El poder del “crowd”

Un nuevo modelo se está imponiendo en el mundo y aún no lo entendemos del todo. Se trata de las ideas validadas por todo un grupo que está en disposición de ponerlas en práctica, y financiarlas.
 
El poder del “crowd”
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POR: 
Dominique Rodríguez Dalvard

I.

Pasó con un experimento que hizo la Nasa. La empresa espacial necesitaba crear un algoritmo lo suficientemente eficiente para que las estaciones espaciales que giraban alrededor del sol no se afectaran tanto al pasar a su lado, pues su mantenimiento estaba saliendo millonario. Para ello, contrataron a la Boeing por 2,5 millones de dólares para intentar una solución que no logró el objetivo deseado. En cambio, un concurso abierto sí lo hizo. De hecho, fue un chino de 21 años quien logró resolver la dichosa ecuación. Y costó 30.000 dólares.

Este ejemplo es uno de los muchos que cada día sorprenden más y más a la gente al estar revaluando muy profundamente de dónde vienen las ideas, quiénes las ostentan y cómo circulan. Karim Lakhani, profesor del Harvard Institute for Quantitative Social Science y quien dirigió el Nasa Tournament Lab con el que se obtuvo la respuesta arriba expuesta, está convencido de que los paradigmas del conocimiento se están transformando. Así lo contó el pasado 20 de febrero, en el marco de la Social Media Week, en Nueva York, en la cual presentó numerosos ejemplos de crowdsourcing, algo así como creación colectiva (basta pensar en Wikipedia), en donde la tecnología cumple un rol protagónico al ser la plataforma por excelencia para poner al mundo a “pensar”, y competir, horizontalmente. “Ya esa idea del ‘síndrome del Hipo’, ese en donde el que habla más fuerte tiene la razón, se está revaluando”, explicaba.

Con esto cambia el sentido que normalmente se le ha dado a la “masa”, ese ente al que siempre se consideró como intelectualmente inferior, arrastrado por la sugestión, rendido ante la idea del dictador que lo seduce e incapaz de tomar una distancia crítica pese a que haga parte de algo que lo congrega. Y si bien, ante los impulsos (llámese moda) normalmente actuamos copiando al otro, y repitiendo, rápidamente podemos desligarnos de una idea si no nos convence. Basta pensar en los movimientos políticos, como el de la Ola Verde, por ejemplo, que convocó a todos los que querían un cambio en Colombia y a la hora del té no salió con nada. Solo así se entiende ese concepto que cada día está más presente en la contemporaneidad como la inteligencia de la masa, su sabiduría. Y aunque a esta “mente grupal” la une una afinidad, algo que la identifica, también puede ser vinculante la diferencia. Es allí donde, indudablemente, evoluciona la idea. “Es interesante que no seamos iguales porque somos equipo”, se vuelve una sentencia.

II.

¿Qué lleva a una persona a querer pertenecer a una crowd? ¿Y a una masa a moverse como se mueve? ¿Todo estaría motivado por la idea del “premio”? No necesariamente, ni solamente. “Hay varias motivaciones para participar de este modelo de crowdsourcing, la primera por el entretenimiento y el reto que significa competir, la segunda, por el beneficio económico que deriva de un concurso y la última por una motivación social, porque necesitas exponerte frente a tus pares y mostrar de qué estás hecho”, dice Lakhani, subrayando que hay que entender que allí hay algo en plena ebullición. El que se estén haciendo automóviles por creación colectiva, de ingenieros, diseñadores, artistas…,  como la marca Local Motors, es tan poderoso como la herramienta que se creó en Facebook (Fan machine) para que sean los propios consumidores de una marca los que creen las campañas de sus productos favoritos. O que sea la propia ciudadanía la que consigue el dinero para llevar a cabo un proyecto inmobiliario. O que la necesidad de la gente lleve a la creación de un sistema de microcrédito como el M-Pesa en Kenya, en el cual se realizan transacciones vía celular. Es la era de la horizontalidad.

“Es un nuevo tipo de ciudadanía, en el sentido en el que compromete a la gente en la toma de decisiones. Ya pasó el tiempo en el que esperamos que todo nos lo den y hacemos que pasen las cosas”, agrega Matt Andrews, colega de Lakhani en Harvard, pero de la escuela de gobierno John F. Kennedy.  “Antes, ¿cómo podías participar si la torta siempre estaba cerrada? Hoy, la tecnología le permite a la gente comprometerse desde una posición equitativa, puedes tener muchas voces y todo el mundo puede dar a conocer su opinión”.

Claro que da miedo.

Usualmente esperamos contar con instituciones y expertos que respalden las ideas, que las avalen. Pero el caso de  la Nasa es diciente. No todos los expertos tienen las mejores soluciones. De hecho, un tercio de las propuestas de gente de todo el mundo eran mejores que las planteadas por la Boeing. “Todavía nos asusta darle plata a un computador, pues está arraigada esa idea de que el banco es el que mejor nos protege…, ¿pero qué pasa con Madoff que les daba la mano a todos sus clientes? Esa relación personal está sobredimensionada”, sentencia Andrews quien está seguro de que dentro de unos años estaremos en capacidad de hacer movimientos en la red –creativos y económicos– que revalúen el significado de la institucionalidad. Y le dé cabida a ese nuevo concepto de la masa. “La crowd, por sí misma, es un mecanismo para lidiar con el riesgo. Quieres invertir en mejores cosas con menor riesgo y, si se hacen bien las cosas, podrían juntarse creación colectiva y financiera (crowdfunding) en un mismo camino”.

Pero ya no se puede resolver este nuevo enfoque en términos de que “el pueblo unido jamás será vencido”. Tiene que haber un beneficio para que la gente se le mida a volverse “masa”, cuando todo la vida nos han dicho que tratemos de no ser uno más del rebaño. Lo dice un hombre que está apostándole a la idea de la crowd desde la empresa, Rodrigo Niño, CEO de Prodigy Network, una promotora de finca raíz basada en Nueva York y con proyectos en Bogotá como el edificio BD Bacatá (y que acaba de lanzar un concurso arquitectónico de crowdsourcing para renovar un edificio en el corazón de Wall Street). “Cuando usted llega a la inteligencia colectiva, a un grupo de gente que decidió participar en un edificio, lo que hay que ver es que todos decidieron participar por razones individuales. La diferencia entre el crowdfunding y el comunismo, por así decirlo, es que este justifica la participación de los individuos en el crowd siempre y cuando tengan un beneficio individual. O si no es una propuesta más de ‘sacrifíquese usted en beneficio del grupo’ y a eso la gente ya no le cree”.

De esta forma, estamos entrando en una nueva era en donde el “modelo de negocio” no necesariamente pasa por la confianza que produce una institución o “ese buen muchacho”, y que tantas veces nos ha defraudado al probarse corrupto o ineficiente, para darle lugar a una conciencia e inteligencia colectiva que ya no come cuento, tiene una moral mayor y el poder real de modificación del entorno (véanse la Primavera árabe y Occupy Wall Street). Nadie necesita verse ya, solo necesita de la plataforma (ya nadie parará a Internet) para encauzar sus argumentos y poder de decisión. Y ganar una que otra batalla. ¿Ola verde o no? Todo está por verse, no somos más que narradores de nuestro tiempo, pero lo cierto es que la crowd y sus ideas ya tiene una voz. Y voto. Y plata, pues ya a punta de dólar en dólar se puede cambiar el mundo.

El poder de la masa = el poder de las ideas.

         

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marzo
20 / 2014