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Así viven los gitanos de Colombia

En el Día Mundial del Pueblo Gitano, recordamos a los que llegaron a Colombia hace más de medio siglo e intentan preservar sus raíces contra viento y marea.

Foto: Saksham Gangwar on Unsplash

En el Día Mundial del Pueblo Gitano, recordamos a los que llegaron a Colombia hace más de medio siglo e intentan preservar sus raíces contra viento y marea.

El pueblo gitano llegó a Colombia finales de la década de 1940. En sus carretas levantaron un campamento en las afueras de Sabanalarga, Atlántico, ante el asombro de sus habitantes que veían el inusual espectáculo del séquito azaroso de la caravana.

La familia Mendoza cruzó el pueblo de calles polvorientas donde vivían gentes muy ilustradas, propietarias de hatos de ganadería, situación propicia para que los recién llegados desplegaran su destreza en la fabricación de sillas de montar, jaquimas y demostraran su virtuoso como chalanes de caballos.

Un ambiente bucólico que les permitió, usando las redes secretas con que se comunican los gitanos por todo el mundo, traer a otros familiares suyos que se desplegaron por todo el pueblo.

Los gitanos de Colombia felices con estas tierras

Pensaron que era una de las tantas paradas en su vida de pueblo errante. Y que pasado un tiempo retomarían los rumbos secretos de los periplos del pueblo rom por carreteras y veredas desplegando sus ancestrales oficios, con más de mil años de tradición, de la región de Sind y Punjab, en la India, de donde partieron empujados por guerras y epidemias.

Entraron en Colombia por varias rutas: desde Puerto Cabello, Venezuela, y por todas las rendijas que tiene el ancho mar recorriendo el vasto territorio de Macondo, recibiendo siempre la invariable bienvenida que narra García Márquez en Cien años de soledad: “¡Llegaron los gitanos, llegaron los gitanos!”.

Grito que recorría las calles y obligaba a que las alarmadas madres dieran orden estricta a sus hijos que tuviesen el mínimo contacto con esa tropilla de forasteros vestidos con extrañas usanzas, de los que se murmuraba que robaban niños, domaban caballos indómitos con artes de nigromancia, leían el porvenir, seducían con la mirada y tenían la facultad de transmutar los viles metales en preciosos.

Son personas comunes y corrientes

“Nos tocaba estar escondidos”, indica la maestra Patricia Aguad. “Ahora estamos visibilizados; se inventaban historias malas sobre los gitanos, todas supercherías porque somos personas comunes y corrientes, pero con otra cultura”.

Visión diferente a la que todavía no se acostumbran los sabanalargueros después de un largo proceso familiar de adaptación, tal y como lo recuerda Nora Gómez Demetrio:

“Llegué a este pueblo de siete años de edad con mis padres Alfonso Gómez y Maruja Demetrio. Mi papá era español, un emigrante horrorizado de la guerra que buscaba tranquilidad.

Tuvo nueve hijos. Yo soy la cuarta de ellos. Fallecieron dos de ellas. Otra vive en Cúcuta. Los demás están aquí: Denys, Janet, Jazmín, Lupe, Troca (nombre gitano de Efraín) y Johnny”.

Ellos y sus hijos constituyen la médula viva de la kumpania gitana de Sabanalarga compuesta por 16 familias de 54 miembros. Son los Avad Gómez, los Gómez Gómez, los Gómez Meza y los Estrada Gómez.

Una pelea desigual

Pero el mundo gadzhé (no rom) los acecha a cada instante. Los gitanos de Colombia intentan defenderse preservando su cultura en la célula familiar, pero es una pelea desigual en donde la balanza cada segundo se inclina en contra de su causa, pese a los marcos constitucionales del Estado colombiano sobre las bondades de la multietnia y la pluriculturalidad.

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Están cada día más arrinconados y con la disyuntiva de sobrevivir apelando a la única salida posible: la renuncia gradual a sus compromisos de pueblo rom.

Triste situación que se percibe con claridad en las palabras de Sharo, una joven líder de la kumpania de Sabanalarga, vista como bicho raro por las otras comunidades gitanas del país donde la mujer se encuentra sujeta a los designios masculinos sin ninguna posibilidad de voz.

Dice Sharo que “el gitano no va a la escuela porque teme perder la cultura y si su hija va, conoce a un gadzhé y se olvida de su comunidad porque se enamora.

Una tarea imposible

Hay diez kumpañy en toda Colombia en que los jóvenes y los niños van a la escuela”. Esto representa que, según el Dane, la comunidad rom en Colombia apenas si llega a escasos 20 profesionales. Así que una de las salidas estratégicas es convocar cursos de capacitación auspiciados por organismos estatales, impartidos dentro de sus casas, pero a los que pocos muestran interés en acudir, preocupados por solucionar problemas de mayor urgencia.

Regresar a las andanzas de pueblo en pueblo por los caminos es tarea imposible. Malas noticias en este sentido para esta errante y milenaria comunidad que no reconoce fronteras ni ideologías políticas.

Moverse ahora no resulta tarea fácil, ni mucho menos apelar a la carpa y la carreta en campo abierto, cercado con alambre de púa y problemas de seguridad. En cualquier parte de Macondo aparecen fusiles que interrogan sobre la procedencia y el destino de sus pasos.

Así que trastornando sus designios históricos, acuden al expediente de alquilar una casa o comprar un terreno propio. Un melancólico tránsito de nómada a sedentario, guardando siempre en mente las ansias de caminos. Deben someter su destino de andariegos.

Solos contra el mundo

Son males que, acuciosa, trata de explicar la maestra Patricia quien reitera que su cultura se diluye como el agua entre las manos. Que les cayó una insólita pobreza que nunca habían conocido y que ya no se trata de vivir del heroico y conocido día a día. Agrega:

“Los hombres gitanos negocian caballos y hacen monturas, pero ahora eso lo hacen fábricas a gran escala y baratas. No se puede comparar con los que hacen a mano y demoran varios días.

«La competencia es imposible”. Nada que hacer, entonces.Otro rango de ingresos –sigue su pesimista evaluación– era la lectura de las manos, que pasó a ser coto de mentalistas, parapsicólogos embaucadores con consultorios, en donde la angustiada clientela hace fila para conocer su pasado y su futuro extraviados en el avatar del presente y donde se garantiza, en menos de 24 horas, traer de rodillas, con el arrepentimiento en el alma, al amor extraviado.

“Ya nadie recurre a las gitanas”, argumenta Sharo, y muy pocos a los gitanos jóvenes que han transmutado sus caballos por el del mototaxismo y por la crianza de gallos de pelea.

Del amor y otros miedos

Que son tremendamente sensuales, las gitanas lo confiesan ellas mismas. Con artes de encantamiento que incluye bailes, el manejo de sus vistosos atuendos y la sabrosura de sus comidas.

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“Venga y le preparo una”, dice Nora con risa pícara, pues a las gitanas nadie les recibe nada ante el temor que en algún alimento haya un “hechizo” que deje subyugado por siempre al que lo pruebe.

Sus delicias incluyen el javeloló y el masvalesko, recetas con cerdo, zanahoria y repollo con vinagre, comidas para engañar los malos tiempos y rememorar los campamentos alrededor de las carretas y la acogedora fogata familiar que recuerda los ancestros.

Gitanos de Colombia, la encrucijada del destino

Así burlan ese insólito destino que los amarró a Sabanalarga y con el cual disputan la amargura de la cotidianidad. Sin ninguna posibilidad de que alguno encarne una nueva versión de Melquiades trasmutando los metales en oro ni que alguna gitana saque la varita mágica que le endilgan para cambiar su triste panorama con un veloz sortilegio.

“Ojalá fuéramos brujas –dice Patricia–, para darles a los enemigos con una varita y convertirlos en sapos”.

Todos viven en casas arrendadas desde hace varios años. Sin ninguna posibilidad de retornar a los tiempos de la trashumancia de pueblo en pueblo. Anclados sin remedio, pero con las velas del corazón prestas a partir hacia otros destinos que no se vislumbran en el porvenir que suelen leer con tanto esmero.

Adiós a las épocas nómadas

Sharo se queja de que en la última reunión de las kumpañy en Bogotá con el Ministerio de Vivienda, le prometieron a cada familia casa de 52 millones, pero los gitanos de otras partes del país se rehusaron a recibirlas exigiendo unas de 300 para acoger a las extensas familias y los visitantes; por supuesto, el Ministerio se rehusó con vehemencia.

Total, la ansiada casa para cada uno de los gitanos de la kumpania de Sabanalarga quedó en el aire como una posibilidad incierta, pese a que se aferran a esta idea del hogar propio como a una carreta –como un náufrago en altamar a uno de los restos del barco–, con el propósito de mejorar sus condiciones de vida en ese extraño reto de la cultura rom con la gadzhé.

Tal parece que el destino de los gitanos de Sabanalarga fuese, como en los inicios de su diáspora milenaria, el de embarcarse en nuevas y metafóricas carretas peleando por un pedazo de tierra, este, un pueblo que siempre renegó de ellos.

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El artículo Así viven los gitanos de Colombia fue publicado originalmente en Revista Diners de febrero de 2014

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Abril
08 / 2022

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