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Jorge Alfredo Vargas: antes y después

Después de probar todas las dietas posibles y fracasar, el presentador Jorge Alfredo Vargas se le midió a hacerse la operación de manga gástrica y sintió renacer. Relato en primera persona del proceso que le cambió la vida.

Foto: Policía Nacional de Colombia/ Wikimedia Commons/ (CC BY-SA 2.0)

Después de probar todas las dietas posibles y fracasar, el presentador Jorge Alfredo Vargas se le midió a hacerse la operación de manga gástrica y sintió renacer. Relato en primera persona del proceso que le cambió la vida.

Esta nota titulada Jorge Alfredo Vargas: antes y después, fue publicada originalmente el 27 de marzo de 2013.

Las probé todas: la dieta de la piña, la de las proteínas, la del atún, la de aquí y la de allá. Pero nada, el problema era más grave que empezar una dieta todos los lunes y terminarla los martes. A los que nos gusta comer, ¡nos gusta comer! Y hacer una dieta es un martirio que nunca vamos a superar.

Bajo esos términos y con treinta y pico kilos de más, había que tomar una decisión drástica y en serio. Y esa decisión llegó gracias a varios amigos cercanos que estaban preocupados con la situación.

Nunca he sido flaco. Desde niño he tendido a ser más grueso que el común de la gente, pero nunca había llegado al punto al que llegué en los últimos meses.

Es cierto que el matrimonio engorda y hace 17 años estaba más flaco y por supuesto más joven. Luego vinieron todas las pruebas de vida sedentaria. Ante tal situación y al darme cuenta de que había comenzado la etapa de engorde después de los 30, probé gimnasios, instructores privados, clases de pilates y hasta una bicicleta estática que nos acompaña en la alcoba matrimonial desde que nos casamos y que hoy en día sirve para lo que fue diseñada: para colgar ropa y algunas bolsas.

Fui a psicólogos y hasta un psiquiatra me recibió

Todo fue en vano: tomé píldoras mágicas, pastillas “naturales” traídas de Brasil, me puse balines y agujas en las orejas y hasta pepas para la tiroides consumí pensando que el problema estaba en una glándula.

Visité varios dietistas y nutricionistas. Les conté mi historia, lloré y me reí con ellos. Probé recetas. Comí sin harinas, con harinas. Acepté menús a domicilio, pesé los alimentos, llevé lonchera a la oficina, aprendí qué se debe comer cuando la luna está llena y hasta probé la medicina alternativa con gotas debajo de la lengua cada dos horas.

Fui a psicólogos y hasta un psiquiatra me recibió. Me confesé con ellos y me vendieron todo tipo de teorías: que la herencia, que el apellido, que el trópico, que hay que aprender a decir “no”… En fin, todo lo probé, pero al final en todo fracasé.

Por eso decidí operarme. Y no fue fácil la decisión. Era aceptar que a punta de fuerza de voluntad no lo había logrado. Era aceptar que tenía un problema, que no tenía control frente a la comida y que esta situación estaba afectando mi vida. Los exámenes de rutina cada vez mostraban más indicios de que algo grave podría pasar. Enfrentarme a las agujas para saber de colesteroles, triglicéridos y azúcar, era ya de por sí motivo de estrés.

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Vivir a punta de «cremitas licuadas»

La decisión la tomé por mi familia, pues quiero ver crecer a mis hijos y compartir más momentos con mi esposa. Por mi trabajo, porque ya mi imagen estaba por desbordar la pantalla, ¡ningún plasma me aguantaba! Por mi salud, porque los pronósticos hacia una diabetes o algo más grave eran cada día más cercanos, pero sobre todo por mí…, por mí mismo. Tenía y quería demostrarme que era capaz. Que sí lo podía lograr y así fue.

Llegué de las vacaciones de Semana Santa convencido y animado. Inicié ese día dos semanas de dieta líquida. Esto, para que nos entendamos, es consumir únicamente alimentos que no tengan que ser masticados. Durante 15 días tomé sopa licuada día y noche. Pasé parrandas vallenatas, almuerzos de trabajo, domingos familiares y hasta paseos de amigos a punta de “cremitas licuadas”.

El 15 de abril llegó el gran día. No había vuelta atrás. Con ocho kilos menos, gracias a las sopitas y cremitas, me enfrente al quirófano en la Fundación Santa Fe. Me esperaba el doctor Ricardo Nassar y su equipo interdisciplinario para iniciar la cirugía que cambiaría mi vida. El doctor Nassar, al igual que la doctora Marta Grajales, nutricionista comprometida, fueron los encargados de prepararme para esto durante varias semanas. Me acuerdo hasta del momento en el que entre al quirófano. Después fue como volver a nacer, con algo de dolor no lo puedo negar, pero fue como volver a nacer.

Los resultados

Me practicaron una cirugía que se llama Slevee, es decir, manga gástrica que, en términos cristianos, quiere decir que me cortaron una parte del estómago y me dejaron uno mucho más pequeño al que le caben porciones muy pequeñas de comida.

Hoy tengo 27 kilos menos. Me siento mejor, ya volví a patear un balón con mi hijo Felipe, no sentí molestia en las rodillas y no me duele la espalda al bailar con mi señora. Ya no ronco. La ropa me queda grande y en televisión soy otro. Es como si me hubiera devuelto veinte años y estuviera presentando de nuevo el noticiero QAP. Mi familia está feliz y las pastillas que tomaba para infinidad de dolencias han bajado sustancialmente.

No es fácil, lo sé, pero vale la pena. El entusiasmo y apoyo de mi familia, mis amigos y mis compañeros de trabajo ha sido definitivo. Hoy estoy aprendiendo a comer, a comer como lo he debido hacer desde que nací. También estoy aprendiendo que no se vive para comer, sino que se come para vivir y que un problema como este que enfrenté tiene solución.

Por eso le pido a Dios que me dé la fortaleza suficiente para llevar y enfrentar esta nueva vida con entusiasmo y compromiso, compromiso con mis amigos, con mis compañeros, con mi familia, pero sobre todo compromiso conmigo mismo para salir adelante en esta nueva vida.

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Enero
27 / 2020

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