favelas más pobladas al sur de Sao Paulo, ha sido el ganador del galardón que lleva el nombre del arquitecto colombiano más influyente hasta la fecha. Situado a pocas cuadras del estadio Morumbí, donde juega el equipo de fútbol local y donde se jugaron partidos del pasado mundial, el proyecto alberga un centro social donde los vecinos de este entorno conflictivo reciben clases de cocina orgánica, los niños toman cursos de diversos temas en la cubierta, así como también reciben asistencia médica y jurídica, entre otros servicios.

Fernando Forte, uno de los tres miembros del colectivo ganador, FGMF, cuenta que el proyecto “Edifício Projeto Viver”, fue encargado por una ONG hace aproximadamente 10 años, cuando era un joven de apenas 27. “Este barrio es un sitio tradicionalmente violento, muy humilde”, afirma Forte desde una terraza con vista al Museo Nacional, en el centro de Bogotá. “Se trata de una favela de 20.000 personas. Ubicada en las laderas de la montaña y no en la parte de arriba, como las de Río de Janeiro”.

En un principio el equipo de arquitectos empezó a recorrer las calles del barrio para constatar que la gente estaba desperdigada en los balcones, en las aceras, hablando, oyendo música, tomándose una cerveza, jugando fútbol en unos espacios improbables. Se dieron cuenta, entonces, de que lo que necesitaban era un lugar público que sirviera de punto de encuentro para congregar a la comunidad.

El proceso de trabajo con los vecinos fue fluido gracias a la intermediación de la ONG. Durante el trabajo encontraron que adentro había una pirámide con distintas capas sociales, que incluía a gente humilde, pero también a algunas muy adineradas que habían nacido allí y nunca se había ido. Así mismo, había leyendas urbanas como la de un supuesto “administrador”, que vigilaba con sus binóculos, desde su mansión en el tope de la montaña, la entrada y salida de gente y los movimientos relacionados con el tráfico de drogas. “Nunca llegamos a conocerlo. Pero habría sido interesante contar con su opinión”, afirma con una sonrisa.

Para Hiroshi Naito (Japón, 1950), miembro del jurado y uno de los arquitectos japoneses más reconocidos, el compromiso del arquitecto del siglo XXI está centrado en la comunidad. “Antes quizás se pensaba mucho en la construcción en sí misma, en los aspectos formales”, afirma por teléfono, “pero ahora hay un compromiso de tipo diferente. Por eso este premio está pensado mucho más en el reconocimiento de la obra y su impacto en la comunidad que en los arquitectos en sí”.

En la misma línea la arquitecta mexicana Louise Noelle, miembro también del jurado junto a Silvia Arango, Fernando Díez y Ruth Verde-Zein, resalta la dimensión social que ha cobrado la nueva generación de arquitectos: “Venimos constatando que cada vez más el arquitecto tiene un mayor compromiso y se liga mejor tanto con el entorno urbano como con el servicio a los ciudadanos. Eso se daba menos, eran casos más aislados. El tema del espacio público se ha vuelto central. Y no hablo del espacio público como hacer una plaza pública y ya está, sino de cómo el arquitecto logra calificar y añadirle un servicio al sitio, incluso si no estaba en su plan original”.

Uno de los resultados que más le ha sorprendido al arquitecto Forte en sus visitas recientes al barrio de Morumbí, es que las instalaciones deportivas se han convertido en el epicentro de competencias de fútbol y volleyball entre los distintos sectores de esta mole de viviendas, muchas de ellas informales. “Ahora tienen un lugar como comunidad que les ha dado un sentido de pertenencia. Cada sector defiende los colores de su camiseta a través del deporte”.

Forte apunta que uno de los requisitos para el diseño de este proyecto fue que los habitantes se sintieran cómodos con una estructura que los invitara a darle uso. Por lo tanto, lejos de formas estrambóticas y materiales que no se compadecieran con su entorno, el colectivo optó por el tradicional hormigón, y un bloque enorme de cerámica amarilla picada en pequeños pedazos, muy utilizado en las casas de la zona. La línea del diseño del centro comunitario es, en sus palabras, “convencional”,  y añade que es una obra que “cumple prácticamente con los cinco puntos de la arquitectura moderna propuestos por Le Corbusier”.

Ninguno de los tres miembros del grupo, que han conformado una oficina que llega ya a los 30 empleados, se esperaba el premio. Para Forte el reconocimiento cobra gran valor teniendo en cuenta que la obra de Rogelio Salmona (París, 1927-Bogotá, 2003), salvaguardada desde hace cinco años por la fundación que lleva su nombre, es un referente y tiene una gran dosis de elegancia y maestría. “Creo que lo que han premiado es la intención de la arquitectura, más allá del resultado estético. Es un mensaje en sí mismo. Esto es un proyecto de escala pequeña, con espacios abiertos”. El mensaje es una declaración de intenciones. Una declaración que Rogelio Salmona plasmó en toda su obra, y que ya debía de tener clara desde los días en que era un joven estudiante en París y se propuso a sí mismo desentrañar el propósito y los misterios de la arquitectura al salir maravillado de su primera visita a la Alhambra de Granada.

INSCRIBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DIRECTO EN SU EMAIL
agosto
25 / 2014