Corre, Nairo. Corre, Rigo

Etapa a etapa el ciclismo carga una historia de heroísmo y sufrimiento que cautiva a sus seguidores, esos que rayan con el fanatismo de saberse adoradores de cuerpos que escalan el cielo y la gloria.
 
Corre, Nairo. Corre, Rigo
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POR: 
Andrés Felipe Solano

Km 0

Hay cientos de historias sobre las primeras décadas de la Vuelta a Colombia, el trazado más salvaje de todos los tiempos, al decir de los pocos ciclistas extranjeros que corrieron al lado de los locales en los años cincuenta y sesenta. Se dice que los corredores tenían que cruzar quebradas desbordadas con las bicicletas al hombro, se cuenta que ganadores de etapas llegaban a la meta entre un mar de barro, de coleros que caían como insectos fumigados por culpa de los dramáticos cambios de temperatura entre una cima y un valle. Se habla incluso de un trasbordo en tren en el año 54 entre Puerto Olaya y Puerto Berrío, de las perlas de éter para poder subir a La Línea, del infierno conocido como el páramo de Guantiva o el de Letras a cuatro mil metros sobre el nivel del mar. O de ese otro que se comía vivos a la mitad, El Almorzadero.

Pero también se sabe que las historias crecen con los años hasta deformarse y hombres terminan convertidos en centauros, cíclopes o basiliscos. Para hacerles justicia a aquellos pioneros están las fotos de Horacio Gil Ochoa, donde se condensa el drama de las primeras vueltas, con sus caminos de cascajo y sus carros volcados.

Gil retrató a los clásicos, al primer santoral del ciclismo colombiano, a Efraín “El indomable Zipa” Forero, primer ganador de la vuelta; a Ramón Hoyos, cinco veces campeón (del que Gabriel García Márquez hizo un reportaje y Fernando Botero pintó un cuadro), a Martín Emilio Cochise Rodríguez, que rompió en 1970 el récord mundial de la hora en México. Entre las miles de fotos que tomó Gil hay una en particular que invita a pensar en la congoja diferente a la de la caída, a una angustia más profunda. Fue tomada en 1965. Es el retrato en blanco y negro de un corredor parado en un carretera de polvo y piedras. La bicicleta, vista desde atrás, está recostada sobre su pierna. El hombre juega con las manos, la mirada perdida. ¿Qué hace? ¿Por qué está plantado ahí? ¿Qué espera? Hay que ver la foto detenidamente para entender que ha perdido toda ilusión.

Km 14

Hay un libro, un testimonio directo. Fue publicado en Bogotá en 1953 por la editorial ABC y se titula El Corredor # 38. Fue escrito por Antonio J. Rincón Mariño. Cuenta la travesía de su hijo, Antonio Rincón Lozano, a quien patrocinó para que corriera la tercera Vuelta a Colombia. El autor describe así al sportman, el hombre ideal de mediados del siglo XX o, quizás, una semblanza premonitoria del Rigoberto Urán que nos tocó: “Es aquel que no solo ha vigorizado sus músculos y ha desarrollado su resistencia por el ejercicio de algún deporte, sino que en la práctica de ese ejercicio ha aprendido a reprimir su cólera, a ser tolerante con sus compañeros, a no aprovecharse de una vil ventaja, a sentir profundamente como una deshonra la mera sospecha de una trampa y a llevar con altura un semblante alegre bajo el desencanto de un revés”.

Km 37

Se juega al fútbol. Se juega al baloncesto, al béisbol, al tenis. Incluso al ajedrez. El ciclismo hace parte de otra constelación, una donde el dolor y el tiempo son la materia que se amasa para conseguir la victoria. Quizás solo el boxeo está a la par en esta cuestión. Pero los boxeadores duran doce asaltos de tres minutos sobre el ring, mientras que un ciclista puede gastar quince días a la intemperie sobre su bicicleta, en jornadas de cinco horas. Los futbolistas se acalambran cuando sobrepasan los 90 minutos de juego. Los tenistas pueden pedir suspensión por lluvia y no hay duda de que mueren más hombres en las carreteras que en los estadios. Los ciclistas salen de sus propios cuerpos, se funden con el todo de una manera budista, solo así el dolor puede ser combustible. En un momento −quizás subiendo un pico en el kilómetro 158, bajo un sol meridiano o una tormenta de nieve− los pedales desaparecen, el manubrio desaparece, las piernas desaparecen.

Km 52

Los héroes del renacimiento llegaron en los años ochenta. Fabio Parra y Lucho Herrera. Antes de ellos muy pocos ciclistas colombianos habían puesto los pies en Europa. Después de ellos, el paisaje de un montón de aficionados se pobló de camisetas de puntos rojos, de letreros de Pilas Varta, del logo de Café de Colombia. Y de sangre. El recuerdo que quedó de esa época, más allá de la Vuelta a España que ganó Herrera en 1987, fue su cara ensangrentada, de nazareno, en la llegada a Saint Étienne en el Tour de Francia del 85. Y en los oídos aquella palabra que todavía suena a taxonomía: escarabajos.

Km 70

Por la época en que Lucho Herrera ganó la Vuelta a España mi padre compró una bicicleta profesional. Se la trajeron de Panamá. Era italiana, marca Benotto. También compró un uniforme azul y blanco del equipo Carrera. El fin de semana íbamos a una finca que teníamos en el valle de los Lanceros. Los domingos, mientras yo esperaba a que se acabara la misa por televisión para poder ver Cobra, lo veía salir como creyéndose el mismísimo Bernard Hinault. Regresaba a mediodía hecho un trapo. Tenía que estar con las piernas arriba por media hora para recuperarse. Entrenó un año, como tantos otros colombianos afiebrados, pero las carreteras de la zona, mal asfaltadas, terminaron por moler las llantas, hechas para escalar con suavidad los Alpes. Cada tanto iba al garaje y miraba su bicicleta color plata y zafiro, con sus repuestos Campagnolo. Aún hoy puede hablar de ella como una de las grandes cosas que ha tenido en su vida.

Km 98

Un corredor sin un apodo es un corredor huérfano. Ahí están: “El jardinerito de Fusagasugá”, “El sastre de Envigado”, “El estudiante” o Juan de Dios “Escobita” Morales, de los tiempos del equipo de la EDIS, la antigua empresa de limpieza de Bogotá. Los acompañan “Pajarito” Buitrago, “Condorito” Corredor, Víctor “Chicharra” Niño. Y también Henry “Cebollita” Cárdenas, Antonio “Tomate” Agudelo. Carlos Humberto “Orejita” Cárdenas y Arturo “Peluca” López, por su espesa mata de pelo. Otros, como Patrocinio Jiménez, no lo necesitaban. Y Cochise, derivado de un jefe apache, hace tiempo dejó de ser un apodo. Hizo el tránsito a nombre oficial después de que así lo pidiera Martín Emilio Rodríguez al cambiar su cédula. Y el último de los grandes apodos, el del rey recién coronado, “KingTana”, también conocido como “Nairoman”.

Km 113

El ciclismo es masoquismo. Tim Krabbé en The Rider, una novela de culto entre los aficionados a este deporte, escribe: “En entrevistas a corredores que he leído y conversaciones que he tenido con ellos, la misma cosa siempre sale a flote: la mejor parte de todo es el sufrimiento”. Según el propio Nairo Quintana, después de atravesar primero la etapa de Mount Ventoux en el Tour de Francia de 2013, pasó por “el sufrimiento más grande que he tenido en mi carrera deportiva. Nunca había tenido un dolor físico igual. Una vez en Cataluña había sufrido por el frío. Pero este dolor jamás lo había sentido”. La bella escuela del dolor. El sufrimiento como arte.

Km 145

El ciclismo es estrategia. Durante el último Giro de Italia le preguntaron a Rigoberto Urán cómo veía a su compatriota Nairo Quintana que se había quejado de un resfrío y por eso no figuraba en los primeros puestos. Urán no dudó en decir que no le creía mucho a Nairo, que de hecho había que cuidarse de él. Nairo se queja, pero de un momento a otro empieza a pedalear como si estuviera dando un paseo por el campo y no disputando una de las tres carreras más importantes del mundo. Urán estaba en lo cierto. Ni tos, ni mocos, ni fiebre, nada de eso lo afectó durante el ascenso a los Dolomitas, donde Nairo le arrebató la malla rosa a Urán y sentenció la competencia.

En 1949 los competidores del Tour de Francia cayeron uno a uno triturados por el molino de los italianos Fausto Coppi y Gino Bartali. En 2014 dos colombianos hicieron lo propio en la tierra donde nacieron aquellos dioses del ciclismo.

Km 167

Deporte que es geografía e historia. En algún momento la Vuelta a Colombia debía llegar a Cali, pero los aficionados la desviaron en Puerto Tejada para que la gente se diera cuenta de lo mal que vivían. El ciclismo es comunión. En ningún otro deporte un aficionado le da un empujoncito a su ídolo, le grita al oído, le echa agua, corre a su lado enloquecido.

Km 171

Al ganar Nairo Quintana el Giro de Italia los europeos empezaron a hablar de la sangre india del campeón. Es el primer indígena que gana en Europa. Todo se lo debe a sus ancestros, a su etnia, a su raza. No les cabía en la cabeza que Nairo era un colombiano, simplemente colombiano, como nunca entendieron que Santiago Botero también lo fuera. Pero si es que parece un alemán, por eso gana, se lo debe a sus ancestros. Tuvieron que acudir a teorías absurdas para entender lo que había pasado con Quintana, con Botero.

Km 183

El inglés Matt Rendell escribió el que para muchos es el mejor libro sobre el ciclismo colombiano. Se llama Los reyes de las montañas. El autor nombra las gestas una a una, pero también trata de entender por qué solo en Colombia y no en otro país latinoamericano el ciclismo se arraigó con tal fuerza. Y no les saca el cuerpo a los años oscuros, cuando caían en los aeropuertos algunos ciclistas transportando droga o cuando habla de “Osito”, el hermano de Pablo Escobar, campeón nacional de ciclismo en los sesenta que devino en mano derecha de “el Patrón”. Rendell tiene otro libro menos conocido, pero igual de grandioso. Se titula Olimpic Gangster. Cuenta la historia de José Beyaert, el francés medallista olímpico en 1948 que ganó la segunda Vuelta a Colombia. Beyaert, que corría con gafas redondas de carey, se quedó a vivir en el país y llevó una vida de novela que ni siquiera se habría imaginado Alejandro Dumas. Campeón, caza fortunas y forajido, es el subtítulo del libro. Nada raro para un hombre al que vi fumarse un cigarrillo en el 2000 justo después de ganar la primera etapa del cincuentenario de la Vuelta a Colombia. Ni siquiera se bajó de la bicicleta para prenderlo.

Km 199

Desde 1972, el Chocoramo siempre había tenido un empaque color naranja. Su creador, Rafael Molano, ni siquiera había dejado retocar el diseño del gran ícono nacional, el señor todopoderoso de las loncheras y las onces. Para qué, si así vende. Después del 1-2 en el Giro de Italia, el Chocoramo se vistió de rosado por unos días. El ciclismo es locura. Solo eso explica que Quintana haya estado sobre una bicicleta por 88 horas, 14 minutos y 32 segundos y Rigoberto Urán 88 horas, 17 minutos y 1 segundo, para recorrer 3.445,4 kilómetros en 21 días.

Km 205

Nairo Alexánder Quintana Rojas está harto del mito de la pobreza en la que supuestamente creció, de cartas a manera de artículos periodísticos donde se inventan su vida. De que se haga hincapié en su timidez y no en su rigor analítico. El ciclismo es movimiento. Es dejar atrás la vida, es encontrar una nueva. Rigoberto Urán no quiere recordar más la historia de la muerte de su padre a manos de paramilitares. Él es medallista olímpico, colecciona zapatos italianos y camisas, tiene 7.000 seguidores en Instagram y hace yoga como parte de su entrenamiento. Sergio Henao y Esteban Chávez están listos, también, para que se hable de ellos.

Km 207

Matt Rendell recuerda los versos de Rilke al describir la manera en que corre Quintana: “Y si lo admiramos es porque en su calma desdeña destruirnos. Terrible es todo ángel”.

         

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agosto
11 / 2014