El encanto de las plebeyas

POR: Revista Diners
 / julio 15 2014
POR: Revista Diners

El Príncipe Harry, de 33 años, se casará con la actriz estadounidense Meghan Markle, de 36, anunció la familia real británica vía Twitter. “Su Alteza Real, el Príncipe de Gales, se complace en anunciar el compromiso del Príncipe Harry con la Sra. Meghan Markle. La boda tendrá lugar en la primavera de 2018. Se anunciarán más detalles sobre el día de la boda a su debido tiempo”, dice el comunicado.

Después de más de año y medio de relación, los medios de comunicación británicos anunciaron un “matrimonio inminente”, pese a las críticas que tuvo Markle por ser de raza mixta y tres años mayor que el Príncipe. “Su Alteza Real ha informado a Su Majestad la Reina y otros miembros cercanos de su familia. También ha buscado y recibido la bendición de los padres de la Sra. Markle. La pareja vivirá en Nottingham Cottage, en Kensington Palace”, dice el comunicado oficial del Palacio de Kensington.

Así es como Markle se une a la lista de “plebeyas” que llegan a la familia real junto a Kate Middleton, quien le devolvió la popularidad a la corona británica o Sofía Hellqvist, quien trabajó de stripper y ahora es reina de Suecia.

La monarquía es una institución arcaica. Sobrevive como sobreviven las ballenas en los mares del Japón, con dificultades. Animales en vías de extinción. En lugar de recurrir a una Greenpeace que las defienda, prefieren dejar su futuro en manos de empresarios y políticos corruptos. Pero cada vez son menos. En los países que se atrevieron a convocar un referéndum, Italia en 1946 y en Grecia en 1974 por ejemplo, el resultado fue ampliamente desfavorable. Lo sorprendente, si se piensa bien, hubiera sido lo contrario.

Estudié en los Maristas durante doce años. Los hermanos católicos intentaron inculcarme una fe en la que, sospecho, no creían del todo. Su tibieza a la hora de explicarme cosas inexplicables, como el misterio de la Santísima Trinidad o el embarazo –¡sin perder la virginidad!– de la Virgen María contribuyó a reforzar mi escepticismo, convertido poco después en ateísmo.

No fui el único de mi generación que dejó de asistir a misa. España pasó de ser “la reserva espiritual de Occidente” (Franco dixit), a ser el cuarto país del mundo en legalizar las bodas entre personas del mismo sexo. En ese tránsito, la Iglesia católica pasó por una severa bajada de rating. A fin de cuentas, poner de papa a un exmiembro de las juventudes hitlerianas fue forzar un poco demasiado la paciencia del creyente. No digamos seguir sosteniendo una campaña contra los anticonceptivos, como si aún hubiera gente que pudiera creerse que el sexo debe ser siempre practicado con fines reproductivos.

Viendo que la cosa iba de mal en peor, se les ocurrió una jugada maestra: un cambio de papa. No importó que desde hacía casi seiscientos años no sucediera algo así. Porque, seamos serios, si por un lado se afirma que es Dios, mediante el Espíritu Santo, quien ilumina a los cardenales para que elijan a su representante en la Tierra, ¿cómo va Dios a equivocarse escogiendo a uno que prefiere jubilarse a afrontar las dificultades inherentes a su cargo?

La jugada, de momento, parece haber salido a pedir de boca. El papa argentino, peronista y futbolero, se ha ganado el afecto de la plebe. Ya sea por comparación con los anteriores, ya sea por la tradicional capacidad de los argentinos de vender cualquier cosa con su inagotable dialéctica, el caso es que la Iglesia ha recuperado cierto prestigio perdido y ha ganado algunos años más de supervivencia.

No sorprende entonces que el primer viaje oficial de Felipe VI fuera al Vaticano. Los reyes siempre estuvieron cerca de los papas. Finalmente, su poder es también una cuestión de fe. No hace mucho que aún se hablaba de su supuesta sangre azul.

Ahora se utilizan otros argumentos más pragmáticos, acordes con los tiempos que corren, en los que es preciso que todo tenga una utilidad. Así, dicen los monárquicos, un rey es útil porque garantiza la unidad territorial; es útil para representar a su país en el extranjero, y así abrir la puerta a negocios millonarios para los grandes empresarios; es útil porque se trata del mejor actor en un mundo teatral donde las apariencias lo son todo. Sucede que cazar elefantes en África al lado de una amante de dudosa reputación era lo mínimo que uno esperaba de un rey ¡en el siglo XIX!, pero en el XXI queda bastante mal. ¿Qué hacer entonces?

“Los reyes no abdican, se mueren durmiendo”, dijo el rey Juan Carlos I. Se tuvo que tragar sus palabras, al igual que tuvo que aceptar que su hijo Felipe se casara con una periodista divorciada y agnóstica, la inefable Letizia Ortiz.

Una buena suma de dinero al primer marido para que no caiga en la tentación de contarnos chismes desagradables y una súbita recuperación de la fe convirtieron a Letizia en la esposa ideal de Felipe. Letizia parece más de fiar que la escultural modelo danesa Eva Sannum, la última exnovia conocida de Felipe, de quien Juan José Millás escribió que “no deberían haber sido los monárquicos los que se quejaran de que el príncipe saliera con una modelo, sino las modelos las que hubieran puesto objeciones a que una de ellas se relacionara con un príncipe habiendo tantos poetas viudos”. En cualquier caso, la Sannum se quedó sin corona y la Leti aguanta al tipo con elegancia y savoir faire.

Vaya joyitas

Parece que los jóvenes herederos de las monarquías europeas son conscientes de que están viviendo sus últimos años de farsa. Entonces, seguramente piensan que si en cualquier momento me pueden echar, mejor estar al lado de la que me gusta, que con la que me tocaría por rango. Es un hecho: las jóvenes princesas casaderas son pocas y feas. Cuando llevas años de rumba, con los gastos pagados por los ingenuos súbditos, acostándote con bellezas de todo tipo y condición, no tiene sentido ni siquiera pretender que puedes amar a alguien que no te mueve ni un pelo.

Así, al heredero holandés le importa bien poco que su amada Máxima fuera hija de un ministro del dictador Videla y que la madre recogiera firmas para evitar el juicio a los genocidas argentinos. Fue verla cantar en la feria de Sevilla y enamorarse como un tonto. Como al heredero sueco le da igual que Sofía Hellqvist fuera stripper en Las Vegas. Es más, quiero pensar que hasta le construyó una barra de pole dance para que le baile en privado en alguno de sus palacios. Quizás incluso inviten a esas sesiones a Jenna Jameson, la estrella del porno con la que compartió escenarios en New York.

Pero el que se lleva el premio al novio más comprensivo es el heredero noruego. Acepta sin remilgos que Mette-Marit Tjessem Hoiby, su esposa y futura reina, fuera camarera, participara en un programa de televisión para buscar pareja, e incluso que tuviera un hijo con un tipo que terminó en la cárcel por posesión de cocaína. Eso es un rey moderno y lo demás son bobadas.

Que Kate Middleton descienda de mineros y azafatas, después de Lady Di, parece peccata minuta. Además, que el príncipe Guillermo se casara con Kate permite que sea posible hacer un doble salto mortal: abdicación al nieto, saltándose al incómodo Carlos y a la poco agraciada Camila Parker Bowles. La reina de Inglaterra no está aún convencida de la operación, pero bastará con que en unas elecciones surja un candidato republicano con apoyo masivo que la cuestione para que todo se replantee.

Cabe mencionar también en esta lista de reinas plebeyas a la esposa del heredero danés, la jurista Mary Elizabeth Donaldson. Hasta la fecha no ha trascendido ningún dato sórdido de su pasado. Según su padre, es una chica de clase media normal. Pero, se sabe, y además lo cantó Caetano Veloso, que de cerca nadie es normal.

Último aliento

Por esos inesperados azares del calendario, me tocó estar en Madrid el día de la coronación de Felipe VI. Con cierta vergüenza y algo más de curiosidad salí a la calle a palpar el ambiente. Constaté que había mucha menos gente de la esperada. Las encuestas oficiales reflejan que la monarquía, en apenas diez años, pasó de un 7,5 a un 3,75 (sobre 10) de popularidad. Cuesta pensar que Felipe logre revertir esa tendencia.

Porque a nadie se le escapa la flagrante contradicción de, por una parte, vender la idea de que son jóvenes y que se comportan como cualquier persona joven, o sea, son “cercanos”, y por otra, justificar que puedan ir pasándose el testigo de padres a hijos sin someterse a la voluntad popular, por designio divino. Históricamente, si los reyes lograron mantener sus privilegios fue porque se esmeraron en construir una imagen de semidioses, de seres elegidos por la Providencia para guiar los destinos de un país. Una vez convertidos en common people, que dirían los Pulp, no se sostiene el engaño.

Si siguen ahí es porque a los que de verdad manejan los hilos del poder les interesa tenerlos como fachada. Los reyes son una suerte de pararrayos, gente tan adorable como actores poco memorables, que diría Nacho Vegas.

¿Por cuánto tiempo más durarán las monarquías en Europa? Da la impresión de que tanto pueden durar cien años como caer todas mañana, una detrás de otra, en fila india, como cayeron los regímenes comunistas después de que se fuera abajo el muro de Berlín.

Dependerá en gran medida de la paciencia de los súbditos. En un momento en que economistas como Thomas Piketty avisan del peligroso incremento de la desigualdad en el reparto de la riqueza y el absurdo incremento del poder de los que heredan riqueza, es bastante insólito, por no decir indignante, que periódicos supuestamente progresistas como El País tengan la desfachatez de proclamar día tras día que la monarquía es el garante de una mayor calidad de vida.

¿Serán las reinas plebeyas el “caballo de Troya” de la monarquía? Es probable que sí. Una reina como Sofía, que fue educada desde niña para esa labor tan ingrata de estar a la sombra de un hombre, puede aceptar estoicamente que su marido la engañe sistemáticamente, sobre todo si vive en un país donde la prensa acepta autocensurarse y no airear esas miserias.

Una reina como Letizia, Kate o Mette-Marit, sin embargo, como en su día Lady Di, es poco factible que se resigne a soportar que esas miradas de deseo con las que el rey las conquistó se dirijan a otra. El sexo, se sabe, mueve el mundo, y si algo se intuye tras la máscara que aprendieron a usar las reinas plebeyas es una fuerte pulsión sexual, difícilmente sustituible por un cuento de hadas trasnochado.

Mientras tanto, paciencia. Durante un tiempo seguiremos viéndolos inaugurar bibliotecas y museos de arte contemporáneo, entregando trofeos o esquiando, pero llegará un día en el que la sociedad dirá ¡Basta! Ojalá podamos ser testigos de ese día. Señal de que estaremos viviendo en un mundo más libre.

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julio
15 / 2014