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Women in a Legal World: ¿En qué consisten los Premios Género y Justicia al descubierto?

Women’s Link Worldwide decidió crear unos premios a los fallos emitidos en contra de las mujeres que suelen pasar inadvertidos.

Foto: Ilustraciones WLW

Women’s Link Worldwide decidió crear unos premios a los fallos emitidos en contra de las mujeres que suelen pasar inadvertidos.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 528 de marzo de 2014

A muchas mujeres de mi generación y de las generaciones posteriores nos cuesta creer que el feminismo sea una lucha que tenga que seguir dándose. A veces incluso nos parece hasta ridícula porque nacimos con una cantidad de derechos que damos por sentado.

Pero basta recordar que nuestras abuelas no podían votar, saber que aún vive en Colombia la tercera mujer que tuvo un grado universitario, o ver series de televisión que recrean épocas de un pasado muy próximo como Mad Men o Masters of sex para constatar que esta lucha aún está en sus albores y que, más allá de que los mecanismos y el discurso del feminismo tengan que evolucionar o transformarse, no estamos peleando porque sí, ni está ganada la batalla.

Women’s Link Worldwide

¿De qué sirven todas las leyes en las que se ha avanzado en el mundo entero si los jueces se las pasan por la faja con fallos arbitrarios y sexistas? Esto es precisamente lo que pretende demostrar la organización internacional Women’s Link Worldwide (WLW), que se caracteriza por hacer de la equidad de género un tema jurídico y no moral, con sus “Premios Género y Justicia al descubierto”.

La indignación por el machismo siempre se nos sale de dientes pa fuera. Pero la realidad es que cuando una mujer denuncia que la violaron, la gente pregunta qué tenía puesto o si estaba borracha y si otra tiene los cojones de hacer parar un TransMilenio porque un desconocido se está poniendo su pene entre las manos, decimos que la culpa es del hacinamiento (yo no le he restregado ninguno de mis órganos sexuales a nadie y monto todos los días en TransMilenio).

Sin embargo, la cosa se pone color de hormiga cuando el fallo judicial hace caso omiso de los derechos de la mujer en asuntos tales como los que tienen presa a una trabajadora sexual con VIH en Bolivia porque el juez considera que es un peligro para la sociedad y a una mujer mexicana que denuncia que la violó una pandilla de hombres y el juez la inculpa por homicidio porque, en defensa propia, mató a uno de sus agresores. Otro juez, en Estados Unidos, modificó la sentencia que le había propinado a un violador, de 15 años a 30 días, porque consideró que la víctima, de 14 años, se veía mayor y actuaba como una adulta frente a su profesor. Pues bien, la niña terminó suicidándose.

Premios al Garrote del año


Estas son solo tres de las hasta ahora nueve nominaciones que diferentes personas han postulado para la sexta versión de los “Premios Género y Justicia al descubierto”, que clasifica WLW en la categoría Garrote. Para el 30 de abril, cuando se cierren las nominaciones, habrá aproximadamente treinta casos, como en las ediciones pasadas.

Pero no serán treinta garrotes únicamente porque, además de señalar lo que no funciona, la organización también celebra las decisiones judiciales más valientes con la categoría de Mallete, que el año pasado premió el fallo de la Alta Corte de Botsuana de abolir una ley por la cual las mujeres no podían heredar y la del Tribunal Contencioso Electoral de Ecuador que le suspendió los derechos políticos y multó por discriminación a un pastor cristiano por sus declaraciones homofóbicas durante las últimas elecciones presidenciales.

Todos son fallos a favor de la protección de los derechos de la mujer (como el que en Egipto les prohibió a las autoridades las pruebas de virginidad en prisión), pero sobre todo de los derechos humanos, sin distinción de género.

Sin embargo, en esta edición, WLW ha querido darles más relevancia a los garrotes porque, aunque hay que premiar las buenas acciones judiciales y reconocer el trabajo de los jueces en derechos sexuales y reproductivos, humanos y de género, ese es el derecho de las cosas y a los activistas les preocupa que si hay demasiado énfasis en lo positivo, se mande el mensaje erróneo de que las cosas van muy bien.

Porque lo cierto es que muchos jueces en todo el mundo, y particularmente en Latinoamérica, desconocen de manera sistemática los derechos de la mujer. Así que el sentido de que los premios sean internacionales también es ese: compararse.

Cuando uno conoce los casos de otros países ve que en Colombia han existido avances sustanciales, como la ley de 2006 que despenaliza el aborto en tres casos y las sentencias de tutela posteriores para ratificarla. Pero la paradoja es que aunque hay grandes avances jurisprudenciales, en su implementación muchos, demasiados, jueces las acomodan.

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Por ejemplo, para acceder a un aborto por la causal de violación solo es necesario presentar la copia de la denuncia penal. En muchos hospitales ponen trabas y cuando las mujeres presentan una tutela algunos jueces se inventan más requisitos de los que son.

Y el ganador es…


Las comparaciones son odiosas, pero resultan muy útiles. El año pasado, por ejemplo, con el caso en Ecuador del pastor Zabala, arriba mencionado, que declaró que la homosexualidad era una enfermedad y un castigo divino (cualquier coincidencia con nuestra realidad es pura casualidad), todo el colectivo de la comunidad LGBTI que le puso una queja a la Corte Electoral ecuatoriana, se movilizó virtualmente para que la gente votara en los premios, de suerte que ese mismo caso fue nominado cinco veces y obtuvo 500 votos frente a los 150 que obtienen por lo general los casos más votados. Y aunque muchas de las postulaciones son hechas por activistas y abogados, la idea de los premios es que a alguien le baste con ver el periódico e indignarse para postular un caso.

Aunque nunca ha habido un acto de contrición o una declaración pública por parte de ninguno de los jueces a los que se les ha dado garrote, muy oportuno sería que algunos tuvieran la verraquera que tuvo el señor Andrés Jaramillo, dueño de Andrés Carne de Res, de retractarse públicamente de sus declaraciones inapropiadas en la radio sobre el sonado caso de la violación de una mujer en el parqueadero de su restaurante, en las cuales daba a entender que vestirse de cierta manera o ingerir licor en exceso hace dudar de la veracidad de una denuncia de violación. Este caso, aunque no puede ser nominado porque no existe un fallo legal al respecto, bien podría llevarse un garrote y luego un mallete.

El ganador nacional


El garrote más grave de Colombia según WLW es una sentencia de la Corte Constitucional en la que su ponente, Nelson Pinilla, y otros dos magistrados (Humberto Sierra y Jorge Ignacio Pretelt) fallan una tutela a favor de una sanción de reclusión solitaria de sesenta días a dos reclusas por besarse. Se alegaba que el Inpec debe velar por la moralidad y el orden y que por tanto es legítimo acudir a esas sanciones. ¿Cada reclusa que se despide con un beso del marido que la visita debería irse sesenta días a reclusión solitaria en este orden de ideas?

Uno de los magistrados, que pidió no mencionar su nombre, discute que cuando el caso llegó a la Corte la sanción ya estaba cumplida e incluso una de las reclusas se encontraba en libertad. “Lo del premio ese me mueve a risa, es un despiste total. Ya no había nada que decidir porque una de ellas ya estaba libre, era un hecho cumplido. Cuando llegó el diploma de garrote y vi que uno de los jurados era Baltasar Garzón me pareció ridículo que andaran perdiendo tiempo en algo tan vacuo”, aseguró este magistrado.

No obstante, lo que explican otros expertos en derecho constitucional, como Federico Guzmán, exmagistrado auxiliar de la Corte, es que si se hubiera fallado a favor de estas dos mujeres, podría habérseles resarcido tanto moral como económicamente y aún más: aunque los fallos de esta corte son para aplicarse solo a los involucrados, también hay decisiones que se consideran ejemplarizantes.

Es decir, que la Corte habría podido impedir que en el futuro el Inpec sancione a otras reclusas por expresarse afecto en público. Ni preguntarle a este magistrado qué opina de que el centro comercial Avenida Chile haya expulsado a dos homosexuales por besarse hace pocas semanas.

“Nosotros los tradicionales también tenemos derechos”, sentenció por teléfono. Y los lectores, como yo, se preguntarán si ese caso no es más bien un atropello a los derechos de estas mujeres en tanto homosexuales y no en tanto mujeres, a lo cual WLW contesta que se encarga también de temas de minorías de comunidades gay, pero sobre todo de cualquier atropello a los derechos humanos sin distinción de género.

No todo es carnal, también hay agresiones de cristal

Violación, aborto y agresión física son los temas obvios al hablar de estos asuntos, quizás, los más sonados, pero hay otros casos como el de la discriminación laboral y de ingresos que parecieran menos graves y sin embargo siguen sucediendo, y que también están presentes en los premios.

Hay un término curioso para definir los obstáculos que tiene una mujer, en comparación con un hombre de su mismo rango y capacidades, para ascender profesionalmente. Los llaman “techos de cristal” haciendo alusión a que son transparentes y creeríamos que no existen, pero allí están. Y no pasa solo en países como el nuestro, también en el “primer” mundo.

El año pasado se postuló un caso de unas enfermeras en el Reino Unido que realizaban el mismo trabajo que sus pares masculinos y ganaban sustancialmente menos que ellos. Y, claro, la participación política es otro tema en la mira. A pesar de que existen leyes de cuotas en casi todos los países, las cortes electorales permiten que los partidos se las pasen por la faja.

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Algunas mujeres creemos que esas leyes de cuotas de minorías son autosegregadoras y que nos alejan de la igualdad, porque suena muy ofensivo que a uno lo nombren en un cargo por ser mujer, o por ser negro, o indígena por ejemplo.

Es lo que conocemos como discriminación positiva y hay todo un debate alrededor de este tipo de acciones en las que el feminismo se polariza: unas piensan que eso replica la discriminación porque la mujer siempre acaba con una suerte de premio de consolación (es mujer, pobrecita).

Otras alegan que este tipo de acciones obligatorias tienen como fin educar y transformar a la sociedad de manera que en el futuro nos deje de parecer raro ver igual número de mujeres que de hombres trabajando (pongo un ejemplo equivalente: cuando yo era niña, los adultos fumaban en los aviones, incluso lo hacían las mujeres embarazadas. Tuvo que imponerse un castigo muy restrictivo para que la gente entendiera que fumar en un avión es inaudito).

Los alcances de los premios


WLW no pretende ser un ente de justicia paralela, sino un promotor de los derechos de las mujeres. El objetivo más profundo de estos premios es el debate público sobre esas decisiones, para que los atropellos o los aciertos no se queden en los juzgados.

Héctor Abad Faciolince, uno de los tres jurados de los premios en esta edición (junto a Yvonne Mogkoro, exjueza de la Corte Constitucional de Sudáfrica, y Kerry Kennedy, presidenta del Centro Robert Kennedy para la Justicia y los DD. HH.), aceptó a pesar de que reconoce que quizás los premios no repercutan a corto plazo en esta realidad: “Me parecen ingeniosos y educativos los premios al revés (garrote), aunque no sé qué tan a largo o corto plazo hagan prioritaria la igualdad de la mujer y la no violencia contra ellas. Sin embargo, peor es quedarse pasivos y en silencio sin intentarlo al menos”.

Ampliar el alcance de estos debates y que los jueces (que también incluyen juezas, como tres de Nicaragua que le rebajaron la pena a un violador a la mitad por considerar que la mujer violada estaba borracha y vestida de manera provocadora) vean que el escarnio público los pone bajo el ojo del huracán, puede llevar a que no se tomen decisiones tan a la ligera ni tan restrictivas para las mujeres.

Quizás llegue el día en que el mismo juez que se ganó un garrote muestre su evolución ganándose un mallete. De hecho, WLW les hace seguimiento a aquellos jueces que han fallado en detrimento de los derechos de la mujer, para invitarlos a participar en programas de mentoría con el fin de que conozcan más a fondo el tema.

Una lucha que no tiene género

Se tiende a creer que toda feminista es una fundamentalista marimacha (lo que quiera decir eso) o que ha sido maltratada. No nos parece razonable que una mujer común y corriente reclame sus propios derechos. También nos resulta inaudito que existan hombres que, sin necesidad de pertenecer a ninguna minoría, puedan abogar por esta causa. Y es, curiosamente, un hombre (heterosexual, blanco y opresor, dirían aquellos que lo encasillan todo) quien dirige estos premios en WLW.

“La lucha por la igualdad no hace distinciones”, me dice Santiago Pardo cuando nos sentamos en un café cerca de su oficina (a la que no puede entrar ningún extraño por las amenazas y el atentado de los que su directora, Mónica Roa, ha sido víctima).

No son los hombres que odian a las mujeres nada más. Hay mujeres que también actúan en contravía de sus propios derechos. Está el caso de unas parteras en Inglaterra que decidieron no atender el parto de ninguna mujer que se hubiese practicado previamente un aborto argumentando que iba en contra de su conciencia y religión. Suena tan contradictorio como que un médico no atienda a un colega porque está de acuerdo con la eutanasia, pero sucede.

Por eso, el mayor logro de estos premios es darnos a las mujeres y a los hombres que reconocemos la igualdad de derechos (no la igualdad de condición, porque a todas luces NO SOMOS IGUALES) la ilusión de un mundo que no se divida en dos, en el que si existe una sección en la librería rotulada como Literatura femenina, haya una equivalente que se llame Literatura masculina, o que ambas, por ser categorías tan anacrónicas, desaparezcan por igual, tanto en las librerías como en la realidad para darles paso a puntos de encuentro y diferencias más interesantes y retadores.

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