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Hombres al borde de un ataque de nervios

Actores a quienes les cambiaron el parlamento. Así, en buena medida, se sienten los hombres en la segunda década del siglo XXI. Todo un drama.

Foto: MHEO

Actores a quienes les cambiaron el parlamento. Así, en buena medida, se sienten los hombres en la segunda década del siglo XXI. Todo un drama.

Tal vez resultaba más fácil ser hombre hace siglos, cuando las líneas que definían la masculinidad eran tan diáfanas y precisas que cada cual, sin cuestionarlo, interpretaba un papel con tareas y actitudes muy definidas: cazar, hacer la guerra, ser reproductor, proveer alimentos. Quizás hace 500 años ese modelo continuaba intacto. E incluso hasta hace cuatro décadas, salvo matices inducidos por el desarrollo tecnológico, la masculinidad era una cosa única, indivisible e inamovible, sin claroscuros en la mitad.

Sin embargo, hoy en día, queda muy poco de eso. El rol masculino ha variado de tal manera, y a tan alta velocidad, que sus fronteras ahora son difusas. Aunque el fenómeno abre la puerta para que todo un género –planteado en cifras crudas, viene a ser la mitad de los habitantes del planeta– comience a abordar la vida de una manera más tranquila y provechosa, e incluso reclame para sí derechos perdidos o nunca antes ejercidos en la historia, no se puede desconocer que tras él pende una larga estela de confusión.

Se trata de un fenómeno apenas en estado de maduración. Si bien el mundo –o por lo menos el hemisferio occidental– ha experimentado temporadas durante las cuales la apariencia y el comportamiento masculinos se apartaron de la ortodoxia, como es el caso de la Francia de Luis XIV, con sus pelucas, encajes y afeites; o la Inglaterra victoriana de poetas pálidos, delicados y anémicos; y más recientemente el movimiento hippie, cuando los hombres se dejaron crecer el pelo y se pusieron flores en la cabeza, en general estas han sido oleadas efímeras. La tendencia actual parece nutrirse de ideas mucho más consistentes y plantea un cambio de conciencia radical que trasciende los vaivenes de la moda. Es posible que estemos ante una manera de pensar diferente a aquella que nos ha acompañado por milenios y que, incluso, se encuentra inscrita en el código genético.

Por lo pronto, del caso se han ocupado la psicología y el mercadeo. Todo es tan nuevo que aún no existe un nombre preciso para referirse a él. A la publicidad le interesa saber cuánto ha cambiado el consumo de los hombres, así que lo pone en la misma mesa de estudio del llamado spend shift, que es la tendencia norteamericana a consumir de una manera más reflexiva luego de la crisis del año 2006. Por su parte la psicología, e incluso la medicina, lo abordan bajo el concepto nueva masculinidad, que parece ser la mejor forma de llamar a este fenómeno donde los hombres ya no son los mismos.

El hombre del siglo XXI

La nueva masculinidad es mucho más fluida que su antecesora. La manera como se comporta un hombre no está ya, por necesidad, ligada al concepto de hetero u homosexualidad. De hecho, esta fue la primera barrera que se derribó. Al respecto los llamados millennials (nacidos en 1990 y adelante) están dispuestos a ser flexibles en la forma cómo interpretan su género sexual, y la generación Z (posterior a los millennials) se comporta aún menos rígida conforme avanza hacia la adultez. No olvide que se trata de individuos que nacieron en un mundo sin fenómenos mutiladores de la personalidad como el comunismo y el apartheid, y por cuenta de Internet han crecidoexpuestos a la diversidad y a temas de preocupación que gravitan en torno a lo colectivo, como lo ambiental. Así que les resulta muy natural pensar en lo femenino y masculino como roles muy cercanos.

Ejemplo de esto es el modelo australiano Andrej Pejić, que ha desfilado colecciones de ropa tanto para hombres como para mujeres, mostrándose intensamente atractivo a los ojos de ambos. Y también, el pasado diciembre en Inglaterra, la tienda por departamentos Harrods organizó la juguetería por temáticas y no por género, para indicar con esto que a las niñas pueden gustarles los bloques de construcción y a los niños las cocinitas. En esta nueva ecuación las generaciones Y, X, y los baby boomers, son las variables que tienden a quedarse relegadas y a experimentar mayor confusión.

Por supuesto, hay culturas más propensas que otras a asimilar los cambios. Latinoamérica tiene una tradición arraigada en la figura del macho y no es lo mismo ofrecerle una bufanda con estampado floral a un parisino que a un mexicano. Colombia también se comporta de manera tradicional. Adriana Pineda, vicepresidenta de planeación estratégica de JWT Colombia, hace notar que el hecho de que nuestra economía hubiera sido cerrada hasta hace poco más de 20 años, influyó para que la tendencia de la nueva masculinidad no haya penetrado con mucha fuerza aún en el país. Sin embargo reconoce que en cuanto a productos han sucedido cosas que les permitieron a los hombres reflexionar sobre su género. En la moda y la cosmética se han hecho grandes avances. Verse bien, y gastar tiempo y dinero en apariencia personal, dejó de ser un comportamiento reprimido para el colombiano. Y si bien es difícil que nuestra cultura se abra a mensajes crudos como “explora tu lado femenino”, siempre quedan recursos como el humor y el eufemismo para comunicar lo mismo. Incluso se ha apelado a la racionalidad cuando se explica que la composición del cuero cabelludo del hombre es distinta al de la mujer, y por lo tanto requiere un champúespecial. En sociedades como la estadounidense, al maquillaje para hombres –humectantes para labios, cremas hidratantes y         antisolares– se le conoce como “camuflaje urbano”.

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En general, los niveles socioeconómicos altos, más expuestos a los medios de comunicación y en mayor contacto con las culturas moderadoras occidentales, son los más propensos a aceptar estas invitaciones. Los impulsa, sobre todo, cierta actitud snob de imitar. Aunque son sensibles a que cuestionen su hombría y se mueven tímidos entre paradigmas. Pero, como apunta Pineda, “explorar el lado femenino es solo una arista pequeña de esta tendencia. Hay cosas más importantes: el hecho de poder participar en la crianza de los hijos de ninguna manera es explorar el lado femenino, es más bien reclamar un derecho”.

El cromosoma Y

Si nos atenemos al componente genético, los hombres nacen configurados con tendencias a la agresividad, a la promiscuidad y a la territorialidad. Su propensión al crimen es notable, tanto que los genocidas han sido todos hombres, y las asesinas en serie se cuentan con los dedos de la mano. La pedofilia en la mujer casi no existe. Pero, también, los genes predisponen a los machos a otras actividades más constructivas: conquistadores, profetas, navegantes, trovadores, inventores y humoristas han sido, por regla general, hombres. De manera equivocada se cree que todo esto es consecuencia del cromosoma Y, cuando en realidad es el responsable de los matices más frágiles.

En efecto, el Y aporta fortaleza física, pero también condena a la debilidad. En términos biológicos, los hombres viven menos que las mujeres, tienen mayor propensión a sufrir enfermedad cardiovascular, se inclinan más a las adicciones, y alcanzan más rápido el nivel de incompetencia sexual, porque dependen de la erección. Son, en suma, seres tan multidimensionales o vulnerables como cualquier otro.

El médico Juan Fernando Uribe, urólogo especializado en medicina sexual que se dedica a estudiar el fenómeno de lo masculino, sostiene que si bien la genética dicta sus órdenes, estas están gobernadas y subyugadas por la cultura. “La predisposición genética a la agresividad no puede ser una excusa, porque eso se puede moderar con la cultura. Que los genes masculinos induzcan a la violencia no la justifica”. En cambio, Uribe en sus conferencias plantea un nuevo escenario en donde el rol del hombre se renueva: no aceptar más el estereotipo del macho, renunciar a ser el centro de lo económico, poder fallar como amantes y reproductores, negarse a la violencia de cualquier tipo, compartir los oficios domésticos, no pagar todas las cuentas y hasta reunirse para chismes y cotilleos. Se trata de “una rebelión pacífica donde se rompen los moldes tradicionales de la masculinidad”. Y aunque asegura que los hombres tienen derecho a sentir emociones blandas y a comportarse diferente, hay que andar despacio pues la masculinidad no se debe travestir.

Es aquí donde se entra en arenas movedizas. Definir los límites nunca había resultado tan difícil. ¿Los hombres pueden vestirse de rosado? ¿Pintarse? ¿Depilarse todo el cuerpo? ¿El presidente de un monopolio económico puede ser una mujer? El asunto es tan delicado que ni siquiera podría legislarse sobre el papel que le compete a cada rol, y a quienes lo han hecho los hemos calificado como obtusos.

La última frontera sería, tal vez, el cortejo. Allí aún existen códigos que no se han fisurado y el protocolo de la seducción, allende las culturas, ha permanecido más bien intacto. Aunque, en sí mismo, esto encierra una contradicción: en tanto más felices se sienten las mujeres siendo conquistadas por hombres que expresan de manera abierta sus emociones y exploran facetas más sensibles de su personalidad, más intransigentes se muestran a la hora de demandar en sus parejas una masculinidad ortodoxa cuando se trata de la práctica sexual y, sobre todo, la reproducción.

El hombre de la casa

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Que la masculinidad cambie no significa que se transforme en feminidad. Ahí radica la confusión. De hecho, el proceso es más sencillo de lo que se piensa. El macho ya no tiene que cazar ni herrar caballos para sobrevivir, entonces su energía puede desplazarla hacia otras actividades: los deportes de impacto, por ejemplo. La mecánica, que durante los dos últimos siglos fue uno de los escenarios más concurridos en la lúdica masculina, se redujo al enfrentarse al mundo digital, así que muchos hombres trasladaron sus talleres de la cochera a las cocinas, donde se comportan como inventores.

El nuevo rol va más enfocado a ser “el hombre de la casa”, en el sentido extenso de la palabra. Cuidar a los niños y encargarse de la administración del hogar ya no es extraño. De hecho, desde 1965 los hombres se han involucrado 50 % más en las tareas domésticas y han triplicado el tiempo que pasan junto a sus hijos frente a épocas anteriores. Pero claro, su comportamiento en estos escenarios dista mucho de ser el de una mujer; allí aflora su verdad genética. En el supermercado son como cazadores: ven un producto, lo toman y avanzan sobre el siguiente, opuesto al instinto recolector de la hembra, que examina cada etiqueta para ver cuál le ofrece mejor calidad. Sus instintos los hacen más recursivos y arriesgados, toman decisiones más rápidas, usan la web para informarse y leer instrucciones, compran gadgets que les hacen la vida más fácil, y optimizan mejor el tiempo. Los padres que permanecen más en casa que sus esposas tienden a crear atmósferas divertidas y relajadas, e involucran herramientas en la crianza.

El nuevo prohombre

¿Quién es, entonces, el prototipo del nuevo hombre? Un estudio llamado The state of men, realizado por la firma de comunicaciones y mercadeo JWT, asegura que los nuevos íconos cultivan facetas que complementan sus ocupaciones diarias. En ese sentido la filantropía y la familiaridad se toman como un valor. Bill Gates es considerado un referente. También Barack Obama, no por su labor política, sino porque en las noches cena con sus hijas y es afectuoso con su esposa, aun en público. Jamie Oliver, Brad Pitt y, por supuesto, David Beckham –el inventor de los metrosexuales– entran también en esta lista.

En Colombia, para el doctor Uribe, Julio Sánchez Cristo o Sergio Fajardo son muy cercanos a ese modelo de nueva masculinidad. Son ponderados, se expresan con prudencia, se apoyan en las mujeres, se visten con cierta informalidad y dejan entrever una vida interior tranquila, opuestos a personajes como Germán Vargas Lleras o Álvaro Uribe, que encarnan con mucho más vigor el estereotipo del macho. En los deportes, Falcao se comporta como un nuevo hombre. Lleva el pelo largo e incluso su voz es aflautada, pero tiene cuerpo de atleta, es buen esposo, buen padre de familia y su imagen siempre está ligada a valores positivos.

La hombría no está muriendo, al contrario, se está adaptando a esquemas menos rígidos, pero la pérdida de un rol definido les causa ansiedad a muchos que no encuentran el camino para convertirse en esa mezcla de hombre Marlboro con artista del Renacimiento que busca –y necesita– la sociedad hoy en día.

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Junio
25 / 2014
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